
Fiesta de
la Sagrada Familia
31
de diciembre
"La familia es la mejor garantía de dignidad,
igualdad y libertad de la persona"
(V Encuentro de Familias, Valencia-España, Julio 2006)
Hoy en medio del tiempo navideño, nos detenemos a contemplar el pesebre y ponemos nuestra mirada y corazón en Jesús, José y María, y junto a ellos celebramos la festividad de La Sagrada Familia, modelo perfecto de vida familiar vivida en la fe y la obediencia a la voluntad de Dios. Un misterio que se revela a nuestros ojos y en el que la Iglesia entera ve una particular expresión de la cercanía de Dios y al mismo tiempo un signo particular de elevación de toda familia humana, de su dignidad, según el proyecto del Creador.
No existe otra comunidad interhumana tan unificante, tan profunda y universal como la familia. Y al mismo tiempo, tan capaz de hacer felices, y tan exigente, porque es muy vulnerable, dado que está expuesta a diversas "heridas". Ya nos dice la liturgia, que como familia mantengamos en ella "amor, que es el ceñidor de la unidad consumada, la paz de Cristo para que actúe de árbitro en nuestro corazón y la palabra de Cristo plena entre nosotros en toda su riqueza...” De ese modo reconoceremos que “el matrimonio no es difícil; es más bien humanamente imposible. Por eso Cristo lo restableció como un sacramento…”
La fiesta de la Sagrada Familia nos lleva a una reflexión atinada y necesaria en estos tiempos: el niño Jesús de Belén fue creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres…fue adolescente y adulto. En la actualidad estas etapas del desarrollo humano causan revuelo en el quehacer familiar. Y todo tiene que ver con el Amor.
El adolescente que se descubre a sí mismo y quiere ser él mismo (Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?) Luego decide amar, descentrándose de si mismo, se descentra de sí y pone su centro en el otro, en el que sueña, por el que vive, por el que es capaz de entregarse y sacrificarse (se entregó a cada enfermo, a cada necesitado…) Por fin, dos personas que se aman se unen para conseguir un ideal superior; cuando más que poseer el amor se sienten poseídas por el Amor; cuando ponen sus ojos y su vida en algo o Alguien que les transciende; cuando se dejan quemar por un fuego transformante -algo así como la cera, que de verdad adora a la llama- (Jesús se inmoló por nosotros). Naturalmente, que estos tres tiempos muchas veces se integran y se viven simultáneamente. En Jesús estas etapas se dieron. Él crecía de verdad.
En este final de año preguntémonos: ¿crecemos? ¿O medimos nuestra vida por los años, por la vitalidad del cuerpo o la experiencia acumulada? ¿Por qué no la medimos por el afianzamiento de nuestra creación, por el progreso en el amor, por el crecimiento en la adoración? Sí, importa la cantidad de vida, pero también, y mucho más, la calidad.
Hoy hacemos nuestra aquella oración del V Congreso Mundial de las Familias realizado este año en Valencia y damos gracias a nuestro Señor por el ejemplo que nos ofrece en la Sagrada Familia de Nazaret y por nuestras familias… Le pedimos nos conceda la fuerza para permanecer unidos en el amor, la generosidad y la alegría de vivir juntos… Que nos ayude en nuestra misión de transmitir la fe que recibimos de nuestros padres…Que abra el corazón de nuestros hijos para que crezca en ellos la semilla de la fe que recibieron en el bautismo…Que fortalezca la fe de nuestros jóvenes, para que crezcan en el conocimiento de Jesús y… Que aumente el amor y la fidelidad en todos los matrimonios, especialmente aquéllos que pasan por momentos de sufrimiento o dificultad ¡Derrama tu gracia y tu bendición sobre todas las familias del mundo!
Jesús te ama.
“Se comprende entonces qué significa ser los que trabajan por la paz…
No se trata de inventar o de crear la paz, sino de transmitirla,
de dejar pasar la paz de Dios y la paz de Cristo «que supera toda inteligencia»...”
(«Bienaventurados los que trabajan por la paz» P. Raniero Cantalamessa, 22-12-2006)
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