La
Conversión de San Pablo
25
de enero
“...Cuando
Jesús se evade del grupo
de sus discípulos,
sube al cielo y se disuelve en la
luz,
no se trata de una partida definitiva.
Ya se ha emboscado
en el recodo del camino que va de Jerusalén a Damasco, y
acecha a Saulo, su perseguidor bienamado.
A partir de entonces,
en el destino de todo hombre existirá ese mismo Dios
al acecho".
(Francois Mauriac)
Este 25 de enero celebramos la Conversión de San Pablo, el Apóstol alcanzado por Jesucristo, que dedicó desde entonces sus energías a predicar el Evangelio a todas las naciones y en este día , como desde hace 100 años, también concluye la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.
Al considerar la
Conversión de San Pablo, vemos que
Saulo y Pablo son una misma persona. Saulo es el perseguidor
de los cristianos. Pablo, el seguidor de Jesús y Apóstol
de los gentiles.
Saulo, nacido en
Tarso, hebreo, fariseo riguroso y ortodoxo, bien formado
a los pies de Gamaliel, muy apasionado, ya había
tomado parte en la lapidación del diácono Esteban,
primer mártir cristiano, guardando los vestidos de los
verdugos "para tirar piedras con las manos de todos",
como interpreta agudamente San Agustín.
De espíritu violento, se adiestraba como buen cazador
para cazar su presa. Con ardor indomable perseguía a
los discípulos de Jesús. Pero Saulo cree perseguir,
y es él el perseguido. Thompson, en “El Mastín
del Cielo”, nos presenta a Dios como infatigable cazador de
almas. Y cazará a Saulo.
Mientras Saulo iba
a Damasco en persecución de los
discípulos de Jesús, una voz le envolvió,
cayó en tierra y oyó la voz de Jesús:
Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? Saulo preguntó: ¿Quién
eres tú, Señor? Jesús le respondió:
Yo soy Jesús a quien tú persigues. ¿Y
qué debo hacer, Señor?, replicó Saulo.
Pocas veces un diálogo tan breve ha transformado tanto
la vida de una persona. Cuando Saulo se levantó estaba
ciego, pero en su alma brillaba ya la luz de Cristo.
Desde ahora el camino
de Damasco y la caída del caballo,
quedarán como símbolo de toda conversión.
Quizá nunca un suceso humano tuvo resultados tan fulgurantes.
Quedaba el hombre con sus arrebatos, impetuoso y rápido,
pero sus ideales estaban en el polo opuesto al de antes de
su conversión. San Pablo será ahora como un fariseo
al revés. Antes, sólo la Ley. En adelante Cristo
será el centro de su vida.
La vocación de Pablo es un caso singular. Es un llamamiento
personal de Cristo. Pero no quita valor al seguimiento de Pablo.
En el Evangelio hay otros llamamientos personales del Señor,
como el del joven rico y el de Judas Iscariote, que no le siguieron
o no perseveraron. "Dios es un gran cazador y quiere tener
por presa a los más fuertes" (Holzner). Pablo se
rindió: "He sido cazado por Cristo Jesús".
Normalmente los
llamamientos del Señor son mucho más
sencillos, menos espectaculares. No suelen llegar en medio
del huracán y la tormenta, sino sostenidos por la suave
brisa, por el aura tenue de los acontecimientos ordinarios
de la vida. Todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada
uno nos acecha el Señor en el recodo más inesperado
del camino. Y es dentro de este contexto que deberemos reflexionar
y revisar nuestro quehacer cristiano.
Durante la semana
que culmina este 25 de Enero, los cristianos han orado juntos
para que se realice su comunión plena
según la voluntad del Señor alrededor del texto
bíblico del Evangelio según Mateo: “Os aseguro
también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en
la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán
de mi padre que está en los cielos. Porque donde están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos”.
Y su Santidad Benedicto XVI nos ha explicado cuán importante
es que nosotros cristianos invoquemos el don de la unidad con
perseverante constancia, y “si lo hacemos con fe, podemos
estar seguros que nuestro pedido será satisfecho”. Asimismo,
recordó que “la oración por la unidad constituye
el alma del movimiento ecuménico que, gracias a Dios,
avanza en el mundo entero.
Hoy, transformados por el espíritu, dispuestos a salir
de nuestra cotidianidad para vivir, anunciar y construir el
proyecto de Dios que es vida plena para todos, junto a Su Santidad
Benedicto XVI, invoquemos con confianza a María, Madre
de Cristo y de la Iglesia, para que ella nos sostenga y acompañe
a lo largo del camino ecuménico.
Jesús
te ama.
En
esto consiste el «alegre anuncio»,
el carácter
gozoso de la conversión evangélica.
Dios no
espera que el hombre dé el primer paso,
que cambie
de vida, que haga obras buenas,
casi que la salvación
sea la recompensa debida a sus esfuerzos.
No; antes está la
gracia, la iniciativa de Dios.
En esto, el cristianismo se
distingue de cualquier otra religión:
no empieza predicando
el deber, sino el don;
no comienza con la ley, sino con la
gracia.
(La
Verdadera Conversión. - P. Raniero Cantalamessa)