PASCUA DE RESURRECCIÓN  (2014-04-20)


El Papa impartió la bendición Urbi et Orbi
El Papa imparte la bendición Urbi et Orbi y clama por "derrotar el flagelo del hambre"
Francisco clama por la paz en Siria, Ucrania, Centroáfrica, Nigeria, Venezuela, Irak y Palestina

"En Jesús el amor ha vencido al odio, el bien al mal, la vida a la muerte, la verdad a la mentira

El amor es más fuerte, el amor da la vida, hace florecer la esperanza en el desierto

 (Jesús Bastante).- "Te rogamos Señor glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente". Francisco felicitó la Pascua a todos los fieles, en San Pedro y el mundo, e impartió la bendición Urbi et Orbi en una mañana soleada y tras una profunda Eucaristía en la que hubo un especial recuerdo a los ortodoxos, que hoy también celebran la Resurrección.

"Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo", subrayó el Papa, quien tuvo un especial recuerdo para los afectados por el virus del Ébola y por las víctimas de "todas las guerras". 

Desde Siria a Irak, pasando por África, Ucrania, Venezuela y el eterno conflicto palestino-israelí.

Mañana soleada en Roma para celebrar la Resurrección de Jesús. Decenas de miles de personas (alrededor de 150.000) abarrotaban la plaza de San Pedro, donde Francisco presidió la Misa de Pascua.

Se leyó el Evangelio en latín y en griego, pues hoy se celebra la Pascua en dos ritos. Oriente y Occidente celebran en común, como un sueño de una hermandad que sigue siendo posible si colocamos a Jesús en el centro.

Fue una ceremonia multiétnica, con guiños a Corea, China, África, a todos los rincones del mundo. Una noticia universal bien merecía una celebración mundial.

No pronunció Francisco homilía en la misa, pues posteriormente vendría la tradicional -no tanto con Francisco- bendición Urbi et Orbi. Una bendición que, como ocurrió el pasado año, no se impartió en distintos idiomas, sino únicamente en italiano.

Antes, tras la misa, el Papa se subió al Papamóvil para saludar brevemente a los presentes. No había tiempo para detenerse, pero sí -así lo quiso Francisco- para que le vieran de cerca los fieles.

"Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices", añadió Bergoglio, quien pidió "hacernos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono", señaló el Papa antes de impartir su bendición.


El mensaje que los cristianos llevan al mundo, señaló Francisco, "es que Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios lo resucitó y constituyó rey de la vida. En Jesús el amor ha vencido al odio, el bien al mal, la vida a la muerte, la verdad a la mentira".

"Por eso decimos a todos: venid y vereís. En cada situación humana marcada por el pecado, la fragilidad y la muerte, la buena noticia no es una palabra, sino un testimonio de amor gratuito y fiel, es salir de uno mismo para salir al encuentro del otro, estar al lado de los heridos por la vida, y compartir con quienes carecen de lo necesario". Porque "el amor es más fuerte, el amor da la vida, hace florecer la esperanza en el desierto".


"Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, mujeres y ancianos, que a veces son sometidos a la explotación y el abandono", apuntó, incidiendo especialmente por las víctimas del Ébola en Nigeria, y por los que tienen que emigrar para buscar una vida más digna "y muchas veces no tienen libertad de profesar su fe".

 "Te rogamos Señor glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente. Te suplicamos en particular por Siria, la amada Siria, que cuantos sufren las consecuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria y las partes en conflicto dejen de usar la fuerza para causar muerte, sobre todo entre la población inerme, y tengan la audacia de negociar la paz, desde hace demasiado tiempo anhelada".

También pidió Francisco consuelo para "las víctimas de la violencia fratricida en Irak, y que sostengas las esperanzas que suscitan las negociaciones ente israelíes y palestinos". Junto a ello, los enfrentamientos en República Centroafricana, Nigeria, Sur Sudán y Venezuela.

"Que por tu resurrección, que hoy celebramos junto a otras iglesias, te pedimos que ilumines iniciativas de paz en Ucrania, para que todas las partes implicadas, lleven a cabo todo esfuerzo para impedir la violencia y construir con espíritu de unidad y diálogo el futuro del país", añadió el pontífice argentino.

Discurso íntegro del Papa

Queridos hermanos y hermanas, Feliz Pascua.

El anuncio del ángel a las mujeres resuena en la Iglesia esparcida por todo el mundo: « Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí. Ha resucitado... Venid a ver el sitio donde lo pusieron» (Mt 28,5-6).

 Esta es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es este: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.

Por esto decimos a todos: «Venid y veréis». En toda situación humana, marcada por la fragilidad, el pecado y la muerte, la Buena Nueva no es sólo una palabra, sino un testimonio de amor gratuito y fiel: es un salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, estar al lado de los heridos por la vida, compartir con quien carece de lo necesario, permanecer junto al enfermo, al anciano, al excluido. «Venid y veréis»: El amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto.

Con esta gozosa certeza, nos dirigimos hoy a ti, Señor resucitado.

Ayúdanos a buscarte para que todos podamos encontrarte, saber que tenemos un Padre y no nos sentimos huérfanos; que podemos amarte y adorarte.

Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices.

Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono.

Haz que podamos curar a los hermanos afectados por la epidemia de Ébola en Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia, y a aquellos que padecen tantas otras enfermedades, que también se difunden a causa de la incuria y de la extrema pobreza.

Consuela a todos los que hoy no pueden celebrar la Pascua con sus seres queridos, por haber sido injustamente arrancados de su afecto, como tantas personas, sacerdotes y laicos, secuestradas en diferentes partes del mundo.

Conforta a quienes han dejado su propia tierra para emigrar a lugares donde poder esperar en un futuro mejor, vivir su vida con dignidad y, muchas veces, profesar libremente su fe.

Te rogamos, Jesús glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente.

Te pedimos por Siria: que cuantos sufren las consecuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria; que las partes en causa dejen de usar la fuerza para sembrar muerte, sobre todo entre la población inerme, y tengan la audacia de negociar la paz, tan anhelada desde hace tanto tiempo.

Te rogamos que consueles a las víctimas de la violencia fratricida en Irak y sostengas las esperanzas que suscitan la reanudación de las negociaciones entre israelíes y palestinos.

Te invocamos para que se ponga fin a los enfrentamientos en la República Centroafricana, se detengan los atroces ataques terroristas en algunas partes de Nigeria y la violencia en Sudán del Sur.

Y te pedimos por Venezuela, para que los ánimos se encaminen hacia la reconciliación y la concordia fraterna.

Que por tu resurrección, que este año celebramos junto con las iglesias que siguen el calendario juliano, te pedimos que ilumines e inspires iniciativas de paz en Ucrania, para que todas las partes implicadas, apoyadas por la Comunidad internacional, lleven a cabo todo esfuerzo para impedir la violencia y construir, con un espíritu de unidad y diálogo, el futuro del País. Te rogamos, Señor, por todos los pueblos de la Tierra: Tú, que has vencido a la muerte, concédenos tu vida, danos tu paz

 

PASCUA DE RESURRECCIÓN
Mensaje

 Déjame que te diga la noticia que ensancha el alma, da luz a los ojos, revela el horizonte del camino, y se convierte en compañera alegre, esperanzadora y luminosa. Comparto contigo lo que no puedo retener: que al amanecer del primer día de la semana, las mujeres han encontrado el sepulcro vacío, y han escuchado que Jesucristo está resucitado.

Los discípulos están turbados, Pedro y el más joven han ido temprano al sepulcro y confirman que está todo como dicen las mujeres. De entre los discípulos, el más amado del Señor, asegura que la causa de encontrar vacío el sepulcro es que en verdad ha resucitado Cristo.

No solo lo afirma el discípulo amado; a medida que avanza el día, se confirma la noticia, porque Jesucristo se ha presentado en el lugar donde estaban todos reunidos, y el miedo, el temor, la humillación han desaparecido del grupo. Ahora todos están proclamando con gran entusiasmo la resurrección del Señor. Es verdad que hay escépticos.

 Tomás no ha podido soportar la muerte de su Maestro, y para resistir el dolor, se ha separado del grupo, a sufrir a solas y en silencio. Lo mismo, dos de ellos, que en vista del fracaso que ha sido la muerte del que creían su jefe, han emprendido, desesperanzados, el camino de retorno a ningún sitio. Pero me dicen que en ambos casos, han tenido experiencias muy fuertes de Él y se han sumado a los demás, llenos de fe y de alegría. Ahora todos aseguran que es verdad, que ha resucitado el Señor, y que se ha dejado ver por muchos. Yo no lo he visto, pero creo. Yo no he puesto mi mano en la herida del Crucificado, pero soy testigo de que la mía ha quedado iluminada. No puedo contarte ninguna visión extraña, pero dentro de mí siento el gozo y la paz de la presencia de quien sé que está resucitado y me acompaña.

No creas que son palabras bonitas. Cuando me adentro en la profundidad de mi propio corazón, por las señales de paz, fuerza, ánimo, deseos de entrega que percibo y que se sobreponen a mi experiencia real de fragilidad, averiguo que el Resucitado nos ha entregado su Espíritu, como huésped del alma, y es Él quien susurra en el interior la certeza de la fe. No deseo imponerte mi convicción, pero si das crédito a lo que aseguran las Escrituras, confirman los testigos y se experimenta en la hondura del ser, si das fe a la verdad de la resurrección de Jesús, todo cambia, y la vida se convierte en un camino hacia la posada donde se nos convidará a un banquete de bodas. Déjame felicitarte o mejor, felicitémonos, porque la muerte ha sido vencida, el pecado perdonado, la desesperanza se ha trocado en cantares, y los miedos en testimonio. ¡Cristo ha resucitado!

Amigo, feliz pascua florida. ¡En verdad, Cristo ha resucitado!

El estupor de la resurrección

Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se asomó, pero sólo vio los lienzos y se regresó a su casa, asombrado por lo sucedido (Lc 24, 12)

 Estupor. No hay palabra más propia para definir este impacto tremendo; el colgado en la cruz, el ajusticiado por nuestros delitos, el que fue llevado como cordero al matadero, triturado y deformado, sepultado en las entrañas de la tierra, está vivo. De ese momento en la mañana de la resurrección, como reza la secuencia, fueron testigos sepulcro y sudario. Sus amigos lo vieron, se presentó a los discípulos y dándoles instrucciones, les deja la paz. Lo reconocen al partir el pan, el recuerdo de la cena pascual, ese banquete de liberación ya no es el mismo porque vence las barreras del tiempo, no será la pascua a celebrar cada año en la primera luna de primavera, es hacerlo “en memoria” de Aquél, el resucitado de entre los muertos porque su cuerpo venció las dimensiones en las que estamos atrapados, de nuestro andar y vivir; es glorioso, anticipando nuestro futuro desde la fe y la esperanza.

Estupor porque las tinieblas han sido vencidas. Porque la Iglesia meditó la historia de la salvación, porque Cristo, Luz del Mundo es Camino, Verdad y Vida.

Es una verdad que partió la historia humana, anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección revelándonos la vida eterna y libre de la estrechez y el dolor. Todo llegó a ser distinto, con verdadera y decisiva profundidad. La resurrección es el anuncio de la incandescencia de la vida venciendo la esterilidad del pecado y la muerte eterna.

 Estupor porque a pesar de la miseria, del desorden y del pecado; de las injusticias y del odio, de las infidelidades y de misterio del mal que nos agobia, Cristo decide estar en medio de todas estas cosas porque está presente en la historia humana, de sus caídas y vergüenzas. Está en el mendigo, en el ladrón y en el que escandaliza a los más pequeños; está en los infelices y agobiados, se encuentra en los necesitados de justicia a causa de las mezquindades. El resucitado está en nuestra impotencia como potencia para aparecer en los débiles.

Estupor porque la Iglesia vive por eso, ese es el misterio de la fe. Pasmo porque esta es la verdad de una religión antigua y nueva, donde todas las cosas se instauran en Cristo, por esta Buena Noticia muchos, en el pasado, consideraron cosa mínima su vida cuando se vive por Cristo resucitado.

¿Qué cosa hace falta? Que el estupor de la resurrección de Cristo transforme nuestras vidas. Que la obra de Dios, en la resurrección de su Hijo, se convierta en la felicidad de nuestras existencias que pasme la tumba de nuestros corazones, desde nuestro ser y fe libres para lograr la transformación de la realidad que inició en la mañana de resurrección.

¿Por qué buscamos entre los muertos al que está vivo?

 

¡Jesucristo vive!

Juan 20, 1-9. Resurrección del Señor. ¡Pidamos a Cristo resucitado poder resucitar junto con Él, ya desde ahora!

 Oración introductoria

Jesús mío, yo te busco en mi peregrinar por este mundo. Concédeme la gracia de poseerte con plenitud y no permitas que me separe de tu amor. Por favor, Jesús, ayuda a nuestros familiares y a todos aquéllos que se hayan olvidado de ti.

Petición

Señor, que de ahora en adelante te busque en cada acontecimiento de mi vida.

Meditación del Papa Francisco

 Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban “con las caras mirando al suelo” – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. “Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras”. Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros.

Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. (S.S. Francisco, 30 de marzo de 2013).

Reflexión apostólica

 Los discípulos corrieron al sepulcro vacío y creyeron. En mi vida diaria estoy llamado a correr, también, al encuentro del Señor. En la resurrección de Cristo tenemos la certeza de que nuestra vida no se acaba en el vacío. Nuestra existencia es un continuo peregrinar hacia el encuentro definitivo y eterno con Dios. Nos hiciste Señor para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que no descanse en ti (cf. San Agustín).

¿Qué fue lo que vio esa mañana? Seguramente la sábana santa en perfectas condiciones, no rota ni rasgada por ninguna parte. Intacta, como la habían dejado en el momento de la sepultura.

Sólo que ahora está vacía, como desinflada; como si el cuerpo de Jesús se hubiera desaparecido sin dejar ni rastro.

Entendió entonces lo sucedido: ¡había resucitado! Pero Juan vio sólo unos indicios, y con su fe llegó mucho más allá de lo que veían sus sentidos. Con los ojos del cuerpo vio unas vendas, pero con los ojos del alma descubrió al Resucitado; con los ojos corporales vio una materia corruptible, pero con los ojos del espíritu vio al Dios vencedor de la muerte.

 Lo que nos enseñan todas las narraciones evangélicas de la Pascua es que, para descubrir y reconocer a Cristo resucitado, ya no basta mirarlo con los mismos ojos de antes. Es preciso entrar en una óptica distinta, en una dimensión nueva: la de la fe. Todos los días que van desde la resurrección hasta la ascensión del Señor al cielo será otro período importantísimo para la vida de los apóstoles. Jesús los enseñará ahora a saber reconocerlo por medio de los signos, por los indicios. Ya no será la evidencia natural, como antes, sino su presencia espiritual la que los guiará. Y así será a partir de ahora su acción en la vida de la Iglesia.

Eso les pasó a los discípulos. Y eso nos ocurre también a nosotros. Al igual que a ellos, Cristo se nos “aparece” constantemente en nuestra vida de todos los días, pero muy difícilmente lo reconocemos. Porque nos falta la visión de la fe. Y hemos de aprender a descubrirlo y a experimentarlo en el fondo de nuestra alma por la fe y el amor. Y esta experiencia en la fe ha de llevarnos paulatinamente a una transformación interior de nuestro ser a la luz de Cristo resucitado.

"El mensaje redentor de Pascua –como nos dice un autor espiritual contemporáneo— no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior –por medio de los sacramentos— sin embargo, se realiza de manera positiva, con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz, suma de todos los bienes mesiánicos; en una palabra, la presencia del Señor resucitado".

 En efecto, san Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto, que recoge la segunda lectura de este domingo de Pascua: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria" (Col 3, 1-4). ¡Pidamos a Cristo resucitado poder resucitar junto con Él, ya desde ahora! 

Propósito

Haré una oración especial por todos mis familiares y compañeros difuntos. Demostraré mi alegría por la Resurrección de Jesús.

Diálogo con Cristo

Señor Jesucristo, te pido que nunca me separe de ti. Dame la gracia de amar y tratar a las demás personas con el amor y la bondad con que Tú lo has hecho. ¡Quédate siempre a mi lado, te necesito porque Tú mi fortaleza y mi esperanza. Señor, confío en Ti! 

La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad. Benedicto XVI, audiencia, 26 de marzo de 2008) 

¡Todo empieza de nuevo, Cristo ha resucitado!

¡Alegría de Cristo resucitado! ¡Alégrese toda la tierra! ¡Alégrate tú, Cristo te ha salvado!

 Vamos a hacer de esta reflexión una contemplación de la experiencia que Pedro tiene sobre la resurrección de Cristo. Dice el Evangelio: "Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Nathanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos". 

Recordemos que Cristo ha resucitado. Todos han sido testigos: ha estado con ellos, les ha hablado y les ha prometido que dejaba al Espíritu Santo, han visto el milagro de Tomás; sin embargo, la soledad vuelve a rodearles. 

"Simón Pedro les dice: "Voy a pescar. Le contestan ellos: También nosotros vamos contigo. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada". Los apóstoles estaban solos respecto a Cristo, solos respecto a su oficio de pescadores. ¡Y de pronto sucede algo que ellos no esperaban! 

Una de las características de las apariciones de Cristo es la gratuidad. Cristo no se aparece para dar gusto a nadie. Cristo mantiene en sus apariciones una gratuidad. "Me aparezco cuando quiero, porque yo quiero". Con lo que Él nos vuelve a manifestar que Él es el verdadero Señor de la existencia.

 "Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era él. Díeles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis pescado?" ¡Imagínense cómo le contestarían..., después de toda la noche trabajando se habían acercado a la orilla, y un señor imprudente les pregunta si no tienen pescado! Y Él les dice: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". Echan la red y resulta que ya no la pueden arrastrar por la abundancia de peces. ¿Qué sentirían? 

"El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor". 

De nuevo se repiten las mismísimas situaciones al primer encuentro con Jesús: Un día, después de pescar infructuosamente, todos en la barca regresan. Los experimentados han fracasado, y un novato les dice que echen ahí las redes, que ahí hay peces. La echan y efectivamente la red se llena. 

¡Cuántas cosas semejantes al primer amor! Juan no lo narra, lo narran los otros evangelistas, pero sabe al primer encuentro. Y Juan, que ama y es amado, dice: "Es el Señor". Reconoce los detalles del inicio de la vocación. Es como si Cristo buscase dar marcha atrás al tiempo para decir: "Todo empieza de nuevo, sois verdaderamente hombres nuevos", como en el primer momento, como en el primer instante. Como que el primer amor vuelve a surgir desde el fondo de nosotros mismos para recordarnos que somos llamados por Cristo.

 Juan, en la fe y en el amor, reconoce al Señor, y Pedro sin pensar dos veces, se lanza de nuevo hacia Él. Ya no es el Pedro del principio de este Evangelio: amargado, triste, enojado. Es un Pedro que ha oído: "Es el Señor"; y se lanza al agua. Y después viene toda esa hermosísima escena de la comida con Cristo, en la que el Señor produce de nuevo la posibilidad de comunión con Él, en amistad, en cercanía y en abundancia."Siendo tantos los peces, no se rompió la red". 

Todo esto va preparando la experiencia de Pedro con Cristo. Hay ciertos temas que Pedro no ha tocado aún, hay ciertas situaciones que Pedro no se ha atrevido a señalar. Hay un aspecto que Pedro, aun estando con Cristo resucitado, no ha resuelto todavía: la noche del Jueves Santo; la negación de Pedro.

Es un tema que Pedro tiene encerrado en un closet con siete llaves. Tan es así, que Pedro se lanza al aguan como diciendo: "aquí no ha pasado nada, yo vuelvo a ser el primero". Y Cristo dice: "traed los peces". Y Pedro es el primero en ir a buscarlos. Como si a base de estos gestos uno quisiese tapar aquellas cosas que no nos gustan que los demás vean. 

Y continúa el Evangelio diciendo: "Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas?". Cristo vuelve a preguntar por el amor. "[...] Apacienta a mis ovejas." Cristo confirma a Pedro su misión.

 Y este amor que Cristo nos propone, es un amor nuevo. No es el amor de antes, no es el amor de aquella jornada junto al lago en la que Cristo les pregunta: "¿Quién soy yo para vosotros?", y Pedro responde: "eres el Hijo de Dios." No es el amor de la sinagoga de Cafarnaúm cuando Cristo les dice: "¿También vosotros queréis marcharos?", y responde Pedro: "Señor, ¿a dónde iremos?" No es el amor del jueves por la tarde, cuando Cristo le dice: "Uno de vosotros me va a entregar", y Pedro salta. Cristo le dice: ¿Sabes qué? Tú me vas a negar tres veces. Y Pedro, explotando, dice: Yo antes daré mi vida que negarte a ti. 

No es ese amor, no es el amor antiguo, el amor que nace de la propia decisión, el amor que nace, como un río, del propio corazón. Es el amor que, como lluvia, Cristo deposita sobre el desierto del alma de Pedro.

Es el amor que se derrama sobre el alma, un amor que ya no procede de mi certeza, de mi convicción, de mi inteligencia, de mis pruebas, de mi tecnicismo; es el amor que nace sólo del apoyo que Cristo da a mi vida. Y ese amor es el amor que me va a hacer superar la debilidad para ponerme de nuevo en el seguimiento del Señor. No es el amor que nace de mí, sino el amor que viene de Él. 

"En verdad, en verdad te digo, cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras." Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme. 

Y Pedro ve a Juan y le dice a Jesús; "Señor, y éste ¿qué?" Y Jesús le responde: "Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme". Con esto Jesús le está diciendo: Olvídate de tu alrededor, deja de lado todos los otros apoyos que hasta ahora has tenido; tú, sígueme.

 La resurrección, por sí misma, no es una garantía de nuestra proyección y lanzamiento con corazones resucitados. Habiendo sido testigos, nuestra vida puede continuar igual, sin transformaciones reales. Y esto lo vemos cada uno de nosotros en nuestra vida constantemente. Somos testigos de tantas cosas, y a lo mejor nuestra vida sigue igual.

La resurrección, el hecho de que veamos a Cristo, de que experimentemos a Cristo resucitado, la alegría de Cristo resucitado, a lo mejor, lo único que hace es dejar nuestra vida un poco más tranquila, pero no renovada. Sobre nuestra vida puede proyectarse la sombra del pasado o la incertidumbre del futuro. Nuestra vida puede seguir aferrada a antiguas certezas, a los criterios que nos han servido de brújula durante mucho tiempo.

Es bonito que Cristo haya resucitado, pero repasemos nuestra vida para ver cuántas veces pensamos que no nos sirve de mucho y que en el fondo hasta es mejor que las cosas sigan como están.

Pedro no parece tener todavía una conciencia plena de lo que significa la resurrección de Jesucristo: lo vemos apegado a sus antiguos hábitos.

Pedro sigue siendo el mismo, nada más que ahora se siente más solo, porque casi lo único que ha sacado en claro es la debilidad de su amor. Después de tres años, para Pedro lo único que prácticamente hay claro es que su amor es sumamente débil. Pedro se ha dado cuenta de que puede fallar mucho y de que no sabe ser roca para los demás. Junto a todas las cosas de que ha sido testigo tras la resurrección de Cristo, en el corazón de Pedro hay algo que pesa: la pena, el fracaso para con quien él más ama. 

Esto es como una herida tremenda en el corazón de Pedro, que ni el Domingo de Resurrección, ni las otras apariciones han sido capaces de curar, de limpiar, de purificar. A pasar de todos sus esfuerzo -cuando le dice María Magdalena: "ahí está el Señor”, y corre; le dice Juan: “es el Señor", y se lanza al agua-, el corazón de Pedro tiene una experiencia de profunda tristeza. Él sabe que es muy débil, más aún, nada le garantiza que no lo volvería a hacer, y casi prefiere ni pensar.

 Quizá nosotros, después de esta Cuaresma en la que hemos ido recogiendo, como un odre, todas las gracias, todos los propósitos de transformación, todas las necesidades de cambio, todas las ilusiones de proyección, todavía podríamos tener un peso en nuestra alma: el saber que somos débiles, que nada nos garantiza que no volveríamos al estado anterior. Y, la verdad, se está muy a gusto pensando en la resurrección, mejor que pensar en esto.

La resurrección por sí misma no es garantía; pero, si queremos dar un paso adelante, nos daremos cuenta de que Cristo a Pedro lo renueva en el amor y en la misión. El diálogo en la playa entre Cristo y Pedro es un diálogo de renovación en el amor. Pedro amaba a Cristo, y desde el primer momento en que Cristo le pregunta: "Simón, hijo de Juan",(ya no le dice Pedro) me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Esa certeza, el amor a Cristo, Pedro la tiene clavadísima en su alma.

Pedro, después de tres veces de preguntarle Cristo sobre el amor de su alma, se da cuenta de que, muy posiblemente, ese triple amor está curando una triple negación. Pedro constata que su amor se había quedado enredado en las tres veces que dijo: "No conozco a este hombre". 

Cuando lo negó por tres veces, sus palabras, sus miedos encadenaron el amor vigoroso de Pedro. Y cuando Cristo sale al patio y lo mira, esa mirada hizo que Pedro se diera cuenta de las cadenas que él había echado. 

Y Cristo como que quiere retomar la escena. Y así como retoma la escena de la vocación de ese primer momento, Cristo retoma la escena de la negación, como si Cristo le dijera a Pedro: ¿dónde estás?, ¿dónde te quedaste?, ¿te quedaste en el Jueves Santo?; vamos a volver ahí. 

Y Cristo renueva el diálogo con Pedro donde se había quedado, y Cristo renueva su amor a Pedro y el amor de Pedro hacia Él, donde se había quedado atorado, en el jueves por la noche.

 Cristo nos enseña que amarle en libertad significa ser capaces de mirar de frente nuestras debilidades, de volver a recorrer con Él los caminos que por miedo no nos atrevemos a cruzar.

Quizá, cada uno de nosotros tenga un jueves por la noche; quizá, cada uno de nosotros tenga una criada, una hoguera, unos soldados y un gallo que canta. Y Cristo, con amor, nos enseña a mirar de frente esa negación para que ya no nos atoremos ahí: "Si un día me dijiste no, camina ahora conmigo".

El día que Pedro negó a Jesucristo, a lo que Pedro le tuvo miedo fue a morir por Cristo, a morir con Cristo. Pedro sabía que si decía que era discípulo del Señor, le podían echar mano y llevarlo al calabozo. Pero el amor de Cristo retoma a Pedro y se lo lleva, purificándolo hasta anunciarle que él también un día va a morir por Él. "

Cuando eras joven te ceñías tú mismo, cuando seas viejo extenderás los brazos, otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras". Y luego añadió: "Sígueme". 

Cristo nos renueva con su amor para que atravesemos ese tramo de nuestra vida en el que el miedo a morir con Él, el miedo a entregarnos a Él nos dejó atorados. Ese tramo de nuestra vida en el que todavía nosotros no hemos atrevido a poner nuestros pies porque sabemos que significa extender las manos y ser crucificados. 

Cristo no le pregunta a Pedro: "¿me vas a volver a negar?" Sino que le pregunta: "¿me amas?". A Cristo le interesa el amor. Sólo el amor construye, porque sólo el amor repara, une, sana y da vida. El amor renovado, el amor resucitado es el lazo que Cristo vuelve a lanzar a Pedro. El amor capaz de pasar a través de la propia experiencia, ese amor que es capaz de pasar por lo que uno una vez hizo y preferiría no haber hecho, y guarda su conciencia; ese amor que es capaz de pasar por el propio pasado, por la imagen que yo hubiera podido forjarme de mí mismo. Ese amor es el inicio que reconstruye un corazón cansado, porque este amor ya no se apoya en nosotros, sino en Cristo.

 «Sígueme», no te sigas a ti mismo, no sigas tus convicciones, tus gustos, tus ideas. Este amor ya no se apoya en ti; es el amor que proviene de Cristo, el amor que nace de Dios. Dirá San Juan: "Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió al mundo a su Hijo Único, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación para nuestros pecados. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros nos debemos amarnos unos a otros". 

La experiencia de Pedro es la experiencia de un amor renovado. Pero al mismo tiempo, la experiencia que Pedro tiene de Cristo resucitado, es un amor que no se puede quedar encerrado, es un amor que se hace misión.

Es un amor que renueva la misión de apóstoles que nos ha sido dada; es un amor que, en nuestro caso, renueva el vínculo con la misión evangelizadora de la Iglesia, renueva el compromiso cristiano a que fuimos llamados al ser bautizados. No es un amor que se queda en un cofre guardado, es un amor que se invierte, es un amor que se reditúa, es un amor que se expande. Y este amor es un amor que no teme; no teme a la cruz que significa la misma misión, porque va acompañado de Cristo que me dice: "Sígueme". 

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 Los evangelios han recogido el recuerdo de tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos. El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.

No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.

Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: “Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?

En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de “resucitar” nuestra fe.

A orillas del lago de Galilea, empezó Jesús a llamar a sus primeros seguidores para enseñarles a vivir con su estilo de vida, y a colaborar con él en la gran tarea de hacer la vida más humana. Hoy Jesús sigue llamando. Si no escuchamos su llamada y él no “va delante de nosotros”, ¿hacia dónde se dirigirá el cristianismo?

Por los caminos de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos, cuanto antes, a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.

Si volvemos a Galilea, la “presencia invisible” de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su “presencia silenciosa” recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento.

José Antonio Pagola. 20 de abril de 2014. Pascua de Resurrección (A). Mateo 28, 1- 10



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