El
Bautismo de Jesús
13
de enero
“Y una voz que salía de los cielos decía:
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco…”
Evangelio de San Mateo 3,17.
En este fin de Navidad, juntos como Iglesia celebramos con mucha alegría la festividad del Bautismo del Señor, fiesta que nos presenta al Espíritu de Dios que se expresa con palabras de sustento y alegría…y no es un poco de alegría, es toda la Alegría de Dios por su Hijo amado. Jesús es bautizado y con ello nos abre el camino de nuestro Bautismo, y es así como el sacerdote o el diácono podría decir a todo bautizado: “En Ti, Dios coloca su Amor”, porque somos bautizados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Nos toca a nosotros “avanzar” sin apagar esa mecha que se debilita, seguros de no desfallecer, seguros de no ser derrumbados… ¡Y es que es toda una alegría que Dios habite en nosotros! Aún si sumáramos todo el amor terrenal, que existe tanto entre esposos, padres e hijos, no sería suficiente para expresar el Amor infinito de Dios que es verdadera Paz para nuestros corazones.
El Bautismo de Jesús en el Jordán es el “preludio” de lo que va a ocurrir durante la Pascua de Cristo y en Pentecostés. Para revelar su rostro misericordioso de Padre, Jesús se ha acercado a los pecadores y ha adoptado el rango de aquellos que desean ser purificados. Implícitamente ya nos anuncia su sufrimiento redentor y permite la primera efusión del Espíritu.
Y vemos que es el episodio de Bautismo, la primera ocasión en la que Jesús, hombre maduro, entra en la escena pública: y no se presenta como protagonista de milagros, ni de enseñanzas, sino como un hombre asociado a los demás hombres pecadores. Jesús inicia su ministerio en solidaridad con la humanidad pecadora, es todo un movimiento de humildad. No se presenta como un poderoso salvador, con acciones portentosas, sino que está en compañía de los pecadores que intentan convertirse.
Y es una vez que Jesús ha sido sumergido en aquellas aguas cargadas de los hombres, es decir, una vez que es bautizado, se escucha la voz del Padre decir: ¡Este es mi Hijo amado, en quien me complazco!”. Dios deseaba ver a Jesús así, en medio de los pecadores y es en ese abajarse que desea llenarlo de su Espíritu Santo.
Los Evangelios nos dicen que Jesús inició su vida madura hablando sobre Dios, hablando y obrando en su nombre, para ello fue consagrado con la unción del Espíritu Santo. Es en el Bautismo de Jesús que se nos presenta la unidad de la salvación en Dios que obra a través de su hijo Jesús otorgándole todo el poder del Espíritu Santo.
Y aquí recordemos una vez más aquello que muy bien podría decirnos el sacerdote o el diácono al bautizarnos: “En Ti, Dios coloca su Amor,” se hace presente. Y es que la festividad del Bautismo de Jesús es también para nosotros recordar el inicio de nuestra vida cristiana – nuestro Bautismo – y al mismo tiempo recordar la voz de Dios que nos dice a cada uno de nosotros: “¡Tú, eres mi Hijo!”
Todos y cada uno de nosotros es Hijo de Dios, cada uno de nosotros es lugar de la gran alegría de Dios en el camino de la conversión, de regreso a Él, cada uno de nosotros es lugar sobre el que desciende y reposa el Espíritu Santo si sabe invocarlo y preparar todo para acogerlo. Es así como podemos sentirnos hijos de Dios, capaces de decirle: “Abba, papi querido” y capaces de respirar el Espíritu Santo.
El Bautismo de Jesús nos revela que el Espíritu Santo ha descendido sobre él y lo habitó con su fuerza, aparentemente débil, indefensa, sin embargo más poderosa que cualquier otra fuerza, es fuerza divina. Y es justamente esta fuerza la que habita en todo cristiano desde el día de su Bautismo: fuerza escondida que sin embargo no cesa de mostrarse eficaz en su vida, fuerza más fuerte que el pecado, más fuerte que la muerte.
Que este tiempo que iniciamos después de la Navidad sea una llamada a recuperar el brío y la autenticidad de nuestro Bautismo: hemos sido bautizados por una llamada a ser hijos de Dios, a formar parte de su iglesia y a dar razón de El allá donde haga falta. Nunca como hoy la iglesia, y Dios mismo necesita de bautizados entusiastas que sepan lo que se llevan entre manos; de que sean conscientes, que el Bautismo, implica un andar por los caminos de la vida con la mentalidad de Cristo.
Hoy Señor te damos gracias por ese Amor infinito que nos regalas en el día de nuestro Bautismo, te pedimos que nos hagas sentir, vivir y actuar siempre en la presencia de Tu Amor ya que sólo habitados por la paz que Tú nos das, podremos compartir tu Amor y Paz con todos los demás.
Jesús te ama.
“En el día del Bautismo del Señor,
recordamos el milagro de la Teofanía - manifestación Divina.
El único, omnipotente Dios, Creador del cielo y la tierra,
por primera vez se hace ver a los hombres en Tres Personas:
Dios Padre - con Su voz; Dios Hijo - con Su Bautismo en el Jordán y Espíritu Santo
descendiendo como una paloma.”
Entonces
aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán
donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba
de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser
bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Jesús
le respondió: Déjame ahora, pues conviene que
así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.
Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto
se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que
bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y
una voz que salía de los cielos decía: Este es
mi Hijo amado, en quien me complazco.
Mt 3,13-17
Tema principal
El bautismo.
Fruto
* Jesús se dejó bautizar
como signo de nuestro bautismo: morir al pecado y nacer a
una nueva vida.
* Debemos revivir la gracia de nuestro
bautismo, muriendo cada vez más a nosotros mismos
y creciendo en la virtud.
1. Cristo no tuvo miedo de humillarse
Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno
de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía
que hacer. Llegó el Mesías delante de él
y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy
yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes
a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta
actitud humilde de Cristo en el n.536:
El
bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación
y la inauguración de su misión de Siervo doliente.
Se deja contar entre los pecadores.
Él, que no tenía mancha, que estaba inmaculado,
pide ser lavado. El Agua más cristalina del mundo pide
ser purificada. La Pureza Absoluta exige ser limpiada. Cristo
es el Rey de la humildad. Si alguien podía exigir sus
derechos era Cristo. Sin embargo, no buscó ser tratado
de una manera especial, gozar de privilegios, aprovechar su
posición de Mesías para facilitar las cosas para
si mismo. Así era toda la vida de Cristo: una vivencia
profunda de la virtud de la humildad.
La
humildad de Jesucristo no es solamente la expresión
de un pensamiento o sentimiento hacia su Padre, sino la entrega
al desprecio, al abandono, a la condenación, a la ignominia.
No buscó lo grande, se escondió en lo pequeño.
Siendo Dios no sintió vergüenza ni se sintió raro
al tomar carne en el seno de una virgen, al aparecer en una
cueva, al morir en una cruz; aunque humanamente quizá no
pudieran pensarse situaciones más contradictorias.
Toda la vida de Cristo era un “bautismo”,
una humillación
de si mismo, un olvidarse de si mismo, de sus privilegios...
La verdadera humildad está en la entrega servicial y
callada a los demás.
La falta de humildad está en la raíz de muchos
de nuestros problemas. Si no hay diálogo en el matrimonio
es porque falta la humildad; si no hay sumisión a la
moral católica es porque falta humildad; si no hay práctica
religiosa es porque creemos que podemos santificamos sin acudir
a la fuente de la gracia que es la liturgia.
2. El bautismo es un morir y un nacer
La vida cristiana, como toda vida, no
es nada estática.
La vida es un morir y un nacer constantes. El Catecismo habla
sobre este misterio en el n.537:
Por
el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a
Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección:
debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento,
descender al agua con
Jesús, para subir con Él, renacer del agua y
del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado
del Padre y vivir una nueva vida.
La vida cristiana es cambio. Cada día que pasa algo
tiene que morir dentro de nosotros y algo tiene que nacer.
Cada día debemos ser menos egoístas, sensuales,
vanidosos... y más como Nuestro Señor Jesucristo.
Desgraciadamente, a veces lo contrario pasa: somos menos como
Cristo y más como el diablo. Cristo exigió el
cambio constante de sus seguidores al decir que tenían
que seguirle todos los días por el sendero de la cruz.
Indudablemente
la cruz es el verdadero rostro de Cristo. Sólo
existe un Cristo, el crucificado, para quienes con sinceridad
y autenticidad desean encontrarle y amarle.
La cruz es el “verdadero rostro de Cristo”
y también
del cristiano. Por el bautismo Dios nos invita a cambiar, a
seguir al Crucificado, a morir a los vicios y renacer a las
virtudes.
Tal vez alguien podría decir que no avanza y que tampoco
retrocede en la vida cristiana, que vive su compromiso bautismal
estáticamente. Esto es un engaño, porque la vida
espiritual es siempre algo dinámico: o vamos adelante
o retrocedemos. Cada hombre está metido en el mundo
como en un río. Si quiere ser fiel a Cristo tiene que
nadar contra
corriente; de lo contrario, ésta le arrastra.
¡Qué pena da el ver a tantos, que se nombran
cristianos, llevados por las corrientes del materialismo, del
naturalismo, del consumismo...! Es todo lo opuesto de sus compromisos
bautismales: renunciar a Satanás, a sus obras...
3.
El bautismo nos pone en una nueva relación con cada
persona de la Santísima Trinidad
En el bautismo de Cristo aparece la triple
relación
con Dios: el Padre le llamó Hijo (“Éste es mi
Hijo amado”) y el Espíritu Santo descendió sobre Él
(“...y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de
paloma y venía sobre él”). Por medio del bautismo
nosotros entramos en la “familia” de Dios: somos adoptados
como hijos de Dios Padre; como consecuencia, somos hermanos
del Hijo, Cristo; y somos templos del Espíritu Santo.
Decir que tenemos “sangre azul” es poco. La vida divina, la
vida que corre entre las tres divinas personas, corre en nosotros.
El Papa San Gregorio Magno decía a los cristianos de
entonces: “¡Cristiano, reconoce tu dignidad!”. Cada bautizado
debe reconocer su grandeza.
Un niño crecía pobre en el bosque con quien
pensaba era su papá, un leñador. Después
de muchos años, un cortesano de la casa real pasó por
allí y notó que el muchacho tenía un sello
o tatuaje en el brazo; se dio cuenta quién era: era
el hijo del rey. Años atrás, en tiempos de grandes
convulsiones políticas, lo habían sacado del
palacio real y abandonado en el bosque. El buen leñador
lo había acogido como hijo. Cuando llevaron al muchacho
al palacio hubo muchos cambios en su vida: ahora era el hijo
del rey, el heredero, el príncipe sucesor; su comportamiento
tenía que corresponder a su alta dignidad. Cuando nos
bautizaron recibimos un sello en el alma que nos marcó como
hijos de Dios Padre, hermanos de Cristo y templos del Espíritu
Santo. Lo malo es que muchos cristianos no se dan cuenta de
esta realidad y mucho menos se comportan según esta
dignidad. Si nos diéramos cuenta de lo que somos como
cristianos, ¡cómo cambiaría nuestra vida!
4.
Por medio del bautismo se da una misión
a cada cristiano
En el bautismo de Cristo se manifestó la misión
mesiánica de Cristo, pues fue ungido con el Espíritu
Santo. El bautismo cristiano da una misión a cada bautizado.
Su misión es reproducir en su vida la imagen de Jesucristo,
quien murió y resucitó por nosotros. Tiene que
ser OTRO CRISTO.
No podemos imaginar una misión más sublime que
esta. Es el ideal más alto. Es como si nos dijeran que
tenemos que escalar el monte más alto de la tierra,
el Monte Everest. Cada uno de nosotros tiene que escalar el
“monte espiritual” más grande que hay: la imitación
de Cristo. Cristo es tan rico en virtudes, en gracias y cualidades
que ninguna persona es capaz de agotar o imitar las inmensas
riquezas de Cristo. Por eso, cada uno tiene que imitarlo según
su vocación, según su estado y condición
de vida: el casado de una manera, el religioso de otra manera,
el político de otra... Lo maravilloso es que cada persona
es única e irrepetible y tiene la misión de imitar
a Cristo también en una manera única e irrepetible.
Unas preguntas
1. ¿Vivimos nuestros compromisos
bautismales con sinceridad y autenticidad?
2. ¿Tenemos una idea clara de nuestra misión única
e irrepetible en la vida?
3. ¿Tenemos conciencia de nuestra dig-nidad como Cristianos:
hijos de Dios Padre, hermanos de Cristo y templos del Espíritu
Santo?
Autor:
P. Fintan Kelly
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