Miércoles
de Ceniza
6
de febrero
“Cada vez que por amor a Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado,
experimentamos que la plenitud de la vida viene del amor
y todo nos regresa como bendición
en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría…"
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2008.
Este 6 de Febrero celebramos el Miércoles de Ceniza. Una celebración que nos sitúa en el punto de partida de un peregrinaje que nos conducirá a la Pascua por una “ruta” que durará cuarenta días. En este día nos acercamos al templo donde nuestro sacerdote al poner en nuestras frentes la austera ceniza, nos dice a cada uno las palabras bíblicas: “¡Conviértete, y cree en el Evangelio!... Y no olvides de que eres polvo y en polvo te has de convertir...”
Cada uno de nosotros está llamado de manera personal a recorrer esta “ruta”, a levantarse, caminar, tomar una decisión y buscar respetarla. Pero también estamos invitados a hacerlo juntos, comunitariamente: en nuestros grupos, movimientos, equipos. En efecto, hoy, en todo el mundo, toda la iglesia ingresa en la Cuaresma; toda la iglesia se levanta para acoger mejor el llamado de Jesús: “¡Conviértete, y cree en el Evangelio!..”
Y si queremos ajustar nuestro espíritu al espíritu de la Iglesia, sabemos que hoy comenzamos un tiempo de penitencia y senos propone tres modos de expresarla: la oración, el ayuno y la limosna. Al respecto S.S. Benedicto XVI nos invita a vivir este tiempo de Cuaresma en “generosidad material a favor de los necesitados”,hecha limosna, que representa un modo concreto para salir al encuentro de quien se encuentra en necesidad, y al mismo tiempo, un ejercicio ascético para librarse del apego a los bienes terrenos".
Y así, la Cuaresma que hoy se inicia se nos ofrece como la gran ocasión anual para renovar nuestra vida cristiana, a la vez que nos ofrece la oportunidad para dar al mundo el testimonio de nuestra fe y de nuestra esperanza. Durante ella, nos daremos con asiduidad a la oración, practicaremos la penitencia, nos entregaremos al amor fraterno. De ese modo contribuiremos a que el mundo que se aleja de Dios, vuelva por nuestro testimonio, si se lo sabemos dar vigoroso en estos días cuaresmales sobre todo. La penitencia cristiana tiene entonces un sentido muy positivo, es, nada menos, que instrumento de la salvación.
Al respecto, unámonos a la frase que su S.S. Benedicto XVI propone como guía para la reflexión cuaresmal de este año 2008: “La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, en imitación a Jesucristo...”
Hoy junto con Su Santidad Benedicto XVI, encomendémonos a María, la Madre del Amor Hermoso, para que nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo.
Ceniza gris, nos recuerdas lo que mancha nuestro corazón...
Por ello, durante la Cuaresma, embellezcamos nuestro corazón para el Señor:
liberándolo de la maldad, de la envidia, la pereza…y oremos por ello…
En Pascua, nuestro corazón se renueva, abierto al amor de Dios.
Gracias a Jesús, todo lo gris se elimina...
¡Seremos lavados de esas cenizas,
y podremos vestirnos de blanco recordando nuestro Bautismo!
Dejémonos amar por Jesús, y pasemos de la suciedad a la belleza,
de lo que es gris y sombrío a la luz y la claridad.
¡Pasemos de la tristeza al gozo, porque Jesús en la Pascua, pasa de la muerte a la Vida!
Jesús te ama.
Compartamos
algunas enseñanzas con ocasión del
Miércoles de Ceniza:
[...]
Toma la ceniza de Cristo; toma la memoria de su Pasión;
acuérdate que el obedeció más al Padre
que tú pecaste; que agradó El más que
desagradaste tú. Toma la memoria de Jesucristo crucificado;
júntala con agua viva. No se te pide sino que te sujetes
a la Iglesia, digas a Dios que pequé contra ti, pésame
de haber ofendido a mi Dios, que eres, Señor, incomprensible
bien. El pone los sacramentos; pon tú un poco de agua
viva de contrición. ¿Cómo no te pesará de
haber ofendido a quien se puso por ti en la cruz? [...] (De
la Homilía de Miércoles de Ceniza, San Juan de Ávila)
[...]Obremos
de tal manera que no busquemos la recompensa de la mirada
humana.
Al contrario, obremos de tal manera que
quienes nos vean y nos imiten glorifiquen a Dios. Y caigamos
en la cuenta de que si él no nos hubiera hecho así,
nada seríamos [...] (Sermón 338,3-4, Miércoles
de Ceniza, San Agustín)
[...]
Ningún pecado puede ser redimido con las limosnas,
si se persiste en él. La indulgencia, fruto de la limosna,
se concede sólo cuando se desiste de realizar obras
perversas. Es verdad que las obras de misericordia tienen capacidad
de purgar todos los pecados; pero sólo si quien usa
de misericordia procura no pecar [...] (Las obras de misericordia,
Libros de las Sentencias, 3, 60, San Isidoro de Sevilla)
[...]
Pero no sólo usa de misericordia quien practica
la liberalidad con el que tiene hambre o sed, o con el desnudo,
o quien socorre en algo a cualquier necesitado, sino también
quien ama a sus enemigos, quien tiene afectos de compasión
y consuelo hacia quienes lloran, quien proporciona consejo
en cualquier necesidad. Todos éstos hacen, sin duda
alguna, verdadera limosna [...] (Las
obras de misericordia, Libros de las Sentencias, 3, 60, San
Isidoro de Sevilla)
[...]
Pero no se debe ofrecer la limosna a regañadientes,
no sea que, por ir acompañada de tristeza, perdamos
el premio de lo que distribuimos. Nuestra dádiva es
perfecta cuando la ofrecemos con espíritu de alegría
[...] (Las
obras de misericordia, Libros de las Sentencias, 3, 60, San
Isidoro de Sevilla)
[...]Así como
los barcos con poca carga cruzan rápido los mares,
y en cambio se hunden los que están sobrecargados, así el ayuno
que aliviana nuestra mente, nos ayuda cruzar el mar de la vida cotidiana,
tratando de dirigirla al cielo y hacia los pensamientos celestiales [...]
(San
Juan Crisóstomo, Padre y Doctor de la Iglesia)
[…]
Grave mal es […] el pecado. Pero no es irremediable: es
grave para quien permanece en él.
Pero es fácil de sanar a aquel que lo rechaza
en la conversión. Imagínate que alguien tiene fuego en sus
manos. Sin duda se abrasará mientras retenga el carbón, pero
si lo arroja fuera de sí, suprime la causa de su quemadura […] (Catequesis,
II, 1. Invitación a la Conversión. San Cirilo de Jerusalén)
[…]
Quien no espera la salvación acumula el mal sin
medida; pero el que espera la curación, fácilmente
es misericordioso consigo mismo […] Si incluso una serpiente
puede mudar la piel, ¿no depondremos
nosotros el pecado? También la tierra que produce espinas se vuelve
feraz si se la cultiva con cuidado: ¿Acaso podremos obtener nosotros
de nuevo la salvación? La naturaleza es, pues, capaz de recuperación,
pero para ello es necesaria la aceptación voluntaria […] (Catequesis,
II, 5. Invitación a la Conversión. San Cirilo de Jerusalén)
[...]
Las realizaciones del amor pueden ser muy diversas, y así,
en razón de la misma diversidad, todos los buenos cristianos pueden
ejercitarse en ellas, no solo los ricos y pudientes, sino incluso los
de posición
media y aun los pobres. De este modo, quienes son desiguales por su capacidad
de hacer la limosna, son semejantes en el amor y en el afecto con que
la hacen [...] (Sermón 6 de Cuaresma 1-2, San León
Magno).
[...]
Imitemos aquella suprema y primordial ley de Dios que hace
llover sobre justos
y pecadores, y hace salir igualmente
el sol para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos
y los bosques a disposición de todos sus habitantes;
el aire se lo entrega a las aves y el agua a los que viven
en ella, y a todos da con abundancia los subsidios para su
existencia, sin que haya autoridad de nadie que los detenga,
ni ley que los circunscriba, ni fronteras que los separen;
se lo entregó todo en común, con amplitud y abundancia
y sin deficiencia alguna [...] (Sermón
14, sobre el amor a los pobres, 23-25, San Gregorio Nacianceno).
Señor y Dueño
de mi vida,
el espíritu
de ocio, de indiscreción, de ambición y de locuacidad,
no me lo des.
Mas el espíritu de castidad, de humildad,
de paciencia y de amor,
concédemelo a mí, tu
siervo.
Sí, Señor y Rey,
concédeme percibir
mis propias ofensas y no juzgar a mis hermanos,
porque bendito
eres por los siglos de los siglos. Amén.
San
Efrén.