Domingo
de Ramos
“...Corramos
a una con quien se apresura a su Pasión,
e imitemos a quienes salieron a su encuentro.
Y no para extender
a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas,
sino para
postrarnos nosotros mismos,
con la disposición más
humillada de que seamos capaces
y con el más limpio
propósito,
de manera que acojamos al Verbo que viene,
y así logremos captar a aquel Dios
que nunca puede
ser totalmente captado por nosotros...”
(San Andrés de Creta, Sermón
9, Domingo de Ramos)
Este 1 de Abril
celebramos el Domingo de Ramos - la entrada en Jerusalén - el preludio gozoso y glorioso a las dolorosas
humillaciones que conocerá Jesús. Con esta celebración,
damos inicio a la Semana Santa, la más importante y
solemne de todo el año litúrgico, pues en ella
conmemoramos y revivimos los misterios de nuestra redención,
los acontecimientos que nos dieron vida eterna.
La fiesta de Domingo
de Ramos es resplandor de un momento, explosión de un instante. Devela la belleza y la vitalidad
de todo ser humano en atención de su prójimo,
aunque fugaz, porque es humana. Y nuestro Señor lo sabe
porque conoce el corazón del hombre. Pero Él
no rechaza este gozo popular, que es genuino, a diferencia
de aquellos que traman en la sombra, el escenario que lo conducirá a
su arresto y muerte.
Al recordar en esta
festividad la entrada de Jesús
en Jerusalén sobre un borrico y a la muchedumbre entusiasmada
tendiéndole una verdadera alfombra en su honor con sus
propios mantos, se nos insta a arrojar al paso de nuestro Señor
nuestros trajes, posesiones, seguridades, nuestras falsas apariencias.
Así Jesucristo triunfa en nuestras vidas y posa sus
pies sobre todo lo nuestro. En este día, atraviesa nuestra
puerta, cruza el umbral de nuestras murallas y, al igual que
entonces, le gritamos: “¡Hosanna! ¡Bendito
el que viene!”
Desde este primer
día de la Semana Santa, a nosotros
también nos toca acoger a Jesús, aceptar su voluntad
soberana sobre nosotros, como Él mismo a esta hora de
un triunfo humilde acepta la voluntad de su Padre. En nuestras
manos está vivir esta fiesta en verdad, y en humildad
con aquellas palmas que expresan la victoria y los olivos que
expresan la paz. Vayamos pues delante de Jesús rindiéndole
homenaje a su fuerza y su misericordia, ofreciéndole
nuestras victorias que son, de hecho, sus victorias, sobre
nosotros mismos y sobre el pecado.
El Domingo de Ramos
es puerta abierta a Cristo para que entre en lo más hondo de nuestras vidas. De poco serviría
que le aclamásemos con los ramos si, luego, no dinamitamos
los candados de nuestros corazones y nos quedamos como meros
espectadores. Jesús no quiere curiosos ni palmeros,
necesita de hombres y mujeres que vivan con espíritu
cristiano su pasión, muerte y resurrección y,
luego, den testimonio de ella.
Hoy pidamos a nuestro
Señor que podamos acogerlo sin
ambigüedades, en la aceptación de lo que nos pide
vivir con Él y como Él. Que sepamos acompañarle
en todos sus pasos, esos pasos que nos van a herir los pies
y que nos van a hacer llorar. Pero que también nos van
a arrancar gritos jubilosos durante su entrada en Jerusalén
y en su Resurrección.
Jesús
te ama.