“La Eucaristía: fuente y culmen de la vida
y de
la misión de la Iglesia”.
del 2 al 23 de octubre de 2005
SÍNODO
DE LOS OBISPOS
XIª ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
LA EUCARISTÍA:
FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
INSTRUMENTUM
LABORIS
Prefacio
La
Iglesia vive de la Eucaristía
desde sus orígenes. En ella encuentra la razón de su existencia,
la fuente inagotable de su santidad, la fuerza de la unidad
y el vínculo de la comunión, el impulso de su vitalidad evangélica,
el principio de su acción evangelizadora, el manantial de la
caridad y la pujanza de la promoción humana, la anticipación
de su gloria en el banquete eterno de las Bodas del Cordero
(cf. Ap 19,7-9). Entre
las presencias de diverso grado del Señor resucitado en la Iglesia, un puesto absolutamente
particular ocupa el sacramento de la Eucaristía, en el cual,
por la gracia del Espíritu Santo y las palabras de la consagración,
el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo para la gloria y la alabanza de Dios Padre. Este
inestimable don y gran misterio tuvo lugar en la Última Cena
y, por explícito mandato del Señor Jesús: "haced esto en recuerdo
mío" (Lc 22,19), ha sido trasmitido a nosotros por medio de
los apóstoles y de sus sucesores. A este respecto, san Pablo
en el relato del pan y del cáliz de la nueva Alianza, escribió: "Porque
yo recibí del Señor lo que os he trasmitido" (1 Co 11,23).
Se trata de una sagrada Tradición fielmente transferida de
generación en generación hasta nuestros días. El
depósito de la fe eucarística,
no obstante las diversas controversias doctrinales y disciplinares,
ha llegado hasta nosotros, por la gracia de la divina Providencia,
en su pureza original, en virtud sobre todo, de la doctrina
de dos Concilios ecuménicos, el de Trento (1545-1563) y el
Vaticano II (1962-1965). Una mejor comprensión del misterio
eucarístico ha sido posible gracias a la notable contribución
de varios Sumos Pontífices, entre los cuales deben ser recordados
Pablo VI y Juan Pablo II, de feliz memoria, ambos empeñados
en la aplicación, a nivel de la Iglesia universal, de las decisiones
del Concilio Vaticano II. Durante el Pontificado de Juan Pablo
II la Iglesia Católica se ha enriquecido con grandes documentos
sobre el sacramento de la Eucaristía. Basta recordar el Catecismo
de la Iglesia Católica, la encíclica Ecclesia de Eucharistia,
la carta apostólica Mane nobiscum Domine. En esta perspectiva
de actuación del Concilio Vaticano II y en fiel continuidad
con la bimilenaria tradición de la Iglesia, desea mantener
su Pontificado también el actual Santo Padre, Benedicto XVI,
el cual ha anunciado ya en su primera alocución, dirigida a
través del Colegio Cardenalicio a toda la Iglesia, que la Eucaristía
constituye el centro permanente y la fuente del servicio
petrino que le ha sido confiado. Los
mencionados documentos contienen una densa reflexión sobre el sacramento de la Eucaristía con
significativas implicancias espirituales y pastorales. Verificar
al alba del Tercer milenio del cristianismo en qué modo este
rico patrimonio de la fe se aplica a la realidad de la Iglesia
Católica, extendida en los cinco continentes, es una cuestión
de sensibilidad pastoral, de responsabilidad episcopal y de
visión profética. Por
lo tanto, no ha sido motivo de sorpresa la propuesta de
las Conferencias
Episcopales de todo
el mundo y de otros organismos eclesiales consultados por
la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, con el consenso
del Consejo Ordinario, de someter a la aprobación del Santo
Padre el tema de la Eucaristía para la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Considerando la importancia
del argumento, Su Santidad ha acogido con gusto esta sugerencia,
definiendo el tema: La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida
y de la misión de la Iglesia, así como también, el tiempo de
la asamblea: desde el 2 al 23 de octubre de 2005. En la elección
del tema, resulta evidente una alusión explícita a la enseñanza
del Concilio Vaticano II sobre la Eucaristía, sobre todo a
la Constitución dogmática Lumen Gentium (n. 11), retomada también
por Ecclesia de Eucharistia (nn. 1 y 13). No se trata de una
alusión casual, sino programática en vista de una renovación
del entusiasmo del Concilio Vaticano II por verificar la aplicación
de la enseñanza sobre el sacramento de la Eucaristía a
la luz del ulterior Magisterio de la Iglesia. Ayudada
por los Miembros del Consejo Ordinario, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos
ha comenzado la preparación de la XI Asamblea General Ordinaria,
con la redacción de los Lineamenta, documento publicado al
comienzo del año 2004 con la intención de suscitar una vasta
reflexión eclesial sobre el misterio de la Eucaristía, celebrado
y adorado en las diócesis y en las comunidades de la Iglesia
Católica y anunciado al mundo entero. En efecto, el documento
ha sido enviado a las Conferencias Episcopales, a las Iglesias
Orientales Católicas sui iuris, a los Dicasterios de la Curia
Romana y a la Unión de los Superiores Generales, con el explícito
pedido de responder, después de haber reflexionado y rezado,
a un Cuestionario sobre diversos argumentos relacionados con
la Eucaristía. Además, el mismo documento ha sido ampliamente
difundido en la Iglesia y en el mundo a través de los medios
de comunicación social. El Pueblo de Dios, guiado por sus Pastores,
ha respondido bien a esta consulta, ofreciendo válidas contribuciones
sobre el tema, en vista de la preparación de la asamblea sinodal.
En varios países fueron promovidas discusiones a nivel de las
diócesis, de las parroquias y de otras comunidades eclesiales.
Se ha tratado, por lo tanto, de una profunda reflexión sobre
la fe y sobre la praxis eucarística a nivel de la Iglesia universal. Las
reacciones llegaron a la Secretaría
General bajo forma de "respuestas", de parte de los organismos
antes mencionados, con una notable dimensión colegial, y bajo
la forma de "observaciones" de parte aquellos que, espontáneamente,
han querido contribuir al proceso sinodal. Los frutos han sido
recogidos en el presente Instrumentum laboris, que es una síntesis
fiel de las contribuciones recibidas. Al reflejar el tenor
de las respuestas en el documento, no se ha querido presentar
nuevamente una síntesis teológica, sistemática y completa sobre
el sacramento de la Eucaristía, que por otra parte, ya existe
en la Iglesia, sino más bien, recordar algunas verdades doctrinales
que tienen una notable influencia sobre la celebración del
sublime misterio de nuestra fe, poniendo de relieve su gran
riqueza pastoral. Por lo tanto, el documento se ha concentrado
principalmente en los aspectos positivos de la celebración
eucarística, que reúne a los fieles y hace de ellos una comunidad,
no obstante las diferencias de raza, lengua, nación y cultura.
En el documento son además mencionadas algunas omisiones o
negligencias en la celebración de la Eucaristía que, gracias
a Dios, son bastante marginales. Ellas, sin embargo, permiten
tomar conciencia del respeto y de la piedad con que los miembros
del clero y todos los fieles deberían acercarse a la Eucaristía
para celebrar el sagrado misterio. No faltan, finalmente,
algunas propuestas, provenientes de numerosas respuestas,
fruto de
profundas reflexiones pastorales de las Iglesias particulares
y de otros organismos consultados. Obviamente,
la celebración del sacramento
de la Eucaristía se manifiesta en cada país y continente con
notable variedad, que resulta evidente si se considera la variedad
de Tradiciones espirituales o ritos en la Iglesia Católica.
La diversidad, lejos de debilitar la unidad, revela la riqueza
de la Iglesia en la comunión católica, caracterizada por el
intercambio de dones y experiencias. Los católicos de Tradición
latina perciben tal riqueza en la insigne espiritualidad de
las Iglesias Orientales Católicas, come resulta de los Lineamenta
y del Instrumentum laboris. Análogamente, los cristianos de
las Tradiciones orientales descubren constantemente el notable
patrimonio teológico y espiritual de la Tradición latina. Esta
actitud tiene también una finalidad ecuménica. En efecto, si
la Iglesia Católica respira con dos pulmones, y por ello agradece
a la Divina Providencia, también espera el santo día, en el
cual esa riqueza espiritual podrá ser ampliada y vivificada
por una plena y visible unidad con aquellas Iglesias Orientales
que, aún careciendo de una plena comunión, en buena parte profesan
la misma fe en el misterio de Jesucristo Eucaristía. El
Instrumentum laboris está destinado
a los Padres sinodales como documento de trabajo y de ulterior
reflexión sobre la Eucaristía, la cual, como corazón de la
Iglesia, la congrega en la comunión y la orienta hacia la misión.
No cabe ninguna duda que la reflexión será beneficiosa porque
el espíritu de colegialidad, propio de las reuniones sinodales,
favorecerá el consenso sobre las propuestas destinadas al Santo
Padre. Además, podrán recogerse los abundantes frutos de la
reforma litúrgica, de las investigaciones exegéticas y de las
reflexiones teológicas que han caracterizado el período
sucesivo al Concilio Vaticano II. En
las respuestas sintetizadas en el Instrumentum laboris
se percibe la esperanza
del Pueblo
de Dios en el buen resultado de las discusiones de los
Padres sinodales, reunidos en torno al Obispo de Roma,
Cabeza del
Colegio Episcopal y Presidente del Sínodo, junto a los otros
representantes de la comunidad de la Iglesia. Se espera, en
efecto, que el debate sinodal contribuya a descubrir nuevamente
la belleza de la Eucaristía, sacrificio, memorial y banquete
de Jesucristo, Salvador y Redentor del mundo. Los fieles esperan
orientaciones apropiadas para que sea celebrado más dignamente
el sacramento de la Eucaristía, Pan bajado del cielo (cf. Jn
6,58) y ofrecido por Dios Padre en su Hijo Unigénito, para
que con más devoción sea adorado el Señor bajo las especies
del pan y del vino, para que sean reforzados los vínculos de
unidad y de comunión entre aquellos que se nutren del Cuerpo
y Sangre del Señor. Esta esperanza no sorprende, pues los cristianos
que participan en la Mesa del Señor, iluminados por la gracia
del Espíritu Santo, son parte viva de la Iglesia, Cuerpo místico
de Jesucristo. Ellos son testigos en el ambiente de la vida
y del trabajo, permaneciendo atentos a las necesidades espirituales
y materiales del hombre contemporáneo, activos en la construcción
de un mundo más justo, en el cual a ninguno falte el pan nuestro
de cada día. Los
Padres sinodales desarrollarán
sus tareas sinodales siguiendo el ejemplo de la Beata Virgen
María, Mujer eucarística, en la disponibilidad a cumplir la
voluntad de Dios Padre y con una actitud de apertura a las
inspiraciones del Espíritu Santo. En esta importante actividad
serán sostenidos por los vínculos de la comunión con el clero
y con los fieles, que en este Año de la Eucaristía, con renovado
celo, no cesan de orar, de celebrar, de adorar, de testimoniar
con la vida cristiana y con la caridad fraterna la fecundidad
del misterio eucarístico, anunciando con nuevo ardor apostólico
a los cercanos y a los lejanos la belleza del gran misterio
de la fe encerrado en el sacramento de la Eucaristía, fuente
y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia para el
Tercer Milenio del cristianismo. Nikola
Eterović Arzobispo
titular de Sisak
Secretario General
Introducción Asamblea
sinodal en el Año
de la Eucaristía 1.
La próxima XI0 Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar del 2
al 23 de octubre de 2005 sobre el tema La Eucaristía: fuente
y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, es precedida
por una fase preparatoria que compromete a la Iglesia Católica
extendida en todo el mundo, gracias también al magisterio del
Papa Juan Pablo II, que ha promulgado la Encíclica Ecclesia
de Eucharistia y la Carta apostólica Mane nobiscum Domine,
y de los obispos y teólogos del 481 Congreso Eucarístico Internacional
de Guadalajara, México.[1] En relación al tema sinodal debe
considerarse también la Instrucción Redemptionis Sacramentum
y el documento Año de la Eucaristía. Sugerencias y Propuestas
de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos, difundido éste último en ocasión de la apertura
del Año de la Eucaristía que, habiendo comenzado el 17 de octubre
de 2004, se concluirá precisamente con el Sínodo. Para
orientar la preparación específica
fueron publicados los Lineamenta, no para ofrecer un tratado
completo sobre la Eucaristía, ni para proponer nuevamente las
enseñanzas doctrinales ya contenidas en los mencionados documentos,
sino para delinear las cuestiones emergentes en el contexto
de los puntos esenciales de la doctrina eucarística de la Iglesia,
a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Las
respuestas a los Lineamenta y al relativo Cuestionario
fueron enviadas
por las Conferencias
Episcopales, las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, los
Dicasterios de la Curia Romana y la Unión de los Superiores
Generales. Además, sobre el mismo argumento fueron recibidas
varias observaciones de parte de obispos, sacerdotes, religiosos,
teólogos y fieles laicos, las cuales después fueron recogidas
en el Instrumentum laboris. Este documento de trabajo de la
futura asamblea sirve para informar sobre la realidad de la
fe, del culto y de la vida eucarística en las Iglesias
particulares en todo el mundo y para comparar esa realidad
con la de la
Iglesia universal. Instrumentum laboris y su uso 2.
Para favorecer la reflexión y
la discusión preparatoria, así como también las intervenciones
y el debate en el aula, el Instrumentum laboris enuncia el
dato doctrinal y el pastoral. En estos dos campos, en efecto,
se empeñan continuamente los Obispos en el ejercicio del triple
ministerio episcopal de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo
de Dios. Por ello, la praxis de la Iglesia en el mundo debe
confrontarse continuamente con la doctrina perenne alimentada
por la Sagrada Escritura y la Tradición. Aplicando
el método al tema del Sínodo,
es necesario verificar si la ley de la oración corresponde
a la ley de la fe, es decir, preguntarse en qué cree y cómo
vive el Pueblo de Dios para que la Eucaristía pueda ser cada
vez más la fuente y la cumbre de la vida y de la misión de
la Iglesia y de cada uno de los fieles, mediante la liturgia,
la espiritualidad y la catequesis en los ámbitos culturales,
sociales y políticos. De
las respuestas a los Lineamenta emerge la necesidad de
comprender la Eucaristía a la luz de
la doble dimensión de fons et culmen en la Iglesia. El sacrificio
sacramental es fuente porque en virtud de las palabras del
Señor y por obra del Espíritu Santo, contiene la eficacia de
la pasión de Jesucristo y la potencia de su resurrección. La
Eucaristía es, además, cumbre de la vida de la Iglesia en cuanto
conduce a la comunión con el Señor por medio de la santificación
y la divinización del hombre, miembro de una comunidad reunida
en torno a la mesa del Señor. De esta verdad, fons et culmen,
nace el empeño para la transformación de las realidades temporales. Éste
es el tema general del Sínodo. Puede decirse que en la Eucaristía
se encuentra el sentido del sacrificio de Jesús: Dios se da
total y gratuitamente y el hombre se abandona completamente
al Padre que lo ama. Se trata de una doble expresión de amor,
que corresponde, de algún modo, a la Eucaristía como sacrificio
y banquete. Ha
sido generalmente apreciado por las respuestas el hecho
que los Lineamenta
hayan propuesto
no solamente una visión de la Eucaristía en la liturgia de
tradición latina sino también en las liturgias de las tradiciones
orientales: la ósmosis es considerada enriquecedora y benéfica,
especialmente para exaltar las luces y atenuar las sombras
que se registran en no pocos lugares. El texto del Instrumentum
laboris intenta hacer lo mismo al abarcar toda la tradición
de la Iglesia, no limitándose al rito latino, aunque no puede
negarse que algunos fenómenos son propios de éste último ámbito. El
presente Instrumentum laboris es ofrecido a la reflexión de los Pastores de las Iglesias
particulares para que con el pueblo de Dios se preparen al
Sínodo, en el cual los Padres sinodales ofrecerán al Obispo
de Roma propuestas útiles para una renovación eucarística
de la vida eclesial. PARTE I
EUCARISTÍA Y MUNDO ACTUAL Capítulo
I
HAMBRE DEL PAN DE DIOS «"El pan de Dios es el que baja del
cielo y da la vida al mundo".
Entonces le dijeron:
" Señor, danos siempre de ese pan"» (Jn 6, 33-34) Pan para el hombre en el mundo 3.
En respuesta al pedido de un signo para poder creer, Jesucristo
se propone Él mismo a la multitud,
como Pan verdadero que sacia al hombre (cf. Jn 6,35), el Pan
que desciende del cielo para dar vida al mundo. También el
mundo actual tiene necesidad de ese Pan para tener la vida.
En la conversación con Jesús, que se presentaba a sí mismo
como el Pan para la vida del mundo, la gente espontáneamente
le pidió: «Señor danos siempre de ese pan». Se trata de una
súplica significativa, expresión del deseo profundo grabado
en el corazón no solo de los fieles sino también de todo hombre
que anhela la felicidad simbolizada en el Pan de la vida eterna.
También el mundo en este año del Señor 2005, no obstante las
dificultades y contradicciones de diversa índole, aspira a
la felicidad y desea el Pan de la vida, del alma y del cuerpo.
Para dar una respuesta a este anhelo humano el Papa ha realizado
un conmovedor llamado a toda la Iglesia para que el Año de
la Eucaristía sea también ocasión de empeño, serio y profundo,
en la lucha contra el drama del hambre, del flagelo de las
enfermedades, de la soledad de los ancianos, de las desventuras
de los desocupados y de las travesías de los inmigrantes. Los
frutos de este empeño serán una prueba de la autenticidad de
las celebraciones eucarísticas.[2]
No
solo el hombre sino también la
entera creación espera los nuevos cielos y la nueva tierra
(cf. 2 P 3,13) y la recapitulación de todas las cosas, también
las de la tierra, en Cristo (cf. Ef 1,10). Por ello, la Eucaristía,
siendo la cumbre a la cual tiende toda la creación, es también
la respuesta a la preocupación del mundo contemporáneo por
el equilibrio ecológico. En efecto, a través del pan y del
vino, materia que Jesucristo ha elegido para cada Santa Misa,
la celebración eucarística entra en relación con la realidad
del mundo creado y confiado al dominio del hombre (cf. Gn 1,28),
en el respeto de las leyes que el Creador ha puesto en las
obras de sus manos. El pan, que se transforma en Cuerpo de
Cristo, sea el fruto de una tierra fértil, pura e incontaminada.
El vino, que pasa a ser la Sangre del Señor Jesús, sea el signo
de un trabajo de transformación de la creación según las necesidades
de los hombres, siempre preocupados por salvaguardar los recursos
indispensables para las generaciones futuras. El agua, que
unida al vino simboliza la unión de la naturaleza humana con
la divina, en el Señor Jesús, conserve sus propiedades saludables
para los hombres sedientos de Dios «fuente de agua que brota
para vida eterna» (Jn 4,14). Algunos
datos estadísticos esenciales
4.
El tema del Sínodo, La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia,
exige también una mirada sobre algunos datos significativos
del mundo, en el cual Iglesia vive y actúa. Ante la imposibilidad
de ofrecer un cuadro completo y exhaustivo, es siempre
posible hacer observaciones
y consideraciones de índole general.
Algunos
datos ponen de manifiesto la relación estadística entre la población en general y los
fieles que profesan la fe católica. En este sentido se debe
observar que el número de los católicos en el 2003 era igual
a 1.086.000.000, con un aumento de 15.000.000 de personas respecto
del año anterior, así repartido en los diversos continentes: África
+ 4,5 %; América +1,2 %; Asia +2,2 %; Oceanía + 1,3 %. Una
situación de estabilidad se registra en Europa. La lectura
de los datos sobre la distribución de los católicos en las
diversas áreas geográficas demuestra que América cuenta con
el 49,8 % de los católicos del mundo entero, mientras Europa
tiene el 25,8 %, África el 13,2%, Asia el 10,4 % y Oceanía
el 0,8 %.[3] En lo que se refiere, al número de habitantes,
el porcentaje de fieles católicos en cada uno de los continentes
es el siguiente: 62,46 % en América, 39,59 % en Europa, 26,39
% en Oceanía, 16,89 % en África y 2,93 % en Asia.[4] Desde
el punto de vista de la distribución
geográfica de la Iglesia, debe observarse que en el 2003 las
circunscripciones eclesiásticas eran 2.893, es decir 10 más
respecto al 2002, con un aumento en todos los continentes.[5]
Aumentó un 27,68 % el número de los obispos en todo el mundo,
pasando de 3.714 en 1978 a 4.742 en 2003, mientras el número
total de los sacerdotes en 2003 (405.450: 268.041 diocesanos
y 137.409 religiosos) respecto al de 1978 (420.971: 262.485
diocesanos y 158.486 religiosos) ha sufrido una flexión del
3,69 %, debida a una disminución del 13,30 % de los sacerdotes
religiosos y a un aumento del 2,12 % de los sacerdotes diocesanos.
Además, ha disminuido de un 27,94 % el número de los religiosos
profesos no sacerdotes (de 75.802 en 1978 a 54.620 en 2003).
Se verifica también una flexión del 21,65 % en el número
de las religiosas profesas (de 990.768 en 1978 a 776.269
en 2003).[6] Dado
que la celebración del sacramento
de la Eucaristía se relaciona estrechamente con el sacramento
del Orden, vale la pena recordar que, en el período 1978-2003,
se ha registrado un aumento del número de católicos por sacerdote. Éste,
en efecto, ha pasado de 1.797 católicos por sacerdote al comienzo
del período a 2.677 al final del mismo. Tal proporción varía
de continente a continente. Por ejemplo, mientras en Europa
hay 1.386 católicos por sacerdote, en África se cuentan alrededor
de 4.723, en América 4.453, en Asia 2.407 y en Oceanía 1.746.[7]
Además, debe tenerse presente que en este período los diáconos
permanentes constituyen un grupo en fuerte aumento: el número
total en todos los continentes se ha más que quintuplicado,
con un incremento relativo del 466,7 %. No carece de interés
recordar que esta figura religiosa es muy difundida en América
(especialmente en el norte del continente) con el 65,7 % de
todos los diáconos del mundo, y también en Europa con el 32
%. Igualmente importante es la actividad desarrollada en la
evangelización en todo el mundo por los misioneros laicos
(172.331) y por los catequistas (2.847.673).[8] 5.
El Sínodo tiene lugar en un período
caracterizado por fuertes contrastes en la familia humana.
La globalización permite una percepción de la unidad del género
humano, gracias a los mass-media que informan sobre la realidad
en todos los ángulos de la tierra. Se trata de un importante
aspecto del progreso técnico, que se ha desarrollado en modo
excepcional en los últimos decenios. Lamentablemente, la globalización
y el progreso técnico no han favorecido la paz y una mayor
justicia entre las naciones ricas y las pobres del 31 y 41
mundo. Todo hace pensar que, lastimosamente, mientras los padres
sinodales estarán reunidos, en varias partes del mundo continuarán
los actos de violencia, el terrorismo y las guerras. Al mismo
tiempo hermanos y hermanas serán víctimas de enfermedades,
como por ejemplo el Sida, que producen desolación en vastos
estratos de la población, sobre todo en los países pobres. Permanecerá, tristemente, el escándalo
del hambre, fenómeno que se ha agravado en los últimos años,
dado que más de mil millones de hombres viven en la miseria.
En este sentido, es necesario prestar atención a algunos fenómenos
referidos a la situación social, en particular el hambre, que
no pueden ser descuidados cuando se piensa en la relación entre
la Iglesia y el mundo en términos de evangelización. En efecto,
la Iglesia desde siempre ha acompañado el anuncio del Evangelio
y la transmisión de la salvación a través de los sacramentos
con las obras de la promoción humana, en tantos campos de la
vida social, como la salud, la asistencia humanitaria y la
educación. Por ello, no debe olvidarse, entre otras cosas,
que en el período 1999-2001, hubo 842 millones de personas
desnutridas en todo el mundo y 798 millones de ellas vivían
en países en vía de desarrollo, especialmente en África Sub-Sahariana,
en Asia y en el Pacífico.[9] Esta dramática realidad no puede
permanecer ausente en la reflexión de los padres sinodales,
los cuales, con todos los cristianos, varias veces al día suplican
al Señor: «danos hoy nuestro pan cotidiano». Eucaristía
en diferentes contextos de la Iglesia 6.
De las respuestas a los Lineamenta se deduce que la
frecuencia a la Santa Misa
en el domingo es
más bien alta en diversas Iglesias particulares de naciones
africanas y en algunas asiáticas. Se verifica, en cambio, el
fenómeno contrario en la mayor parte de los países europeos
y americanos y en algunos de Oceanía, llegando a extremos negativos
del 5%. Los fieles que descuidan el precepto dominical, en
la mayor parte de los casos, no dan particular importancia
a la participación en la Misa. En el fondo, ellos no saben
en qué consiste el Sacrificio y el banquete eucarístico, que
reúne a los fieles entorno al altar del Señor. La
Misa pre-festiva permite a muchos cumplir el precepto,
aún cuando en algunos casos se aprovecha
de la ocasión para desarrollar actividades laborales durante
el domingo. En muchos lugares la Misa durante los días
feriales es frecuentada por pocas personas, que asisten
a la misma,
algunas en modo habitual, otras ocasionalmente y otras
a causa de compromisos en la vida eclesial. Debería ser promovida una catequesis
más continua e intensa en relación a la importancia y a la
obligación de participar en la Santa Misa del domingo y de
los días de precepto. A veces se desvaloriza la importancia
del precepto sosteniendo que es suficiente cumplirlo cuando
el estado de ánimo lo sugiere. 7.
Entre las Iglesias particulares se pueden detectar algunos
fenómenos principales. Se asiste
a un declino de la práctica de la fe, de la participación en
la Misa, principalmente entre los jóvenes. Esto debe hacer
reflexionar acerca de cuánto tiempo se dedica de parte de los
Pastores y catequistas a la educación en la fe de los jóvenes
y niños y cuánto tiempo, en cambio, de destina a otras actividades,
como las de carácter social. Se
percibe un debilitamiento del sentido del misterio en las
sociedades
secularizadas. Ello
puede atribuirse, entre otras cosas, a interpretaciones
y acciones que deforman el sentido de la reforma litúrgica
del Concilio y que terminan en ritos banales y pobres de
sentido espiritual.
En otras partes las comunidades cristianas han conservado
un profundo sentido del misterio, de modo que la liturgia
mantiene
en ellas un intenso significado. Se
manifiesta satisfacción por una
liturgia inculturada que permite una mayor participación activa.
Esto conduce a un aumento de la participación en la Misa. Muchos
jóvenes y adultos participan así en la vida y en la misión
de la Iglesia. Si a causa de la escasez de clero se celebra
la Misa en las áreas rurales solo algunas veces al mes o incluso
al año, es inevitable que el servicio dominical sea confiado
a los laicos. 8.
Debe aclararse que el acceso al misterio depende de una
celebración de la liturgia hecha con
dignidad, así como también de una preparación adecuada, pero
sobre todo depende de la fe en el misterio en sí mismo. A este
respecto, es de gran ayuda la encíclica Redemptoris missio,
que ha puesto en evidencia los dos aspectos de la falta de
fe que están incidiendo negativamente en el impulso misionero:
la secularización de la salvación y el relativismo religioso.
La primera lleva a comprometerse en favor del hombre, pero
se trata de un hombre reducido unilateralmente a la dimensión
horizontal.[10] A veces parecería que algunos vinculan la vocación
de ministro de los misterios de Dios a la de organizador de
la justicia social. El segundo aspecto lleva a abolir la verdad
del cristianismo, pues se retiene que una religión vale cuanto
otra.[11] Lejos de dejarnos llevar por el pesimismo, el Papa
Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio ineunte
exhorta a reforzar la actividad misionera de la Iglesia.[12] El
tema del Sínodo se puede desarrollar
correctamente teniendo en cuenta este contexto, sin olvidar
que para los Apóstoles y para los Padres ―basta pensar
en S. Justino[13]―la Eucaristía es la acción más santa
de la Iglesia, la cual cree firmemente que en Ella se encuentra
verdaderamente presente el Señor Jesús Resucitado. Esta
presencia constituye el fundamento del sacramento. Este
mismo evento, que nace de la transformación de las especies del pan y del vino, hace che
la Iglesia se acerque siempre con temor y temblor, pero al
mismo tiempo con confianza, al misterio que constituye la esencia
de la liturgia. Hoy es necesario reafirmar el respeto hacia
el misterio de la Eucaristía y la conciencia de su intangibilidad.
Por esta razón, es necesario también llevar adelante un programa
articulado de formación. Pero mucho dependerá de la existencia
de ambientes ejemplares, en los cuales la Eucaristía sea verdaderamente
aceptada con fe y celebrada correctamente, lugares en los cuales
pueda vivirse personalmente lo que la Eucaristía es: la única
respuesta verdadera a la búsqueda del sentido de la vida,
que caracteriza al hombre de todas las latitudes. Eucaristía
y sentido cristiano de la vida 9.
El ser humano se interroga sobre el sentido de
la vida: ¿qué será de mi vida? ¿qué es la libertad? ¿porqué existen
el sufrimiento y la muerte? ¿existe algo más allá de la muerte?
En un palabra: la vida del hombre, ¿tiene o no un sentido?[14]
La pregunta subsiste, no obstante el hombre se ilusione, pensando
que ha alcanzado la autosuficiencia, o bien caiga prisionero
del miedo y de la inseguridad. La religión es la respuesta
definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida, porque
conduce al hombre a la verdad acerca de sí mismo en relación
con el Dios verdadero. La
Eucaristía, que «revela el sentido
cristiano de la vida»,[15] responde a esa pregunta anunciando
la resurrección y la presencia verdadera, plena y duradera
del Señor, como prenda de la gloria futura. Esto supone que
el hombre establezca su relación con Dios como la base de todo,
porque tal relación es fuente de libertad que lo habilita a
entrar en lo más profundo de su ser para entregarse gratuitamente.
Esto se realiza en el misterio pascual, en el cual la verdad
y el amor se encuentran mostrándose como las características
de la verdadera religión. Así, la Eucaristía manifiesta
la verdad de la Palabra de Dios: nihil hoc verbo veritatis
verius,
como canta el himno Adoro Te devote. El
sentido de la Eucaristía es integralmente
explicado por las palabras de Jesús: «Haced esto en recuerdo
mío» (Lc 22,19). Esta expresión anuncia en primer lugar, que
Jesucristo ha introducido la eternidad en el tiempo, dando
a éste una orientación definitiva y eliminando su poder de
aniquilamiento. En segundo lugar, a través de esas palabras
se pone en evidencia que en Jesús se encuentran la libertad
de Dios y la del hombre, dando origen a la comunión que permite
vencer al Maligno. Finalmente, estas palabras significan que
Jesucristo es fuente inagotable de renovación del hombre y
del mundo, no obstante los límites y el pecado de los hombres. 10.
Las respuestas a los Lineamenta denuncian un cierto alejamiento
de la vida
pastoral respecto
a la Eucaristía; por lo tanto se espera que el Sínodo estimule
y refuerce la relación entre la vida y la misión. La Eucaristía
es la respuesta a los signos de los tiempos de la cultura contemporánea.
A la cultura de la muerte, la Eucaristía responde con la cultura
de la vida. Contra el egoísmo individual y social la Eucaristía
afirma la entrega total. Al odio y al terrorismo, la Eucaristía
contrapone el amor. Ante el positivismo científico, la Eucaristía
proclama el misterio. Oponiéndose a la desesperación, la Eucaristía
enseña la esperanza cierta en la eternidad beata. La
Eucaristía indica que la Iglesia
y el porvenir del género humano está vinculados a Jesucristo,
la única roca que verdaderamente permanece para siempre, y
no a cualquier otra realidad. Por ello, la victoria de Cristo
es el pueblo cristiano que cree, celebra y vive el misterio
eucarístico. Capítulo
II
EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL «Porque
aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos,
pues todos participamos de un solo pan» (1 Co 10,17) Misterio
eucarístico, expresión
de unidad eclesial 11.
Al exhortar a los fieles a huir de la idolatría, evitando comer carne inmolada a los ídolos,
San Pablo demuestra el estrecho vínculo existente entre la
comunión de los cristianos y la Sangre y el Cuerpo de Cristo,
que tienen la capacidad de formar, de la multitud de los
fieles, una sola comunidad, una sola Iglesia (cf. 1 Co
8, 1-10). El
tema de la comunión eclesial ha
merecido una atención particular de parte del Concilio Ecuménico
Vaticano II.[16] Tanto es así, que el argumento ha sido especialmente
puesto en evidencia en la relación final de la II Asamblea
General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada
en conmemoración del XXV aniversario del mencionado Concilio,[17]
así como también en un documento de la Congregación para la
Doctrina de la fe, dirigido a los Obispos de la Iglesia Católica.[18]
Además, el tema ha sido ampliamente tratado en el capítulo
VI de la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores gregis,
promulgada por el Papa Juan Pablo II luego de la X Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. En este documento
pontificio, que recoge la reflexión sinodal sobre el argumento,
se explica cómo la comunión de los Obispos con el Sucesor de
Pedro, signo de la unidad entre la Iglesia universal y las
Iglesias particulares, tiene un punto culminante en la celebración
eucarística de los Obispos con el Papa durante las visitas
ad limina.
La Eucaristía presidida por el Santo Padre y concelebrada por los
Pastores de las Iglesias particulares expresa en modo excelso la
unidad de la Iglesia. Tal concelebración permite ver más claramente
que A... cada Eucaristía se celebra en comunión con el propio Obispo,
con el Romano Pontífice y con el Colegio Episcopal y, a través
de ellos, con los fieles de cada Iglesia particular y de toda la
Iglesia, de modo que la Iglesia universal está presente en la particular
y ésta se inserta, junto con las demás Iglesias particulares, en
la comunión de la Iglesia universal».[19] En
relación a la temática de la Eucaristía
como expresión de la comunión eclesial, aparecen, en varias
respuestas a los Lineamenta, los siguientes temas, que merecen
una atención particular: relación entre Eucaristía e Iglesia;
relación entre Eucaristía y otros sacramentos, especialmente
la Penitencia; relación entre Eucaristía y fieles; sombras
en la celebración de la Eucaristía. Relación entre Eucaristía e Iglesia, «Esposa
de Cristo» 12.
La Eucaristía es el corazón de
la comunión eclesial. El Concilio ha preferido, entre las diversas
imágenes de la Iglesia, una que expresa toda su realidad: misterio.
Antes que nada, la Iglesia es misterio de encuentro entre Dios
y la humanidad; por este motivo ella es Esposa y Cuerpo de
Cristo, Pueblo de Dios y Madre. La mutua relación entre la
Eucaristía y la Iglesia permite aplicar a ambas las notas del
Credo: una, santa, católica y apostólica, que la encíclica
Ecclesia de Eucharistia ha ulteriormente ilustrado.[20] La
Eucaristía construye la Iglesia
y la Iglesia es el lugar donde se realiza la comunión con Dios
y entre los hombres. La Iglesia es consciente que la Eucaristía
es el sacramento de la unidad y de la santidad, de la apostolicidad
y de la catolicidad, sacramento esencial para la Iglesia, Esposa
de Cristo y su Cuerpo. Las notas de la Iglesia son al mismo
tiempo los vínculos de la comunión católica que permiten la
legítima celebración de la Eucaristía. El
Papa Juan Pablo II recordaba que «la
Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina "con Cristo" en la
medida en que se está en relación "con su cuerpo"».[21] Es
aquí que encuentra su verdadero sentido la observancia de las
normas y el decoro de la celebración: se trata de la obediencia
a Cristo de parte de la Iglesia, su Esposa. 13.
La Iglesia hace la Eucaristía
y la Eucaristía hace la Iglesia. Si bien ambas han sido instituidas
por Cristo, una en vista de la otra, los dos términos del conocido
aforismo no son equivalentes. Si la Eucaristía hace crecer
la Iglesia porque en el sacramento está Jesucristo vivo, aún
antes, Él ha querido que exista la Iglesia para que ella celebre
la Eucaristía. Los cristianos de Oriente subrayan especialmente
que, desde la creación, la Iglesia preexiste a su realización
terrena. La pertenencia a la Iglesia es prioritaria para poder
acceder a los sacramentos: no se puede acceder a la Eucaristía
sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede retornar
a la Eucaristía sin haber recibido la Penitencia, que es el «bautismo
laborioso» para los pecados graves. Desde los orígenes la Iglesia,
para expresar tal urgencia propedéutica, instituyó respectivamente
el catecumenado para la iniciación y el itinerario penitencial
para la reconciliación. Además, no existe Eucaristía válida
y legítima sin el sacramento del Orden. Por
estas razones la encíclica Ecclesia
de Eucharistia habla de Aun influjo causal de la Eucaristía
en los orígenes mismos de la Iglesia»,[22] y de estrecha conexión
entre una y otra.[23] Con estas premisas se comprende mejor
la afirmación que Ala celebración de la Eucaristía, no obstante,
no puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone
previamente, para consolidarla y llevarla a perfección. El
Sacramento expresa este vínculo de comunión, sea en la dimensión
invisible ... sea en la dimensión visible ... La íntima relación
entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial,
es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvación.
Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de
la Eucaristía y la verdadera participación en la misma ...».[24]
Hablar de eclesiología eucarística no significa que en la Iglesia
todo pueda ser deducido de la Eucaristía, la cual, sin embargo,
es siempre fuente y cumbre de la vida eclesial. En efecto,
como afirma el Concilio Vaticano II: «La sagrada liturgia no
agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres
puedan llegar a la liturgia es necesario que antes sean llamados
a la fe y a la conversión».[25] Ahora
bien, el espacio donde naturalmente se desarrolla la vida
eclesial
es la parroquia. Ella, debidamente
renovada y animada, debería ser el lugar idóneo para la formación
y para el culto eucarístico, dado que, como enseñaba el Papa
Juan Pablo II, la parroquia es «una comunidad de bautizados
que expresan y confirman su identidad principalmente por la
celebración del Sacrificio eucarístico».[26] La parroquia debería
aprovechar la experiencia y la cooperación de los movimientos
y de las nuevas comunidades que, bajo el impulso del Espíritu
Santo han sabido valorizar, según los propios carismas, los
elementos de la iniciación cristiana. Así podrán ayudar a muchos
fieles a volver a descubrir la belleza de la vocación cristiana,
cuyo centro es el sacramento de la Eucaristía para todos
en la comunidad parroquial. 14.
La expresión litúrgica de la
eclesiología católica se encuentra en la anáfora mediante los
llamados dípticos, que recuerdan la dimensión eucarística del
primado del Papa, Obispo de Roma, como elemento interno de
la Iglesia universal, análogamente a la del Obispo en la Iglesia
particular.[27] Es la única Eucaristía que convoca en la unidad
la Iglesia contra cualquier fragmentación. La única Iglesia
querida por Cristo remite siempre a una Eucaristía que se realiza
en comunión con el colegio apostólico, del cual, el Sucesor
de Pedro es la Cabeza. Es éste el vínculo que hace legítima
la Eucaristía. No es conforme a la unidad eucarística querida
por Cristo solo una comunión transversal entre las llamadas
iglesias hermanas. Es un elemento interior al sacramento la
comunión con el Sucesor de Pedro, principio de unidad en la
Iglesia, depositario del carisma de unidad y universalidad,
que es el carisma petrino. Por lo tanto, la unidad eclesial
se manifiesta en la unidad sacramental y eucarística de
los cristianos. Relación entre Eucaristía
y otros sacramentos 15.
Existe una relación específica
entre la Eucaristía y todos los otros sacramentos. En este
sentido, es necesario tener presente, por una parte, que según
el Concilio de Trento los sacramentos «contienen la gracia
que significan» y la confieren en virtud de su misma celebración.[28]
Por otra parte, todos los sacramentos, como también todos los
ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, están
estrechamente unidos a la sagrada Eucaristía y a ella se ordenan.[29]
Por lo tanto, el sacramento de la Eucaristía es Ala perfección
de las perfecciones».[30] La
relación con la Eucaristía no
se refiere solo a la celebración litúrgica, sino más bien a
la esencia de cada sacramento. El sacramento del Bautismo es
indispensable para entrar en la comunión eclesial, que es reforzada
por los otros sacramentos, ofreciendo al creyente Agracia sobre
gracia» (Jn 1,16). Es conocida la relación fundamental que
existe entre el Bautismo y la Eucaristía en cuanto fuente de
la vida cristiana. En las Iglesias de Tradición oriental con
el Bautismo se recibe también la Santa Comunión, mientras en
las Iglesias de Tradición latina se accede a la Eucaristía
en edad de razón y sólo después de haber recibido el Bautismo. Las
respuestas a los Lineamenta recomiendan hacer explícita la relación teológica entre Bautismo y Eucaristía
como cumbre de la iniciación, aún cuando esto no debe llevar
necesariamente a celebrar siempre el Bautismo en la Misa. A
este respecto se manifiesta preocupación acerca de la calidad
de una catequesis apropiada. 16.
Existe un nexo teológico entre
la Confirmación y la Eucaristía, porque el Espíritu Santo conduce
al hombre a creer en Jesucristo Señor. Con la finalidad de
hacer más evidente esta relación, en algunas Iglesias particulares
ha sido restablecida la praxis de administrar la Confirmación
antes de la Comunión. La
Eucaristía es la cumbre de un
auténtico itinerario de iniciación cristiana. Vivir como cristiano
significa hacer actual el don del Bautismo, revivido por la
Confirmación, alimentándolo con la participación frecuente
en la Santa Misa los domingos y días de precepto. Se
observa que la administración
de la Confirmación es a menudo delegada a sacerdotes, con el
consiguiente riesgo de poner en segundo plano el hecho que
el Obispo es el ministro originario de ese sacramento. Así,
se pierde una ocasión para que los nuevos confirmados puedan
encontrar al padre y cabeza visible de la Iglesia particular. 17.
Algunas respuestas suscitan la cuestión acerca de la edad más oportuna para admitir al sacramento
en la Iglesia de Tradición latina, vistos los buenos resultados
espirituales y pastorales obtenidos con la administración de
la Santa Comunión en la primera infancia. Vale la pena tener
presente la constatación del Papa Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos![31],
el cual más recientemente recordaba que Alos niños son el presente
y el futuro de la Iglesia. Desempeñan un papel activo en la
evangelización del mundo, y con sus oraciones contribuyen a
salvarlo y a mejorarlo».[32] En
el pasado, en relación con este
mismo argumento, el Decreto Quam singulari admitía los niños
a la Eucaristía desde los siete años, edad considerada del
uso de la razón, cuando ellos pueden distinguir el pan eucarístico
del pan común, previa confesión sacramental.[33] Esta orientación
aparece hoy más que nunca necesaria, puesto que el uso de razón,
como también los peligros y las tentaciones, llegan más precozmente.
Se profesa con esta praxis el primado de la gracia, que ha
dado a la Iglesia grandes beneficios, favoreciendo también
las vocaciones sacerdotales. 18.
La relación entre el Orden sagrado
y la Eucaristía se percibe claramente en la Misa, presidida
por el obispo o por el sacerdote en la persona de Cristo cabeza.
La doctrina de la Iglesia hace del Orden la condición imprescindible
para la celebración válida de la Eucaristía. Por
este motivo ha sido vivamente recomendado que se ponga
en evidencia «la función del sacerdocio
ministerial en la celebración eucarística, el cual difiere
en la esencia y no sólo en el grado del sacerdocio común de
los fieles».[34] También por la misma razón es justo sugerir
que los presbíteros intervengan en la Eucaristía como celebrantes,
cumpliendo la función que a ellos compete según el sacramento
del orden.[35] 19.
Es sabido que el Matrimonio se celebra frecuentemente durante
la celebración de la Eucaristía
en las Iglesias de Tradición latina, a diferencia de lo
que ocurre en las Iglesias orientales. Es
conveniente que, cuando el Matrimonio es celebrado
en la Misa, este sacramento
sirva para indicar,
como paradigma del amor cristiano, el amor de Jesucristo,
que en la Eucaristía ama a la Iglesia come su esposa hasta dar
la vida por ella. Este amor matrimonial debe ser señalado aun
en los casos en que el sacramento del matrimonio se celebre
fuera de la Misa.[36] La Eucaristía, por lo tanto, sigue siendo
la fuente inagotable de la unidad y del amor indisoluble del
matrimonio y constituye el alimento de toda la familia en la
edificación de un hogar cristiano. 20.
La relación entre la Eucaristía
y la Unción de los enfermos tiene su origen institucional,
como todos los sacramentos, en la persona de Cristo: él demostraba
en su solicitud por todos los enfermos el sentido de su misión
de curar y salvar al ser humano. Además, en las respuestas a los Lineamenta
se sugiere que la relación entre la Unción y la Eucaristía
sea presentada como consolación y esperanza en la enfermedad,
antes que como último Viático. Se invita a los ministros extraordinarios
de la Comunión a ser solícitos con respecto a los enfermos
graves y a las personas ancianas que no pueden participar físicamente
en la celebración eucarística en la iglesia. En favor de ellos
sería muy oportuno, como lo sugieren algunas respuestas, potenciar
el uso de los medios de comunicación social en la transmisión
de la Santa Misa y otras celebraciones litúrgicas. Al usar
esta moderna tecnología, conviene que aquellos que en ella
están empeñados posean una adecuada formación teológica, pedagógica
y cultural. 21.
En lo que ser refiere a la inserción
de los sacramentos en la Misa, las normas litúrgicas de las
Iglesias orientales no la contemplan, aun cuando existen algunas
excepciones para el Bautismo y el Matrimonio. Con respecto
a esta praxis corresponde a cada una de las iglesias emanar
las normas oportunas. Para las Iglesias particulares de rito
latino, las respuestas demuestran que la inserción tiene lugar
en modo diversificado, según costumbres que varían de país
en país. En algunas diócesis existen normas para reglamentar
la celebración de los sacramentos y de los sacramentales
durante la Misa, especialmente para matrimonios mixtos
y funerales
de personas no practicantes. Los
rituales distinguen normalmente, como en el Bautismo y
la Penitencia,
el rito individual del
comunitario. Si bien pastoralmente se prefiere éste último,
no debe caerse en una especie de comunitarismo, ya sea porque
el sacramento es siempre un don que se refiere individualmente
a cada persona, ya sea porque todo fiel tiene derecho, en determinadas
condiciones, a la administración individual del sacramento. Estrecha
relación entre Eucaristía
y Penitencia 22.
El sacramento de la Reconciliación
restablece los vínculos de comunión interrumpidos por el pecado
mortal.[37] Por lo tanto, merece una particular atención la
relación entre la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación.
Las respuestas indican la necesidad de proponer nuevamente
esa relación en el contexto de la relación entre Eucaristía
e Iglesia, y como condición para encontrar y adorar al Señor,
que es el Santísimo, en espíritu de santidad y con corazón
puro. Él ha lavado los pies a los Apóstoles, para indicar la
santidad del misterio. El pecado, como afirma San Pablo, provoca
una profanación análoga a la prostitución, porque nuestros
cuerpos son miembros de Cristo (cf. 1 Co 6,15-17). Dice, por
ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas las veces que entramos
en la iglesia, reordenamos nuestras almas, así como quisiéramos
encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar una basílica
reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del pecado».[38] La
relación entre Eucaristía y Penitencia
en la sociedad actual depende mucho del sentido de pecado y
del sentido de Dios. La distinción entre bien y mal frecuentemente
se transforma en una distinción subjetiva. El hombre moderno,
insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia
conciencia, puede llegar a trastrocar el sentido del pecado. 23.
Son muchas las respuestas que se refieren a la relación entre Eucaristía y Reconciliación.
En muchos países se ha perdido la conciencia de la necesidad
de la conversión antes de recibir la Eucaristía. El vínculo
con la Penitencia no siempre es percibido como una necesidad
de estar en estado de gracia antes de recibir la Comunión,
y por lo tanto se descuida la obligación de confesar los
pecados mortales.[39] También la idea de comunión como «alimento
para el viaje», ha llevado a infravalorar la necesidad del
estado de gracia. Al contrario, así como el nutrimento presupone
un organismo vivo y sano, así también la Eucaristía exige el
estado de gracia para reforzar el compromiso bautismal: no
se puede estar en estado de pecado para recibir a Aquel que
es «remedio» de inmortalidad y «antídoto» para no morir.[40] Muchos
fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado mortal, pero no tienen una idea
clara acerca del pecado mortal. Otros no se interrogan sobre
este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo vicioso: Ano
comulgo porque no me confesé, no me confieso porque no cometí pecados».
Las causas pueden ser diversas, pero una de las principales
es la falta de una adecuada catequesis sobre este tema. Otro
fenómeno muy difundido consiste
en no facilitar, con oportunos horarios, el acceso al sacramento
de la Reconciliación. En ciertos países la Penitencia individual
no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos
veces al año una liturgia comunitaria, creando una fórmula
intermedia entre el II y el III rito previsto por el Ritual. Ciertamente
es necesario constatar la gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos
que se confiesan. Es bastante frecuente que los fieles reciban
la Comunión sin pensar en el estado de pecado grave en que
pueden encontrarse. Por este motivo, la admisión a la Comunión
de divorciados y vueltos a casar civilmente es un fenómeno
no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios
o en otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía,
justificándose en la difundida convicción que la Misa no es
válida sin la Comunión. 24.
Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas
tienen
un tono más alentador.
En ellas se propone ayudar a las personas a ser conscientes
de las condiciones para recibir la Comunión y de la necesidad
de la Penitencia que, precedida del examen de conciencia, prepara
el corazón purificándolo del pecado. Con esta finalidad se
retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también
en la homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos. Ha
sido expresado el deseo de restituir en todos los lugares
al ayuno eucarístico aquella rigurosa
atención que todavía está en uso en las iglesias orientales.[41]
En efecto, el ayuno, como dominio de sí, exige el concurso
de la voluntad y lleva a purificar la mente y el corazón. San
Atanasio dice: «¿Quieres saber cuáles son los efectos del ayuno?...
expulsa los demonios y libra de los malos pensamientos, alegra
la mente y purifica el corazón».[42] En la liturgia cuaresmal
se invita a menudo a la purificación del corazón mediante el
ayuno y el silencio, como recomienda San Basilio.[43] En alguna
respuesta a los Lineamenta se pregunta acerca de la oportunidad
de reconsiderar la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico. Se
invita a esforzarse para aumentar las oportunidades de
la reconciliación individual recurriendo
a la colaboración interparroquial durante el sábado y el domingo
y más intensamente en Adviento y Cuaresma. Mucho se podría
hacer todavía en la predicación y en la catequesis para explicar
el sentido del pecado y la práctica penitencial, superando
las dificultades debidas a la mentalidad secularizada. Se
retiene necesario ofrecer la posibilidad de confesarse
antes de la Misa, adecuando
los horarios a la
situación real de los penitentes, y también durante la celebración
eucarística, como recomienda la Carta Apostólica Misericordia
Dei.[44] Es
necesario estimular a los sacerdotes a la administración del sacramento de la Penitencia, como una
ocasión privilegiada para ser signos e instrumentos de la misericordia
de Dios. De todos modos, la Iglesia agradece profundamente
a los sacerdotes que con celo escuchan las confesiones para
preparar a los fieles a encontrar y recibir a Cristo en la
Eucaristía. Los fieles se sienten atraídos a confesarse, especialmente
cuando ven al sacerdote en el ejercicio de su ministerio en
el confesionario, como lo han testimoniado hasta nuestros días
San Leopoldo Mandic, San Pío de Pietrelcina y tantos otros
santos pastores. Relación entre Eucaristía
y fieles 25.
Los fieles laicos, parte esencial de la Iglesia comunión, jerárquicamente estructurada, como
enseñan el Concilio Vaticano II y otros documentos del Magisterio,[45]
son convocados a la santa asamblea para participar en la celebración
eucarística. La
encarnación del Verbo, en el cual
Dios Padre se ha hecho visible, ha inaugurado el culto espiritual,
conforme a la razón, que se cumple en el Espíritu Santo; el
culto ya no puede ser una serie de «preceptos enseñados por
los hombres» (Is 29,13). El culto cristiano tiene una implicancia
cristológica y antropológica: por ello, la participación de
los fieles en la liturgia, sobre todo en la celebración eucarística,
consiste esencialmente en entrar en este culto, en el cual
Dios desciende hacia el hombre y éste asciende hacia Dios.
La Eucaristía misma, memorial del Hijo, es el culto de adoración
que en el Espíritu se eleva al Padre: este es el fundamento
de la renovación litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano
II. Muchos
observan que la participación
ha sido reducida frecuentemente a aspectos exteriores. No todos
comprenden su verdadero sentido, que nace de la fe en Jesús,
Hijo de Dios. La participación en la Eucaristía es justamente
vista como el acto principal de la vida de la Iglesia, comunión
con la vida trinitaria, con el Padre que es fuente de todo
don, con el Hijo encarnado y resucitado, con el Espíritu Santo
que realiza la transformación y divinización de la vida humana. Las
respuestas a los Lineamenta convergen en constatar la necesidad
de ayudar
a los fieles a comprender
la naturaleza de la Eucaristía y el nexo con la encarnación
del Verbo, para participar en el misterio eucarístico con el
corazón y la mente, antes que con actos externos, sobre todo
ofreciéndose a sí mismos. Al respecto, se sugiere explicitar
la relación esponsal de la Eucaristía y de la Nueva Alianza,
como modelo de las vocaciones del cristiano: matrimonio, virginidad,
sacerdocio. Todo esto tiene como objetivo formar personas y
comunidades eucarísticas, que aman y sirven, como Jesús en
la Eucaristía. 26.
Además, sería oportuno potenciar
los medios de comunicación ya existentes, especialmente para
facilitar la participación de los fieles que, por diversos
motivos, se encuentran impedidos de asistir personalmente a
la iglesia en las celebraciones eucarísticas, como recomienda
el Concilio Vaticano II.[46] Hay propuestas relacionadas con
los mass-media de la Santa Sede, los cuales, con la mejor sinergia
posible pueden ofrecer con rapidez y profesionalidad adecuados
servicios a la Iglesia universal, reaccionando también inmediatamente
contra la difusión de principios anticristianos. En esta obra
deberían ocupar un lugar importante todos los medios de comunicación
de inspiración católica. El aumento de la capacidad de acción
de los mismos se hace urgente para proponer en modo equilibrado
y positivo el mensaje cristiano, para iluminar las conciencias
de los hombres de buena voluntad sobre temas éticos y morales
de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la sociedad. Sombras
en la celebración de la Eucaristía 27.
La comunión eclesial es gravemente
turbada y herida por las sombras en la celebración eucarística,
que son señaladas también por la respuestas a los Lineamenta.
El tema, ya tratado por el Papa Juan Pablo II en la Encíclica
Ecclesia de Eucharistia,[47] y más particularmente abordado
en la instrucción de la Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum,[48]
es una invitación a dirigir una mirada atenta y serena, pero
no menos crítica, al modo en el cual la Iglesia celebra este
Sacramento, que es la fuente y cumbre de su vida y su misión.
Precisamente el hecho que tal llamado de atención haya sido
hecho en este momento histórico, mientras la Iglesia se encuentra
cada vez más empeñada en el diálogo con las religiones y con
el mundo, es una providencial inspiración del Sucesor de Pedro,
que da a entender cómo la Iglesia tiene siempre necesidad de
mirarse a sí misma para relacionarse mejor con sus interlocutores,
sin perder la propia identidad de sacramento universal de salvación. En
el presente texto se señalan diversas
sombras que emergen del análisis de las respuestas a los Lineamenta.
Dichas observaciones no deberían ser consideradas solamente
como meras trasgresiones a las rúbricas y a la praxis litúrgicas,
sino más bien como expresiones de actitudes más profundas. Se
nota una disminución de la participación
en la celebración del Dies Domini, en los domingos y en los
días de precepto, a raíz de una falta de conciencia del contenido
y del significado del misterio eucarístico, y también a causa
del indiferentismo, en particular en los países con relevante
proceso de secularización, donde a menudo el domingo se transforma
también en un día de trabajo. Se
difunde la idea que es la comunidad quien produce la presencia
de Cristo,
en vez de ser Cristo
la fuente y el centro de nuestra comunión, y la Cabeza
de su cuerpo que es la Iglesia. Se
está alterando el sentido de lo
sagrado en relación a este grande Sacramento, como efecto de
un debilitamiento de la oración, de la contemplación y de la
adoración del Misterio eucarístico. Se
corre el riesgo de comprometer la verdad del dogma católico de la transformación del pan y
del vino en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, tradicionalmente
denominada transubstanciación y, consiguientemente, de la presencia
real de Cristo en la Eucaristía, en un contexto de ideas que
tratan de explicar el misterio eucarístico no tanto en sí mismo,
sino más bien desde el punto de vista del sujeto con el cual
dicho misterio entra en relación, por ejemplo, con términos
como transfinalización y transignificación. Se releva una incoherencia
entre la fe profesada en el Sacramento y la dimensión moral,
ya sea en la esfera personal, ya sea en aquella más amplia
de la cultura y de la vida social. Son
escasamente conocidos los documentos de la Iglesia y, en
particular,
del Concilio Vaticano II, las
grandes encíclicas sobre la Eucaristía, inclusa la Ecclesia
de Eucharistia, la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, y
otros. Falta un justo equilibrio en la celebración: se va desde
un ritualismo pasivo a una creatividad excesiva, que algunas
veces alcanza expresiones de protagonismo del celebrante de
la Eucaristía, caracterizado frecuentemente de locuacidad,
de muchos y largos comentarios, sin permitir que hable el misterio
a través del rito y de las fórmulas de la liturgia. PARTE II
FE DE LA IGLESIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA Capítulo
I
EUCARISTÍA, DON DE DIOS PARA SU PUEBLO «Misterio
de la fe» Eucaristía,
misterio de la fe 28.
Con esta expresión el sacerdote
que preside la Eucaristía proclama con admiración la fe de
la Iglesia en el Señor resucitado, realmente presente bajo
las especies del pan y del vino, transformados por la gracia
del Espíritu Santo en el Cuerpo y en la Sangre del Señor Jesús. Es
conocida la insistencia del Magisterio conciliar sobre
la Eucaristía como centro y corazón de la vida
de la Iglesia y sobre todo como misterio de la fe, designio
de Dios revelado en Jesucristo. Dios que se ofrece a nosotros,
Dios que está con nosotros, es misterio de inefable riqueza,
don y misterio que debe ser continuamente redescubierto. El
Mysterium fidei es Dios que se entrega a nosotros, el Primero,
el Último y el Viviente entrado en el tiempo. El Señor Jesús
es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios en medio a nosotros. Él
es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. Un
conocido texto del Concilio Vaticano II responde a la pregunta
sobre
la fe en el misterio: «En realidad,
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. [...] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación
del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación».[49] El término misterio aparece tres veces, condensando
la verdad sobre Cristo y sobre el hombre. El misterio del Verbo,
el misterio del Padre y el misterio del hombre no son un enigma
insoluble, sino que encuentran la respuesta en Jesucristo,
que es verdadero Dios y verdadero hombre. Él, haciéndose «verdaderamente
uno de los nuestros» y permaneciendo «unido en cierto modo
con todo hombre»,[50] ha permitido a quienquiera que lo desee
encontrar el camino que conduce al sentido pleno de la existencia. Él
no ha permanecido ajeno a lo humano, sino que ha dado cumplimiento
a la verdad de la creación porque: «Trabajó con manos de hombre,
pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre».[51]
El Papa Juan Pablo II había citado este texto en su primera
encíclica Redemptor hominis,[52] como proponiendo un programa
para la Iglesia, llamada a deducir de la verdad sobre Cristo
la verdad sobre el hombre, que se encuentra en el mismo Evangelio. 29.
El hecho y el misterio de la encarnación y de la muerte y resurrección de Jesucristo el
Señor, que permite al hombre participar en la vida divina,
está presente en la Eucaristía, pan de vida eterna, porque
contiene en sí misma la fuerza para vencer la muerte. «El que
come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré el último día» (Jn 6,54). Es la resurrección,
por lo tanto, la fuente perenne de sentido, que se ofrece
a la
humanidad. La
Eucaristía, en efecto, es el centro
del anuncio que los cristianos en el mundo hacen desde hace
dos mil años: Jesús, el crucificado, ha retornado de la
muerte a la vida y nosotros somos los testigos (cf. 1 Co
15,3-5). La
Eucaristía anuncia la muerte de
Cristo que, en su carácter dramático, todos pueden entender.
Pero proclama también su resurrección, que requiere la fe y
la apertura a aceptar a Dios en nuestra existencia. La fe es
el nuevo estilo de vida que nace de la Eucaristía, y lleva
en sí misma el sentido último y definitivo de la espera del
retorno del Señor. Sin
la fe la Eucaristía no puede
ser celebrada ni vivida, como recuerda el trinomio: fe, liturgia,
vida, tan difundido en los programas pastorales. Sin la fe
no se puede ni siquiera pensar en el tema de la participación
activa en la liturgia. Eucaristía,
nueva y eterna alianza 30.
Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, citando San Ireneo, «La Eucaristía es
el compendio y la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar
armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma
nuestra manera de pensar"».[53] ¿Cómo no ver aquí en acto aquella
alianza con Dios, de la cual el hombre tiene necesidad para
vivir, la alianza de la fe? «Si no os afirmáis en mí, no seréis
firmes» (Is 7,9b), dice el Señor. La Eucaristía es la Alianza
nueva y eterna, pacto y testamento que Jesús ha dejado
en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. En
efecto, en este Sacramento la Iglesia entera expresa
su fe: después de haber escuchado la
Palabra se profesa la fe en el misterio eucarístico, revelación
y don de Dios mismo en Jesús, que impulsa a los cristianos
a la donación plena y perfecta de sí mismos. Sobre todo en
la Eucaristía la fe significa reconocer y aceptar a Jesucristo
como en un encuentro en el cual la persona del fiel se compromete
totalmente, a ejemplo de María, modelo de fe plenamente realizada. Fe
y celebración de la Eucaristía 31.
Las respuestas a los Lineamenta no dejan de señalar las características de la fe como condiciones
necesarias para celebrar la Eucaristía. En ella se manifiesta
el primado de la gracia de Dios, que se encuentra siempre en
el origen de todo, y que con el don del Espíritu Santo nos
ayuda a recibir su acción misteriosa en el Sacramento para
la transformación del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de
Jesús y para nuestra santificación. Si se asiste a la liturgia
eucarística sin creer en la gracia y sin al menos el deseo
de estar en estado de gracia, no hay participación adorante
en espíritu y verdad. En
la Eucaristía se proclama la verdad
de la Palabra de Dios que se ha revelado en Jesús, Verbo hecho
carne que contiene ya en sí mismo la realización última de
la historia humana. Si se asiste a la liturgia de la Eucaristía
con las dudas en vez de con el asentimiento a la verdad, no
hay verdadera participación. El don de la libertad que el Creador
ha dado a la creatura hace que la fe sea un acto libre de adhesión
a la persona de Jesús, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6).
En la liturgia de la Eucaristía Él se deja reconocer, pero
al mismo tiempo permanece escondido para estimular la razón
y la inteligencia del creyente a buscarlo constantemente, para
encontrarlo presente en la vida. Esta es la acción del misterio
al cual la liturgia conduce siempre más profundamente.
Los Padres de la Iglesia la llaman mistagogia. El
amor actúa y completa la fe, como
dicen los apóstoles Santiago y Pablo (cf. St 2,14 ss; Rm 13,10;
Ga 5,6). La fe cambia el corazón del creyente, lo convierte
y lo abre al amor. La fe y el amor unidos a la esperanza constituyen
el fundamento del ser cristiano. La Eucaristía es el sacramento
del amor que abre el hombre al amor y le hace descubrir su
origen y su razón de ser. Sin ágape no hay vida en el Espíritu. Todas
estas características hacen
que la participación se exprese principalmente en el hacer
la voluntad de Dios, como se pide en la oración del Padre nuestro,
en vista de la plenitud de la Comunión. Ciertamente, es posible
participar en la Misa aún sin encontrarse en las condiciones
requeridas para acercarse a la Comunión, pero es necesario
alimentar siempre el deseo y la voluntad de cumplir tales
condiciones cuanto antes. Fe personal y eclesial 32.
La comunión con Cristo y con
la Iglesia manifiesta que la dimensión personal de la fe tiende
continuamente a la dimensión eclesial, precisamente como hace
la liturgia desde la profesión de fe bautismal. Por este motivo,
sin el Bautismo no es posible el acceso a la Eucaristía, que
presupone la fe. De este modo, si con el pecado se pierde la
gracia bautismal, entonces se hace necesario el «bautismo laborioso»,
la Penitencia, para volver a la Eucaristía. Antes
de la Eucaristía se renueva
la profesión de fe, vínculo imprescindible que demuestra la
comunión de cada iglesia particular con todas las iglesias
locales esparcidas en el mundo y en primer lugar con la Iglesia
de Roma y con su Obispo, principio necesario de la unidad.
Lo mismo se hace en la anáfora, cuando se proclaman los dípticos.
En la Eucaristía manifestamos la fe personal y eclesial. La
participación en la Eucaristía
agudiza la inteligencia del misterio, que involucra al hombre
y a su vida y permite al cristiano defender la propia fe frente
a interpretaciones parciales o erróneas. No es una casualidad
que la liturgia sea parte integrante del camino de fe que
dura toda la vida. El
sentido global de la fe se percibe sobre todo en el
testimonio de los mártires, che han aceptado
libremente la muerte a ellos infligida en odio a la fe, frecuentemente
durante o inmediatamente después de la celebración eucarística.
Ellos estaban seguros de poseer la verdad y la vida, siguiendo
a Cristo, que se ofreció libremente mientras dejaba en la Eucaristía
el memorial de su sacrificio. Verdaderamente, en el martirio
la Eucaristía se manifiesta en sumo grado como fons et culmen
de la vida y de la misión de la Iglesia, como sucede en tantas
Iglesias que sufren, abierta o implícitamente, persecuciones. Percepción del misterio eucarístico
entre los fieles 33.
De las respuestas a los Lineamenta se releva, en general,
una cierta disminución de la percepción
de misterio celebrado. No siempre se percibe plenamente el
don y el misterio de la Eucaristía. De todos modos, se verifican
algunos matices según los diversos contextos culturales. Por
ejemplo, en los países donde reina un clima general de paz
y prosperidad, en gran parte occidentales, el misterio eucarístico
es considerado por muchos como un modo de cumplir con el precepto
festivo y es vivido como un convivio fraterno. En cambio, en
los países torturados por la guerra y por diversas dificultades
existenciales, se nota una más profunda comprensión del misterio
eucarístico en su totalidad, es decir, también en la dimensión
sacrificial. El misterio pascual celebrado incruentamente sobre
el altar da un profundo sentido espiritual a los sufrimientos
de los cristianos católicos en aquellas tierras, ayudándolos
a aceptar tales dificultades a través de la participación en
el misterio de la muerte y resurrección del Jesucristo, el
Señor. En
algunas respuestas provenientes de la Iglesia que vive
en África se alude al hecho que la idea
de sacrificio forma parte de las culturas de ese continente
y por lo tanto, esa concepción, adecuadamente elevada, después
de haber sido purificada de elementos extraños al Evangelio,
es a menudo utilizada pastoralmente en la catequesis para hacer
comprender la dimensión sacrificial de la Eucaristía. En la
catequesis se manifiesta una dificultad en mantener juntos
el carácter de sacrificio y de convivio, cayendo muy frecuentemente
el acento sobre este último aspecto. Para
enfrentar estas situaciones pastorales, muchas respuestas
a los Lineamenta
expresan el
deseo de una eficaz y fiel aplicación de la reforma litúrgica
que restablezca el equilibrio entre las diversas dimensiones
de la Eucaristía. Si fuera necesario se podría pensar en algún
retoque de las normas litúrgicas. Paralelamente se sugiere
promover una adecuada catequesis a todos los niveles, para
hacer comprender mejor que en la Eucaristía se renueva el misterio
pascual y que ella es sacrificio de adoración y de comunión
que hace crecer la comunidad. Sentido
de lo sagrado en la Eucaristía 34.
No se duda acerca de los grandes efectos de la reforma
litúrgica, llevada adelante según el
espíritu del Concilio Vaticano II. En efecto, la liturgia post-conciliar
ha favorecido mucho la participación activa, consciente
y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar.[54] Sin
embargo, según las respuestas
recibidas de no pocas naciones se notan, tanto de parte del
clero como de parte de los fieles, errores y sombras en la
praxis de la celebración eucarística, que parecen tener su
origen en un debilitamiento del sentido de lo sagrado en relación
al Sacramento. La salvaguardia de este sentido depende fundamentalmente
de la comprensión que la Eucaristía es un misterio y un
don, cuyo memorial exige signos y palabras que correspondan
a la
naturaleza sacramental. Muy
a menudo son indicados en las respuestas a los Lineamenta
ciertos
actos que atentan contra
el sentido de lo sagrado. Por ejemplo: la falta de cuidado
en el uso de los ornamentos litúrgicos propios de parte del
celebrante y de los ministros, así como también la falta de
decencia en el modo de vestir de los que participan en la Misa;
la semejanza de ciertos cantos usados en la iglesia con respecto
a los cantos profanos; el tácito consenso de eliminar algunos
gestos litúrgicos porque son considerados demasiado tradicionales,
como la genuflexión delante del Santísimo Sacramento; una distribución
impropia de la Comunión en la mano, sin una adecuada catequesis;
las actitudes poco reverentes antes, durante y después de la
celebración de la Santa Misa, no solo de parte de los laicos,
sino también de parte del mismo celebrante; la decadente calidad
arquitectónica y artística de los edificios sagrados y de los
objetos destinados al servicio litúrgico; los casos de sincretismo
debidos a una inculturación desconsiderada de las formas litúrgicas,
mezcladas con elementos de otras religiones. Todas
estas realidades negativas, más frecuentes en la liturgia latina que en aquellas orientales,
no deben causar falsos alarmismos, porque están circunscriptas.
No obstante, deben provocar una sincera y profunda reflexión
con el objetivo de eliminarlas y hacer que las liturgias eucarísticas
sean verdaderos momentos de alabanza, de oración, de comunión,
de escucha, de silencio y de adoración, en el respeto del misterio
de Dios que se revela en Cristo, bajo el pan y el vino, y en
la respetuosa alegría de sentirse miembros de una comunidad
de fieles reconciliados con Dios Padre en la gracia del Espíritu
Santo. La Eucaristía es el punto más sagrado y alto de la oración.
Es la gran oración. Capítulo
II
MISTERIO PASCUAL Y EUCARISTÍA «Cada vez que coméis este pan y bebéis
este cáliz,
anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Co 11,26) Centralidad del misterio pascual 35.
En cada celebración eucarística
se renueva el misterio pascual de la muerte y resurrección
del Jesucristo, el Señor, pan partido Para la vida del mundo
y Sangre derramada para la redención de los hombres y la liberación
del cosmos (cf. Rm 8,19-23). El
tema sinodal debe ayudar a descubrir nuevamente el misterio
pascual de
Jesús como misterio de la
salvación, del cual nace la vida y la misión de la Iglesia.
La Eucaristía se revela como el Don: el Señor se ofrece a sí mismo,
es el Dios con nosotros. La Eucaristía es su Persona y su vida
para nosotros. Con la Eucaristía el Señor ejercita la misión
sacerdotal, profética y real. «¡Es verdad! (El Señor ha resucitado
y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34) decían los apóstoles
y los discípulos. San Pablo exhorta a Timoteo: «Acuérdate de
Jesucristo, resucitado de entre los muertos» (2 Tm 2,8). Precisamente,
respecto al testimonio apostólico, San Juan Crisóstomo observa: «Por
lo tanto, es evidente que si no lo hubieran visto resucitado
y no hubieran tenido una prueba innegable de su poder, no se
habrían expuesto a tan alto riesgo».[55] En
cierto sentido el hombre tiene la capacidad de desear todo,
pero en su poder
tiene sólo aquello
que logra realizar en concreto. La muerte y sus anticipaciones,
como la enfermedad y el sufrimiento, indican el límite intrínseco
de la libertad de elección del hombre. Con la resurrección
Jesús introduce en la historia de la humanidad el germen de
la esperanza definitiva: la victoria sobre la muerte. Esto,
finalmente, es la cumbre de la revelación que Él cumple. La
muerte ha sido vencida, ya sea porque el pecado ha sido destruido
y el hombre ha sido reconciliado con Dios, ya sea porque la
vida ha sido restaurada y es ofrecida eternamente a quien cree
en Cristo. El signo concreto de esta esperanza lo ofrece el
Señor Jesús al querer la Iglesia como su Cuerpo místico.
Los creyentes, en efecto, han muerto y resucitado con Cristo
(cf.
Rm 6,1-11). Nombres
de la Eucaristía 36.
Es necesario explicar el nombre de la Eucaristía y profundizar su contenido para comprender
el culto cristiano. El Catecismo de la Iglesia Católica cita
los nombres con los cuales ha sido llamado este Sacramento:
en primer lugar, Eucaristía;[56] después Cena del Señor, ya
sea como conmemoración de la Cena pascual por Él celebrada
ya sea como anticipación de la Cena de las Bodas del Cordero
en la Jerusalén celestial; Fracción del Pan, rito que subraya
el compartir de la comunión en un solo Cuerpo y que fundamenta
la sinaxis o asamblea eucarística, expresión visible de la
Iglesia; Memorial de la pasión y resurrección; Santo Sacrificio,
porque actualiza el único sacrificio de Cristo Redentor; Santa
y Divina Liturgia, Santos Misterios, Santísimo Sacramento,
Comunión, Cosas Santas, Remedio de inmortalidad, Santa Misa,
que subraya la dimensión misionera. Hacer
comprender el significado de estos términos, sin excluir ninguno de ellos, es importante
para una catequesis completa, condición de una participación
verdaderamente consciente en la liturgia. Sacrificio, memorial y convivio 37.
Se descubre en las respuestas y observaciones a los Lineamenta
una exigencia
general de conocer
más profundamente la naturaleza sacrificial de la Eucaristía
y se pide que esta verdad de nuestra fe sea expuesta siempre
con mayor claridad, siguiendo el reciente Magisterio de
la Iglesia. El
Concilio Vaticano II promovía
la reflexión teológica sobre el sentido del sacrificio de Jesús,
como ofrenda plena, libre y gratuita a Dios Padre por la salvación
del mundo. Entre tantos textos que se refieren a este aspecto
merece una especial atención el que alude al ejercicio del
sacerdocio ministerial en la Constitución dogmática Lumen Gentium: «Los
presbíteros ... su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en
el culto o asamblea eucarística, donde obrando en nombre de
Cristo y proclamando su misterio, unen las oraciones de los
fieles al sacrificio de su Cabeza y representan y aplican en
el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1
Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento: a saber:
el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por
todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28)».[57] Sobre
este mismo argumento el Catecismo de la Iglesia Católica[58] presenta un título: El Sacrificio
Sacramental: acción de gracias, memorial, presencia, del cual
se deduce que el nombre que prevale y que incluye a los otros,
es sacrificio sacramental: es decir, el hecho de la muerte
de Cristo para salvarnos de los pecados con su sacrificio,
cuya eficacia se encuentra a disposición de todos los hombres
en el Sacramento. Por lo tanto, la acción de gracias es ofrecida
por su sacrificio, el memorial de su sacrificio, la presencia
de su sacrificio en el cuerpo ofrecido y en la sangre derramada.
La acción de gracias se dirige a Dios por la creación y por
la salvación del mundo. Considerar
en este modo la Eucaristía
ayuda a superar la dialéctica entre sacrificio y convivio.
En efecto, si se entiende este segundo término como sinónimo
de cena, el convivio incluye el sacrificio, en cuanto se trata
de la cena del Cordero inmolado; si se lo entiende como sinónimo
de comunión, el convivio expresa la finalidad o la cumbre de
la Eucaristía. La
encíclica Ecclesia de Eucharistia,
tratando del sacrificio eucarístico,[59] enseña que la Iglesia
presenta continuamente el sacrificio de Cristo también en forma
de intercesión, en cuanto el mismo Hijo se ha ofrecido en su
carne y en ese sentido es mediador entre el hombre y el Padre.
La Iglesia de Cristo se une a ese ofrecimiento en la anáfora
o plegaria eucarística. Dicha ofrenda, si bien en forma incruenta,
no es nueva, sino que se trata de la misma que ha tenido lugar
en la Cruz. En este sentido deben interpretarse las palabras
de la encíclica: «La Misa hace presente el sacrificio de la
Cruz, no se le añade y no lo multiplica».[60] El hecho de afirmar
que esto sucede a causa del amor sacrificial del Señor sirve
para repetir cuanto ha sido dicho en la encíclica. Consagración 38.
La Encarnación, la Muerte y la
Resurrección, la Ascensión y Pentecostés son eventos que han
tenido lugar realmente y llevan a comprender que la presencia
permanente y substancial del Señor en el Sacramento no es tipológica
o metafórica. Por el contrario, si el Sacramento es presentado
solo como un símbolo de la presencia de Cristo, es porque se
duda que Dios pueda intervenir sobre realidades materiales.
Ahora bien, poniéndose en el contexto de los otros modos de
presencia, el misterio pascual ayuda a comprender la naturaleza
de aquella Eucaristía que es dada por la transformación de
las especies, es decir por la transubstanciación. El pan se
transforma en Cuerpo ofrecido, partido para nuestra salvación:
Corpus Christi, salva me; el vino se transforma en Sangre derramada,
sobreabundante de la delicia divina: Sanguis Christi, inebria
me.[61] La superación de la distancia entre la pobreza de las
especies sacramentales y Jesucristo que se da real y substancialmente,
permite a la Eucaristía poner en el mundo el germen de la nueva
historia.[62] El misterio pascual confirma la condescendencia
de Dios y la kénosis del Hijo, permaneciendo la trascendencia
absoluta de la Trinidad. Por
ello, las palabras de Jesús «Tomad
y comed» sobre todo indican el don de sí mismo a nosotros.
En segundo lugar, aluden a la fraternidad de la mesa, a la
unidad de la comunidad de la Iglesia y al compromiso de compartir
el pan con quien padece hambre. De todo esto nace la adoración,
es decir el reconocimiento permanente del Señor que acompaña
el camino del Pueblo de Dios. La
transubstanciación tiene lugar
en la consagración del pan y del vino. A este respecto, en
las respuestas se recomienda una explicación de la teología
de la consagración a la luz de las tradiciones eclesiales de
oriente y de occidente, que se refieren, en particular, a la
consagración, como imitación del Señor en lo que Él ha hecho
y ordenado en la Cena, y a la invocación del Espíritu Santo
en la epíclesis. Una mayor claridad en la teología de la consagración
podría ser de gran utilidad, no sólo para el diálogo ecuménico
con las Iglesias Orientales con las cuales no existe todavía
una plena comunión, sino también para la eliminación de algunas
sombras señaladas por las mismas respuestas a los Lineamenta,
como por ejemplo: el uso de hostias confeccionadas con levadura
y otros ingredientes; la celebración con pan común; la improvisación
de la plegaria eucarística; la recitación de ésta o de una
parte de la misma por el pueblo a insistencia del celebrante;
la fractio panis en el momento de la consagración. Presencia real 39.
La presencia del Señor en el
Sacramento ha sido querida por Él mismo para permanecer junto
al hombre y alimentarlo con su Cuerpo y Sangre, para quedarse
dentro de la comunidad eclesial. La respuesta del hombre es
la fe en la presencia real y substancial, como se insinúa en
algunas respuestas en base a las encíclicas Ecclesia de Eucharistia
y Mysterium fidei. Junto con la fe en la presencia de Cristo
en el Sacramento deben recordarse otros aspectos: el sentido
del misterio y las actitudes que lo demuestran, la posición
del tabernáculo, la dignidad de la celebración, la dimensión
escatológica, es decir, el Sacramento como prenda de la gloria
futura. La Eucaristía, en efecto, es también anticipación de
la realidad última y eterna durante la peregrinación hacia
la Casa del Padre Celestial, como lo manifiesta, por ejemplo,
la actitud de espera esponsal propia de las personas consagradas. Juan
Pablo II en la Carta Apostólica
Mane nobiscum Domine para el Año de la Eucaristía proponía
esta síntesis de la doctrina de la presencia de Cristo viviente
en su Iglesia: «Todos los aspectos de la Eucaristía confluyen
en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia "real".
Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos
que bajo las especies eucarísticas está realmente presente
Jesús. Una presencia ―como explicó muy claramente el
Papa Pablo VI―que se llama "real" no por exclusión, como
si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por
antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente
presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Por esto
la fe nos pide que, ante la Eucaristía seamos conscientes de
que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da
a los diversos aspectos ―banquete, memorial de la Pascua,
anticipación escatológica―un alcance que va mucho más
allá del puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia,
a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús
de estar con nosotros hasta el final del mundo».[63] Esta
citación afirma el dato doctrinal
referido por diversas respuestas a los Lineamenta: Aquel que
está oculto en el Sacramento es el Mediador pleno de majestad
entre Dios y el hombre, es el eterno y sumo Sacerdote, el Maestro
divino, el Juez de vivos y muertos, el Dios-Hombre, la Palabra
hecha carne, es Aquel que abraza en modo misterioso a todos
los fieles en la gran comunidad de la Iglesia. Así Él se
presenta en la Misa. 40.
De algunas respuestas a los Lineamenta, sin embargo,
se deduce que a
veces se difunden declaraciones
contrarias a la transubstanciación y a la presencia real, la
cual se entiende en un sentido sólo simbólico, y se observan
comportamientos que manifiestan implícitamente tal convicción.
Como muchos indican en sus respuestas, algunas veces parece
que en la liturgia hay quienes obran como animadores que deben
atraer la atención del público sobre la propia persona, en
vez de actuar como servidores de Cristo llamados a conducir
a los fieles a la unión con Él.[64] Todo esto, obviamente,
repercute negativamente sobre el pueblo, que corre el riesgo
de caer en la confusión en lo que se refiere a la comprensión
y a la fe en la presencia real de Cristo en el Sacramento. En
la tradición de la Iglesia se
ha creado un verdadero lenguaje de gestos litúrgicos orientados
a expresar la recta fe en la presencia real de Cristo en la
Eucaristía, como por ejemplo, la cuidadosa purificación de
cálices y copones después de la comunión y también cuando accidentalmente
caen las especies eucarísticas en el piso, la genuflexión delante
del tabernáculo, el uso de la bandeja para la comunión, la
renovación periódica de las Hostias conservadas en el sagrario,
la custodia de la llave del tabernáculo en un lugar seguro,
la compostura y el recogimiento del celebrante en sintonía
con el carácter trascendental y divino del Sacramento. Omitir
o descuidar estos signos sagrados, que encierran un significado
más profundo y amplio que su aspecto externo, ciertamente no
contribuye a consolidar la fe en la presencia real de Cristo
en el Sacramento. Por ello, en las respuestas se recomienda
que los signos y símbolos que expresan la fe en la presencia
real sean objeto de una adecuada mistagogia y catequesis litúrgica. 41.
Además, no debe olvidarse que
la expresión de la fe en la presencia real del Señor muerto
y resucitado en el Santísimo Sacramento tiene un punto culminante
en la adoración eucarística, tradición que en la Iglesia latina
tiene profundas raíces. Esta práctica, como justamente subrayan
muchas respuestas a los Lineamenta, no debería ser presentada
en discontinuidad con la celebración eucarística, sino como
su natural prolongación. Las mismas respuestas indican que
en algunas iglesias particulares se verifica un despertar de
la adoración eucarística, aunque se señala que tal acción
debe siempre cumplirse con dignidad y solemnidad. La
posición del tabernáculo en un
lugar fácilmente visible es también otro modo de poner en evidencia
la fe en la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento.
A este respecto, en las respuestas a los Lineamenta se pide
reflexionar sobre la adecuada colocación del tabernáculo en
las iglesias, teniendo en cuenta las disposiciones canónicas.[65]
Debería verificarse si la remoción del tabernáculo del centro
del área presbiteral, para colocarlo en un ángulo no muy evidente
y digno o en una capilla apartada, o bien la ubicación de la
sede del celebrante en posición central o delante del sagrario,
como ha sucedido en muchas adaptaciones de iglesias antiguas
o en nuevas construcciones, no haya contribuido de algún modo
a la disminución de la fe en la presencia real. De
las mismas respuestas emerge que, allí donde han sido dadas instrucciones sobre la construcción
y la reestructuración de iglesias, insistiendo especialmente
sobre la colocación del tabernáculo, de tal modo que se demuestre
la conciencia de la presencia real, han sido obtenidos resultados
positivos, como el aumento de la fe y de la adoración. Las
iglesias deben siempre ser lugares de oración y de adoración
y no deben transformarse en museos. Esto vale también para
las catedrales y las basílicas de gran valor histórico y artístico. PARTE III
LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE LA IGLESIA Capítulo
I
CELEBRAR LA EUCARISTÍA DEL SEÑOR «Y he aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20) «Te damos gracias porque nos haces
dignos de servirte en tu presencia»[66] 42.
La celebración de la Santa Misa
comienza reconociendo que Dios está presente donde dos o más
se reúnen en su nombre y que nosotros estamos ante Él. Cuando
participamos en la Misa debemos tomar conciencia de estar junto
a la fuente de la gracia: «Pues aunque no necesitas nuestra
alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras
y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva
de salvación».[67] En la liturgia el hombre no dirige su mirada
a sí mismo sino a Dios. No
es nuestra alabanza, sino su acción
que hace la Eucaristía. La Eucaristía está en el centro de
la liturgia cósmica en la cual se encuentra la Trinidad, eternamente
adorada por María y por los ángeles que sirven a Dios, ofreciéndonos
un modelo de servicio. El Dios uno y Trino es adorado además
por los santos y por los justos que gozan de su visión beatífica
e interceden por nosotros, así como también por las almas de
los fieles que se purifican mientras esperan ver a Dios. Es
aquí que la Iglesia se manifiesta como familia de Dios, según
enseña el Concilio Vaticano II y recientemente la Exhortación
Apostólica postsinodal Ecclesia in Africa.[68] El
culto tributado al Señor y a los
santos tiene como centro el misterio pascual: Aporque, al celebrar
el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia
proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron
y fueron glorificados con Cristo».[69] Esta liturgia de comunión,
que une el cielo y la tierra, es celebrada para la salvación
de todos, también de aquellos que no creen. Evocar la liturgia
celestial no significa ignorar la liturgia terrena, sino más
bien querer descubrir en ésta la dimensión peregrinante y escatológica. 43.
La celebración de la Eucaristía
tiene una estructura propia y cuenta con específicos elementos
expuestos en la Ordenación General del Misal Romano y en la
Instrucción para la aplicación de las prescripciones litúrgicas
del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, especialmente
en la tradición bizantina, la más difundida entre las Iglesias
Orientales católicas, pero también en las otras tradiciones.
No debe olvidarse que la celebración de la Eucaristía exige
la humilde obediencia del sacerdote y de los ministros a estas
normas canónicas. Para
favorecer el debido respeto y la veneración a la Eucaristía, es deseable que, sobre todo
los ministros sagrados, se preparen con la oración a la celebración
del Sacrificio eucarístico ―en el cual el Señor se hace
presente en sus manos―y que, después, den gracias a Dios.[70] Lamentablemente,
como indican algunas respuestas, no siempre se observan
estos tiempos dedicados
a la preparación y a la acción de gracias. Sin embargo, debe
reconocerse que muchos obispos, sacerdotes, diáconos y laicos
cumplen esta acción de alabanza y agradecimiento con notable
provecho espiritual. A este respecto, no debe descuidarse el
fuerte llamado de muchas respuestas, a prepararse a la celebración
con el silencio y la oración, nutriéndose de las venerables
tradiciones del culto. 44.
Para crear este espíritu de oración
ayudará no sólo el tener conocimiento de parte del celebrante
del gran misterio que él va a cumplir, sino también la realización
de ciertos signos, como el incienso, que es símbolo de la oración
que se eleva a Dios, según las palabras del salmo: «Valga ante
ti mi oración como incienso, el alzar de mis manos como oblación
de la tarde» (Sal 140,2). Además, un mínimo de asistencia y
colaboración de parte de algunos laicos para celebrar dignamente
los santos misterios contribuye a crear un clima de serenidad
adecuado a la liturgia eucarística. A veces, los celebrantes
actúan también cubriendo la parte de los ceremonieros, instruyen
a la gente, dan órdenes, se preocupan por todo, habiendo aún
preparado anteriormente la celebración eucarística. En cambio,
el sacerdote tendría necesidad de la asistencia de lectores,
acólitos, monaguillos y laicos, de modo que él pueda concentrarse
en los sagrados misterios que está celebrando y trasmita así un
clima de paz y recogimiento a toda la asamblea reunida en torno
a la mesa del Señor. Por ello, en muchas respuestas se propone
promover la colaboración de los laicos adecuadamente preparados
y restablecer el servicio de los ostiarios, laicos bien predispuestos
sobre todo a recibir a las personas en la iglesia, para mantener
el orden en la celebración litúrgica y para vigilar de modo
que la comunión no sea distribuida a personas extrañas. Ritos
de introducción 45.
El canto de ingreso, el signo de la cruz, el saludo,
el himno del
Gloria cuando está previsto,
en el rito romano; las antífonas, las letanías, el himno Unigénito,
en el rito bizantino y en otros ritos como el ambrosiano, el
mozárabe y los antiguos ritos orientales, sirven para disponer
a los fieles a tomar conciencia de estar en la presencia de
Dios, antes de escuchar su Palabra y de darle gracias con la
Eucaristía. Especialmente el acto penitencial invita a la actitud
necesaria para celebrar los santos misterios: la del publicano
que reconoce humildemente que es un pecador. Aun no teniendo
el valor de un sacramento, recuerda la unión indisoluble entre
la Penitencia y la Eucaristía; este vínculo es particularmente
observado en las Iglesias orientales católicas. Además, cuando
el acto penitencial es substituido por la aspersión con el
agua bendita, evoca el bautismo, principio de la vida nueva,
en el cual hemos renunciado a las obras del Maligno. Por lo
tanto, desde el inicio se nos recuerda que para acercarnos
a la Eucaristía es necesario ser purificados a través de la
penitencia, liberados de aquellas discordias y separaciones
que se oponen al signo de la unidad, que es la Eucaristía.
En la catequesis es importante ilustrar estos aspectos, y en
particular, aclarar que el acto penitencial no perdona los
pecados graves, para los cuales es necesario acceder al sacramento
de la Reconciliación. Liturgia de la Palabra 46.
Las lecturas bíblicas, el salmo
responsorial, la aclamación antes del Evangelio, la homilía
y la profesión de fe constituyen la Liturgia de la Palabra.
Dios nos ha hablado por medio de su Hijo, su Palabra hecha
carne. La Palabra divina es una sola y, puesto que cumple lo
que dice, ella al mismo tiempo se transforma en Pan de vida,
signo que Jesucristo ha cumplido. El Papa Juan Pablo II, citando
el relato de Emaús (cf. Lc 24), mostraba la relación indisoluble
entre la mesa de la Palabra y la de la Eucaristía.[71] Por
ello, la liturgia de la Palabra, en unidad con la liturgia
de la Eucaristía, cualifica la celebración como un único
acto de culto, que no admite fracturas. La
liturgia de la Palabra nos pone en contacto con la
revelación que Dios hizo en el Antiguo Testamento.
La gran riqueza de la omnipotente presencia de Dios, que fue
la gloria del Pueblo elegido de Israel, es parte de la liturgia
católica, iluminada con la luz del Verbo hecho carne, muerto
y resucitado por todos. Además, como recuerda el Concilio
Vaticano II, la revelación de Jesús va más allá de la codificación
del texto de la Escritura, que no la expresa totalmente.[72]
Su Palabra permanece viva en la vida de la Iglesia. Ésta la
trasmite en el curso de los siglos, haciéndola accesible en
el signo sacramental. El anuncio que Jesús realiza no está separado
de su presencia en el Sacramento, creando una unidad jamás
existida anteriormente, jamás posible de repetir sucesivamente. Su
encarnación, pasión, muerte y
resurrección son palabra y evento para ver y contemplar. La
palabra alude al evento. El misterio eucarístico acompañará siempre
la vida de la Iglesia como síntesis de palabra y evento, estimulando
la contemplación. En el rito romano y en el Breve ingreso bizantino
todo esto es evocado por la veneración y el honor del que es
objeto el evangeliario, como mística entrada del Verbo
encarnado y como signo de su presencia en medio a la asamblea
de los
creyentes. 47.
En este sentido, ha sido relevado que no siempre se cuida
adecuadamente
el modo de proclamar
la Palabra de Dios. Sería necesario mejorar el servicio de
los lectores para transmitir a los fieles la belleza del contenido
y de la forma de la Palabra que Dios dirige a su pueblo. En
algunos lugares, donde prevalece la costumbre de leer solamente
dos lecturas durante los domingos y las fiestas de precepto,
se lamenta la falta de conocimiento de las Cartas y de los
Hechos de los Apóstoles. Por lo tanto, es oportuno recordar
que no conviene excluir esas lecturas, que se refieren a la
acción de Dios en la comunidad primitiva. Una
parte importante de la liturgia de la Palabra es la homilía, pronunciada por el ministro sagrado
con la finalidad de ayudar a los fieles a adherir con la mente
y con el corazón a la Palabra de Dios. Para alcanzar tal objetivo,
muchos aconsejan homilías mistagógicas, que permitan introducir
a los fieles en los misterios sagrados que se están celebrando.
Así, según las lecturas proclamadas, es posible iluminar
con la luz de Jesucristo la vida de cada uno, evitando
siempre
alusiones y referencias impropias o profanas. Teniendo
bien presente los pasajes de las Sagradas Escrituras, sería necesario pensar en homilías
temáticas, que durante el curso de un año litúrgico puedan
presentar los grandes temas de la fe cristiana: el Credo; el
Padre Nuestro; la estructura de la Santa Misa; los diez Mandamientos,
y otros. A este respecto, sería de gran utilidad contar con
material elaborado por las competentes comisiones de las Conferencias
Episcopales o de los Sínodos de Obispos de las Iglesias Orientales
Católicas sui iuris o de otros entes especializados en la pastoral.
En las Iglesias Orientales Católicas algunos se lamentan acerca
de homilías que no guardan relación con las lecturas de la
liturgia, dado que todos los años se repiten las mismas lecturas
en los mismos días. Liturgia
Eucarística 48.
Las respuestas a los Lineamenta recomiendan que la
Presentación de los Dones sirva sobre todo
para llamar la atención sobre el pan y el vino, que se transformarán
en el Cuerpo y Sangre del Señor. Es a estos dones que se debe
dar relieve, antes que a otros dones para el culto y la caridad,
en cuanto que es a través de ellos que tiene lugar la preparación
y la presentación en el altar. Además, estos Dones aluden al
gran Don del amor, la Eucaristía, que da impulso a la caridad
hacia los más pobres y necesitados. En
relación a este argumento, es
necesario explicar a través de una adecuada catequesis la importancia
de la limosna durante las celebraciones eucarísticas, destinada
a los pobres y a las necesidades de la Iglesia. Así se crearía
y se desarrollaría la conciencia de la dimensión social de
la Eucaristía. Sería necesario potenciar la conciencia
sobre todo donde la Iglesia no puede desarrollar libremente
actividades
caritativas. Los fieles deben ser exhortados a ayudar a
aquellos que padecen necesidades. 49.
A la presentación de los Dones
sigue la Plegaria eucarística, que en las diversas formas existentes
en oriente y occidente considera la Iglesia a la luz del misterio
de la Trinidad, con su inicio en la creación, su cumbre en
el misterio pascual, su fin en la recapitulación de todo en
Cristo en la consumación de los tiempos. Por ello, comienza
con la invitación del celebrante a levantar los corazones al
Señor. El mismo término anáfora significa levantar en alto
los Dones junto con nosotros mismos al Padre, significa dirigirse
al Señor del cual viene la salvación. La
Iglesia con la epíclesis suplica
al Padre que mande el Espíritu Santo, para que descienda sobre
los Dones con su potencia. En la liturgia oriental, en la epíclesis
post-consagratoria, se alude al vínculo entre la Eucaristía
y el misterio de Pentecostés, efusión del Espíritu sobre la
comunidad reunida: «Te pedimos Señor que, así como has enviado
tu Espíritu Santo para que santifique a tus apóstoles, puros
y santos, así también mandes a nosotros tu Santo Espíritu,
para que santifique nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestro
espíritu».[73] La invocación al Espíritu se refiere a aquellos
que comulgan para que puedan tener la fuerza de entregarse
los unos a los otros y de vivir según el sacramento que celebran. En
la plegaria eucarística ocupa
un puesto central el relato de la institución con las palabras
de Jesús sobre el pan y el vino: es la consagración, momento
solemne en el cual se cumple la presencia real del Señor resucitado
bajo las especies del pan y del vino. Esta presencia real asegura
la continuidad perenne de la Eucaristía, desde Cristo a los
apóstoles y desde ellos a sus sucesores y colaboradores, los
obispos y los presbíteros, los cuales con el ministerio jerárquico
obran en nombre del Señor a favor de la Iglesia. Esta
continuidad se expresa particularmente en la intercesión: «Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida
por toda la tierra».[74] Aquí la celebración de la Eucaristía
demuestra que es íntimamente un acto de la Iglesia en su universalidad,
anterior a cualquier distinción particular o local. La
asamblea eucarística, consciente
de ser peregrina en el mundo, entra con las intercesiones en
la comunión de los santos, se proyecta hacia el Reino, pero
sabe que vive aquí en la tierra. Por ello, en la oración
no olvida las dificultades que encuentra, las persecuciones
que
soporta, las calamidades temporales, las guerras, invocando
sobre todo los dones de la unidad y de la paz. El
Espíritu Santo imprime a la gran
plegaria la orientación interior hacia el Señor Jesús para
que la ofrenda Asea llevada a tu presencia, hasta el altar
del cielo»[75] y la alabanza trinitaria tenga lugar «per Ipsum,
cum Ipso et in Ipso» con la adhesión del pueblo de Dios que
proclama Amén. Comunión 50.
La Ordenación General del Misal
Romano recomienda que la Comunión sea recibida por «los fieles
debidamente dispuestos».[76] Las buenas disposiciones nacen
del discernimiento según el cual el Cuerpo del Señor no es
un pan común, sino un Pan de vida, que se ofrece a quienes
están reconciliados con el Padre. Así como el compartir la
mesa entre los hombres supone la concordia, así la Eucaristía
es el sacramento de los reconciliados, en el sentido que es
la cumbre del itinerario de reconciliación con Dios y con la
Iglesia a través del sacramento de la Penitencia. De este modo
se manifiesta la compasión de Cristo por la salvación de las
almas, que es también la ley suprema de la Iglesia. Cumplida
la reconciliación con la penitencia, y restablecido el estado
de gracia, los ritos de la comunión constituyen la preparación
inmediata. Sería conveniente subrayar más aun la importancia
de la gracia de los sacramentos, como un bien que no debe ser
negado a ninguno cuando se dan las condiciones requeridas,[77]
que se encuentran perfectamente determinadas en las normas
canónicas y litúrgicas, sin necesidad de agregar otras. La
preparación a la comunión es exigida
por la pureza necesaria para acercarse al Señor, y por ello
incumbe a cada uno de nosotros examinar si nos encontramos
en tales disposiciones. A este respecto, puede ser muy oportuna
una adecuada catequesis sobre el poder de la Eucaristía para
cancelar los pecados veniales. En verdad, recibirla con un
corazón arrepentido obtiene la gracia del Espíritu Santo para
no caer en las tentaciones, sino para dar testimonio de vida
cristiana, no obstante las condiciones frecuentemente poco
favorables del ambiente. También la oración del Pater noster
nos ayuda para que con ella pidamos la purificación de los
pecados y la liberación del Maligno, así como, el saludo de
la paz permite a los fieles manifestar el deseo de comunión
eclesial y el amor recíproco, [78] mientras induce a una reflexión
sobre la disposición al perdón, actitud interior que no debe
considerarse secundaria para acercarse a la Comunión. En las
liturgias orientales y en la ambrosiana, con el saludo de la
paz en el momento del ofertorio, se acentúa precisamente este
aspecto, es decir, la extinción de toda enemistad (cf. Mt 5,23-24).
Se observa, además, que el gesto de la paz es facultativo y
no debería sobreponerse al gesto siguiente de la fractio
panis, que es central, y que indica el Cuerpo partido para
nosotros. En
el momento de distribuir la santa Comunión, según algunas respuestas, el sacerdote da la bendición
a los niños o a los catecúmenos, oportunamente señalados, que
se acercan y no han recibido aún la primera Comunión. En algunas
iglesias la bendición es impartida también a los no católicos
que se acercan al altar en el momento de la Comunión. En la
misma línea, desde Asia llegan sugerencias orientadas considerar
la posibilidad de ofrecer algún signo en favor de los no cristianos
en el momento de la Comunión, para que no se sientan excluidos
de la comunidad litúrgica. Ritos
de conclusión 51.
Recibida la Comunión es necesario
orar para obtener los frutos del misterio celebrado. Uno de
los primeros es el antídoto contra las caídas cotidianas y
contra los pecados mortales.[79] Se debe rezar, sobre todo,
para que nuestra fe y comunión con Cristo nos lleven a anunciar
su Evangelio en misión por el mundo, en todos los ambientes
donde vivimos, con el testimonio de las obras, para que
los hombres crean y den gloria al Padre. El
saludo final de la Misa incluye un llamado a la misión, que la Iglesia, sostenida por la Eucaristía,
precedida y acompañada por el ejemplo y la intercesión de María,
cumple al evangelizar el mundo contemporáneo. La Eucaristía
tiene como finalidad hacernos crecer en el amor a Cristo
y en el deseo de llevar el Evangelio a todos. Ars celebrandi 52.
Es necesario prestar atención
al ars celebrandi, para conducir a los fieles al culto verdadero,
a la reverencia y a la adoración. Las manos levantadas en alto
del sacerdote indican la súplica del pobre y del humilde: «Te
pedimos humildemente», se dice en la plegaria eucarística.[80]
La humildad del gesto y de la palabra aluden al mismo Cristo
manso y humilde de corazón. Él debe crecer y nosotros disminuir.
Para que la celebración de la Eucaristía exprese la fe católica
se recomienda que sea presidida por el sacerdote con humildad;
solo así podrá ser verdaderamente mistagógica y contribuir
a la evangelización. En las plegarias litúrgicas normalmente
no se dice «yo» sino «nosotros»; cuando en las fórmulas sacramentales
se usa la primera persona, el ministro habla «en persona de
Cristo», no en nombre propio. Algunas
respuestas a los Lineamenta tocan el tema de la mistatogia
y la entienden
como introducción
al misterio de la presencia del Señor, haciendo hincapié en
que hoy es necesario conducir el hombre a acercarse más profundamente
a Dios, porque él vive en ambientes donde parece que la existencia
del misterio sea negada. La línea maestra nos la ofrece el
mismo Señor, al decir: A... a vosotros os he llamado amigos,
porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn
15,15). El Señor quiere que nos acerquemos a Él para revelarnos
el misterio de la vida divina. Pasa
a primer plano la responsabilidad del Obispo en relación a la Eucaristía, en cuanto él es el
primer mistagogo. El empeño en función de una «plena, consciente
y activa»[81] participación de los fieles en la celebración
eucarística está estrechamente vinculado a la particular responsabilidad
del Obispo en relación al Santísimo Sacramento, que nace del
hecho que el Señor ha confiado la Eucaristía a los Apóstoles
y la Iglesia con la misma fe la trasmite. Cada celebración
eucarística en una diócesis tiene lugar en comunión con el
Obispo y en dependencia de su autoridad.[82]Él vigila para
que los fieles puedan participar en la Misa y para que el Sacramento
sea celebrado digna y decorosamente, eliminando eventuales
abusos. Es el sensus ecclesiae en la celebración litúrgica,
que trasciende las situaciones particulares, los grupos y las
culturas. En cuanto primus mysteriorum Dei dispensator el Obispo
celebra con frecuencia la Santa Misa en la catedral, iglesia
madre y corazón de la diócesis, cuya liturgia deber ser ejemplar
para toda la diócesis. 53.
Permanece la obligación de la
Misa pro populo de parte del obispo diocesano y del párroco
con la aplicación por los vivos y por los difuntos.[83] Además,
se recomienda, por motivos teológicos y espirituales, que los
sacerdotes celebren todos los días la Santa Eucaristía. Es
particularmente importante celebrar por los difuntos cuyas
almas se encuentran en el Purgatorio, esperando el feliz día
en el cual podrán ver a Dios cara a cara. Rezar por los difuntos,
es una obligación de caridad en favor de ellos. En
relación a las intenciones, diversas
respuestas aluden a abusos, entre los cuales el más común es
la acumulación de las llamadas Misas pluri-intencionales. Sobre
este tema se sugiere aclarar cuál debe ser la actitud en relación
a las intenciones de Misa. Además se constata que en algunos
países esta práctica ha disminuido notablemente, casi ha desaparecido,
mientras en numerosos países las intenciones de Misa representan
el modo tradicional, a veces único, de sustento del clero.
Hay también naciones, en las cuales se registra una falta de
intenciones de Misa, que desde hace ya varios años provenían
de otros países, como válida contribución a la comunión eclesial
y a la participación concreta en la actividad misionera. No
menos importante, desde el punto de vista pastoral, es
la formación de los fieles sobre el significado
de la aplicación de las Misas en sufragio de los difuntos,
los cuales, a través de los méritos de la redención de Cristo
y de la oración de toda la Iglesia, podrán ser rápidamente
admitidos en al banquete de la vida eterna. Así, las intenciones
de Misa por los difuntos se transforman también en una expresión
de la fe en la resurrección de los muertos, verdad solemnemente
profesada en el Credo. Palabra y Pan de vida 54.
A propósito de la relación entre
la Santa Misa y las celebraciones de la Palabra, en muchas
respuestas a los Lineamenta se observa que en ciertas circunstancias
los fieles corren en riesgo de perder, poco a poco, el sentido
de la diferencia entre celebración Eucarística y otras celebraciones.
Este problema pastoral se presenta, por ejemplo, donde son
frecuentes las liturgias de Comunión presididas por diáconos
o por ministros extraordinarios. El mismo riesgo corren
los fieles, en algunos lugares, cuando son invitados a
participar
en la liturgia de la Palabra en vez de ir a Misa en una
parroquia vecina. Sin
embargo, no faltan respuestas que trasmiten el testimonio
del valioso
servicio desarrollado
por laicos, debidamente preparados, en las celebraciones
de la Palabra, con o sin distribución de la Eucaristía, allí donde
hay comunidades que, mientras esperan tener un sacerdote establemente,
no pueden por el momento contar con él para las celebraciones
dominicales. En estos casos, bajo la guía del obispo diocesano
y de los sacerdotes es posible, con la colaboración de los
laicos, satisfacer las necesidades pastorales de tantas comunidades
sedientas de la Palabra de vida y del Pan de vida. Cuando esta
actividad se desarrolla de acuerdo a las orientaciones del
Magisterio en esta materia,[84] los resultados son alentadores
y pueden nacer incluso vocaciones sacerdotales entre las familias
de los laicos comprometidos en estos servicios, como también
en las respectivas comunidades que saben apreciar el valioso
servicio del sacerdote, ministro ordinario de la Eucaristía. 55.
En este contexto emerge la cuestión
de los excesos en la celebración de la Palabra, propuesta en
lugar de la Santa Misa. Tales excesos podrían hacer retroceder
el culto cristiano ad un simple servicio de asamblea. Tendría
sentido, en cambio, como en las estaciones misioneras, la catequesis
desarrollada mientras se espera la llegada del sacerdote, que
pueda celebrar la Eucaristía. En efecto, sería mejor, en este
sentido, hablar de celebraciones litúrgicas «en espera» del
sacerdote, más que «en ausencia» del mismo. Para indicar esta
realidad, en algunas regiones se coloca una estola sobre el
altar o sobre la sede. La oración por las vocaciones mantiene
vivo el deseo de contar establemente con un celebrante de la
Eucaristía. La falta de sacerdotes, que en algunas zonas asume
dimensiones preocupantes, debería ser un válido estímulo
para despertar la actividad misionera y el intercambio
de dones
entre las iglesias particulares. Diversas
respuestas a los Lineamenta sugieren que los fieles designados
como
ministros extraordinarios
de la Eucaristía participen en sesiones de estudio especiales
para crecer en el conocimiento de la doctrina eucarística y
de las normas litúrgicas. Este programa debería ser incluido
también en la formación permanente de los catequistas. Además, de las mismas respuestas
surge la necesidad de explicar claramente la triple dimensión:
sacerdotal, profética y real, en la distinción entre ministerio
ordenado y no ordenado. En tal modo, resaltará la identidad
del sacerdote, ministro de los divinos misterios, de los cuales él
es interprete, mistagogo y testigo. Finalmente, para superar
una cierta confusión sobre el ministerio ordenado en la Iglesia,
se recomienda, entre otras cosas, promover el conocimiento
de los apropiados documentos del Magisterio, como la Exhortación
Apostólica post-sinodal Pastores dabo Vobis, sobre el sacerdote,
signo de Cristo cabeza, esposo y pastor. 56.
Se debe reconocer con gratitud la actividad de los fieles
laicos,
sobre todo de los catequistas,
que son responsables de la formación en la vida de oración
y de la preparación para la comunión, especialmente en los
casos en que la escasez de clero hace imposible a los fieles
participar en la Eucaristía. Sin embargo, en no pocas respuestas
a los Lineamenta se indican ciertas prácticas que tienden a
oscurecer en los fieles la distinción esencial entre el sacerdocio
ministerial y el común de los fieles. Por ejemplo: la actitud
de algunos asistentes pastorales que asumen la efectiva dirección
de ciertas parroquias y ejercen, de hecho, casi una presidencia
de la Eucaristía, dejando al sacerdote solamente el mínimo
para asegurar la validez de la celebración; la homilía en la
Santa Misa pronunciada por los laicos; la costumbre de dar
precedencia a los ministros extraordinarios de la Eucaristía
en la distribución del Sacramento, mientras los ministros ordinarios,
sobre todo el sacerdote celebrante y los concelebrantes, permanecen
sentados; la costumbre de algunos ministros extraordinarios
de conservar el Santísimo Sacramento en sus casas antes de
llevarlo a los enfermos, o bien la autorización dada por el
párroco a algún familiar del enfermo para llevarle el Viático.
Las disposiciones de la Instrucción Ecclesia de mysterio, junto
con las normas canónicas sobre este tema,[85] deberían ser
tenidas en consideración para instruir adecuadamente a los
responsables y para asegurar una celebración eclesial de la
Eucaristía. Significado de las normas 57.
Con la cuestión de la instauratio
de la liturgia se relacionan las respuestas a los Lineamenta
que se refieren al nuevo Ordo Missae y a la Ordenación General
del Misal Romano, que presentan las características de
la liturgia de la Iglesia universal. Las
normas litúrgicas pueden ser
entendidas como una guía hacia el misterio. Los Padres sub-apostólicos
fueron los primeros en establecer las normas y los cánones,
con las célebres Constitutiones y Didascaliae. Entonces, ellos
debían, por una parte, anunciar el misterio revelado en Jesús,
y por otra parte, debían contrastar las concepciones mistéricas,
alegóricas y esotéricas de los paganos. Si
por una parte las normas evocan la apostolicidad de la
Eucaristía, por otra parte, es sobre
todo la santidad del misterio celebrado que las exige: el Santísimo
debe ser tratado con la máxima reverencia. Puede decirse que
para esto los presbíteros son consagrados, como recuerdan las
palabras del Obispo antes de la ordenación: «Por medio de tu
ministerio, alcanzará su plenitud el sacrificio espiritual
de los fieles, que por tus manos, junto con ellos, será ofrecido
sobre el altar, unido al sacrificio de Cristo, en celebración
incruenta. Date cuenta de lo que haces e imita lo que conmemoras,
de tal manera que al celebrar el misterio de la muerte y resurrección
del Señor, te esfuerces por hacer morir en ti el mal y procures
caminar en una vida nueva».[86] Algunas respuestas indican
que la norma fundamental que debe ser observada por un obispo
y por un sacerdote consiste en ayudar a los fieles a entrar
en el misterio de la presencia del Señor. 58.
Varias respuestas a los Lineamenta trasmiten algunos de
los motivos que llevan
a descuidar las
normas: el escaso conocimiento de la historia y del significado
teológico de los ritos, el deseo de novedad y la falta de confianza
en la capacidad del rito de interpelar al hombre con el lenguaje
de los signos. Algunas respuestas consideran que la inobservancia
de las normas es causada por presumibles defectos internos
de la Ordenación General del Misal Romano, y mencionan, por
ejemplo, las traducciones inadecuadas de los textos litúrgicos
y la falta de precisión en las rúbricas, que dejan al celebrante
la libertad de improvisar ciertas partes. En particular, se
indica la necesidad de cuidar con gran atención la traducción
de los textos litúrgicos, confiando el trabajo a especialistas
bajo la supervisión de los obispos y con la aprobación de la
competente Congregación de la Santa Sede. Cuando
se dan orientaciones doctrinales o normas es necesario
tener presente
un principio fundamental:
así como una excesiva valoración de la madurez de los fieles
puede haber contribuido a crear dificultades prácticas en la
introducción de la reforma, así también es necesario no infravalorar
la psicología popular o la capacidad de los fieles de aceptar
la alusión a las verdades fundamentales. Urgencias pastorales 59.
Del conjunto de las respuestas a los Lineamenta se puede
deducir el siguiente
cuadro, en relación
a las sombras en la celebración de la Eucaristía. Mientras
se observa una actitud de falta de confianza respecto de
las
rúbricas litúrgicas, se
inventan otras rúbricas con la finalidad de promover cambios
inspirados en ideologías o en desviaciones teológicas.
A este respecto, no pocas iniciativas de este tipo provienen
de movimientos
y grupos que intentan renovar la liturgia. A
menudo se piensa que el respeto de las normas universales,
frecuentemente
sostenidas por la
Iglesia como expresión de la catolicidad, se contrapone a las
celebraciones litúrgicas particulares de algunos movimientos
eclesiales. En relación a esta cuestión se pide una mayor claridad
de parte de las competentes autoridades de la Iglesia, para
evitar confusiones. Después de la introducción de las lenguas
vernáculas, es necesario respetar la estructura del rito, único
modo para subrayar en modo visible la unidad de la Iglesia
católica de tradición occidental. Los fieles son bastante
sensibles a eventuales cambios arbitrarios del rito. Se
nota en ciertos casos que un exceso de intervenciones
conduce a una manipulación de la Misa, como
cuando se sustituyen textos litúrgicos con otros textos extraños.
Actitudes de este tipo crean frecuentemente conflicto entre
el clero y los laicos y también dentro del mismo presbiterio. 60.
Con el objetivo de disipar estas sombras, en las mismas
respuestas a los
Lineamenta se hacen
algunas sugerencias. Es necesario promover un renovado
espíritu
de oración conjuntamente con una más profunda formación permanente
del clero, con la finalidad de reforzar la actitud de humilde
adhesión al espíritu de las normas litúrgicas, para poder ofrecer
un verdadero servicio al Pueblo de Dios, llamado a dar gracias
y a elevar súplicas a su Señor en el Espíritu Santo a través
de la divina liturgia. Es
también necesario estudiar a fondo
los ya conocidos principios sobre el modo de integrar en las
celebraciones litúrgicas elementos de las culturas locales
y eventualmente emitir nuevas instrucciones, más claras y precisas,
a la luz de la reciente revisión de la Ordenación General del
Misal Romano y de las Instrucciones Redemptionis Sacramentum
y Varietates legitimae de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Se
hace necesario explicar a los fieles la verdadera dimensión de la fe eucarística. En la Eucaristía
los fieles se nutren con el Cuerpo de Cristo resucitado. El
Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, supera
las dimensiones del espacio y del tiempo y está realmente presente
bajo las especies del pan y del vino en cada celebración eucarística
en todo el mundo. Se trata, por lo tanto, del Cuerpo del Señor
glorificado, transformado, Pan de los ángeles y de todos los
hombres llamados a compartir la visión beatífica, en la comunión
de los santos, en la adoración eterna de Dios, Uno y Trino. Con
una apropiada catequesis se deben eliminar posibles concepciones
mágicas, supersticiosas o espiritualísticas
de la Eucaristía. Esta catequesis puede ser muy oportuna en
las Misas de curación, que se hacen en algunos países. Urge
precaverse contra los sacrilegios de las hostias consagradas,
que se usan en los ritos satánicos y en las llamadas misas
negras. Canto
litúrgico 61.
El Pueblo de Dios, reunido en la casa del Señor manifiesta la acción de gracias y la alabanza
con las palabras, con la escucha, con el silencio y con el
canto. Diversas respuestas a los Lineamenta expresan el deseo
que el canto en la Misa y en la adoración sea verdaderamente
digno. Se nota la necesidad de asegurar que lo esencial del
repertorio del canto gregoriano sea conocido por el pueblo.
Dicho tipo de canto fue compuesto a medida del hombre de todos
los tiempos y de todos los lugares, en virtud de su transparencia,
de su discreción, de la agilidad de sus formas y de sus ritmos.
Por ello, es necesario reconsiderar los cantos actualmente
en uso.[87] La música instrumental y vocal, si no posee contemporáneamente
el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, se
excluye a sí misma del ámbito sacro y religioso. Dicho ámbito
exige la bondad de las formas, como expresión del verdadero
arte, la correspondencia con los diversos ritos y la capacidad
de adaptación a las legítimas exigencias, tanto de la inculturación
como de la universalidad. El canto gregoriano responde a estas
exigencias y por ello es el modelo que debe ser tomado como
inspiración, como ha dicho el Papa Juan Pablo II.[88] Es necesario,
por lo tanto, favorecer, entre los músicos y los poetas, la
composición de nuevos cantos, elaborados según los criterios
litúrgicos, con un verdadero contenido catequístico sobre el
misterio pascual, sobre el domingo y sobre la Eucaristía. 62.
El uso de los instrumentos musicales ha sido también objeto de particular atención en diversas respuestas,
con referencias a las orientaciones de la Constitución Sacrosanctum
Concilium sobre esta materia.[89] En este sentido, en varias
oportunidades se alude, con respecto a la tradición latina,
al valor del órgano, cuyo sonido tiene la capacidad de conferir
solemnidad al culto y ayudar a la contemplación. La experiencia
de la admisión de otros instrumentos musicales es también mencionada
en varias respuestas, con resultados positivos, cuando, con
el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente,
tales instrumentos son juzgados adecuados para el uso sagrado,
en armonía con la dignidad del templo, y eficaces para la edificación
de los fieles. En
otras respuestas, en cambio, se lamenta la pobreza de las
traducciones en lengua
corriente
de los textos litúrgicos y de muchos textos musicales, que
carecen de belleza y muchas veces son teológicamente ambiguos
y capaces, por lo tanto, de debilitar la doctrina y la comprensión
del sentido de la oración. Particular atención se dedica, en
alguna respuesta, a la música y al canto en las Misas para
los jóvenes. Sobre este tema, se señala la importancia de evitar
aquellas formas musicales que no invitan a la oración, porque
están sujetas a las reglas del uso profano. Algunos muestran
demasiada ansiedad por componer nuevos cantos, como sucumbiendo
a la mentalidad de la sociedad de consumo, sin preocuparse
por la calidad de la música y del texto, descuidando fácilmente
un insigne patrimonio artístico, que ha demostrado validez
teológica y musical en la liturgia de la Iglesia. Se
recomienda igualmente que en los encuentros internacionales
al menos
la plegaria eucarística
sea proclamada en latín, para facilitar una adecuada participación
de los concelebrantes y de cuantos no conocieran la lengua
local, como oportunamente es sugerido en la Constitución
sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium.[90] Es
motivo de satisfacción, de todos
modos, constatar que en algunas naciones existe una sólida
tradición de cantos religiosos para cada período del año litúrgico:
Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua. Dichos cantos, conocidos
y cantados por el pueblo, favorecen el recogimiento y ayudan
a vivir con notable participación espiritual las celebraciones
del misterio de la fe en cada uno de los períodos litúrgicos.
Es de desear que esta positiva experiencia se difunda también
en otros países y contribuya a hacer crecer la devoción de
los fieles en los tiempos fuertes del año litúrgico, ayudándoles
a percibir el mensaje a través de la música y de las palabras. Decoro del lugar sagrado 63.
En los Lineamenta es mencionada también la función del arte. El decoro de todo lo que se refiere
a la celebración de la Eucaristía manifiesta la fe en el misterio
y contribuye eficazmente a mantenerla viva, tanto en los ministros
sagrados como en los fieles. Esta actitud puede ser expresada
tanto en la adecuada ordenación del espacio sacro, como en
una apropiada colocación del tabernáculo y de la sede, así como
también en la atención dispensada a ciertos particulares, como
la limpieza, los objetos usados en la decoración y las flores
frescas. En efecto, para la formación de los fieles en la doctrina
eucarística, es importante no sólo lo que ellos escuchan, sino
también lo que ven. Por el contrario, el descuido demuestra
que la fe es débil. La
tradición de la Iglesia ha tomado
de la Biblia la distinción del área reservada a los ministros
sagrados: ésta es signo elocuente que es el Señor a admitir
a su servicio, a elegir a sus ministros. Las iglesias orientales,
con la delimitación del santuario, y las occidentales, con
el área presbiteral, han conservado la distinción. Tal distinción
atestigua que en la liturgia se manifiesta el pueblo de Dios
jerárquicamente ordenado, bien dispuesto para la participación
activa. El altar es la parte más santa del templo y se
encuentra elevado para indicar la obra de Dios, que es
superior a todas
las obras del hombre. La tela de lino que lo reviste indica
la pureza necesaria para recibir a Dios. El altar es dedicado
solamente a Dios, como el mismo templo, y no puede ser
usado para otras finalidades. 64.
En las respuestas se nota una preocupación acerca del hecho que bastante frecuentemente las
iglesias son utilizadas para usos profanos, como conciertos
y actividades teatrales, no siempre de índole religiosa. La
liturgia de la dedicación de la Iglesia recuerda que la comunidad
ofrece el templo totalmente al Señor, y por consiguiente no
puede destinarlo a un uso diverso de aquel al cual está consagrado. Han
sido señalados otros fenómenos
opuestos a la mencionada tradición de la Iglesia, que oscurecen
el sentido de lo sagrado y la trascendencia del misterio. Por
ejemplo, muchas iglesias nuevas y también algunas antiguas,
después de intervenciones de reestructuración, muestran como
criterio fundamental del proyecto arquitectónico la cercanía
de los fieles respecto del altar, con la finalidad de asegurar
una buena visual y una mayor comunicación entre celebrante
y asamblea. También la tendencia a cambiar de lugar el altar,
acercándolo al espacio destinado a los fieles, elimina en la
práctica el área presbiteral y deriva de la misma concepción.
De este modo se obtiene una mejor comunicación, pero no siempre
se salvaguarda suficientemente el sentido de lo sagrado, que
es también parte esencial de la celebración litúrgica. Otras
respuestas muestran algunos signos alentadores. Siguiendo
las líneas de la Ordenación General
del Misal Romano han sido tomadas diversas iniciativas para
que el espacio sagrado de las iglesias ya existentes o de aquellas
en vías de construcción sea un verdadero lugar de oración y
adoración, donde el arte y la iconografía sean instrumentos
al servicio de la liturgia. Así por ejemplo, se han vuelto
a colocar en algunas iglesias los reclinatorios y así ha sido
retomada entre los fieles la práctica de arrodillarse durante
la plegaria eucarística; donde no era claramente visible, el
tabernáculo ha sido colocado nuevamente en el santuario o en
un lugar preeminente; los nuevos proyectos de iglesias ponen
más atención al arte, a la decoración, a los objetos y a los
ornamentos sagrados. De este modo, se trata de armonizar la
cercanía del celebrante al pueblo y la sacralidad del misterio
de Dios, al mismo tiempo presente y trascendente. Capítulo
II
ADORAR EL MISTERIO DEL SEÑOR «Dad culto al Señor,
Cristo, en vuestros corazones,
siempre dispuestos a dar respuesta
a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15) De
la celebración a la adoración 65.
La adoración es la actitud adecuada
del celebrante y de la asamblea litúrgica frente a Dios omnipotente,
que se hace realmente presente en el Sacramento de la Eucaristía.
Frecuentemente, esa actitud se prolonga también después de
la Santa Misa, en varios modos propios de la Iglesia Católica. Dios
busca al hombre y éste desea
verlo. «Dice de ti mi corazón: "Busca su rostro". Sí, Yahvéh,
tu rostro busco: no me ocultes tu rostro» (Sal 26,8-9). El
cristianismo no es solo la religión del escuchar sino también
del ver. Viendo a Jesús se ve a Dios Padre (cf. Jn 14.9). Dios
asume la naturaleza humana para compartir nuestra vida. La
carta de San Pablo a los Filipenses abre una visión particular
sobre este misterio que nosotros indicamos con el término kénosis,
es decir, el Hijo se vacía de la gloria que le es debida, para
participar de la naturaleza humana: «El cual (Cristo), siendo
de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios...» (Flp
2,6). Esta kénosis en cierto sentido continúa en la Eucaristía,
si bien en ella esta presente el cuerpo resucitado y glorioso
del Señor. Pero lo paradójico consiste en que Jesús de Nazaret
revela a Dios en la plenitud de su humanidad: «el que me ve
a mi, ve a aquel que me ha enviado» (Jn 12,45), como dijo a
los judíos, sintetizando en una frase la profunda verdad de
la fe cristiana. El Dios que se hace hombre suscita reacciones
en la esfera del conocimiento, como el ver , el tocar, el escuchar,
el contemplar (cf. 1 Jn 1,1-2). En una palabra, la revelación
de Jesús pone en acción una relación que compromete los sentidos
como facultad de mediación del conocimiento. Ver y escuchar
constituyen un binomio esencial para la religión cristiana.
Jesús de Nazaret no puede ser solo escuchado, debe ser también
visto. Jesús es imagen del Dios invisible
(cf. Col 1,15). El término eikon está cargado de sentido histórico,
porque no reduce a puro símbolo lo que él representa. Para
la cultura griega en general, eikon indicaba el retrato. Un
retrato es creíble, sin embargo, sólo cuando representa un
rostro real, concreto e histórico, sin dejar espacio a la fantasía. Se
vuelve al tema del rostro, es decir, a la expresión personal, que mejor que cualquier otra
expresa la identidad. El rostro de Jesús, que deja ver a Dios
en transparencia, es al mismo tiempo imagen de toda la humanidad
redimida y salvada, habiendo sido Él mismo Aprobado en todo
igual que nosotros» (Hb 4,15). Esto ya hace comprender porqué el
cristianismo no puede ser contado solamente entre las religiones
del libro. La
Eucaristía genera un culto completo,
siendo contemporáneamente sacrificio, memorial y convivio,
e invita a la contemplación. Debe, por lo tanto, quedar superada
la dificultad psicológica que lleva a interpretar erróneamente
la adoración y la reverencia como una forma anómala de la liturgia,
y consiguientemente a restar valor a las acciones de culto
a la Eucaristía, como la exposición del Santísimo Sacramento
y la bendición eucarística. Actitudes
de adoración 66.
Entre los problemas más graves
y difundidos en los países occidentales, y en los otros continentes
donde a veces han sido importadas ciertas costumbres por algunos
agentes pastorales, es la crisis de la oración y la reducción
de la celebración de la Eucaristía a un precepto o a un simple
evento con carácter de asamblea. Las
respuestas a los Lineamenta piden que se promueva la oración en sentido pleno y completo, como
don, alianza y comunión,[91] con sus formas de bendición, adoración,
alabanza, acción de gracias, súplica, expiación, intercesión.
Sin una oportuna catequesis sobre el tema, los fieles no podrán
beneficiarse de la linfa que brota de la liturgia, regula fidei
a través de los signos sagrados. El
pedido de promover la dedicación
de un tiempo y de un espacio a la adoración y a la meditación
es muy frecuente en las respuestas. En efecto, el hombre de
hoy, sometido al ritmo frenético de la vida moderna, tiene
necesidad de detenerse, de pensar y de rezar. Varias religiones,
sobre todo en Oriente, proponen la meditación según las características
de la propia tradición religiosa local. También frente a este
desafío, los cristianos son llamados a redescubrir la belleza
de la adoración, de la oración personal y comunitaria, del
silencio y de la meditación, que en el cristianismo es un encuentro
personal del hombre con Dios, Trinidad Santísima, con Jesucristo
resucitado presente en la Eucaristía, a través de la potencia
del Espíritu Santo, para alabanza de Dios Padre. Hay
pedidos de una nueva presentación
de los motivos teológicos y espirituales de la adoración, entendida
como preparación a la Santa Misa, como la actitud adecuada
para celebrar los santos misterios y como acción de gracias
por el don de la Eucaristía. A este respecto, ha sido propuesto
favorecer el resurgimiento de las cofradías del Santísimo Sacramento,
adaptándolas a las exigencias y necesidades del hombre contemporáneo
en su continua búsqueda de Dios. Además, se sugiere fomentar
la adoración eucarística entre los sacerdotes. Cada parroquia,
por otra parte, podría organizar un día solemne de exposición
del Santísimo Sacramento, de modo tal que en las diócesis,
sobre todo en aquellas de una cierta grandeza, cada semana
el Pueblo de Dios pudiera adorar al Señor-Eucaristía en una
de las parroquias. Una renovación de la práctica de la Bendición
con el Santísimo, allí donde esta costumbre haya sido abandonada,
sobre todo el domingo por la tarde, podría ayudar a hacer crecer
la devoción eucarística. También se pueden cantar las Vísperas,
o las Laudes, ante el Santísimo expuesto. Donde se celebran
varias Misas, por ejemplo durante la tarde en algunas parroquias
de la ciudad, se podría introducir una hora de adoración
entre una y otra Misa. Además, es necesario sostener otras
formas de devoción eucarística, como la adoración del Jueves
Santo, las procesiones con el Santísimo, sobre todo en la solemnidad
del Corpus Domini, la visita eucarística, las Cuarenta Horas,
la oración comunitaria con el Santísimo expuesto. Estos actos,
según las indicaciones del Magisterio, introducen a los fieles
en la oración de reparación por las ofensas, sobre todo, al
Santísimo Sacramento.[92] Y todavía sería oportuno valorizar
en la justa medida las expresiones de la piedad popular, relacionadas
con la Eucaristía, como los cantos, la composiciones floreales,
las decoraciones. 67.
La oración comienza con el silencio,
que ayuda a tomar conciencia de estar en la presencia del Señor,
que habla e interpela en la grande plegaria de la liturgia
o en la adoración eucarística fuera de la Misa. En este diálogo,
se cumplen acciones externas que son gestos religiosos: el
signo de la cruz, los movimientos de las manos, las genuflexiones,
las reverencias, la posición del cuerpo (en pie o sentado),
las procesiones y otros gestos.[93] No pocas de las respuestas
a los Lineamenta exhortan a una catequesis sobre estos
gestos externos, que adquieren autenticidad en la medida
en que se
realizan con mayor conciencia. Los
sacerdotes y los fieles manifiestan la fe y la adoración a través de los gestos del cuerpo según
las indicaciones de los libros litúrgicos o según la tradición.
Es posible adaptar tales gestos en base a la cultura, con tal
que sean expresivos de la veneración y del amor hacia el misterio
de la Eucaristía. En
la espera del Señor 68.
Jesús resucitado es «el Primogénito
de entre los muertos» (Col 1,18). Estas palabras del apóstol
Pablo expresan la verdad revelada, según la cual la muerte
no es para el cristiano el fin de todo, sino, por el contrario,
la puerta de entrada en una vida nueva y misteriosa, caracterizada
por una íntima y directa relación con el Señor y, consiguientemente,
por una felicidad que supera radicalmente toda expectativa. No
puede olvidarse, sin embargo, que ciertos factores culturales
tienden a eliminar
toda perspectiva
más allá de la muerte, mientras la reivindicación de la total
autonomía ética del hombre hace no aceptable, o en todo caso
irrelevante, la idea del premio o de la pena por comportamientos
morales, que corresponderían después de la muerte. En
varias respuestas se retiene inadecuada la catequesis que
hoy en día se desarrolla sobre la verdad
escatológica de la Eucaristía. El Catecismo de la Iglesia Católica
dedica a este argumento un título: «La Eucaristía, pignus futuræ gloriæ»,[94]
pregustación del banquete del reino de Dios y manifestación
de la comunión de los santos. Naturalmente, esta anticipación
no proviene de la vida en el mundo, según lo expresado en esta
oración: «Lleva a su término en nosotros, Señor, lo que significan
estos sacramentos, para que un día poseamos plenamente cuanto
celebramos ahora en estos ritos sagrados».[95] 69.
La tensión escatológica puede
ser explicada como la irrupción en el hoy litúrgico de Aquel
que es, que era y que viene. Él, el Resucitado y el Viviente,
está siempre presente. Por ello la Eucaristía es el Sacramento
de la presencia de Aquel que ha dicho: «Yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Algunas
respuestas a los Lineamenta reconocen que este aspecto no es
suficientemente abordado, excepto en la liturgia de la Misa
de exequias y en las Misas del primero y del dos de noviembre
o en alguna otra oración por los difuntos en los textos
de la Misa. Muchos
son conscientes que la Eucaristía
es fuente de comunión con los difuntos y los santos, pero no
como pregustación del convivio celeste. Por ello, puede ser
oportuno tener presente que si bien la comunión con los santos
es celebrada a lo largo de todo el año litúrgico, todo el mes
de noviembre sería una óptima ocasión para celebrarla con la
intercesión por los fieles difuntos. Acerca
del nombre de los difuntos, que se mencionan durante la
Santa Misa,
a pesar de las normas
específicas al respecto, no pocas respuestas indican abusos,
que van desde el rechazo a cualquier tipo de mención del nombre
hasta la repetición excesiva del mismo. Sin
embargo, son las mismas respuestas que proponen algunas
orientaciones
para dar más resalto a la
dimensión escatológica del misterio eucarístico: la oración
hacia el Este, cuando es posible; una adecuada presentación
del vínculo que une la presencia real de Cristo en la Eucaristía
y la adoración eucarística, a través de la cual pedimos alcanzar
la plenitud de su presencia cuando Él nos introducirá en el
banquete escatológico a final de los tiempos, como se recuerda
en las anáforas: «mientras esperamos su gloriosa venida».[96]
La Eucaristía es la medicina de la inmortalidad porque previene
como antídoto el pecado y, liberando de los pecados veniales,
introduce en el alma la fuerza de la gracia que santifica y
prepara a la vida eterna, con la invocación dirigida al Señor
que viene: «Marana tha» (1 Co 16,22; cf. Ap 22,20). Eucaristía
dominical 70.
Las respuestas invitan a tratar con más atención la celebración de la Eucaristía en el Dies
Domini, día sagrado para la vida de la Iglesia, para la comunidad
de fe y para todos y cada uno de los creyentes. Es en este
contexto que debe enfatizarse la importancia de la comunidad
que se reúne para la celebración, porque el Señor se hace presente
en medio de ella. Sin la fe no podríamos ni hablar del Día
del Señor ni vivirlo. El domingo ayuda a ver el mundo a la
luz de la Eucaristía. La Misa es el sacrificio de Cristo que
cambia el mundo y pide a la Iglesia que también ella se transforme
en ofrenda, abriéndose a todos. La
Eucaristía es también fuente de
una cultura del perdón, hoy tan difícil. Durante la celebración
eucarística se repite varias veces el pedido de perdón para
renovar la vida. El Papa Juan Pablo II, además, invitaba a
ver como «una consecuencia significativa de la tensión escatológica
propia de la Eucaristía»[97] el hecho de sembrar una semilla
de viva esperanza en el compromiso cotidiano, de crear nuevos
signos en el mundo, para poder decir que se vive de la Eucaristía. El
Día del Señor es también el día
de la solidaridad y del compartir con los pobres, en cuanto
la Eucaristía es vínculo de fraternidad y fuente de comunión.
En efecto, «desde la misa dominical surge una ola de caridad
destinada a extenderse a toda la vida de los fieles, comenzando
por animar el modo mismo de vivir el resto del domingo».[98] 71.
Sin la Misa dominical no se alimenta la fe mediante el
encuentro con
el Señor y no se escucha la
Palabra de Dios, ni se vive la realidad comunitaria de la Iglesia.
Para muchos el único contacto con la Iglesia es el de la Misa
dominical, razón por la cual la fe de los creyentes se encuentra
vinculada a este momento. Si el cristiano falta a la Misa dominical,
gradualmente se distancia de Cristo. En la promoción del respeto
del Día del Señor deben comprometerse todos los miembros del
Pueblo de Dios, especialmente el clero, las personas consagradas,
los catequistas y los miembros de los movimientos eclesiales.
La asamblea sinodal debería ayudar a descubrir nuevamente el
profundo sentido teológico y espiritual del domingo como Día
del Señor, favoreciendo su celebración, la cual, a su vez,
tendrá consecuencias muy positivas para los fieles, para
sus familias y para toda la comunidad. En
efecto, dedicando tiempo al Señor,
cada domingo y en los días de precepto, el hombre, como persona
y como miembro de una familia, descubre la jerarquía de los
valores a los cuales adaptar su existencia, usufructuando,
en unión con Dios, su Creador y Redentor, del tiempo libre
para dedicarse al ejercicio de sus capacidades humanas y cristianas
para el bien de toda la sociedad. Por ello, es importante salvaguardar
el domingo como día no laborable, sobre todo en los países
con raíces cristianas. Diversas
respuestas a los Lineamenta expresan el deseo que sean
dadas orientaciones
pastorales para
motivar a los fieles a participar en la Eucaristía, sobre todo
el domingo. En la celebración del Día del Señor, los fieles,
a menudo turbados por varios problemas personales, familiares
y sociales, inseridos en una asamblea acogedora, podrán obtener
de la Eucaristía, fuente de luz, de paz y de consolación espiritual,
la fuerza necesaria para transformar sus vidas y el mundo según
los designios de Dios Padre en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se percibe la
necesidad de garantizar la celebración de la Santa Misa al
máximo número posible de fieles, de afirmar las disposiciones
esenciales para recibir dignamente la Eucaristía, es decir,
estar en estado de gracia y cumplir con el ayuno, así como
también de seguir pastoralmente a aquellos que viven en condiciones
morales que no les permiten recibir la Comunión sacramental. En
este último contexto, se sugiere
la presentación sintética de la doctrina sobre la comunión
espiritual o de deseo, que se fundamenta sobre los privilegios
concedidos por el Bautismo y es la única forma de comunión
a la que muchos pueden acceder, a causa de la falta objetiva
o subjetiva de las condiciones para la comunión sacramental.
La comunión espiritual, por ejemplo, está siempre al alcance
de las personas ancianas o enfermas que manifiesten el amor
hacia la Eucaristía, participando en la comunión de los santos
con gran beneficio espiritual para ellos mismos y para la Iglesia,
que se enriquece de este modo con los sufrimientos ofrecidos
a Dios. Así se agrega lo que falta a la pasión de Jesucristo
por su Cuerpo, la Iglesia (cf. Col 1,24) y se proclama el «Evangelio
del sufrimiento»,[99] que el Maestro ha entregado a los discípulos
con su sacrificio, del cual la Eucaristía es el memorial. Ayudar
a descubrir nuevamente el sentido gozoso de la celebración eucarística dominical es una
de los tantos desafíos pastorales para la Iglesia en el mundo
de hoy, siempre llevado a concebir la fiesta solo como un momento
de diversión superficial y no como un momento de comunión y
de celebración. Otro desafío igualmente exigente es el de provocar
el interés por la participación de las familias en la Santa
Misa. De este modo, la familia, iglesia doméstica, alarga sus
horizontes cristianos y, en la comunión con otras familias,
descubre que es parte viva de la gran familia de Dios, la Iglesia
católica. Finalmente,
la celebración dominical
de los católicos se transforma en un signo distintivo para
ellos, en particular en los Países en los cuales ellos representan
una minoría. Orando juntos y reflejando luego ese espíritu
a través de las obras de caridad, se ofrece un válido aporte
al mejoramiento de la sociedad, sobre todo en las Naciones
donde prevalece tradicionalmente una concepción individualista
de la relación entre el hombre y la divinidad. PARTE IV
LA EUCARISTÍA EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA Capítulo
I
ESPIRITUALIDAD EUCARÍSTICA «Permaneced en mí como
yo en vosotros.
Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo,
si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis
en mí» (Jn 15,4) Eucaristía,
fuente de la moral cristiana 72.
La metáfora del Evangelio de
San Juan, incluida en el discurso de la Última Cena, adquiere
un significado no solo eclesial, sino también moral, puesto
que la vida de la gracia, recibida a través de la Eucaristía,
es garantía de la verdadera comunión eclesial y también de
una vida moral caracterizada por la buenas obras y por la rectitud
en el obrar, propia de quien está vitalmente unido a Cristo. No
pocas respuestas a los Lineamenta insisten en el sentido
personal y eclesial
de la Eucaristía
en relación a la vida moral, a la santidad y a la misión en
el mundo. La permanente presencia y acción del Espíritu Santo,
don del Señor resucitado, recibido mediante la Comunión,
es la fuente del dinamismo de la vida espiritual, de la
santidad
y del testimonio de los fieles. Por
lo tanto, la Eucaristía y la
vida moral son inseparables, ya sea porque nutriéndose del
santo Sacramento se obtiene la transformación interior, ya
sea porque a Jesús-Eucaristía tiende el hombre renacido en
el bautismo a la vida según el Espíritu, nueva vida moral,
que no es según la carne. La Eucaristía refuerza verdaderamente
el sentido cristiano de la vida, en cuanto su celebración es
un servicio a Dios y a los hermanos e impulsa a dar testimonio
de los valores evangélicos en el mundo. Así, las tres dimensiones
de la vida cristiana, liturgia - martyria - diakonia, manifiestan
la continuidad entre el Sacramento celebrado y adorado, el
compromiso a ser testigos de Cristo en medio a las realidades
temporales y la comunión construida a través del servicio
de la caridad, sobre todo en favor de los pobres. 73.
Diversas respuestas han insistido en la relación entre Eucaristía y vida moral evidenciando una
notable conciencia de la importancia del compromiso moral derivado
de la comunión eucarística. No faltan alusiones al hecho que
muchos se acercan al Sacramento sin haber reflexionado suficientemente
sobre la moralidad de la propia vida.[100] Algunos reciben
la Comunión aún negando las enseñanzas de la Iglesia o sosteniendo
públicamente opciones inmorales, como el aborto, sin pensar
que están cometiendo un acto de grave deshonestidad personal
y causando escándalo. Además, existen católicos que no comprenden
porqué es pecado sostener políticamente un candidato abiertamente
favorable al aborto o a otros actos graves contra la vida,
la justicia y la paz. De esta actitud resulta evidente, entre
otros aspectos, que está en crisis el sentido de pertenencia
a la Iglesia y que no es clara la distinción entre pecado
venial y mortal. En
muchas respuestas se observa que ciertos católicos no se distinguen mucho de otras personas
en cuanto, también ellos, ceden a la tentación de la corrupción,
en sus diversas expresiones y niveles. A
menudo se separan las exigencias específicas de la vida moral de la misión de la Iglesia como
maestra de vida, de modo que se considera necesario filtrar
sus enseñanzas a través de la conciencia individual. En otros ámbitos,
los Pastores se han empeñado en clarificar porqué es contradictorio
invocar la libertad de conciencia o la libertad religiosa como
criterio para no prestar atención a las enseñanzas de la
Iglesia. Se insiste sobre el deber de los fieles de buscar
la verdad
y de tener una conciencia recta. Muchos,
sin embargo, tratan de inserir la Eucaristía en la propia vida y de considerarla como fuente
de gracia vencer el pecado. Esto tiene lugar especialmente
en las parroquias, donde hay un fuerte presencia de varios
ministerios, de organizaciones caritativas, de grupos de oración
y de asociaciones laicales. 74.
De las respuestas a los Lineamenta emergen también algunas sugerencias para superar la dicotomía
entre la enseñanza de la Iglesia y la actitud moral de los
fieles. En primer lugar, se señala la conveniencia de dar siempre
más relieve a la necesidad de la santificación y de la conversión
personales y de enfatizar aún más la unidad entre la enseñanza
de la Iglesia y la vida moral. Además, los fieles deben ser
continuamente estimulados a tomar conciencia que la Eucaristía
es fuente de la fuerza moral, de la santidad y de todo progreso
espiritual. Finalmente, se considera de fundamental importancia
poner de manifiesto en la catequesis el vínculo entre la Eucaristía
y la construcción de una sociedad justa, a través de la responsabilidad
personal de cada uno en la participación activa de la misión
de la Iglesia en el mundo. En este sentido, una especial responsabilidad
corresponde a los católicos que ocupan cargos relevantes en
política y en varias actividades sociales. La
Iglesia tiene grande esperanza en sus jóvenes, siempre atentos a la Eucaristía, valioso tesoro,
fuente inagotable para la renovación de la vida de la Iglesia
y para la esperanza del mundo. Por lo tanto, no sorprende que
el tema elegido para la Jornada Mundial de los Jóvenes, en
Colonia del 16 al 21 de agosto de 2005, «Hemos venido a adorarle» (Mt
2,2), tenga también un profundo significado eucarístico. Merece
especial atención el válido aporte que este importante evento
ofrece a la reflexión sinodal. A este respecto, el Papa Juan
Pablo II había dicho: «La Eucaristía es el centro vital en
torno al cual deseo que se reúnan los jóvenes para alimentar
su fe y su entusiasmo».[101] Por ello, justamente se sugiere
que también en las escuelas católicas se dé más importancia
a la educación de las jóvenes generaciones en la fe y, particularmente,
a la espiritualidad eucarística. La
Eucaristía, que es Presencia del
Cuerpo y Sangre de Jesucristo resucitado, conduce a la perfección
y a la santidad en la vida cristiana. Para alcanzar tal ideal
es necesaria la gracia de Dios, la buena disposición de los
creyentes y una permanente catequesis para cada categoría
de personas. Personas
y comunidades eucarísticas 75.
La Eucaristía demuestra su eficacia
a través de los frutos de vida nueva en esta tierra, frutos
de santificación y divinización, es decir de vida eterna. En
este sentido la Eucaristía se revela come Sacramento de
alta espiritualidad. Muchas
respuestas registran un positivo desarrollo de la espiritualidad
eucarística. En efecto, en
muchos lugares se está registrando en estos últimos tiempos
una renovación de la adoración del Santísimo Sacramento. Al
respecto, se alude a un acrecentamiento de la devoción eucarística
en las iglesias parroquiales y en las rectorías, como lo demuestran
el tiempo dedicado a la adoración eucarística y la institución
de capillas especiales con tal finalidad. Sigue siendo siempre
muy participada la procesión del Corpus Domini, así como también
es muy promovida la Liturgia de las Horas ante el Sacramento
expuesto. No menos importante es en este sentido la devoción
inculcada por los nuevos movimientos. Allí donde existe una
real formación catequística y litúrgica, los fieles perciben
claramente la diferencia entre la Santa Misa y las otras celebraciones
litúrgicas o prácticas devocionales; participando piamente
a todas las iniciativas eucarísticas propuestas por sus pastores.
En general, se puede decir que de todas estas prácticas recibe
alimento la devoción, que puede percibirse como la propia donación,
en espíritu, alma y cuerpo, al Señor. Sin
embargo, hay respuestas que indican algunos aspectos menos
alentadores:
el abandono de la práctica
de la bendición eucarística; la clausura de las iglesias, a
veces, por temor a los robos, durante gran parte de la jornada,
impidiendo la adoración eucarística privada de los fieles;
la colocación del tabernáculo en lugares poco importantes o
apartados, difíciles de descubrir, por lo cual la mayoría de
los fieles entrando en la iglesia no se dan cuenta de la presencia
del Santísimo Sacramento y abandonan la intención de rezar;
el debilitamiento de la costumbre de visitar al Santísimo para
la oración personal y la meditación; la carencia de una catequesis
que enseñe la distinción entre la Santa Misa y las otras celebraciones
litúrgicas o prácticas devocionales; una visione demasiado
individualista de la Misa que impide apreciar en la justa medida
la dimensión comunitaria del sacrificio eucarístico. 76.
Son varias las respuestas a los Lineamenta que proponen
la difusión de una mayor conciencia
de la dimensión eclesial de la Eucaristía, que supere todo
tipo de individualismo; y también una renovación de la espiritualidad
eucarística, que presente el Sacramento como comienzo de la
redención del mundo, integrando también la devoción a Cristo
resucitado. Se
pone de manifiesto la necesidad de promover adecuadamente
el conocimiento de
la vida de los
santos y beatos que han sido modelos de espiritualidad
y de vida eucarísticas, haciéndose eco de la sugerencia contenida
en la encíclica Ecclesia de Eucharistia.[102] Ellos nos enseñan
a poner la Eucaristía en el centro de la vida cristiana, a
adorar la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, a
nutrirnos del Pan de Vida, que nos sostiene en nuestro camino
hacia la Patria celeste. Para todos los santos la Eucaristía
es el centro y la cumbre de la vida espiritual, pero son también
numerosos los santos que han desarrollado una espiritualidad
propiamente eucarística: de San Ignacio de Antioquía a San
Tarcisio, de San Juan Crisóstomo a San Agustín, de San Antonio
Abad a San Benito, de San Francisco de Asís a Santo Tomás de
Aquino, de Santa Catalina de Siena a Santa Clara de Asís, de
San Pascual Bailón a San Piere Julien Eymard, de San Alfonso
María de Liguori al Venerable Carlos de Foucauld, de San Juan
María Vianney al Beato Józef Bilczewski, del Beato Iván
Mertz a la Beata Teresa de Calcuta, para citar solo algunos
ejemplos
de un nutrido elenco.[103] María, mujer eucarística 77.
Entre todos los santos sobresale la Santísima Virgen María, modelo de santidad y de espiritualidad
eucarística. Según la viva tradición eclesial, su nombre es
recordado con veneración en todos los cánones de la Santa Misa
y con particular énfasis en las Iglesias orientales católicas.
En varias respuestas ha sido sugerido que se especifique mejor
la posición de la Beata Virgen María dentro de la liturgia
eucarística. María está tan unida al misterio
eucarístico que ha merecido ser justamente denominada «Mujer
eucarística» en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia.[104]
En la existencia de María de Nazaret se manifiesta en modo
sublime no solo la exclusiva relación entre la Madre y el Hijo
de Dios, el cual ha tomado Cuerpo y Sangre de su cuerpo y de
su sangre, sino también la íntima relación que vincula la Iglesia
a la Eucaristía, puesto que la Santísima Virgen es modelo y
figura de la Iglesia, cuya vida y misión tienen la fuente y
la cumbre en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo. La
orientación eucarística de María
deriva de una actitud interna que determina toda su vida, más
que de la participación activa al momento de la institución
del sacramento. Su existencia, que tiene un profundo sentido
eclesial, asume también esta nota eucarística. María ha vivido
con espíritu eucarístico aún antes que este sacramento fuera
instituido, por el hecho de haber ofrecido su seno virginal
para la encarnación del Verbo de Dios. Durante nueve meses
ella ha sido el tabernáculo viviente de Dios. Después ella
realizó un gesto eucarístico, y al mismo tiempo eclesial, cuando
presentó al Niño Jesús a los pastores, a los Magos y al Sumo
Sacerdote en el templo, en cuanto ofreció el Fruto bendito
de su seno al Pueblo de Dios y también a los gentiles para
que lo adoraran y lo reconocieran como el Mesías. Análogo acto
fue su presencia y su solícita intercesión en Caná, en la hora
del primer signo que el Hijo realizó ofreciéndose a través
de un milagro. Otro gesto similar cumplió la Virgen Madre a
los pies de la cruz, participando en los sufrimientos de su
Hijo y acogiendo entre sus brazos el cuerpo y deponiéndolo
en la tumba como una semilla escondida de resurrección y de
vida nueva para la salvación del mundo. Fue aún un ofrecimiento
de índole eucarística y eclesial su presencia durante la efusión
del Espíritu Santo, primer don del Señor resucitado a la
Iglesia naciente. La
Virgen María tuvo conciencia de
haber concebido el Cristo para la salvación de todos los hombres.
Tal conciencia se hace más evidente en su participación en
el misterio pascual, cuando su Hijo, con las palabras «Mujer,
ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26) le confió a través del apóstol
Juan a todos los fieles. Como la Virgen María, también la Iglesia
hace presente al Señor Jesús a través de la celebración de
la Eucaristía y lo ofrece a todos para que tengan vida
en abundancia (cf. Jn 10,10). Capítulo
II
EUCARISTÍA Y MISIÓN DE EVANGELIZACIÓN «Id,
pues, y haced discípulos
a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt
28, 19,20) Actitud
eucarística 78.
El envío misionero a evangelizar
todos los pueblos, confiado por Jesús a los discípulos, tiene
su fundamento en el Bautismo, sacramento que abre el camino
a una nueva vida signada por el carácter indeleble de hijos
de Dios. Tal envío comprende la formación de las conciencias
según un estilo de vida evangélico centrado en el anuncio de
la Buena Noticia y en el mandamiento nuevo del amor, del cual
la Eucaristía es la cumbre y la fuente inagotable. Las
respuestas a los Lineamenta ponen de manifiesto que en
todas partes
se espera un renovado impulso
de evangelización porque el tiempo lo exige. El número de los
bautismos de adultos y de adhesiones a la Iglesia crece. Pero
todavía hay muchos que deben conocer a Cristo y su Evangelio,
así como también hay muchos otros que, aún conociéndolo, tienen
necesidad de crecer en la fe que profesan. A todos ellos está orientado
hoy el empeño de la nueva evangelización. Fue el Papa Juan
Pablo II, a usar por primera vez esta expresión, explicando
al mismo tiempo su significado. Él, en efecto, quería decir
que la evangelización debía ser «nueva en su ardor, en sus
métodos, en su expresión».[105] Así, mientras con esta definición
se aludía a una novedad de gozoso testimonio en la actitud
de los evangelizadores, se afirmaba, al mismo tiempo, el perenne
e inmutable contenido de la Buena Noticia, que es el mismo
Jesucristo, presentado nuevamente en modo adecuado al hombre
contemporáneo. Este nuevo impulso de la evangelización, que
se puede aplicar también al primer anuncio del Evangelio, se
alimenta de la Eucaristía, la cual en medio a los mutables
avatares de la historia, permanece perennemente como fuente
y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. La
Eucaristía ha siempre dado fuerza
a las opciones y a los comportamientos éticos y morales de
los creyentes, encontrando buena recepción en la filosofía,
en el arte, en la literatura y aún en las instituciones civiles
y las leyes, contribuyendo a modelar el rostro de toda una
civilización, en la vida personal y familiar, en la vida cultural,
política y social. La Eucaristía mueve a los cristianos a empeñarse
en favor de la justicia en el mundo de hoy: «La Eucaristía
no sólo proporciona la fuerza interior para dicha misión, sino
también, en cierto sentido, su proyecto. En efecto, la Eucaristía
es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su
testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura...
Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cotidiana, donde
se trabaja y se vide ―en la familia, la escuela, la fábrica
y en las diversas condiciones de vida―, significa, además,
testimoniar que la realidad humana no se justifica sin referirla
al Creador. "Sin el Creador la criatura se diluye"».[106] Todo
esto es definido «actitud eucarística», que debe llevar a los
cristianos a testimoniar con más fuerza la presencia de Dios
en el mundo, a no tener miedo de hablar de Dios y de mostrar
con la frente alta los signos de la fe, en el testimonio y
en el diálogo con todos. Por ello, la «cultura de la Eucaristía»,
que debe ser promovida y difundida, es la especial consigna
del Año Eucarístico.[107] Implicaciones
sociales de la Eucaristía 79.
Un efecto esencial de la Comunión
eucarística es la caridad, que debe penetrar la vida social.
El Concilio Vaticano II y el Papa Pablo VI han hablado de la
diversificada presencia de Cristo:[108] es necesario ayudar
a los cristianos a percibir lo que significa, desde la fe,
la conexión que existe entre Cristo y la Eucaristía, así como
también comprender lo que significa la presencia de Cristo
presente en los hermanos y hermanas, especialmente en los
pobres y en los marginados de la sociedad. El
amor a los pobres y a los marginados no ha sido solo
objeto de la predicación de Jesús, sino que
ha dado sentido a toda su vida. La solución de los problemas,
grandes y pequeños, de la humanidad está en el amor, no en
el amor débil y retórico, sino en aquel amor que Cristo en
la Eucaristía nos enseña, amor que se ofrece, se difunde, se
sacrifica. Es necesario rezar para que Cristo venza nuestras
resistencias humanas y haga de cada uno de nosotros un testigo
creíble de su amor. El
tema del 48º Congreso Eucarístico
Internacional: La Eucaristía, Luz y Vida del nuevo Milenio,
ha querido confirmar que Cristo, siendo la luz del mundo, debe
iluminarlo en el nuevo milenio con la fuerza de una vida renovada
según la lógica del Evangelio. En el mundo contemporáneo, globalizado ―como
se dice―poco solidario y condicionado por una tecnología
cada vez más sofisticada, marcado por el terrorismo internacional
y por otras formas de violencia y de explotación, la Eucaristía
mantiene su mensaje actual, necesario para construir una sociedad
donde prevalgan la comunión, la solidaridad, la libertad,
el respeto por las personas, la esperanza y la confianza
en Dios. Eucaristía e inculturación 80.
La fe se transforma en cultura y hace la cultura. Todos
conocemos
el rico tesoro de cultura
acumulado a través de los siglos en la liturgia de oriente
y occidente: los textos de las oraciones, la riqueza de los
ritos, las obras de arquitectura, de las artes plásticas y
de la música sacra. Todo esto demuestra cómo la religión se
relaciona con la cultura, conjunto de todo aquello que de bueno
y significativo la humanidad crea. La cultura ofrece a la fe
los instrumentos idóneos para expresar la verdad revelada
por Dios y proclamada en la liturgia. La
inculturación es el proceso que
desde el comienzo ha acompañado a la Iglesia. Existen numerosos
y excelentes ejemplos de inculturación. Lo atestiguan, por
ejemplo, las Iglesias Orientales Católicas. A este respecto,
merece ser mencionada la obra de los Santos Cirilo y Metodio,
Apóstoles de los eslavos.[109] El proceso de inculturación
permanece vivo también en las actuales comunidades eclesiales.
Para poder ponerlo en práctica en modo apropiado, es necesario
tener presente la naturaleza puramente gratuita del acto redentor
de Dios y su adecuada comprensión y acogida de parte del
hombre, en su plena responsabilidad y en su realidad, al
mismo tiempo
personal y comunitaria, reflejadas en su vida y en la cultura. Los
principios generales de la inculturación
se encuentran claramente expresados en el decreto conciliar
Ad gentes,[110] en la instrucción Varietates legitimae sobre
la liturgia romana y la inculturación,[111] y en otras numerosas
intervenciones del Magisterio sobre la materia.[112] El tema
de la inculturación ha sido tratado también en las diversas
Asambleas Especiales continentales y en las relativas Exhortaciones
Apostólicas postsinodales.[113] Sin
embargo, las dificultades no faltan cuando se trata de
llevar a la
práctica tales principios.
Los riesgos son principalmente dos: el de caer en un arcaísmo
o bien el de una búsqueda de la modernidad a toda costa. Es
necesario no olvidar jamás el fin de la misión de la Iglesia:
la evangelización de todos los hombres en el corazón de sus
culturas. La inculturación, por lo tanto, no es una simple
adaptación, sino el resultado vivo de un encuentro vivido entre
la cultura de un cierto ambiente y la cultura generada por
el Evangelio. Por este motivo, antes de decidir la incorporación
de ciertos elementos de una cultura a la liturgia, es oportuno
que el Evangelio sea anunciado y que sea realizado un gran
esfuerzo de educación en la fe, es decir, de catequesis y de
formación a todos los niveles, para hacer nacer una nueva cultura
evangelizada. Es entonces que las Conferencias Episcopales
y los otros organismos competentes deberán juzgar si la introducción
en la liturgia de elementos propios de las costumbres de los
pueblos, aún siendo parte viva de la respectiva cultura, pueden
enriquecer la acción litúrgica sin provocar desfavorables
repercusiones para la fe y la piedad de los fieles. 81.
De las respuestas a los Lineamenta se deduce que en
las diversas partes del
mundo occidental la
inculturación ordinariamente se refiere a grupos de inmigrantes
y a las parroquias étnicas, realizándose en estos casos no
pocos esfuerzos. En otras regiones geográficas la cuestión
está adquiriendo cada vez más prioridad pastoral. De
todos modos, sobre el tema de la inculturación litúrgica es necesario respetar las normas
de los documentos oficiales de la Iglesia, que ofrecen oportunos
criterios pastorales, teniendo siempre presente que es necesaria
una gran fidelidad al Espíritu Santo para «conservar inmutable
el depósito de la fe en medio de tanta variedad de ritos y
oraciones».[114] Precisamente por este motivo es necesario
mantener un gran equilibrio entre la tradición, que manifiesta
una fe inmutada en la Eucaristía, y la adaptación a las
nuevas condiciones. Algunas
respuestas aluden a ciertos problemas derivados de
tentativos de inculturación litúrgica
que, no obstante haber sido hechos en buena fe, pueden proyectar
sombras sobre la Eucaristía. A este respecto, se indica que
no siempre los elementos locales, como cantos, gestos, danzas,
vestidos, son adecuadamente sometidos a una purificación para
después incorporar a la celebración litúrgica sólo aquello
que conviene al culto eucarístico. No han faltado casos de
adaptaciones litúrgicas promovidas con buenas intenciones pero
sin un adecuado conocimiento de la cultura local, provocando
escándalo para los fieles. Ellos quedan perplejos al ver atribuidos
a la Eucaristía significados impropios, típicos de algunos
de sus ritos. De
otras respuestas a los Lineamenta, en cambio, emergen aspectos
positivos en
materia de inculturación,
sobre todo en el campo de la música sacra. De todos modos,
se recomienda que la inculturación se cumpla bajo la responsabilidad
del Ordinario diocesano, con la supervisión de la Conferencia
Episcopal y la recognitio de la Santa Sede. Al mismo tiempo
se pide la fidelidad en la aplicación de las normas comunes
en el campo de la inculturación y de las innovaciones, para
evitar que en el nombre de la inculturación se realicen
cambios inadecuados. Se
expresa también el deseo de conservar
el uso del latín, sobre todo en las celebraciones de carácter
internacional, para poner de manifiesto la unidad y la universalidad
de la Iglesia en relación al rito de la Iglesia madre de Roma.
En este sentido, sería deseable que los cristianos de todos
los países supieran rezar y cantar en latín algunos textos
fundamentales de la liturgia, como el Gloria, el Credo
y el Padre Nuestro. Eucaristía
y Paz 82.
Antes de distribuir la Santa Comunión, el obispo o el presbítero eleva su oración al Señor
Jesucristo resucitado, el cual ha dicho a sus discípulos «Os
dejo la paz, os doy mi paz» (Jn 14,27). El celebrante suplica
al Señor Jesús que conceda a la Iglesia la unidad y la paz
según su voluntad.[115] La
Eucaristía es el sacramento de
la paz, llevada a su cumplimiento como consecuencia de la reconciliación
con Dios y con el prójimo en el sacramento de la Penitencia.
Ella hace actual la gracia que el Señor resucitado ha expresado
con las palabras «La paz con vosotros» (Jn 20,19). El sacramento
de la Eucaristía, además, ofrece a los creyentes la gracia
para poner en práctica el espíritu de las Bienaventuranzas
y, en particular, la proclamación de Jesucristo: «Bienaventurados
los que buscan la paz» (Mt 5,9). Con el sacrificio de la cruz, Él
ha alcanzado la victoria sobre el pecado, sobre la muerte,
sobre toda división y odio. Resucitado, Él ofrece su paz a
los que están cerca y también a los que se encuentran lejos
(cf. Ef 2,17). La
paz de los corazones, de las familias, de las comunidades,
de la Iglesia,
es el don del Señor resucitado,
presente en el sacramento de la Eucaristía. Quien se acerca
a este sacramento debe poseer ya en sí mismo la paz de Dios,
que es obstaculizada por el pecado. Mientras el acto penitencial
al comienzo de la Santa Misa purifica de los pecados veniales,
para los pecados mortales es necesaria la absolución sacramental.
La Eucaristía refuerza en sí ese don de la paz y ofrece
a todos aquellos que la reciben la gracia de ser ellos
mismos constructores
de la paz en los lugares donde viven y desarrollan sus actividades. 83.
Los fieles deben descubrir nuevamente la Eucaristía como fuerza de reconciliación y de paz con Dios
y con los hermanos. En el mundo actual, en el cual no faltan
motivos de división y de diversificación, incluso legítima,
es oportuno que los cristianos, reunidos para la cena del Señor
descubran sus raíces comunes, que se encuentran en Él. En la
oración, en la meditación y en la adoración, ayudados por la
Palabra de Dios y por la homilía del celebrante, los fieles
serán fortalecidos en la propia fe, en la caridad y en la esperanza,
para poder empeñarse cada vez más y mejor en el exigente deber
de edificar un mundo más justo y pacífico. Ellos respetarán
las diversas opciones políticas y sociales, siempre que no
estén en contradicción con las normas fundamentales del
Evangelio, que han inspirado la Doctrina Social de la Iglesia. No
siempre, sin embargo, es percibida esta dimensión de la Eucaristía, y consiguientemente resultan
motivo de contradicción y de escándalo las actitudes prolongadas
de conflicto entre las personas y las comunidades. Pacificada
en sus fieles, la Iglesia celebra y adora la Eucaristía como
sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad.[116] 84.
Confiando en la inagotable fuente de gracia, que es la
Eucaristía, la Iglesia promueve la causa
de la paz en un mundo turbado por conflictos, violencias, terrorismo,
guerras, que hieren la dignidad de los hombres y de los pueblos
y obstaculizan todo tipo de desarrollo. La Iglesia Católica
no se cansa de proclamar el Evangelio de la paz (cf. Ef 6,15)
y de promover diversas iniciativas, con la finalidad de hacer
cesar todas las guerras y de alentar a través del diálogo y
la colaboración la construcción de la paz en el mundo. La
Eucaristía, memorial del sacrificio
de Jesucristo que es «nuestra paz: el que de los dos pueblos
hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef
2,14), guía a la Iglesia en esta urgente y difícil misión,
abriéndola a la colaboración con los hombres de buena voluntad.
La Eucaristía, sacramento de los reconciliados con Dios y con
los hermanos (cf. Col 1,22), estimula además el ejercicio del «ministerio
de la reconciliación» (2 Co 5,18). Sabiendo, a través de la
Palabra de Dios, que todos han pecado (cf. Rm 3,23) y que,
por lo tanto, todos tienen necesidad del perdón, la Iglesia
propone a los hombres salir del círculo vicioso de la violencia
y del odio encontrando la fuerza para pedir perdón y para perdonar. En
nombre de la Iglesia, el Santo Padre y la Santa Sede se
hacen presentes
activamente en los
foros internacionales, sosteniendo con coraje la causa
de la paz, promoviendo el diálogo y la colaboración en el respeto
del derecho internacional y, además, preocupándose por la reducción
de los armamentos y por la proscripción de las armas de destrucción
de masas. En esta obra de oración, de persuasión y de educación,
tienen un importante lugar los mensajes del Papa en ocasión
de la Jornada Mundial de la paz. Consciente
que la verdadera paz puede solamente venir de lo alto (cf.
St
1,17; Lc 2,14), la Iglesia
continúa implorando ese grande don y actuando para que la paz
pueda difundirse lo más posible sobre esta tierra, antes de
brillar plenamente en la eternidad, donde el Dios de la vida
asegura la paz, la bendición, la luz y la alegría a los
que trabajan por la paz (cf. Mt 5,9). Eucaristía
y unidad 85.
En la plegaria eucarística, la
Iglesia pide a Dios omnipotente el don de la unidad. Dicho
don se relaciona con la naturaleza misma de la Iglesia, según
la voluntad de Jesucristo que, precisamente, se define en sus
atributos esenciales como una, santa, católica y apostólica. El
Señor Jesús, antes de aceptar
el sacrificio de la cruz, ha rezado por la unidad de sus discípulos: «Padre
santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean
uno como nosotros» (Jn 17,11). En esta «oración sacerdotal» están
presentes los cristianos de todos los tiempos. En efecto, Jesucristo
ha orado tanto por la unidad de los apóstoles, como por la
unidad de aquellos que por la palabra de ellos habrían creído
en Él (cf. Jn 17,20). La unidad de los discípulos del Señor
Jesucristo nace de la misma naturaleza de la Iglesia. La unidad
es, además, uno de los motivos de su credibilidad: «Como tú,
Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). Lamentablemente,
los pecados contra la unidad han acompañado la vida terrestre de la Iglesia. Además
del hijo de la perdición (cf. Jn 17,12), la comunidad primitiva
ha debido confrontarse con falsos profetas (cf. 1 Jn 4,4) y
con aquellos que salieron de la comunidad porque, en realidad,
no le pertenecían sinceramente (cf. 1 Jn 2,19). San Pablo ha
debido alertar contra Alos que suscitan divisiones y escándalos
contra la doctrina» (Rm 16,17). Él mismo ha debido intervenir
claramente en la comunidad de Corinto, para sanear en ella
las divisiones (cf. 1 Co 1,12), provocadas por gente materialista,
que no tenían el Espíritu (cf. Judas 19). Desgraciadamente,
también en la Iglesia
actual no falta el escándalo de las divisiones a diversos niveles.
La Eucaristía debería representar para todos un fuerte llamado
a custodiar la unidad dentro de las familias, de las comunidades
parroquiales, de los movimientos eclesiales, de las Ordenes
religiosas, de las Diócesis. La Eucaristía, además, ofrece
la gracia para restablecer la unidad de los cristianos, miembros
de cuerpo de Cristo: «Porque aun siendo muchos, un solo pan
y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo
pan» (1 Co 10,17). La «oración sacerdotal» de Jesucristo
se extiende a todos aquellos que creen en Él (cf. Jn 17,20).
Lamentablemente, a través de la historia, el cristianismo ha
conocido dolorosas divisiones en varias iglesias y comunidades
eclesiales. Ante ese pecado, que es fuente de escándalo para
el mundo, es necesario rezar y actuar para que sea reconstituida
la única túnica sin costuras de Jesús (cf. Jn 19, 23-24) y
sea mantenida íntegra la red de los pescadores de hombres (Cf.
Mt 4,19; Jn 21,11) . Se trata de la obra de Dios, a cuya realización
están llamados todos los cristianos, según la propia vocación
y responsabilidad. Todos, sin embargo, tienen el deber de rezar
para que se cumpla la palabra de Jesucristo: «Tengo otras ovejas
que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir
y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn
10,16). A esta Palabra del Señor se une la oración de toda
la Iglesia, que por boca de su Pastor Universal eleva la súplica: «Señor,
acuérdate de lo que prometiste. (Haz que seamos un solo pastor
y un solo rebaño! (No permitas que se rompa tu red y ayúdanos
a ser servidores de la unidad!».[117] Eucaristía
y ecumenismo 86.
El ecumenismo es ciertamente un don del Espíritu Santo y un camino inevitable para la Iglesia.
Después del Concilio Ecuménico Vaticano II y del decreto sobre
el ecumenismo Unitatis redintegratio, ha sido hecho un largo
y fructuoso camino en las relaciones con las Iglesias y comunidades
eclesiales, fomentando los vínculos de unidad que, en varios
niveles, ya existen, buscando la plena unión, en vista de la
común celebración de la Eucaristía. En esta urgente e irrenunciable
obra, existen particulares relaciones con aquellas Iglesias
Orientales a las cuales, aún en ausencia de una plena comunión,
la Iglesia católica reconoce la validez del sacramento de la
Eucaristía. Por lo tanto, si se dan ciertas condiciones, es
permitida la comunión de los católicos en las mencionadas Iglesias,
así como también los miembros de esas mismas iglesias son acogidos
al Altar del Señor en la Iglesia Católica, cuando ellos carecen
de un sacerdote válidamente ordenado. Se
han desarrollado además favorablemente
las relaciones con las comunidades eclesiales nacidas de la
Reforma. A este respecto, la experiencia de un delicado y prometedor
camino está marcada, en buena parte, por la relación con el
sacramento de la Eucaristía, como oportunamente es indicado
en la normativa canónica[118] y en el Directorio sobre el Ecumenismo.[119] En
las respuestas a los Lineamenta se subraya que la liturgia
debe ser respetada
como manifestación
cultual de la Iglesia y no debe confundirse con una iniciativa
social cualquiera. El Papa Juan Pablo II, en la misma línea
del Concilio Vaticano II, declaró lo siguiente en su primer
encíclica: «Y aunque es verdad que la Eucaristía fue siempre
y debe ser ahora la más profunda revelación y celebración de
la fraternidad humana de los discípulos y confesores de Cristo,
no puede ser tratada sólo como una "ocasión" para manifestar
esta fraternidad. Al celebrar el sacramento del Cuerpo y de
la Sangre del Señor, es necesario respetar la plena dimensión
del misterio divino».[120] A la luz de esta enseñanza se comprende
la afirmación que la Eucaristía presupone la comunión eclesial.[121]
Ahora bien, decir que la Eucaristía es el signo de la unidad
de la Iglesia, su Cuerpo, no se refiere a la naturaleza
del sacramento, sino a su efecto propio.[122] Los
encuentros ecuménicos son una
ocasión privilegiada para dar a conocer mejor la doctrina de
la Iglesia sobre la Eucaristía y la unidad de los cristianos.
Aun aceptando con dolor las divisiones, que impiden la común
participación en la mesa del Señor, la Iglesia no deja de promover
la oración para que retornen los días de la plena unidad de
los creyentes en Cristo.[123] Sin embargo, en algunas respuestas
a los Lineamenta se alude al hecho que en esos encuentros algunas
veces falta claridad en la exposición de la doctrina sobre
la Eucaristía de parte de los católicos. Además, mientras en
ciertos casos se excluye deliberadamente este sacramento durante
las respectivas celebraciones, en otras circunstancias se lo
incluye y todos son invitados, sin alguna distinción, a recibir
la Comunión. Crean preocupación también ciertos problemas surgidos
en lugares donde algunas comunidades eclesiales nacidas de
la Reforma realizan proselitismo entre los inmigrantes, especialmente
en ambientes de lengua española, invitando al propio servicio
religioso, que a menudo es llamado «Misa». De
todos modos, es muy positivo el espíritu con el cual muchos pastores, en adhesión a la doctrina
de la Iglesia sobre esta materia, se esfuerzan con solicitud
y caridad por contribuir a la deseada unidad eclesial, sin
olvidar que la Eucaristía representa la meta última del empeño
ecuménico, orientado a la búsqueda de la unidad en la fe. En
cuanto a la meta de la unidad, resulta bien claro que la celebración
no puede ser un instrumento de unificación. Hasta que no sea
alcanzada la unidad en la fe tal unificación no puede ser anticipada.
Solo a la luz de la unidad, que la Eucaristía presupone y confirma,
se puede comprender el sentido de la «intercomunión». Eucaristía e intercomunión 87.
La división entre los cristianos
es motivo de gran sufrimiento. Trabajar por restablecer la
comunión con los hermanos separados, que no tienen la misma
comprensión de fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía,
es una urgencia imprescindible. Sobre este punto, existen normas
canónicas precisas, además de una clara enseñanza del Magisterio
de la Iglesia, que estimula a continuar en la búsqueda de la
unidad, manifestando siempre explícitamente los motivos que
impiden la plena comunión y regulando la comunión in sacris.[124]
Muchos católicos conocen y aprecian esta disciplina, porque
ven en ella un camino seguro que lleva a orar por los hermanos
separados mientras se espera alcanzar la unidad. Sin
embargo, como señalan algunas
respuestas a los Lineamenta, se dan casos de malentendido igualitarismo,
que han conducido a algunos errores. En efecto, muchos pretenden
comulgar in sacris sin una comunión más alta a nivel doctrinal
y eclesial. Esta actitud sorprende, en cuanto sería errado
no pertenecer a la comunidad eclesial y querer recibir la comunión
eucarística, que es signo de pertenencia a la Iglesia; no aceptar
a los Pastores y la doctrina y querer tomar parte en los sacramentos
por ellos celebrados. Este modo de pensar deriva tal vez de
una falta de claridad acerca de la diferencia que hay entre
la unidad de la Iglesia y la unidad del género humano: la primera
es signo e instrumento de la segunda, que todavía debe
ser alcanzada. Además, en las respuestas se observa
que en algunos casos el que preside la celebración Eucarística
en una iglesia católica, cuando participan personas no católicas,
a veces las invita a acercarse al altar para recibir una bendición
y no la Comunión. Éste es un gesto análogo a la distribución
del antidoron en el rito bizantino. En estas ocasiones la doctrina
católica sobre la Comunión debe ser presentada sin compromisos
y observada. Además, en varias Naciones los encuentros ecuménicos
se desarrollan en el contexto de las celebraciones de la Palabra,
evitando malentendidos acerca del sacramento de la Eucaristía.
De todos modos, si los no católicos o los no cristianos debieran
participar en la Santa Misa, sería muy útil ofrecerles un pequeño
libro con las explicaciones esenciales de la celebración,
para que pudieran seguir el desarrollo de la misma. Finalmente,
muchas respuestas a los Lineamenta expresan la firme
convicción que una fiel observancia
de las orientaciones de la Iglesia en materia de intercomunión
eucarística es una verdadera demostración de amor a Jesucristo
en el Santísimo Sacramento y a los hermanos de otras confesiones
cristianas, además de un auténtico testimonio de la verdad.[125]
Mientras parece bastante amplio el consenso sobre el hecho
que la unidad en la profesión de la fe precede a la comunión
en la celebración eucarística, todavía queda por aclarar el
modo en el cual debería ser presentado el misterio Eucarístico
en el contexto del diálogo ecuménico, para evitar dos riesgos
opuestos: el prejuicio de la estrechez de miras y el relativismo.
Encontrar la justa medida es condición esencial para mantener
una sana apertura y al mismo tiempo preservar la verdad y la
propia identidad católica. Ite missa est 88.
Las palabras con las cuales termina la celebración de la Eucaristía, Ite missa est, recuerdan el
mandato misionero del Señor resucitado a los discípulos antes
de su Ascensión al cielo: «Id, pues, y haced discípulos a todas
la gentes» (Mt 28,19). En efecto, la conclusión de cada Santa
Misa se relaciona inmediatamente con el envío a la misión.
En ésta están comprometidos todos los bautizados, cada uno
según su propia vocación dentro del Pueblo de Dios: los obispos,
los sacerdotes, los diáconos, los miembros de la vida consagrada
y de los movimientos eclesiales, los laicos. Para cumplir esta
misión es fundamental el testimonio, primer deber de cada cristiano
enviado al mundo. Efectivamente, Ano se da testimonio sin testigos,
como no existe misión sin misioneros»[126] Esta característica
de la actividad misionera nace de las mismas palabras de Jesús: «En
esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis
amor los unos a los otros» (Jn 13,35). La misión exige un gran
empeño de las capacidades humanas. Por ello, ¿de dónde tomar
la fuerza necesaria si no de la Eucaristía, inagotable manantial
de la misión, verdadera fuente de la comunión y la solidaridad,
de la reconciliación y la paz? El
objetivo último de la obra de
la evangelización es el encuentro personal de cada ser humano
con Jesucristo, vivo y presente en el Sacramento de su Cuerpo
y de su Sangre, que la Iglesia ofrece como Pan para la vida
del mundo. También esta finalidad eucarística de la misión
tiene su fundamento en las enseñanzas de Jesucristo, que invita
a su mesa a todos los hombres de buena voluntad, sin distinciones
ni prejuicios (cf. Mt 22,1-13; Lc 14,16-24) y ofrece su sacrificio
por la salvación de todos (cf. Mt 26,26-29; Lc 22,15-20; Mc
14,22-25; 1 Co 11, 23-25). La Eucaristía, por lo tanto, es
la cumbre a la cual tiende naturalmente toda la actividad misionera
de la Iglesia, también aquella específicamente ad gentes. En
efecto, ¿qué sentido podría tener anunciar el Evangelio si
no llevar a cada uno a la comunión con Cristo y con los hermanos,
de la cual la Santa Misa, anticipación del Banquete eterno,
es la expresión litúrgico-sacramental más alta? La
Eucaristía es, consiguientemente,
el corazón pulsante de la misión, es su auténtica fuente y
su único fin. El legítimo pedido, que viene de muchas respuestas
a los Lineamenta, de promover con renovado espíritu el impulso
misionero, connatural a la celebración eucarística, nace de
una mirada apostólica y celante hacia el mundo al comienzo
del tercer milenio, necesitado más que nunca, de paz, de amor
y de comunión fraterna, que solamente Jesucristo puede ofrecer. 89.
Por lo tanto, los cristianos deben afirmar la dimensión misionera de la Eucaristía. Para
ellos es espontáneo anunciar a los hombres y al mundo las maravillas
de Dios encarnado y presente bajo las especies del pan y del
vino, que a través de la comunión entra en sus vidas para transformarlas.
Esto vale para los cristianos que viven en un mundo secularizado,
donde la mayoría de los que se encuentran alejados de la fe
realizan un continuo esfuerzo espiritual para encontrar a Dios,
el cual de todos modos permanece siempre cerca de ellos. Este
celo pastoral acompaña a los misioneros que, llevados por
el amor a Dios, proponen el primer anuncio de la Buena
Noticia
a las personas que hasta ahora no conocen el Evangelio
de Jesucristo, o no lo conocen en modo adecuado y profundo. El
diálogo y el respeto debido a
los valores presentes en las realidades que encuentran no pueden
impedir a los cristianos hacer la propuesta misionera a los
hombres de buena voluntad en obediencia al mandamiento del
Señor: «Id por el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la
creación» (Mc 16,15). Se
trata de una tarea, al mismo tiempo excitante y difícil, que requiere la dedicación plena, incluso
hasta el martirio. En esta obra esencial para la Iglesia, los
discípulos del Señor encuentran sostén en la Eucaristía, cuya
celebración en todos los lugares del mundo confirma la promesa:
AY he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo» (Mt 28,20). CONCLUSIÓN 90.
Con la celebración de la XI Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos se concluye el
Año de la Eucaristía, durante el cual toda la Iglesia ha sido
llamada a dirigir su mirada al gran Misterio, que esconde la
razón más profunda de su ser y de su vida. En efecto, «la Iglesia
vive de la Eucaristía»,[127] en ella «se compendia todo el
misterio de nuestra salvación».[128] «Gracias a la Eucaristía,
la Iglesia renace siempre de nuevo.»[129] No podía, por lo
tanto, concluirse el año eucarístico sin un encuentro colegial
del Sucesor de Pedro con los Obispos, de la Cabeza con los
miembros del Orden Episcopal, para celebrar el gran don de
la Eucaristía, para nutrirse del Pan de Vida, para adorar la
presencia del Señor en el Santísimo Sacramento y para reflexionar
sobre el valioso tesoro que Cristo ha confiado a su Iglesia.
Así, será posible llevar adelante la misión de la evangelización
con renovado fervor apostólico y con orientaciones pastorales
concretas y adaptadas a las esperanzas de la comunidad cristiana
y a los anhelos más profundos del hombre contemporáneo. En
la Carta Apostólica Mane nobiscum
Domine el Papa exhortaba a los Pastores a empeñarse para que
la Eucaristía sea celebrada con mayor vitalidad y fervor, pero
sobre todo con «una mayor interioridad».[130] El amor al culto
eucarístico pasa a través de un redescubrimiento de la belleza
de la celebración del sacrificio eucarístico en la oración
de adoración y de acción de gracias. Pero la devota acogida
del Sacramento se abre a la esperanza hacia las realidades
prometidas, más allá de los horizontes limitados de la cotidianidad,
fuertemente reducidos por una cultura sumergida en el materialismo
y en el consumismo. Así, la Eucaristía es una fuerza de transformación
de las culturas porque ella es epifanía de comunión, lugar
de encuentro del Pueblo de Dios con Jesucristo, muerto y resucitado,
fuente de vida y de esperanza. La Eucaristía es germen de un
mundo nuevo y verdadera escuela de diálogo, de reconciliación,
de amor, de solidaridad y de paz. 91.
Las sombras en la celebración
de la Eucaristía, a las cuales se ha querido hacer referencia
para presentar realísticamente los datos provenientes de las
respuestas a los Lineamenta, desaparecerán en la medida en
que la discusión sinodal, y por lo tanto eclesial, descubra
una vez más la belleza y la grandeza del don del Misterio eucarístico,
sin dejar de prestar atención a la finalidad principal del
Sínodo: profundizar a través de la experiencia de la colegialidad
episcopal cuáles son los caminos que el Espíritu Santo suscita
en la Iglesia hoy para que la Eucaristía sea verdaderamente
fuente y cumbre de su vida y de su misión, es decir, de la
nueva evangelización, de la cual el mundo tiene urgente necesidad. En
efecto, toda la vida de la Iglesia encuentra en el Misterio
eucarístico ―sacrificio, memorial,
banquete―su fuente inagotable de gracia para celebrar
la re-presentación sacramental de la pasión, muerte y resurrección
de Cristo, para vivir la experiencia del encuentro personal
con el Señor, para construir la comunión eclesial sobre el
sólido fundamento del amor y para pregustar la gloria futura
de las bodas del Cordero. En la vida de la Iglesia todo culmina
en el Misterio eucarístico, meta final de todas las actividades:
de la catequesis a la recepción de los otros sacramentos, de
la devoción popular a la celebración de la divina liturgia,
de la meditación de la Palabra de Dios a la oración personal
y comunitaria. La Eucaristía es el corazón de la comunión eclesial. Si
la Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, un
signo y un
instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano,[131]
entonces, la Eucaristía, presencia viva del Señor, se transforma,
también ella, en la fuente de la misión universal de la Iglesia.
De ella reciben la gracia los obispos, los sacerdotes y los
diáconos para anunciar con solicitud pastoral el Evangelio
en el mundo de hoy; de ella toman coraje los misioneros para
llevar el gozoso anuncio del Reino hasta los confines de la
tierra; de ella obtienen fuerza los miembros de la vida consagrada
para vivir el ideal de la vida cristiana en pobreza, obediencia
y castidad; de ella reciben luz y vigor los laicos para transformar
las realidades temporales según el mandamiento nuevo del amor
a Dios y al prójimo; de ella surge la audacia de muchos cristianos
perseguidos para ser testigos de Cristo en el mundo. La misión
de evangelización de la Iglesia tiene como último objetivo
que todos los hombres se encuentren ya aquí en esta tierra
con Cristo, presente en el Misterio eucarístico, en vista del
encuentro definitivo en el convivio eterno. Por lo tanto, la
Eucaristía es también el punto culminante de cada proyecto
pastoral, de cada actividad misionera, y es el núcleo de la
evangelización y de la promoción humana. En efecto, aquellos
que comulgan con el Pan de la vida y anuncian ese misterio
al mundo, deben también defender la vida en todas sus manifestaciones,
preocupándose además por el respeto debido a la creación. Los
fieles que se nutren del Pan bajado del cielo sienten la obligación
de contribuir a construir un mundo más justo en el cual se
cumpla la voluntad de Dios y a cada persona sea asegurado «el
pan nuestro cotidiano». Durante
sus reflexiones los Padres sinodales contarán con la oración de toda la Iglesia, pero
además contarán con la intercesión de los santos, cualificados
interpretes de la verdadera piedad y teología eucarística,
que nos alientan y nos sostienen en nuestro peregrinaje
entre los gozos y los dolores del mundo presente. Entre
los santos resplandece la Madre de Dios, que, desde
que ha dado su carne
inmaculada al Hijo
de Dios ―Ave verum corpus, natum de Maria Virgine―ha
sellado para siempre un vínculo exclusivo con el Misterio eucarístico.
En María, la mujer eucarística por excelencia, la Iglesia contempla
no solo su modelo más perfecto, sino también la realización
anticipada del «cielo nuevo» y de la «tierra nueva», que toda
la creación espera con ferviente anhelo. Invocando con confianza
y devoción su protección, la Iglesia encontrará nueva fuerza
para que la Eucaristía sea la fuente y la cumbre de toda su
vida y de su misión, para la gloria de Dios y para la salvación
de los hombres y del mundo.[132]
Fuente : www.vatican.va

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