Para que mi alegría este en ellos (2014-06-04)

LA HOMILÍA HECHA ORACIÓN (Domingo de Pentecostés 08.06.2014)

Introducción: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23)

 Leemos la primera parte del evangelio ya leído el domingo segundo de Pascua.
Al anochecer”: como en Egipto, el Señor les va liberar de su situación de esclavitud.
El día primero de la semana”: empieza la nueva creación, la resurrección de Jesús, que la comunidad cristiana celebra cada “ocho días”.
Los discípulos”: hombres y mujeres, la comunidad primera de Jesús.
Con las puertas cerradas por miedo...”: no hay experiencia de Jesús resucitado, sólo de su pasión.
Jesús se puso en medio” del grupo, como fuente de vida, punto de referencia, factor de unidad. “Paz a vosotros”: es el Amor que perdona gratuitamente, aunque no se lo merezcan.
Les enseñó las manos y el costado”, cicatrices de la pasión, signos de su amor fiel hasta la muerte.

Introducción: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23)

Leemos la primera parte del evangelio ya leído el domingo segundo de Pascua.
Al anochecer”: como en Egipto, el Señor les va liberar de su situación de esclavitud.
El día primero de la semana”: empieza la nueva creación, la resurrección de Jesús, que la comunidad cristiana celebra cada “ocho días”.
Los discípulos”: hombres y mujeres, la comunidad primera de Jesús.

Con las puertas cerradas por miedo...”: no hay experiencia de Jesús resucitado, sólo de su pasión.
Jesús se puso en medio” del grupo, como fuente de vida, punto de referencia, factor de unidad. “Paz a vosotros”: es el Amor que perdona gratuitamente, aunque no se lo merezcan.
Les enseñó las manos y el costado”, cicatrices de la pasión, signos de su amor fiel hasta la muerte. El que está vivo es el mismo que murió en la cruz.

 Los discípulos se llenaron de alegría”: Se cumple la promesa de Jesús: “cuando aparezca entre vosotros os alegraréis, y vuestra alegría no os la quitará nadie” (Jn 16, 22). Repite el saludo para entregarles la misión: “paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. La misión, como la de Jesús, es demostrar el amor del Padre hasta el fin. El evangelio de Juan recuerda más de una vez esta voluntad de Jesús: “No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16); “igual que a mí me enviaste al mundo, también yo los he enviado a ellos al mundo” (Jn 17, 18).

Exhaló su aliento sobre ellos... recibid el Espíritu Santo”. 

El “alentar” sobre ellos recuerda varios episodios bíblicos: el relato del Génesis sobre la infusión del espíritu humano en la creación del hombre (Gen 2,7; Sab 15,11); la entrada del espíritu en los huesos secos, para que vivan (Ez 37,5); el resurgir de un pueblo nuevo, el verdadero Israel, “seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Ez 37,11-27); el “nacer del Espíritu” en la propuesta de Jesús a Nicodemo (Jn 3, 4-8).

 Perdonar pecados... retener pecados”. Jesús encomienda a la comunidad cristiana que siga, como él, ofreciendo el amor del Padre: acogiendo, perdonando, curando, dando vida. Quien lo acepte entrará en el grupo cristiano. Sabrá que Dios le ha perdonado al infundirle su Espíritu purificador y santificante. Quien se resista a creer, hay que hacerle consciente de que está rechazando al Dios que es Amor. Si ama, está creyendo de algún modo. Este será siempre el criterio último: “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1Juan 3, 14). El juicio final sigue el mismo criterio (Mt 25, 31ss).

El Espíritu es la “gloria común” de los cristianos, e incluso de toda persona. A él conviene acudir en todas las discordias. Así lo explica San Gregorio de Nisa:

 “Al pronunciar la oración de bendición, [Jesús] les aseguró que ya no se encontrarían divididos por la diversidad de opiniones al enjuiciar el bien, sino que permanecerían en la unidad, vinculados en la comunión con el solo y único bien. De este modo, como dice el Apóstol, unidos en el Espíritu Santo y en el vínculo de la paz, habrían de formar todos un solo cuerpo y un solo espíritu mediante la única esperanza a la que habían sido llamados. Éste es el principio y el culmen de todos los bienes. El vínculo de esta unidad es la gloria. Si se examinan atentamente las palabras del Señor, se descubrirá que el Espíritu Santo es llamado “gloria”. Dice así, en efecto: “Les di a ellos la gloria que me diste”. Efectivamente les había dado aquella misma gloria, cuando les dijo: “Recibid el Espíritu Santo...”. Por eso dijo: Les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí; para que sean completamente uno...” (Homilía sobre el Cantar de los Cantares” 15).

ORACION: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23)

Señor Jesús:

Festejamos hoy el inicio de tu Iglesia; de esta asamblea de personas atraídas misteriosamente, que cada domingo sigue celebrando tu presencia. Parece increíble, pero es verdad: tu vida sigue alegrando y pacificando a muchísima gente. El evangelio de hoy sigue siendo realidad: en el domingo, "primer día de la semana", nos llenas de alegría; nos das tu paz, al infundirnos tu aliento, tu Espíritu; nos renuevas tu misión: “podéis ir en paz”.

Tu Iglesia recuerda hoy “lo que pasó en los comienzos de la predicación evangélica”

(oración colecta de la misa del día de Pentecostés): -das a sentir tu presencia en medio de los discípulos; -tienen cerradas la puerta de la casa y la esperanza del corazón; -están entristecidos por haberte abandonado; -tienen miedo, no se atreven a continuar tu misión.

 Tu Espíritu, “tu gloria”, hace el milagro: tu amor gratuito, sin reproches, les perdona, les llena de paz y alegría; tu amor activa la confianza con la entrega de la misión y de tu Espíritu: “como el Padre me envío, así os envío yo”, “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo”.

El gesto de alentar recuerda:-la infusión del espíritu en la creación del hombre; -la visión profética del espíritu que penetra en huesos secos para que vivan; -el resurgir de un pueblo nuevo, “seré su Dios y ellos serán mi pueblo”; -el “nacer del Espíritu” de tu propuesta a Nicodemo para entrar en el reino.

En tu Espíritu va incluida tu misión: “como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”. “Yo he venido en nombre de mi Padre; yo no vengo por mi cuenta, él me ha enviado; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante; no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo; yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”. “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores; el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Aquí estamos, Cristo del Espíritu, dispuestos a aceptar tu misión y tu Espíritu: nos reconocemos “carta de Cristo... escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo”. “Dios nos ungió, nos selló y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones”.

Fuisteis sellados con el sello del Espíritu Santo prometido” (2Cor 3,3; 1,21-22; Ef 1,13).

Que tu Espíritu configure nuestro pensar como la tinta el pensamiento de quien escribe.

Que tu Espíritu nos empape de tus sentimientos como el óleo transmite su perfume.

Que tu Espíritu imprima y haga brillar en nuestra vida la imagen tuya.
Que tu Espíritu, tu Amor, sea “nuestra gloria”.


Domingo de Pentecostés
Jn 20,19-23

 Tanto el libro de los Hechos de los apóstoles (primera lectura) como el evangelio de hoy nos muestran a la primera comunidad de seguidores de Jesús como un grupo de gente con miedo: encerrados y temerosos. Un acontecimiento nuevo va a cambiar esencialmente la situación. La venida del Espíritu Santo convertirá el miedo en paz, en alegría, en generosidad en el perdón, en osadía en la predicación, en la utilización de un lenguaje por todos comprensible… Es la respuesta de Jesús a su promesa de no dejarles nunca solos.

Pentecostés es un grito de esperanza, de unidad, de sana audacia. El Espíritu reparte sus dones –también hoy– para el bien común: de la comunidad eclesial y de la sociedad en general (cf. segunda lectura). Todos y cada uno/a estamos llamados a participar de este festival del Espíritu.

No podemos eludir esta llamada personal y, sobre todo, eclesial de poner todos nuestros dones –por el hecho de ser dones, recibidos – a trabajar, abandonando miedos que ya no tienen sentido. El evangelio de Jesús es «Buena Noticia» para la Humanidad, para todos. Su mensaje, su manera de entender las relaciones humanas y la relación con Dios es lo mejor que le puede pasar al mundo. Y no estamos solos en esta tarea.

Dones del Espíritu Santo y la oración (1) Ven Espíritu Creador

 Uds. recibieron un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza porque no sabemos orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables." (Rom 8, 15. 26)

"Nosotros no sabemos orar": Las palabras de San Pablo a los fieles de la primitiva comunidad cristiana de Roma todavía consuelan a todos los que quisiéramos entrar en una profunda comunicación y comunión con el Señor y topamos con nuestra impotencia. "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza", asegura el Apóstol.

¿Cómo podemos alcanzar, descubrir y colaborar con esta acción del Espíritu en favor de nuestra oración?

¡Ven Espíritu Santo!

 Primero de todo, imploremos al Espíritu Santo. Antes de pedir sus dones, suplicamos que venga Él mismo. Él en persona es el Don más valioso, el "don de Dios altísimo". Cada mañana en mi comunidad, como en tantas otras comunidades religiosas de la Iglesia, iniciamos la oración personal invocando juntos al Espíritu Santo. Con el canto del "Veni Creator Spiritus", pedimos al Espíritu Creador que venga a las almas "de los tuyos". Bajo el ritmo de las notas musicales gregorianas, gozamos de saber que Él nos tiene como los suyos pues nos ha creado y nos conoce profundamente. Le pedimos que venga a elevar nuestras almas – las suyas – a un nivel superior.

Somos templo de Dios

 El siervo de Dios Pablo VI en una homilía memorable, el 25 de mayo de 1969, dentro del contexto del despertar carismático del posconcilio, convocó a los estudiantes eclesiásticos de Roma para hablar de esta venida del Espíritu Santo:

"El primer campo de la efusión vivificadora del Espíritu Santo es el de cada una de las almas,... de nuestro yo: en esa profunda celda de la propia existencia, misteriosa incluso para nosotros mismos, entra el soplo del Espíritu Santo. Se difunde en el alma con el primer y gran carisma que llamamos gracia, que es como una nueva vida, y rápidamente la habilita para realizar actos que superan su nivel natural, por las virtudes sobrenaturales; se expande en la red de la psicología humana con impulsos de acciones fáciles y fuertes, que llamamos dones; y la llena de efectos espirituales estupendos, que llamamos frutos del Espíritu...

Así nuestro ser humano, incluido el cuerpo, llega a ser morada y templo de Dios... No digo más. Lo que sobretodo les recomiendo, hermanos queridísimos, es esto: que den una importancia suma a este misteriodel Espíritu Santo que en nosotros habita, inspira, vivifica, santifica.... El valor místico efectivo depende de la posesión personal de este misterio."

Lo primero en la oración es pedir el don del Espíritu Santo

Entonces, lo primero en nuestra oración es pedir el don del Espíritu Santo mismo que "inspira, vivifica, santifica..." Luego, volviendo a las ideas de nuestro canto matutino, roguémosle que nos encienda un fuego interior, que por su acción las luces y mociones fluyan como agua de una fuente viva, que su presencia en nuestras almas anhelantes de oración sea un "santo ungüento espiritual". Que con sus siete dones enriquezca las palabras que dirigimos a Dios, ilumine nuestros sentidos con luz celestial para penetrar los misterios divinos, inunde de amor lo más íntimo de nuestros corazones y fortalezca nuestra voluntad débil para adherirnos a la suya. Que en la paz de un corazón que reposa en su Señor, salvo de todo peligro, Él nos revele al Padre y al Hijo.
A partir de este Don primero, podemos considerar el papel de cada uno de los sietes dones. Esto lo haremos a lo largo de toda esta semana, en preparación para Pentecostés.

La ciencia

Los dones del Espíritu Santo y la oración

"En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, ... »" (Lc 10, 21)

Frutos del don de piedad

 Jesús nos manifiesta el don de ciencia cuando ora en el gozo del Espíritu Santo al ver volver a los setenta y dos discípulos sumisión. Este don contribuye mucho a la oración, pues nos descubre la relación entre las cosas creadas y Dios. Por la acción iluminadora del Espíritu Santo, perfecciona nuestra fe y concurre directamente a la contemplación, dándonos un conocimiento inmediato de la relación de las creaturas a Dios. Así nuestra mente descubre en la belleza e inmensidad de la creación, la presencia de la belleza, bondad y omnipotencia de Dios y se siente impulsado a traducir

este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias, y exclamar: "Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra..".

Este don también nos permite descubrir a Dios detrás de las obras humanas: "Es la sensación
que experimentamos cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que es fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: ante todo esto el Espíritu nos conduce a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros." (Papa Francisco, 21 de mayo de 2014).

Lugares donde se manifiesta el don de ciencia

La ciencia

 Los dones del Espíritu Santo y la oración. La cienciaLos dones del Espíritu Santo y la oración (4) La ciencia

"En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, ... »" (Lc 10, 21)

Frutos del don de piedad

Jesús nos manifiesta el don de ciencia cuando ora en el gozo del Espíritu Santo al ver volver a los setenta y dos discípulos su misión. Este don contribuye mucho a la oración, pues nos descubre la relación entre las cosas creadas y Dios.

Por la acción iluminadora del Espíritu Santo, perfecciona nuestra fe y concurre directamente a la contemplación, dándonos un conocimiento inmediato de la relación de las creaturas a Dios.

Así nuestra mente descubre en la belleza e inmensidad de la creación, la presencia de la belleza, bondad y omnipotencia de Dios y se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias, y exclamar: "Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra..".

Este don también nos permite descubrir a Dios detrás de las obras humanas: "Es la sensación que experimentamos cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que es fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: ante todo esto el Espíritu nos conduce a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros." (Papa Francisco, 21 de mayo de 2014).

Lugares donde se manifiesta el don de ciencia

 Los salmos, que por definición son oraciones inspiradas, son un constante manifestación de la acción de los dones del Espíritu Santo en los autores, y en especial del don de ciencia. También vemos esta ciencia espiritual en las parábolas de Jesucristo, al encontrar un sentido escondido en todas las realidades creadas: el agua, el pan, el vino, una piedra, los campos de labranza, el cielo, el sol, la vida, la higuera, la semilla, la tempestad. Allí se nos descubre el sentido último de las cosas materiales y de la misma vida humana: su relación ontológica con Dios, su Creador, su Padre y Redentor.

Otro efecto de este don en el alma, esencial para la oración y para abrirse a la gracia de la contemplación, es la conciencia de lo efímero de las criaturas. El hombre, iluminado por el don de ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso.

Es un descubrimiento que le empuja a volverse con mayor ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la sed de infinito que le acosa. (Cfr. Juan Pablo II, 23 de abril de 1989). El libro de la Sabiduría comentaba a propósito de los ateos: "Tal vez como viven entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas, y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se presentan a los ojos!" (Sab 13, 7). El creyente, a su modo, puede quedar tan cogido por las huellas de Dios, que en su oración ya no pasa más allá de ellas para quedarse sólo en el Creador. Esto constituye una advertencia para quien desea progresar en la oración contemplativa.

Cuando el alma, por ejemplo, se siente llena de paz delante un paisaje majestuoso, alabando al Creador, esa experiencia tan valiosa corre el peligro de detenerse en la belleza misma de la criatura. El don de ciencia viene en nuestra ayuda, para que el orante al final contempla no a las criaturas, sino a su Origen y Señor.

La piedad

Los dones del Espíritu Santo y la oración

 Para una buena oración ayudan mucho las actitudes del corazón. Una de estas actitudes es la del hijo, y es la que vamos a reflexionar ahora a la luz del don de la piedad.

¿Qué es un corazón filial? A veces uno encuentra almas de verdad "filiales". En la vida, significa una persona muy a gusto con sus papás, atenta, agradecida, considerada, "que se siente como en casa" junto a ellos. Por el contrario, entendemos lo triste que es carecer del buen corazón filial, el hijo malagradecido o sencillamente egoísta.

¿Cómo tener un corazón filial con Dios?

En la vida espiritual, la persona con corazón filial tiene una relación muy "fresca" con Dios, muy abierta a Él, confiada en Él.

Esta persona también disfruta acudir con la Santísima Virgen María. Se siente hijo de la Iglesia, del Papa. Si pertenece a una congregación religiosa, vive una relación confiada con los superiores. Normalmente un alma así tiene una vida de oración fervorosa, y se palpa la presencia del don de la piedad.

 Y en relación a nosotros, ¿cómo puede ser nuestro corazón filial delante de Dios? Ya somos hijos de Dios por el bautismo. Al designar a Dios con el nombre de "Padre", la revelación acoge la experiencia de la paternidad y maternidad humanas para revelar quién es Dios Padre. Más aún, Dios transciende también la paternidad y la maternidad humanas, con sus valores y fallos. Nadie es padre como lo es Dios. Y nadie es huérfano de Dios.

¿Qué es el don de piedad?

El don de la piedad perfecciona esta experiencia de la fe. El Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. La ternura como actitud sinceramente filial para con Dios se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón.

El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. (Cfr. Juan Pablo II, 28 de mayo de 1989). Santo Tomás lo explica así: "los dones del Espíritu Santo son ciertas disposiciones habituales del alma que la hacen ser dócil a la acción del Espíritu Santo. Ahora bien: entre otras mociones del Espíritu Santo, hay una que nos impulsa a tener un afecto filial para con Dios, según expresión de Rom 8,15: Habéis recibido el Espíritu de adopción filial por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre!" (ST II II 121 1).

Frutos de la piedad

 Esta moción nos permite "sentir" a Dios como Padre buenísimo y amoroso casi de modo inmediato, se podría decir con "una primariedad sobrenatural". El corazón se dilata de amor y de confianza para con Dios. La oración ya no es la búsqueda penosa de un ausente, sino el despertarnos a la mirada amorosa del Presente: un Dios que ya está esperándonos en la oración, escudriñando nuestro corazón, el padre que "ve en lo secreto y recompensará". Es cierto que muchas veces entrar en la presencia de Dios necesita un trabajo nuestro, y debemos hacerlo. Con el ejercicio de la virtud, se hace más fácil, pronto. Pero cuando el Espíritu Santo nos dona la piedad podemos espontáneamente aclamar "Abba". Los ejercicios de piedad dejan de ser una carga pesada y se hacen una verdadera necesidad del alma, un suspiro del corazón hacia Dios. Incluso cuando la sequedad turba la facilidad sensible de la comunicación con Dios, el don de la piedad es capaz de recibir esta privación penosa con paciencia, y aun con alegría, porque viene de un Padre que no se oculta sino para que el alma le busque. Y, como no desea sino darle gusto, goza en padecer por Él. Así Cristo en medio de oración sufrida en Getsemaní no dejó de decir "Abba. Padre"

Pidamos este don al Padre, pidiéndole que escuche la oración de Jesucristo mismo: "Rogaré al Padre para que os envíe otro Paráclito" (Jn 14, 16).

Los dones del Espíritu Santo y la oración  El temor de Dios

 Cuando se quiere mejorar la oración, un camino es el de disponer el corazón, cultivar las actitudes del orante. La actitud de hijo, de criatura, de pecador, de discípulo, de amigo... Cada actitud dispone para el diálogo con el Señor. Con sus dones el Espíritu Santo configura estas posturas del corazón y suscita la oración "de los santos según Dios" (Rm 8, 26).

El don de temor de Dios

Con el don llamado temor de Dios, el Espíritu Santo nos eleva a palpar la santidad transcendente de Dios. No se teme el castigo de Dios, sino que el alma llena de amor y consciente de su fragilidad, teme llegar a ofenderle a Dios, a perderle. Se podría hablar de un don de la reverencia, de la capacidad de descubrir la grandeza de Dios, motivo de adoración y alabanza.

¿Amor o temor?

Sin embargo, hay motivo para mantener la cualidad del "temor", pues se falsifica nuestra relación con Dios si nos olvidamos de quienes somos, de nuestra condición de creaturas y especialmente de nuestra fragilidad como pecadores: de los pecados cometidos, y del peligro de cometerlos. En la oración, cuánto más auténtica es nuestra toma de conciencia de la presencia de Dios, tanto más queda sobrecogida el alma, temerosa de no estar a la altura, de no prestarle al Señor la reverencia que merece.

Los frutos del Espíritu Santo, el don de temor de Dios y la oración

 Cuando el Espíritu Santo se hace presente actuando el don, entramos de pronto con claridad y viveza en la experiencia inmediata de la santidad del Señor. Quizás es mejor que cada uno acuda a la propia experiencia, a los momentos en que ha sido más evidente la acción de Él. No en las emociones, sino en la actitud del alma. No sólo "sentir la grandeza de Dios", o "sentir su santidad", sino sentirse a la vez colmado de la experiencia de su grandeza y de la propia indignidad y fragilidad.

Surgen espontáneas en el alma la adoración y alabanza de Dios por un lado, y por otro la actitud humilde de quien se sabe creatura y aún pecador: "el publicano no levantaba la mirada sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" (Lc 18, 13). Pensemos en las figuras de los grandes orantes: Moisés descalzándose delante de la zarza ardiente. Isaías que exclama: "Ay de mí, soy un hombre de labios impuros". San Pablo que cae al suelo cuando Cristo le aparece en el camino. La misma Santísima Virgen María se turba frente al saludo del Ángel.

A esta luz hemos de querer y pedir que nuestro corazón sea auténtico delante del Señor: "¿Quién soy yo, Señor, para entrar en tu presencia? Una pobre creatura cargada de iniquidad, pero desde mi miseria yo te adoro rendidamente. Te pido perdón de mis muchos pecados".

De modo paradójico, este santo temor también se hace alegría cuando desde el amor cantamos la gloria de Dios: "Recordad la exclamación estupenda del himno de la Santa Misa festiva, llamado precisamente el Gloria: «te damos gracias por tu inmensa gloria»" (Pablo VI, 25 de abril de 1973)

¿Cómo cultivar el don de temor de Dios?

¿Podemos cultivar este don, hacer algo nosotros para alcanzar o secundar la acción del Espíritu Santo en nuestra oración? El cultivo de las virtudes correspondientes, la corrección de los defectos, la súplica perseverante y la espera confiada son todas actitudes que preparan el terreno para la acción del Espíritu. Y el alma queda libre para dejarse guiar u oponerse a la acción divina.

Para el don del temor de Dios, podemos reflexionar sobre nuestras actitudes como creaturas. Sobre la seriedad que damos a la cita con Él en la meditación. Sobre el trato que le damos: el respeto, la reverencia, la atención, las posturas. Sobre la sinceridad de nuestra pena cuando nos percatamos de las distracciones involuntarias. Sobre cómo reaccionamos cuando hay cansancio, calor o aridez: ¿es enojo, molestia? ¿o pena, vergüenza? Luego, de manera más importante, sobre nuestra conciencia y nuestro sentido del pecado. Nuestro deseo de ser puro y santo en su presencia, de que él nos purifique.

Y, finalmente, buscar meditar, contemplar, saborear las grandezas de Dios.


Cristo y sus llagas

Francisco asegura que "en este momento, Jesús está rezando por mí"
Papa dice que "mejor no pecar, pero si pecamos, tenemos un abogado: Jesús"

Jesús, con sus llagas, reza por nosotros, como si dijese al Padre: ‘¡Este es el precio por todos estos!'"

Jesús, reza por mí. Muéstrale al Padre tus llagas, que son también las mías, son las llagas de mi pecado

 (RV).- Jesús reza por cada uno de nosotros mostrando al Padre sus llagas. Es uno de los pasajes fuertes de la homilía del Papa Francisco en la Misa matutina de este martes 3 de junio celebrada en la Casa Santa Marta. El Pontífice ha destacado que Jesús es nuestro abogado que nos defiende, aunque seamos culpables y hayamos cometido muchos pecados.

La despedida de Jesús, la despedida de San Pablo: las lecturas del día han ofrecido a Papa Francisco una ocasión para detenerse sobre la oración de intercesión.

Cuando Pablo se va de Mileto, ha observado, todos se quedan tristes y lo mismo sucedió a los discípulos cuando Jesús pronuncia el discurso de despedida antes "de ir al Getsemaní y comenzar la Pasión".

El Señor, ha proseguido, les consuela, y "hay una pequeña frase de despedida de Jesús que da que pensar": Jesús "habla con el Padre, en este discurso, y dice: ‘Rezo por ellos'. Jesús reza por nosotros". Como rezó por Pedro y por Lázaro delante de la tumba, Jesús nos dice: "Todos vosotros sois del Padre. Yo rezo por vosotros ante el Padre". Jesús no reza por el mundo, "reza por nosotros", "reza por su Iglesia", ha asegurado el Papa.

"El apóstol Juan, pensando en estas cosas y hablando de nosotros que somos muy pecadores, nos dice: "No pequéis, pero si alguno de vosotros peca, sabed que tenemos un abogado ante el Padre, uno que reza por nosotros, que nos defiende ante el Padre, que nos justifica'. Creo que debemos pensar mucho en esta verdad, en esta realidad: en este momento, Jesús está rezando por mí".


Yo puedo ir adelante en la vida porque tengo un abogado que me defiende y si soy culpable y tengo pecados... es un buen abogado defensor, y hablará al Padre de mí", ha afirmado Francisco.

"Él es el primer" abogado que envía después al Paráclito -ha proseguido-. Cuando nosotros en la parroquia, en casa, en la familia "tenemos alguna necesidad o problema", debemos pedir a Jesús que rece por nosotros.

"¿Y hoy cómo reza Jesús? Yo creo que no habla demasiado con el Padre", ha afirmado Francisco: "No habla: ama. Pero hay algo que estoy seguro que sí que hace: le muestra sus llagas al Padre".

"Jesús, con sus llagas, reza por nosotros como si dijese al Padre: ‘¡Este es el precio por todos estos! Ayúdalos, protégelos. Son tus hijos, a los que yo he salvado con esto'. Si no, no se entiende por qué Jesús después de la resurrección ha recibido este cuerpo glorioso, bellísimo", ha explicado.

"No le quedaron moratones, no estaban las heridas de la flagelación, todo bello, pero sí conservó las llagas. Las cinco llagas -ha proseguido-. ¿Por qué Jesús las quiso llevar al cielo? ¿Para qué? Para rezar por nosotros. Para hacerle ver al Padre el precio: ‘Este es el precio, ahora no les dejes solos. Ayúdalos".


"Nosotros debemos tener esta fe de que Jesús en este momento intercede ante el Padre por nosotros, por cada uno de nosotros", ha afirmado Francisco, y cuando nosotros rezamos, esta es su exhortación. "No debemos olvidarnos de pedir a Jesús que rece por nosotros", ha dicho el Papa.

Y ha propuesto una oración para hacerlo: "Jesús, reza por mí. Muéstrale al Padre tus llagas, que son también las mías, son las llagas de mi pecado, son las llagas de mi problema en este momento".

Francisco ha insistido en que "Jesús intercesor sólo le muestra al Padre sus llagas. Esto sucede hoy, en este momento. Tomemos la palabra que Jesús dijo a Pedro: ‘Pedro, yo rezaré por ti para que tu fe no disminuya'".

"Estamos seguros de que Él está haciendo esto por cada uno de nosotros" -ha añadido- debemos tener confianza "en esta oración de Jesús con sus llagas ante el Padre".


Evangelio según San Juan 17,11b-19. 

 Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo: "Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto. Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad." 

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad 
Jesús, la Palabra para ser hablada, cap. 12, 21-22

"Para que mi alegría este en ellos"

 Jesús puede tomar totalmente posesión de nuestra alma si solamente se le entrega con alegría. "Un santo triste es un triste santo", tenía la costumbre de decir san Francisco de Sales. Santa Teresa de Ávila se inquietaba por sus hermanas sólo cuando veía a una de ellas perder su alegría. A los niños, a los pobres, a todos aquellos que sufren y están solos, dadles una sonrisa alegre; no les ofrezcáis sólo vuestros cuidados sino también vuestro corazón. Posiblemente que no nos encontremos en situación de dar mucho, pero siempre podemos dar la alegría que brota de un corazón que ama a Dios. La alegría es muy comunicativa. Estad pues llenos de alegría cuando estéis entre los pobres.

TU PALABRA ES VERDAD

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67, 29-30. 33-35a. 35b y 36c; Juan 17, 11b-19

“«Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.

Ya sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta: acordaos que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos.” Así se dirige Pablo a los presbíteros de Éfeso, y siguen siendo actuales. A los católicos debe unirnos la misma pasión por el Evangelio, y por el hombre de hoy. Desde luego prefiero la radicalidad, sin faltar el cariño, que la pasividad o la comodidad. Pero no dejo de notar, no sólo entre los sacerdotes,  que las diferencias se convierten en parapetos que nos impiden buscar la verdad y nos encierran en nuestra opinión. “ No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.” Parece que a veces se ha perdido la pasión por la verdad. Existe respeto, tolerancia o como quiera llamarse, pero ahí está ausente el cariño. La verdad no puede guardarse para uno mismo, tiende a comunicarse. A veces habrá encontronazos, pequeños distanciamientos, pero cuando hay autenticidad de vida se busca la verdad y, desde ella, se llega a la unidad que, como tantas veces he dicho, no es uniformidad. En la Iglesia, para pastores y fieles, hay que pedir la pasión por la verdad. Al cristiano no le asusta confrontar su vida con el mundo ni con eso que algunos escriben con mayúsculas: la ciencia; pues Dios no se contradice. Ante el auténtico conocimiento, deseable para el progreso del mundo, no tenemos nada que ocultar pues la verdad sale a la luz. Ojalá, por muy distintos que seamos, tengamos pasión por la verdad, por conocerla y comunicarla. La Virgen María aceptó la Verdad en su seno por obra del Espíritu Santo. Pidámosle a ese mismo Espíritu un auténtico amor a la Verdad.

San Francisco Caracciolo

 Nació en los Abruzos Italia, el 13 de octubre de 1563. A los 21 años, una enfermedad terrible a la piel, semejante a la lepra, que todos creían que sería incurable. Entonces Francisco le hizo a Dios esta promesa: «Si me curas de esta enfermedad, dedicaré mi vida al sacerdocio y al apostolado» Curado de milagro, decidió cumplir con su promesa y empezó a prepararse para el sacerdocio.

Se fue a Nápoles, ordenado sacerdote se unió a un grupo de apostolado que se dedicaba a atender a los presos de las cárceles. En el año 1588 Juan Adorno, dispuso fundar una comunidad religiosa que dedicara mitad del tiempo a la oración y la otra al apostolado.

Envió una carta a un tal Ascanio Caracciolo, pidiéndole consejos acerca de este proyecto y proponiendo su colaboración. 

Los que llevaban la carta se equivocaron de destinatario y se la entregaron a san Francisco Caracciolo.

Al leerla encontró que esta comunidad era lo que él había deseado por muchos años y junto con Juan Adorno fundaron la nueva congregación que recibió el nombre de «Clérigos regulares»

 El Papa Sixto V aprobó la nueva Congregación, y les fue concedida una casa junto a la Basílica Santa María la Mayor. Pronto empezaron a llegarles muchos jóvenes con la aspiración de pertenecer a la comunidad. Los fervorosos religiosos se dedicaban a predicar misiones por pueblos y veredas y a hacer apostolados en las cárceles y hospitales. Tenían ciertos sitios apartados y solitarios para dedicarse a la oración y a la meditación.  Poseía el don de curaciones. Muchas veces solo con  la señal de la cruz devolvía la salud a los enfermos. Fundó casas religiosas en Nápoles; en  Madrid, Valladolid y Alcalá. Murió el 4 de junio del año 1608. Tenía apenas 44 años. Su cuerpo, después de muerte despedía suaves fragancias que por tres días llenaron aquel recinto.

Oremos:  Señor, tú que por la predicación de San Francisco Caracciolo, llamaste a  nuestros padres a la luz admirable del Evangelio, te pedimos que, por su intercesión, nosotros crezcamos también en tu gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Que vive y reina contigo.

Una tierra llena de cielo

Si nos detenemos a mirar y escuchar , podemos encontrar a Dios presente en nosotros, a nuestro alrededor , hablando continuamente . Pero si no nos detenemos nunca llegaremos a pensar que no hay nada que ver . Una poetisa británica del s . XIX , Elizabeth Barret Browning describía con ironía los humanos que a menudo no se dan cuenta de nada de lo que viven :
La tierra está saturada de cielo,
y cada simple arbusto arde en llamas Dios.
Pero sólo lo percibe , quien se descalza los zapatos .
Los otros siguen distraídos cosechando moras .

La poetisa alude , claro , a la historia del Éxodo . Moisés se encuentra con Dios en una zarza que arde, se quita las sandalias y escucha la promesa de sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto . Como Moisés , estamos llamados a reconocer que vivimos , trabajamos y nos movemos en un lugar santo " un mundo cargado de la grandeza de Dios " . Estamos llamados , pues, a la santidad . Lo que el rabino Kushner definió como el " ser conscientes de que [ nosotros] estamos en presencia de Dios "

También estamos llamado a liberarnos de las propias cadenas. Para la gente de Moisés , la esclavitud y la opresión en manos de un faraón egipcio ; para nosotros quizá la inclinación al dinero , al poder, a la codicia , al miedo , a las adicciones, al orgullo , al prejuicio o a cualquiera de los otros demonios que nos impiden llegar a ser lo mejor de nosotros mismos .

Presencia de Dios

Sentado ante la pantalla, cierro los ojos durante unos momentos . Puede ayudarme repetir interiormente , varias veces y al ritmo de la respiración una sencilla saludo : «Señor , Dios de la Vida , aquí me tienes» .

Vivo menudo atrapado por el futuro y por los deseos que me impiden vivir con plenitud la pequeñez de cada momento . Pido vivir con libertad mi presente .

Estoy hecho de sentimientos , emociones , deseos , dudas , preocupaciones ... Examino cuáles son los sentimientos que me han acompañado durante el último día . Examinándolos no me dejo ahogar por ellos , sino que les doy el verdadero valor que tienen.

Palabra de Dios

Juan 17 , 11b -19

Jesús levantó los ojos al cielo, dijo : Padre santo , guárdalos en tu nombre , el nombre que me has dado , para que sean uno como lo somos nosotros . Mientras estaba con ellos , yo los guardaba en tu nombre , lo que me has dado. He velado por ellos y no se ha perdido ni uno solo , fuera del que se tenía que perder, para que se cumpliera lo que dice la Escritura. Pero ahora voy a ti , y mientras todavía estoy en el mundo digo todo esto, porque ellos tengan también mi alegría colmada . Yo les he tu palabra, pero el mundo los odia , porque no son del mundo , como tampoco yo soy . No te pido que los saques del mundo , sino que los guardes del Maligno . Ellos no son del mundo , como tampoco yo soy . Santifícalos en la verdad , que es tu palabra . Como tú me has enviado al mundo , yo también los he enviado . Yo me santifico a mí mismo por ellos , para que ellos también sean santificados en la verdad .

Algunos pensamientos sobre el pasaje de hoy

En la Biblia el nombre acompaña siempre una misión , el nombre es portador de una identidad y revela una manera de ser. Jesús conoce el nombre de Dios , ha entrado en su intimidad , y esa intimidad de amor es ya un misterio de amor compartido: el Padre y Jesús son uno. Y desde este amor compartido Jesús revela que sus entrañas son las mismas de Dios : entrañas de madre que velan y cuidan de cada criatura. Y desde este sabernos cuidados, velados , queridos , desde esta experiencia profunda nos invita a vivir una joya completa , la misma de Jesús . Una joya vivida en la vida cotidiana , que no nos ahorra dificultades ni confrontaciones , pero que nos ayuda a comprender que todo , sea lo que sea , se convierte en esta unidad de amor . Sólo Jesús , que ha atravesado con su vida el sufrimiento , la injusticia , el sufrimiento , nos puede invitar a hacer experiencia de esta joya completa, profunda, serena que nace de saber que su vida es una vida entregada, oferta, con sentido. Que también nosotros podamos vivir esta joya de sabernos queridos con un amor incondicional .

¿Qué sentimientos surgen en mí al orar y reflexionar sobre la Palabra de Dios ? Imagino Jesús mismo , sentado o de pie , cerca de mí , y le abro el corazón.


Evangelio de Lucas 10, 21 .En ese momento, Jesús , lleno del entusiasmo del Espíritu Santo, dijo :- Te alabo, Padre , Señor del cielo y de la tierra , porque has revelado a la gente sencilla que ocultaste a los sabios y entendidos. sí, Padre, así te ha parecido hacerlo.

Esta mañana en el campus , entre clase y clase , estabas con un grupo de gente de la Facultad y han comenzado a criticar la iglesia , Tu callabas , pero por dentro iba entrando un sentimiento de frustración . Tú conoces tu parroquia , los amigos del grupo , has hecho voluntariado y fuiste a la Pascua joven , y sabes como vive el padre que te acompaña espiritualmente .... ¡Vamos, hombre , esos que saben !

Has preferido irse del grupo y ya en el bar has experimentado que te sentías muy solo .

Pero ahora la noche, cuando en casa todos duermen coges el Evangelio , la obras y te sale el texto que hay más a arriba " Jesús lleno de entusiasmo del Espíritu Santo " . Te sientes profundamente emocionado / a . Entusiasmo por los miles de misioneros y misioneras que todo el mundo viven entregados a la gente en cuerpo y alma : consolando , sanando , ayudando , trabajando , rezando ... dando la vida . Casi nunca se habla ; pero Jesús siente entusiasmo por ellos y ellas . Entusiasmo por los miles de jóvenes que buscan los caminos del espíritu , que se deciden cada día a mejorar un poco más nuestro mundo , que van a Taizé , hacen el camino de Santiago , son voluntarios , se reúnen para revisar su vida , organizan debates , ayudan en casa, aman a la gente mayor , se preparan para hacer política en clave de servicio , van a las cárceles .... Casi nunca se habla ; pero Jesús siente entusiasmo por ellos y ellas .

Entusiasmo por tantas parejas que son fieles , que han llegado a ser amigos del alma , que confrontan sus puntos de vista, que se han dicho un sí para siempre y quieren ganar día a día , que su hogar se va convirtiendo como una iglesia doméstica . Luchan , se aman, se perdonan , esperan . Casi nunca se habla ; pero Jesús siente entusiasmo por ellos y ellas .

Entusiasmo por tantos y tantas religiosos y religiosas , que han ido dando la propia vida sin hacer mucho ruido , cada mañana orando en el silencio de su habitación , su celda o el oratorio comunitario ... en hospitales , centros y escuelas , monasterios , organizaciones de ayuda de todo tipo. Entre ellas y ellos también hay jóvenes , que si lo consideran desde la sociología pueden ser los últimos , y a pesar de cifras y presagios , siguen adelante , confiados ... son gente muy especial . Casi nunca se habla pero Jesús siente entusiasmo por ellos y ellas. Entusiasmo por tanta gente comprometida en los movimientos sociales, en los voluntariados ; por tantos sacerdotes dedicados de lleno a las comunidades , por periodistas , abogados , médicos ... para la gente de las ONGS , por gente de la limpieza , para empleados y funcionarios , por profesores , para abuelos y abuelas , por gente que cuida de los otros, por que rezan cada día ... Miles y miles . casi nunca se habla ; pero Jesús siente entusiasmo por ellos y ellas .   No lo dudes Jesús siente entusiasmo también por ti.


Francisco en la audiencia del miércoles

"Piedad no es pietismo ni cerrar los ojos ni tener lástima de alguien"
Papa: "Con el don de la piedad el Señor nos calienta el corazón"

"Reír con el que ríe, llorar con el que llora, corregir al que está en el error y acoger al que lo necesita"

 (José M. Vidal).- Multitudinaria audiencia papal cuatro días antes de la ucmbre de oración por la paz en Tierra Santa.Francisco, como siemprre, con su pueblo, difereciando en medio de la multitud. Y tras el baño de multitudes, el recogimiento para la oración y la escucha de la Palabra, centrada en el don de a Piedad, que "no es pietismo".

De la carta de San Pablo a los romanos: "Los guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios...Hijos adoptivos por el Espíritu por medio del cual gritamos 'Abba' Padre"

Algunas frases de la catequesis del Papa

"Queremos detenernos en un don del Espíritu que suele etenderse mal y, sin embargo toca al corazón de nuestra identidad cristiana"

"Se trata del don de la piedad"
"No se identifica con la compasión, sino que indica nuestra pertenencia a Dios"
"Este vínculo con el Señor viene de dentro y no es una imposición"
"Es nuestra amistad con Dios. Una amistad que cambia nuestra vida y nos llena de entusiasmo y de alegría"
"El don de la piedad suscita la gratitud y la alabanza"


"El Señor nos calienta el corazón"
"Piedad es, pues, sinónimo de auténtico espíritu religioso y de confianza total con Dios"
"El don de la piedad nos lleva a vivir como hijos de Dios y, al mismo tiempo, nos lleva a reconocer a los demás como hermanos"
"Piedad no es pietismo"
"Algunos piensan que tener piedad es cerrar los ojos y hacer como si se fuese un santo...Este no es el don de la piedad"
"Reir con el que ríe y llorar con el que llora o corregir al que está en el error y acoger al que lo necesita"
"El don d  la piedad nos hace humildes, tranquilos, pacientes"
"Pidamos al Señor que el don de su Espíritu pueda vencer nuestro temor y nuestra inquietud"
"Adorar al Señor con el servicio de los demás con humildad y con la sonrisa"
"Que el Espíritu santo nos de a todos el don de la piedad"

Saludo del Papa en polaco
"Queridos jóvenes, sed valientes"
"Que San Juan Pablo II os guíe"

Saludo del Papa en italiano
"Saludo a los peregrinos de Bérgamo venidos a dar gracias a Dios por el don de San Juan XXIII"
"Estamos preparando Pentecostés. Queridos jóvenes os invito a dejar sitio a Dios en vuestras vidas"

  

Texto íntegro del saludo del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis de hoy mencioné el don de la piedad. Esta palabra, "piedad", no tiene aquí el sentido superficial con que a veces la utilizamos: tener lástima de alguien. No, no tiene ese sentido.

La piedad, como don del Espíritu Santo, se refiere más bien a nuestra relación con Dios, al auténtico espíritu religioso de confianza filial, que nos permite rezar y darle culto con amor y sencillez, como un hijo que habla con su padre. Es sinónimo de amistad con Dios, esa amistad en la que nos introdujo Jesús, y que cambia nuestra vida y nos llena el alma de alegría y de paz.

Este don del Espíritu Santo nos hace vivir como verdaderos hijos de Dios, nos lleva también a amar al prójimo y a reconocer en él a un hermano. En este sentido, la piedad incluye la capacidad de alegrarnos con quien está alegre y de llorar con quien llora, de acercarnos a quien se encuentra solo o angustiado, de corregir al que yerra, de consolar al afligido, de atender y socorrer a quien pasa necesidad.
Pidamos al Señor que este don de su Espíritu venza nuestros miedos y nuestras dudas, y nos convierta en testigos valerosos del Evangelio. 

***

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, México, Guatemala, República Dominicana y otros países latinoamericanos. Que el Corazón de Jesús, al que está dedicado especialmente el mes de junio, nos enseñe a amar a Dios como hijos y al prójimo como hermanos. Gracias.


Texto completo de la catequesis que el Papa Francisco

Los Dones del Espíritu: La Piedad

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

 Hoy queremos examinar un don del Espíritu Santo que a menudo viene mal entendido o considerado de una manera superficial, y que en cambio toca el corazón de nuestra identidad y de nuestra vida cristiana: es el don de la piedad.

Hay que dejar claro que este don no se identifica con tener compasión por alguien, tener piedad del prójimo, sino que indica nuestra pertenencia a Dios y nuestro profundo vínculo con Él, un vínculo que da sentido a toda nuestra vida y nos mantiene unidos, en comunión con Él, incluso en los momentos más difíciles y atormentados.

1. Este vínculo con el Señor no debe interpretarse como un deber o una imposición: es un vínculo que viene desde dentro. Se trata, en cambio, de una relación vivida con el corazón: es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría. Por esta razón, el don de la piedad suscita en nosotros, sobre todo, gratitud y alabanza. Es éste, en realidad, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace sentir la presencia del Señor y de todo su amor por nosotros, nos reconforta el corazón y nos mueve de forma natural a la oración y la celebración. Piedad, por tanto, es sinónimo de auténtico espíritu religioso, de confianza filial con Dios, de aquella capacidad de rezarle con amor y sencillez que caracteriza a los humildes de corazón.

2. Si el don de la piedad nos hace crecer en la relación y en la comunión con Dios y nos lleva a vivir como sus hijos, al mismo tiempo nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como hermanos. Y entonces sí que seremos movidos por sentimientos de piedad - ¡no de pietismo! - hacia quien nos está cerca y por aquellos que encontramos cada día. ¿Por qué digo no de pietismo? porque algunos piensan que tener piedad es cerrar los ojos, hacer cara de estampita, ¿así no? y también fingir el ser como un santo, ¿no? No, este no es el don de la piedad. En piamontés nosotros decimos: hacer la "mugna quacia", éste no es el don de piedad ¡eh! De verdad seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado. Hay una relación, muy, muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles. Nos hace tranquilos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los otros con apacibilidad.

Queridos amigos, en la Carta a los Romanos, el apóstol Pablo afirma: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios: "¡Abba, Padre!" (Rm 8, 14-15). Pidamos al Señor que el don de su Espíritu pueda vencer nuestro temor, nuestras incertidumbres, incluso nuestro espíritu inquieto, impaciente y pueda hacernos testimonios gozosos de Dios y de su amor. Adorando al Señor en la verdad y también en el servicio a los próximos, con mansedumbre y también con la sonrisa, que siempre el Espíritu nos da en la alegría. Que el Espíritu Santo nos dé a todos nosotros este don de la piedad. Gracias.


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