Fiesta de la Divina Misericordia.

“Si la misericordia divina está en el inicio de todo
y es ella la que exige y hace posible
la misericordia de los unos con los otros,
entonces lo más importante para nosotros
es tener una experiencia renovada de la misericordia de Dios…”

(P. Raniero Cantalamessa – Roma 2007)

Este domingo culminamos la Octava de Pascua con una fiesta extraordinaria en su ternura, la fiesta de la Divina Misericordia. Celebramos la plenitud suprema del Amor divino. Recordamos una vez más que Dios es Amor. Es un primer don de Amor el llamarnos a la existencia. Es otro don el que nos predestina a ser sus hijos. Y es el colmo de este Amor, que luego de haber respondido a esos dones con el pecado, Dios haya consentido perdonarnos, rehabilitarnos como sus hijos, ofreciéndonos los medios de ganar el cielo, todo ello por medio de los méritos de su Hijo Encarnado.

Es con nuestro Señor Jesucristo que la Misericordia divina se revela  en todo su esplendor. Jesús es la Misericordia, el Perdón, el Amor. Jesús mismo se define como el Buen Samaritano que lleva socorro al viajero cubierto de heridas. Jesús anuncia el gozoso mensaje de la remisión de los pecados y ha venido a sanar a los enfermos no a los sanos. Ha venido para buscar y salvar lo que está perdido. Él come con los pecadores y se deja llamar amigo. El lleva a todos la paz de la conciencia. Su voluntad es que todos sean salvados.

Jesús detesta infinitamente el pecado pero ama infinitamente al pecador. En todo hombre, Jesús busca, no el motivo de condena, sino el motivo capaz de salvarlo, por pequeño que éste sea. Jesús conoce los pecados de la mujer que viene a untar sus pies de perfume, sin embargo, viendo en ella las buenas disposiciones de su corazón. Jesús le dice: “Tus pecados te son perdonados…”

Y un sacramento especial nos permite tener una experiencia renovada de la sobreabundancia de la Misericordia divina, y este es el sacramento de la Reconciliación, donde el Señor se complace en perdonar, y ejerce su misión de Salvador. De ese modo, el Amor de Dios frente al pecador se traduce en Misericordia. Jesús nunca rehúsa al pecador sus divinos favores. Sino veamos, a Pedro que negó a su Maestro, le confiará las llaves del Reino de los cielos. Pablo, el perseguidor de cristianos, será elegido para ser instrumento de evangelización de los paganos, de los reyes e hijos de Israel.  

Ningún pecado, por infame que sea, agotará la Misericordia divina. El Señor es Santo y el menor pecado le horroriza, no obstante, una vez que los pecadores se arrepienten, la Misericordia divina es ilimitada. A todos, Jesús ofrece su Amistad y su Perdón, a cambio de un sincero impulso de amor.

Jesús nos ha mostrado hasta donde nos ha amado, al entregarse a la muerte en la Cruz. El sacrificio de Cristo para expiar los pecados del mundo, y salvar a los hombres es el testimonio más elocuente del Amor y la Misericordia infinita de Dios. Esta verdad San  Agustín la expresa en dos palabras la historia de la Redención del hombre: Miseria y Misericordia. La miseria expresa la condición del hombre pecador; la misericordia, canta el amor salvador de Dios.

Y es ese canto del amor salvador de Dios, el que se nos regala en Polonia desde 1931 a 1938, durante las apariciones de Jesús a Santa Faustina Kowalska, encomendándole la misión de recordar a los hombres toda la verdad de la Misericordia de Dios y, a la vez, enseñar nuevas formas de devoción y culto.

La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona que Dios es Misericordioso y nos ama a todos. Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión.

Sin embargo, esta tierna devoción a la Divina Misericordia al hacerse actitud de vida completará el anhelo precioso de nuestro Señor de hacer posible la misericordia de los unos con los otros. “Los seres humanos –decía San Agustín- somos como vasos de arcilla, que solo con rozarse, se hacen daño. No se puede vivir en armonía, en la familia y en cualquier otro tipo de comunidad, sin la práctica del perdón y de la misericordia recíproca...”

Hoy en la Fiesta de la Divina Misericordia pidámosle a nuestro Señor que sepamos identificar, en nuestras relaciones con los demás, la que parezca más necesitada de recibir misericordia y reconciliación, y ofrezcámoslas silenciosamente, con abundancia, por la Pascua. Unámonos a nuestros hermanos ortodoxos, que en Pascua no se cansan de cantar: ¡Es el día de la Resurrección! ¡Irradiamos gozo por la fiesta, abracémonos todos! ¡Digamos hermano también a quien nos odia, perdonemos todo por amor a la Resurrección!

Jesús te ama.

“…Es preciso encender esta chispa de la gracia de Dios.
Es preciso transmitir al mundo este fuego de la misericordia.

En la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad…”

(Juan Pablo II – Cracovia 2002)


Fiesta de la Divina Misericordia
Coronilla a la Divina Misericordia



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