Jesucristo:
Sumo y Eterno Sacerdote
“Si
las manos del hombre representan simbólicamente
sus facultades y,
más en general, la técnica
como poder capaz de dominar el mundo,
entonces las manos ungidas
tienen que ser un signo de su capacidad
para dar, de la creatividad
para plasmar el mundo con amor
y para esto tenemos necesidad
sin duda del Espíritu...”
(Benedicto
XVI – El misterio del Sacerdote)
Este
jueves inmediato a Pentecostés celebramos la fiesta
de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, contemplamos el sacerdocio
redentor de Jesucristo como la cumbre y compendio de su acción
salvadora en el mundo. Jesús es el sacerdote de la nueva
alianza que nos ha reconciliado con Dios y nos ha llamado a
formar parte de su Iglesia haciéndonos hijos del Padre.
Nos ha comunicado una nueva vida en el Espíritu Santo
y nos ha convertido en Pueblo sacerdotal, participes de su
sacerdocio para extender el reino de Dios a todos los hombres.
En medio de este pueblo sacerdotal, Dios, por medio de la
Iglesia, elige a algunos de los hermanos para que desempeñen
el sacerdocio ministerial y santifiquen al pueblo de Dios.
Como cristianos en Cristo y por Cristo ellos ofrecen vida,
gozos y sufrimientos, con alegría en el altar. Ellos,
llamados a desempeñar el sacerdocio ministerial, se
unen de modo singular a Cristo, Sacerdote, Cabeza y Pastor: "Sólo
el sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado una
peculiar participación en el oficio de Cristo Cabeza
y Pastor y en su sacerdocio eterno" (Christifideles
laici, 23). La misión del sacerdote ordenado es perpetuar el
sacerdocio único de Jesucristo.
Por otro lado, así como Jesús une en su mediación
los dos aspectos de la relación con Dios y con los hombres,
y esto es lo que lo constituye sumo sacerdote, así nosotros
debemos unir en nuestras vidas la fe que nos acerca a Dios
y la solidaridad que nos une a nuestros hermanos.
Nosotros debemos integrar la relación con Dios en el
centro de nuestra vida, haciendo que nuestro culto sea la propia
vida entregada y no como una realidad aparte; entrar en relación
con Dios y confrontarnos constantemente con su voluntad, y
acercar a nuestros hermanos a Dios. Y esto sólo podemos
realizarlo estando unidos a Cristo por los sacramentos, que
no son observancias rituales, sino medios de unión con Él.
En esto consiste nuestro sacerdocio común, en unir toda
la realidad de nuestra vida y de nuestra muerte, a la realidad
de la vida y de la muerte de Cristo en favor de nuestros hermanos.
Esta festividad de origen española, obtuvo aprobación
de la Santa Sede en 1971. Fue incluida en el calendario litúrgico
en 1974, y desde 1996, se incorporaron textos propios en la
liturgia de las horas, enviados desde Madrid por Juan Pablo
II, en conmemoración de sus bodas de oro sacerdotales.
Hoy
fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, por la intercesión
de Santísima Virgen, Reina y Madre
de cada uno y de la Iglesia entera, oremos por los sacerdotes,
para que sean dignos ministros de Nuestro Señor: hombres
de oración, amantes del sacrificio, encendidos de celo
por la salvación de las almas. Y en especial oremos
por el Papa Benedicto XVI, que con tanta entrega y docilidad
a Dios ha recibido la carga del Sumo Pontificado, para que
el Señor le haga muy santo y llene de eficacia su labor
en servicio de la Iglesia y de la humanidad.
“...Señor
Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote,
concédenos tu Espíritu de Sabiduría y
unión,
que a todos nos unifique en tu Cuerpo Místico, la
Iglesia,
para ser tus testigos en el mundo...”
Jesús
te ama.