Los Nueve Modos de Orar de Santo Domingo

PRESENTACIÓN

Todos los testigos de la Canonización de Santo Domingo están de acuerdo en poner de manifiesto el gran espíritu de oración con que estaba adornado el Santo Padre Domingo. En él la asiduidad en la oración superaba todo lo demás y era una viva experiencia personal de profundidad contemplativa, en la que todo su ser irradiaba una luz de origen divino, expresión y reflejo de la presencia de Dios y de su unión profunda con El. La oración de Santo Domingo se manifestaba no solamente en palabras salidas de su corazón ardiente sino también en gestos y actitudes. Destacan entre aquellas las inclinaciones, genuflexiones y postraciones, y entre estas la lectura hecha en el silencio de su celda o durante sus viajes de apostolado y predicación. La oración tiene como uno de sus intentos la purificación del alma. El alma abandonada gime en sollozos sinceros de penitencia deseando ardientemente esa mortificación interior y exterior para unirse sumisa a la voluntad de Dios. La oración es un acto esencialmente religioso por el que se rinde a Dios verdadero culto, equivale a una profesión de fe, de adhesión, de unión a la persona de Cristo. Donde no hay fe no hay oración. La fe es la fuente de la oración, es también intérprete de la esperanza; se pide con devoción y ahinco lo que se quiere conseguir.

A los primeros seguidores de Domingo, dotados de un exquisito sentido espiritual, no podía escapárseles el gran espíritu de oración de su Santo Padre. Los más atrevidos iban a espiarle durante la noche, en un ángulo de la iglesia y lo seguían en los continuos y perseverantes movimientos de sus genuflexiones de altar en altar, bien absorbidos y callados cuando se paraba sin moverse en ese estado o bien temerosos y sobrecogidos cuando emitía gemidos y sollozos entre los golpes implacables de la disciplina. Cuando se encontraba en el convento dedicaba la noche a la oración, muy a menudo pasaba la noche en la iglesia sin ir a descansar. Las vigilias eran largas y continuadas y su fuerte fibra resistía las duras y ásperas disciplinas.

El B. Jordán podía decir de él: "Como fructífero olivo y como ciprés que se eleva hacia la altura, consumía los días y las noches atendiendo sin descanso a la oración". De forma más difusa insisten los testigos de canonización sobre los actos de dolor de los pecados a los que conducía su oración. El Señor le había concedido la gracia de llorar por los pecadores, por los desgraciados, por los afligidos...

En los primeros tiempos de la Orden, se lee en las Vitae Fratrum, fue tanto el fervor que nadie sería capaz de describirlo. Rara vez o casi nunca se encontraba la iglesia sin frailes que estuvieran rezando, hasta tal punto que cuando se buscaba a los religiosos para acudir a la portería se les encontraba más fácilmente en la iglesia que en otro lugar cualquiera. El B. Jordán, imagen viviente del padre y maestro, mente organizadora por su celo y por su ímpetu apostólico, oraba con la misma disciplina rítmica. Santo Domingo no es sólo un apóstol, sino también un contemplativo, y no se pueden separar estos dos aspectos de su fisonomía. El aspecto claustral y contemplativo sólo puede ser recogido y expresado por un artista y un religioso y éste no podia ser otro que el B. Angélico, que con sus pinceles plasmó a Santo Domingo absorto en contemplación. La contemplación dominicana, dice F. Martínez, es una profundización del misterio de la salvación que se alimenta del contacto de una humanidad necesitada de salvación en el contemplar y entregar a los hombres lo contemplado. La contemplación de las verdades divinas no quedan en Santo Domingo como una mera alegría o éxtasis interior; las pasa a las almas por las que él sufre, llora, se mortifica y disciplina. Santo Domingo está absorto en la contemplación del Cristo crucificado, su mirada interior se halla fija en la gravedad del pecado y sobre todo en su indignidad. Desde el humilde abandono en que se halla, su cuerpo se levanta delante de Dios personal y realmente presente.

"La contemplación es una fortaleza que da gozo al Señor. No es más que sintonía con la luz, luz de amor iluminado, de ahí la necesidad de la oración, adoración, contemplación. Por naturalidad con el ser, sólo la contemplación nos da agua del manantial. La oración contemplativa nos entrega en cuerpo y alma a la visión. La contemplación es la palma luminosa y omnipresente en Dios, la contemplación es templo" (Pérez Gago).

Oración y contemplación: dos elementos esenciales de la vida monástica. En los albores de la vida dominicana la oración y contemplación son parte integrante y elementos indispensables de la vida de los hermanos.

La obra de Gerardo de Frachet recoge y afirma que Santo Domingo asume actitudes específicas durante la oración que suelen presentar tres formas fundamentales de la vida ascética, esto es: de pie, arrodillado y postrado en tierra.

Los modos de orar de Santo Domingo, de autor desconocido (c. 1260-1288) sirven para conocer mejor el espíritu de oración de Nuestro Padre. El manuscrito que los contiene con maravillosas ilustraciones en color se conserva en la Biblioteca Vaticana (Codex Rossianus, 3).

Aquí los ofrecemos, en traducción española, a las nuevas generaciones de la Familia Dominicana para que imitándolos sigan el ejemplo de tan amado Padre.


Prólogo

Los Santos Doctores Agustín, Ambrosio, Gregorio, Hilario, Isidoro, Juan Crisóstomo, Bernardo y otros piadosos doctores griegos y latinos han tratado difusamente de la oración, de la recomendación a ella, de la preparación, y cómo no, de los impedimentos (de las dificultades). Pero el glorioso y venerable Tomás de Aquino y Alberto, de la Orden de Predicadores, en sus libros y Guillermo en el tratado sobre la "Virtud" en un modo noble, santo, devoto y hermoso han expuesto la manera de orar, según la cual el alma se sirve de los miembros del cuerpo a fin que pueda elevarse devotamente al Señor y de tal manera el alma que da movimiento al cuerpo, de éste viene movida, hasta el punto en ciertos casos de caer en éxtasis como S. Pablo o en otros de ser raptada como sucedió al profeta David. Como Santo Domingo recurría muchas veces a este modo de orar es necesario decir aquí alguna cosa. Ya que se sabe que los santos del Antiguo y Nuevo Testamento frecuentemente oraban de tal modo, porque el recíproco influjo del alma sobre el cuerpo y de éste sobre aquella excita la devoción. Gracias a ella, Santo Domingo, se enfervorecía y vertía copiosas lágrimas y su voluntad se encendía de tanto fervor que no podía impedir que los miembros del cuerpo manifestasen por ciertas señales la devoción interna. Y con aquella elevación de su espíritu a veces hacia peticiones, súplicas y acciones de gracias. No hablaremos aquí de los grandes movimientos de fervor que él acostumbraba hacer durante la celebración de la misa o en la recitación de los salmos, muchas veces cuando recitaba estas oraciones santas, tanto en el coro, como en los viajes se veía raptado y elevado como si estuviese conversando con Dios o con los ángeles. Pero estos que vamos a describir fueron otros modos de orar.

 

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