La
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
8
de diciembre
“Ella
en la ’noche’ de la espera de Adviento,
comenzó a
resplandecer como una verdadera ’estrella de la mañana’.
En efecto, igual que esta estrella junto con la ’aurora’
precede la salida del sol, así María desde
su concepción inmaculada ha precedido la venida del
salvador, la salida del ’sol de justicia’ en la historia
del género humano"
(Juan
Pablo II, Redemptoris Mater, 3)
En
nuestro caminar hacia la Navidad, este 8 de diciembre celebramos
la festividad de la Inmaculada Concepción de María. Esta linda fiesta al caer dentro del tiempo de Adviento, se
convierte en un motivo de esperanza para toda la Iglesia cuando
se prepara para recibir al que viene a bendecirnos con toda
clase de bienes espirituales y celestiales.
Históricamente, la festividad de la Inmaculada Concepción
de María ha sido precedida por una fiesta de la Concepción
de María en el Oriente (siglo VIII); en España
e Irlanda (siglo IX), y en Inglaterra (siglo XI), y fue tema
de estudio en el Concilio de Basilea (1439). Es el pontífice
Pío IX quien definió el dogma de la Inmaculada
Concepción de María el 8 de diciembre de 1854,
fecha en que se fijó e inició la actual solemnidad.
En la Constitución Ineffabilis Deus de 8 de Diciembre
de 1854, Pío IX pronunció y definió que
la Santísima Virgen María “en el primer instante
de su concepción”, “por singular privilegio y gracia
concedidos por Dios”, en vista de los méritos de Jesucristo,
el Salvador del linaje humano, “fue preservada de toda mancha
de pecado original”.
[...] en el primer instante de su concepción [...] El
término concepción no significa la concepción
activa o generativa por parte de sus padres. Su cuerpo fue
formado en el seno de la madre, y el padre tuvo la participación
habitual en su formación. La cuestión no concierne
a lo inmaculado de la actividad generativa de sus padres. Ni
concierne tampoco absoluta y simplemente a la concepción
pasiva, la cual, según el orden de la naturaleza, precede
a la infusión del alma racional. La persona es verdaderamente
concebida cuando el alma es creada e infundida en el cuerpo.
María fue preservada de toda mancha de pecado original
en el primer momento de su animación, y la gracia santificante
le fue dada antes que el pecado pudiese hacer efecto en su
alma.
[...] fue
preservada de toda mancha de pecado original [...] La
esencia formal activa del pecado original no fue removida
de su alma como es removida de otros por el bautismo; fue
excluida,
nunca fue simultánea con la exclusión del pecado.
El estado de santidad original, inocencia y justicia, como
opuesto al pecado original, fue conferido sobre ella, por
cuyo don cada mancha y falta, todas las emociones, pasiones
y debilidades
depravadas, esencialmente pertenecientes a su alma por el
pecado original, fueron excluidas.
[...] por
un singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en
vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador
del linaje humano [...] La inmunidad
del pecado original fue dada
a María por una singular exención de una
ley universal por los mismos méritos de Cristo,
mientras los demás hombres son limpiados del pecado
por el bautismo. María necesitó la redención
del Salvador para obtener esta exención y ser liberada
de la necesidad y de la deuda universal del estar sujeto
al pecado original.
La persona de María, por su origen de Adán,
habría
sido sujeto de pecado, pero, siendo la nueva Eva quien
sería
la madre del nuevo Adán, fue, por el eterno designio
de Dios y por los méritos de Cristo, apartada de
la ley general del pecado original.
En
María, la
Virgen Inmaculada, se realiza el Misterio de la Navidad,
de la Encarnación del Verbo. Por eso,
mientras nos disponemos a celebrar su venida, debemos aprender
de ella a prepararla con esperanza. Y así, este
8 de Diciembre el Papa Benedicto XVI otorga indulgencias
plenarias con motivo del 40 aniversario
de la clausura del Concilio Vaticano II.
El regalo de la indulgencia plenaria se obtendrá a los
que cumplan los tradicionales requisitos de la confesión,
comunión y rezo de las plegarias según las intenciones
del Papa. En este caso se concederá a los que participen
en un rito sagrado en honor de la Virgen o por lo menos ofrezcan
algún testimonio de devoción mariana ante una
imagen de la Inmaculada. Los fieles que por enfermedad u otras
causas justas también podrán conseguir la indulgencia
plenaria en su casa o donde se encuentren, siempre que además
de tener la intención de cumplir cuanto antes las tres
condiciones, se unan interiormente a un rito o a una función
en honor de la Virgen, recitando el Padrenuestro, el credo
y una pía invocación a Jesús.
Esta es una maravillosa oportunidad que nos brinda la
Virgen a todos sus hijos que no debemos desaprovechar.
Es una
invitación
que encaja perfectamente con la propuesta de esta segunda semana
de Adviento:”Convertirnos”. Necesitamos convertirnos todos
los días en nuestro corazón. María Santísima
quiere que nos convirtamos en serio, quiere que seamos santos.
Hoy llenos de alegre gratitud dirijamos nuestra mirada
hacia la llena de gracia y unámonos a Ella con más
fuerza que nunca para poder así dejarnos iluminar por
su luz y belleza inmaculada de modo que para cuando llegue
la Navidad, estemos bien preparados interiormente, uniéndonos
a Jesús y a los hermanos en la Eucaristía.
Compartamos
algunos escritos de los Padres de la Iglesia sobre la pureza
de María:
[...]
Digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más
completa santidad, perfecta justicia, ni engañada
por la persuasión de la serpiente, ni infectada con
su venenoso aliento [...] (Orígenes, “Hom.
i in diversa”)
[...]
Es incorrupta, una virgen inmune por la gracia de toda
mancha de pecado [...] (San Ambrosio, “Sermo” xxii in Ps.
cxviii)
[...]Todos
los justos han conocido verdaderamente el pecado [...] excepto
la Santa Virgen María, de
quien, por el honor del Señor, yo no pondría
en cuestión nada en lo que concierne al pecado [...] (San
Agustín,
“De natura et gratia” 36).
[...]
Cuando la Virgen Madre de Dios nació de
Ana, la naturaleza desafió anticipadamente
el germen de gracia, pero quedó sin fruto [...] (San
Juan Damasceno, «Hom.
i in B. V. Nativ.», ii)
[...]
La Santísima Señora,
Madre de Dios, la única pura
en alma y cuerpo, la única que excede toda perfección
de pureza, única
morada de todas las gracias del más Santo Espíritu,
y, por tanto, excediendo toda comparación incluso con las
virtudes angélicas
en pureza y santidad de alma y cuerpo... mi Señora santísima,
purísima, sin corrupción, inviolada, prenda inmaculada
de Aquel que se revistió con luz y prenda... flor inmarcesible,
púrpura
tejida por Dios, la solamente inmaculada[...] (San Efrén,
“Precationes ad Deiparam”, in Opp. Graec. Lat., III, 524-37)
[...]
Fue tan inocente como Eva antes de la caída, una virgen
alejada de toda mancha de pecado, más santa que los serafines,
sello del Espíritu
Santo, semilla pura de Dios, por siempre intacta y sin mancha en
cuerpo y en espíritu [...] (San Efrén)
[...]
La influencia sobrenatural de Dios en la generación de
María
ha de ser extendida también a sus padres. [...] durante
la generación,
fueron colmados y purificados por el Espíritu Santo y
librados de la concupiscencia sexual [...], desde siempre el
elemento humano
de su origen,
el material del cual fue formada, fue puro y santo [...] (San
Juan Damasceno, Or. i Nativ. Deip., n. 2)
Jesús
te ama.
La
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María
Mons. Julián López Martín (“El año
litúrgico”, BAC 1982)
Los
primeros indicios de esta fiesta hay que buscarlos en Oriente
durante los siglos VII u VIII. En Occidente aparece en la
Italia meridional, en la región habitada por los bizantinos.
La celebración tardó en difundirse, a causa
principalmente de la lenta penetración de la teología
en este misterio mariano de la preservación de la
María de toda mancha de pecado original. En Roma entró en
el calendario litúrgico en 1476. La fecha elegida
está en relación con el 8 de septiembre, la
fiesta de la Natividad de la Virgen, más antigua.
Entre la Inmaculada Concepción y la Natividad se da,
por tanto la misma dependencia que entre la Anunciación
del Señor y la Navidad.
La
Concepción Inmaculada de María fue solemnemente
declarada como verdad de fe definida por el Papa Pío
IX el 8 de diciembre de 1854. Veinticinco años después,
el Papa León XIII elevó la fiesta a la máxima
categoría litúrgica. Actualmente es –al menos
en España- fiesta de precepto, una de las que por acuerdo
de la XXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal,
celebrada en noviembre de 1980, debe conservarse en todo el
territorio nacional.
El
misterio de la concepción inmaculada de María
por un singular privilegio, en previsión de los méritos
de Cristo, nos lleva a todos los bautizados a contemplar el
amor de Dios Padre, siempre dispuesto a extender a todos los
hombres las maravillas de la salvación. María, <preservada
de todo pecado> para constituir una <digna morada para
el Hijo de Dios> es la representación más
acabada de la Iglesia:
La
solemnidad de la Inmaculada, al caer dentro del tiempo de
Adviento, se convierte en un
motivo
de esperanza para toda
la Iglesia cuando se prepara para recibir al que viene a <bendecirnos
con toda clase de bienes espirituales y celestiales> (Ef
1,3-6.11-12: 2ªlect.). Y en efecto, María, <llena
de gracia>, como la llama el ángel (Lc 1, 26-38:evang.),
nos recuerda que Dios también <nos eligió a
nosotros en la persona de Cristo para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor> (2ªlect.)
La
eucaristía de esta fiesta, <reparando en nosotros
los efectos del primer pecado, del que fue preservada de modo
singular la Inmaculada Virgen María> (poscomunión)
permite a los fieles <llegar a Dios limpios de todas las
culpas>.
De
este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu
del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen
madre esperó al Hijo, se sentirán animados a
prepararse, vigilantes en la oración y cantando su alabanza>.
(Marialis cultus 4)
Al
coincidir esto año 2002 la Solemnidad de la Inmaculada
con el 2º domingo de Adviento, por disposición
de la Santa Sede para España, la liturgia de este día
será la propia de la Inmaculada, incluyendo la 2ª lectura
de la misa del 2º domingo de Adviento, y como oración
final de las preces la oración colecta de este mismo
2º domingo de Adviento.
La
Inmaculada Concepción
J.
Pascher, ( “El año litúrgico”,
BAC 1967)
En
la fiesta de la concepción de María, que
la Iglesia celebra el 8 de diciembre –9 meses antes del 8 de
septiembre- se tratataba también originariamente de
la conmemoración de un suceso, la concepción
precisamente de María en el seno de su madre. Anselmo
de Canterbury (+1109) introdujo en su diócesis una fiesta
de la Conceptio Beatae Mariae Virginis, movido tal vez ya entonces
por la fe de que María había sido concebida sin
pecado “ante ipsam conceptionem mundata”, limpia antes de su
concepción.
En
el curso de los siglos la fiesta se propagó más
y más, a pesar de que la cuestión de la limpieza
original seguía debatiéndose. Bernardo de Claraval
reconoció muy bien que la introducción de la
fiesta no tenía sentido si no se creía en la
inmaculada concepción. De ahí su desacuerdo cuando
la fiesta se introdujo en la catedral de Lyon.
A
pesar de la persistente reserva en la difícil cuestión
dogmática de una excepción del pecado original,
el año 1476 se introdujo en Roma una fiesta de la “Conceptio
inmaculate virginis Mariae”. Cuando luego la definición
dogmática en el año 1854 puso definitivamente
término a la controversia, León XIII elevó la
fiesta a solemnidad. Sin embargo, es evidente que hoy no se
trata ya de un aniversario en el sentido tradicional, sino
de la celebración de un misterio de salvación.
En
el período del siglo X al XII, la iglesia oriental
celebró también acá y allá una
concepción de María, que se ponía el 9
de diciembre. También aquí se hacía claramente
referencia al 8 de septiembre. Se tomó, sin embargo,
por base la antigua denominación romana de los días,
y no la numeración de los días del mes.
En
Oriente no logró arraigar la fiesta, a pesar de
que Manuel Comneno (1143-80) la elevó el año
1166 a fiesta nacional.
La
doctrina de que María
fue exenta del pecado original supone un privilegio tan extraordinario
con singular amor esta
fiesta de la Virgen.
La
Concepción de la Sacratísima Virgen Ntra. Sra.
Sermón de Fray Luis de Granada
(Siglo XVI)
Dos
casas tuvo Dios en este mundo señaladas entre todas
las otras. La Una fue la humanidad de Jesucristo, en la cual
mora la divinidad de Dios corporalmente, como dice el Apóstol
(Col 2, 9) y la otra, las entrañas virginales de Nuestra
Señora, en las cuales moró por espacio de nueve
meses. Estas dos casas fueron figuradas en aquellos dos templos
que hubo en el Viejo Testamento, uno de ellos que hizo Salomón
(1R 7,1) y el otro que se edificó en tiempo de Zorobabel,
después del cautiverio de Babilonia (Esd 6,17).
Estos
dos templos concuerdan en una cosa y difieren en dos. Concuerdan
en ser ambos templos
de un
mismo Dios, y difieren,
lo primero, en la riqueza y primor de las labores, porque mucho
más rico fue el primero que el segundo, y lo segundo,
en la fiesta de la dedicación de ellos (1R 8,1). Porque
en la dedicación del primero todos cantaban y otros
lloraban: cantaban los que veían ya acabada aquella
obra que tanto deseaban y lloraban los que se acordaban de
la riqueza y hermosura del templo pasado, viendo cuán
baja obra era ésta en comparación de aquélla.
Pues
esto mismo nos acontece ahora en el día de la
dedicación de estos dos templos místicos de que
hablamos. Y por el día de la dedicación entendemos
el día de la concepción; porque este día
fueron estos dos templos dedicados y consagrados. Pues en el
día de la concepción del Hijo, todos cantan,
todos alaban a Dios, todos dicen que fue concebido del Espíritu
Santo, y por eso su concepción fue santa y limpia de
todo pecado, y donde no hay pecado, no hay materia de lágrimas,
sino de alegría y de alabanza. Mas en la concepción
de la madre, unos cantan, otros lloran; unos cantan y dicen:
Toda eres hermosa, amiga mía y en ti no hay mancha (Ct
4, 7). Otros lloran y dicen: Todos pecaron en Adán (Rm
3, 23)[1] y tienen necesidad de la gracia de Dios. Mas todos
concuerdan en que la sacratísima Virgen, antes que naciese,
fue llena de todas las gracias y dones del Espíritu
Santo, porque así convenía que fuese que ab eterno
era escogida para ser madre del Salvador del mundo.
Cuán grande fuese esta gracia y estas virtudes, no
hay lengua humana que lo pueda declarar. La razón es
porque Dios hace todas las cosas conformes a los fines para
que las escoge, y así las provee perfectísimamente
de lo que para ellas es necesario. Escogió a Dios Oliab
para maestro de su arca (Ex 36,1), escogió a San Pablo
y a todos los otros apóstoles para maestros de su Iglesia.
Pues, conforme a esto, los proveyó perfectísimamente
de todas aquellas habilidades y facultades que para eso se
requerían.
Y
porque a esta sacratísima Virgen escogió para
la mayor dignidad que se puede conceder a pura criatura, de
aquí viene que la adornó y engrandeció con
mayor gracia, con mayores dones y virtudes que jamás
se concedieron a ninguna pura criatura.
La
Hermosura de Dios, reflejada en María
Y
así, una de las cosas en que Dios tiene más
declarado la grandeza de su bondad y sabiduría de su
omnipotencia es en la santidad y perfección de esta
Virgen. Por la cual, si tuviésemos ojos para saber mirar
y penetrar la alteza de sus virtudes, en ninguna cosa de cuantas
hay creadas se nos presentaría tan claro el artificio
y sabiduría de Dios como en ésta. De manera que
ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la tierra con todas
sus flores, ni el mar con todos sus peces, ni aún el
cielo con todos sus ángeles, nos declararían
tanto las perfecciones y hermosura del Creador como la alteza
y perfección de esta Virgen. Por que si el Profeta dice
que es Dios admirable en sus santos (Sal 67, 36), ¿cuánto
más lo será en aquélla que es madre del
Santo de los santos, en la cual sola están juntas todas
las prerrogativas de todos los santos?
Y
hay en esto dos cosas de grande admiración. La una
es compadecerse toda perfección en una criatura de carne
y sangre como nosotros. No es maravilla que un oficial haga
más delicadas obras de oro y plata que de una masa de
barro, porque la masa sufre toda esa ventaja y primor. No se
espantan los hombres de ver un águila volar por cima
de las nubes, más espántase de ver trepar un
hombre con dos arrobas de hierro por cima de una cuerda. Quiero
decir: no es maravilla que un ángel vuele alto y sea
más adornado de todo género de virtudes y perfecciones,
pues es sustancia espiritual, que un alma, que está cercada
y vestida de carne; mas que un alma, encerrada en un cuerpo
sujeto a tantas miserias y cercado de tantos sentidos, pase
de vuelo sobre todos los ángeles en perfección
y sea más pura que las estrellas del cielo, es cosa
de grande de admiración.
No
es maravilla que ande limpia una dama que no tiene otro oficio
más que andar alrededor del estrado de la reina;
mas aquella que toda su vida anduviese sirviendo en una cocina
entre los tizones y ollas, y que, con todo eso, al cabo de
cincuenta o sesenta años de servicio, salieses de allí más
limpia que aquella que está en el palacio real, esto
sería de mayor admiración.
Pues
según esto, ¿no es cosa admirable ver el
alma de esta Virgen encerrada en un cuerpo cercado de tantos
sentidos y que en tantos años de vida ninguno se le
desmandase en un cabello; que nunca sus ojos se desmandasen
en ver, nunca sus oídos en oír nunca su paladar
en gustar; que siendo tantas veces necesario comer, y beber,
y dormir y hablar, y negociar, y salir de casa, y conversar
con las criaturas, que llevase las cosas con tanto compás,
que jamás se desmandase en una palabra, ni en un pensamiento,
ni en un movimiento, ni en un afecto, ni en un bocado demasiado? ¿A
quien no pone en admiración este tan grande compás,
esta tan perfecta igualdad y orden y este concierto tan perpetuo
como es el de los mismos cielos y de sus movimientos?
Lo
segundo de que nos debemos espantar es de ver con cuán
pocos ejercicios llegó esta Virgen a tan alta perfección.
El apóstol San Pablo discurriría por el mundo,
predicaba a los gentiles, disputaba con los judíos,
escribía epístolas, hacía milagros y otras
cosas semejantes.
Mas
la sacratísima Virgen no entendía en estas
obras, porque la condición y estado de mujer no lo consentía.
Sus principales ejercicios, después del servcio y crianza
de su Hijo, eran espirituales, eran obras de vida contemplativa,
aunque no faltaban, cuando eran necesarias, las de la vida
activa.
Pues ¿no es cosa de admiración que con tan poco
estruendo de obras exteriores, con los que pasaba en silencio
dentro de aquel sagrado pecho, dentro de aquel corazón
virginal, mereciese tanto a Dios y ganase tanta tierra o, por
mejor decir, tanto cielo que pasase de vuelo sobre todos los ángeles
y sobre todos los querubines? Pues ¿qué sería
esto? ¿Qué pasaría en aquel corazón
virginal de noche y de día? ¿Qué maitines,
y qué laudes, y qué Magnificat allí se
cantarían? ¡Quién tuviera ojos para poder
penetrar los movimientos, los arrebatamientos, los ardores,
los resplandores y los excesos de amor y todo lo que pasaba
en aquel sagrado templo! Teníalos el Espíritu
Santo cuando, enamorado de tan grande perfección y hermosura
decía: Hermosa eres, amiga mía, hermosa eres.
Tus ojos son de paloma, allende de lo que dentro está escondido
(Ct 4,1); porque esto solamente podían ver los ojos
de Dios, mas no los ojos de los hombres.
¿No sería cosa maravillosa si hiciésemos
a un tañedor que en una vihuela de una o dos cuerdas,
o en manicordio de una o dos teclas, tañese tantas obras
e hiciese tanta armonía como otro con un instrumento
perfecto? Pues ¿no es maravilla que con sólo
aquel corazón tañase e hiciese esta Virgen tantas
obras, obrase tantas maravillas y diese tantas y tan suaves
músicas a Dios?
Injustamente
os quejáis los que decís que sois
pobres y enfermos diciendo que no tenéis de qué hacer
bien ni con qué padecer trabajos por amor de Dios. Basta
que tengáis corazón para poder amar a Dios y
vacar a Dios, porque si de ése os sabéis aprovechar,
con él alcanzaréis grandes virtudes y con él
haréis innumerables servicios a Dios. ¿En qué entendías
aquellos Padres antiguos, aquellos monjes que vivían
en los desiertos, sino en contemplación noche y día?
Aquel ocio es el mayor de los negocios, aquel no hacer nada
es sobre todo lo que se puede hacer. Porque allí el
alma religiosa, dentro de su retraimiento, alaba a Dios; allí ora,
allí adora, allía ama, allí teme, allí cree,
allí espera, allí reverencia, allí llora,
allí se humilla delante de la majestad de Dios, allí canta
y pregona sus loores, allí hace todas las cosas tanto
más puramente cuanto más ocultamente y sin testigos
humanos.
Para
ser digna Madre de Dios
Pues,
volviendo ahora a nuestro propósito, tal convenía
que fuese y de tal manera convenía que naciese aquella
que ab aeterno era escogida para ser madre de Dios; porque
costumbre es de Dios, como está ya dicho, proporcionar
los medios con los fines, que es hacer tales los medios cuales
competen para la excelencia del fin para que los instituyó.
Pues
como Dios escogiese a esta benditísima Virgen
para la mayor dignidad de cuantas hay debajo de Dios, que es
para ser madre del mismo Dios, así convenía para
la excelencia de esta dignidad. De donde así como aquel
templo material de Salomón fue una de las más
famosas obras que hubo en el mundo, porque era casa que se
edificaba no para hombres, sino para Dios, así convenía
que este templo espiritual donde Dios había de morar
fuese una perfectísima obra, pues para tal huésped
se aparejaba. Porque ¿cuál convenía que
fuese el alma que el Hijo de Dios había tomado por especial
morada, sino llena de toda santidad y pureza? Y ¿cuál
convenía que fuese la carne de donde había de
tomar carne el Hijo de Dios, sino libre de todo pecado y corrupción?
Porque así como el cuerpo de aquel primer Adán
fue hecho de tierra virgen antes que la maldición de
Dios cayese sobre ella, como cayó después del
pecado (Gn 2, 7) es como así convenía que fuese
formado el cuerpo del segundo de otra carne virginal, libre
y exenta de toda maldición y pecado.
Figuras
de la Pureza de María
Por
esto, convenientísimamente es figurada esta Virgen
por aquella arca del testamento hecha de madera de Setín
(Ex 25, 10), que es madera incorruptible, para significar la
incorrupción y pureza de esta sacratísima Virgen,
que es el arca mística donde estuvo el maná de
los cielos y pan de ángeles y donde estuvo aquella vara
de la raíz de Jesé, sobre cuya flor se asentó el
Espíritu Santo (Is 11,1).
Es
también figurada por el hermosísimo trono
de Salomón, de que dice la Escritura que era hecho de
marfil, y que estaba dorado de un oro muy resplandeciente,
y que tal obra como aquélla no fuera nunca hecha en
todos los reinos del mundo (1R 10,20). Las cuales cosas, todas
perfectísimamente convienen a esta sacratísima
Virgen como a trono espiritual de aquel verdadero Salomón,
pacificador del cielo y de la tierra.
Es
también figurada por aquel huerto cerrado y fuente
sellada de los Cantares (4,12) y por aquella puerta oriental
que vio el profeta Ezequiel (43,2): porque ninguno comió de
la fruta de aquel vergel, ni bebió del agua de aquella
fuente, ni entró por aquella puerta, sino sólo
el Hijo de Dios, porque sólo él era su amor,
su pensamiento, su deseo, sus cuidados, su memoria continua.
Porque,
como dice San Agustín, toda la obra y vida
de María siempre estuvieron atentas a Dios, que residía
en medio de su corazón, según aquello del profeta
que dice: Dios en medio de ella nunca será movido, y
ayudarla ha el Señor por la mañana muy de mañana
(Sal 45,6); o como traslada San Jerónimo: En el nacimiento
de la mañana, que es en el principio de la vida, donde
fue llena de gracia y dones celestiales; porque tales convenían
que fuesen los cimientos de una obra que Dios quería
tanto levantar. Porque si el santo Job (31,18) se gloría
que del vientre de su madre salió con él la misericordia, ¿qué diremos
de ésta, que había de ser madre de Misericordia?
Y si Jeremías (1,5) y San Juan Bautista (Lc 1,41) fueron
llenos de gracia en el vientre de sus madres, el uno porque
lo escogía Dios para profeta y el otro para más
que profeta, ¿qué diremos de esta Virgen, escogida
para Madre del Señor de los profetas, pues conforme
a la dignidad da Dios la gracia y la santidad?
(Texto publicado en la Editorial EDIBESA)
[1] Lo
que era un anhelo de los cristianos de todos los siglos –la
Inmaculada Concepción de María- encontraba
una dificultad en el texto paulino, que quedaría resuelta
con la definición dogmática en 1854.
-
Conferencia
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