La iglesia entendía inicialmente que sólo el cristiano
que seguía a Cristo perfectamente entraría inmediatamente
en la Jerusalén celestial. Otros entrarían en
el fuego purificador del purgatorio "para ser perfeccionados,"
de donde no saldrían hasta que "no hayas pagado
el último céntimo" (Mt 5, 26; 1 Cor3,13-15).
Como la perfección era unirse a Cristo en su muerte,
un efecto comenzó a desarrollarse: el mártir.
Era el testigo que moría por Cristo, se le percibía
como aquel que alcanzaba la meta. De esta manera, durante el
tiempo de la persecución la estima hacia aquellos cristianos
que fueron asesinados por el odio a la fe llevó a la
gente a ensalzar su ejemplo heroico por Cristo.
Así en los primeros siglos de la iglesia, la aclamación
popular de santidad a los mártires, la veneración
de sus reliquias, la honra de sus nombres en oraciones privadas
y litúrgicas canonizó testigos importantes de
Cristo en la iglesia universal como ejemplos de la perfecta
fidelidad a la que todos los cristianos estamos llamados.
A raíz del edicto de Milán en 311 la persecución
acabó y una paz relativa existió, el martirio
se convirtió en un ejemplo raro de perfección.
La Iglesia comenzó a buscar otros modelos de santidad,
otras maneras por medio de las cuales la unión con Cristo
pudiese ser testigo a los fieles y al mundo como el vivir diariamente
un vida Cristiana en la que se muera al propio yo y se entregue
la vida a Cristo. Este testimonio fue encontrado en aquellos
cuyo martirio blanco de virtudes heroicas confesaban al mundo
el triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la gracia sobre
el pecado, del nuevo hombre sobre el viejo (Ef 4, 17-24) y así
de Cristo sobre Satanás. Por consiguiente, tales testimonios
de vida que tenían fama de santidad comenzaron a entrar
en los papeles de canonizados y a ser venerados.
La veneración de los santos propuesta por el Concilio
de Trento: "Los santos que reinan con Cristo
ofrecen a Dios sus plegarias por los hombres. Es por lo tanto
cosa buena y útil recurrir a ellos con nuestras súplicas
y a fin de obtener los beneficios de Dios a través de
Jesucristo, que es nuestro único Redentor y Salvador,
apelar a sus ruegos, ayuda y socorro".
Es importante hacer hincapié sobre el hecho de que esta
autorizada declaración nos recuerda que todos los beneficios
de Dios los obtenemos por intermedio de Jesucristo. "que
es nuestro único Redentor y Salvador". Pero venerar
a los santos, no nos aparta de Cristo. Cuando oramos a nuestra
Señora y a los santos, les rogamos a ellos que gozan
del favor de Dios, que intercedan por nosotros ante Dios, a
fin de recibir de El, a través de Jesucristo, lo que
necesitamos. No pedimos a Nuestra Señora o a los santos
que nos concedan favores, sencillamente porque sabemos que no
pueden concederlos. A Dios le pedimos que tenga misericordia
de nosotros, nos perdone, que nos conceda beneficios. A Nuestra
Señora y / o a los santos les pedimos simplemente que
interceda por nosotros ante Dios.
Honramos y veneramos a la Señora y a los santos debido
a su santidad. A los santos se les venera porque han sido consagrados
y esta veneración redunda en gloria a Dios, de quien
recibieron su santidad. A Dios le rendimos culto, le adoramos.
A la Virgen María y a los santos los veneramos.
Estas distinciones han sido reconocidas desde los primeros tiempos
de la Iglesia a manera de ejemplo mencionaremos al autor del
"Martirio de Policarpio" alrededor del año
156 declara: "A Este (Cristo) lo adoramos porque
es Hijo de Dios. A los mártires, por otra parte, les
ofrecemos amor que debe a los discípulos e imitadores
del Señor y teniendo encuenta su insuperable devoción
a su Rey y Maestro".
También San Jerónimo, que murió en 420
escribía: "Mostramos veneración hacia
los siervos para que de ellos se irradie hacia el Señor".
La Tradición da testimonio de doctrina con tanta frecuencia
y en forma tan universal, que no se puede dudar de su origen
apostólico.