694 El
agua. El simbolismo del agua es significativo de
la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después
de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte
en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del
mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento
se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente
que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el
Espíritu Santo. Pero "bautizados en un solo Espíritu",
también "hemos bebido de un solo Espíritu"(1 Co 12, 13):
el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva
que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5,
8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida
eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za
14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).
695 La
unción. El simbolismo de la unción con el óleo
es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto
de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20.
27; 2 Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el signo
sacramental de la Confirmación, llamada justamente en las
Iglesias de Oriente "Crismación". Pero para captar toda
la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción primera
realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías" en
hebreo] significa "Ungido" del Espíritu de Dios. En la
Antigua Alianza hubo "ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32),
de forma eminente el rey David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús
es el Ungido de Dios de una manera única: La humanidad
que el Hijo asume está totalmente "ungida por el Espíritu
Santo". Jesús es constituido "Cristo" por el Espíritu Santo
(cf. Lc 4, 18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a
Cristo del Espíritu Santo quien por medio del ángel lo
anuncia como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2,11) e impulsa
a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor(cf. Lc
2, 26-27); es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1)
y cuyo poder emana de Cristo en sus curaciones y en sus
acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8, 46). Es él en fin
quien resucita a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1,
4; 8, 11). Por tanto, constituido plenamente "Cristo" en
su Humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús
distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que "los
santos" constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo
de Dios, "ese Hombre perfecto ... que realiza la plenitud
de Cristo" (Ef 4, 13): "el Cristo total" según la expresión
de San Agustín.
696 El
fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento
y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el
fuego simboliza la energía transformadora de los actos
del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió como el
fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" (Si 48, 1),
con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio
del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego
del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que
precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías" (Lc
1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará en el Espíritu
Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He
venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía
que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49). Bajo la forma
de lenguas "como de fuego", como el Espíritu Santo se posó sobre
los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él
(Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo
del fuego como uno de los más expresivos de la acción del
Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor
viva). "No extingáis el Espíritu"(1 Te 5, 19).
697 La
nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables
en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías
del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras
luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un
velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en
la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de
Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto
(cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación
del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras
son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien
desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para
que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña
de la Transfiguración es El quien "vino en una nube y cubrió con
su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago
y Juan, y "se oyó una voz desde la nube que decía: Este
es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-35). Es,
finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los
ojos" de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1,
9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria
el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).
698 El
sello es un símbolo cercano al de la unción. En
efecto, es Cristo a quien "Dios ha marcado con su sello" (Jn
6, 27) y el Padre nos marca también en él con su sello
(2 Co 1, 22; Ef 1, 13; 4, 30). Como la imagen del sello
["sphragis"] indica el carácter indeleble de la Unción
del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de
la Confirmación y del Orden, esta imagen se ha utilizado
en ciertas tradiciones teológicas para expresar el "carácter" imborrable
impreso por estos tres sacramentos, los cuales no pueden
ser reiterados.
699 La
mano. Imponiendo las manos Jesús cura a los enfermos(cf.
Mc 6, 5; 8, 23) y bendice a los niños (cf. Mc 10, 16).En
su Nombre, los Apóstoles harán lo mismo (cf. Mc 16, 18;
Hch 5, 12; 14, 3). Más aún, mediante la imposición de manos
de los Apóstoles el Espíritu Santo nos es dado (cf. Hch
8, 17-19; 13, 3; 19, 6). En la carta a los Hebreos, la
imposición de las manos figura en el número de los "artículos
fundamentales" de su enseñanza (cf. Hb 6, 2). Este signo
de la efusión todopoderosa del Espíritu Santo, la Iglesia
lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales.
700 El
dedo. "Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los
demonios" (Lc 11, 20). Si la Ley de Dios ha sido escrita
en tablas de piedra "por el dedo de Dios" (Ex 31, 18),
la "carta de Cristo" entregada a los Apóstoles "está escrita
no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en
tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón" (2
Co 3, 3). El himno "Veni Creator" invoca al Espíritu Santo
como "digitus paternae dexterae" ("dedo de la diestra del
Padre").
701 La
paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo se
refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve
con una rama tierna de olivo en el pico, signo de que la
tierra es habitable de nuevo(cf. Gn 8, 8-12). Cuando Cristo
sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma
de paloma, baja y se posa sobre él (cf. Mt 3, 16 par.).
El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado
de los bautizados. En algunos templos, la santa Reserva
eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma
de paloma (el columbarium), suspendido por encima del altar.
El símbolo de la paloma para sugerir al Espíritu Santo
es tradicional en la iconografía cristiana.
III
El Espíritu y la Palabra de Dios en el tiempo de las promesas
702 Desde
el comienzo y hasta "la plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4),
la Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre permanece
oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba entonces
el tiempo del Mesías, y ambos, sin estar todavía plenamente
revelados, ya han sido prometidos a fin de ser esperados y
aceptados cuando se manifiesten. Por eso, cuando la Iglesia
lee el Antiguo Testamento (cf. 2 Co 3, 14), investiga en él
(cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu, "que habló por los profetas",
quiere decirnos acerca de Cristo.
Por "profetas",
la fe de la Iglesia entiende aquí a todos los que fueron inspirados
por el Espíritu Santo en el vivo anuncio y en la redacción
de los Libros Santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
La tradición judía distingue la Ley [los cinco primeros libros
o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los libros
históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales,
en particular los Salmos, cf. Lc 24, 44].
En la
Creación
703 La Palabra
de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida
de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7;
Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):
Es justo
que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación
porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo ... A El se
le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la
creación en el Padre por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario
de maitines, domingos del segundo modo).
704 "En cuanto
al hombre, es con sus propias manos [es decir, el Hijo y el
Espíritu Santo] como Dios lo hizo ... y él dibujó sobre la
carne moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que
fuese visible llevase la forma divina" (San Ireneo, dem. 11).
El Espíritu
de la promesa
705 Desfigurado
por el pecado y por la muerte, el hombre continua siendo "a
imagen de Dios", a imagen del Hijo, pero "privado de la Gloria
de Dios" (Rm 3, 23), privado de la "semejanza". La Promesa
hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final
de la cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf. Jn 1, 14;
Flp 2, 7) y la restaurará en "la semejanza" con el Padre volviéndole
a dar la Gloria, el Espíritu "que da la Vida".
706 Contra
toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia,
como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf. Gn
18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En
ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf.
Gn 12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en
quien la efusión del Espíritu Santo formará "la unidad de los
hijos de Dios dispersos" (cf. Jn 11, 52). Comprometiéndose
con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su
Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16) y al don del "Espíritu
Santo de la Promesa, que es prenda ... para redención del Pueblo
de su posesión" (Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).
En las
Teofanías y en la Ley
707 Las Teofanías
[manifestaciones de Dios] iluminan el camino de la Promesa,
desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta las visiones
que inauguran la misión de los grandes profetas. La tradición
cristiana siempre ha reconocido que, en estas Teofanías, el
Verbo de Dios se dejaba ver y oír, a la vez revelado y "cubierto" por
la nube del Espíritu Santo.
708 Esta
pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley
(cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada como un "pedagogo" para
conducir al Pueblo hacia Cristo (Ga 3, 24). Pero su impotencia
para salvar al hombre privado de la "semejanza" divina y el
conocimiento creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20)
suscitan el deseo del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos
lo atestiguan.
En el
Reino y en el Exilio
709 La Ley,
signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido regir el
corazón y las instituciones del Pueblo salido de la fe de Abraham. "Si
de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, ... seréis
para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex 19,5-6;
cf. 1 P 2, 9). Pero, después de David, Israel sucumbe a la
tentación de convertirse en un reino como las demás naciones.
Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha a David (cf.
2 S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del Espíritu Santo; pertenecerá a
los pobres según el Espíritu.
710 El olvido
de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a la muerte:
el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad
fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración
prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo
de Dios sufriese esta purificación (cf. Lc 24, 26); el Exilio
lleva ya la sombra de la Cruz en el Designio de Dios, y el
Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de la figuras
más transparentes de la Iglesia.
La espera
del Mesías y de su Espíritu
711 "He aquí que
yo lo renuevo"(Is 43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar,
una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de
un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto,
el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza
la "consolación de Israel" y "la redención de Jerusalén" (cf.
Lc 2, 25. 38).
Ya se ha
dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren.
A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo
la relación del Mesías y de su Espíritu.
712 Los rasgos
del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro
del Emmanuel (cf. Is 6, 12) ("cuando Isaías tuvo la visión
de la Gloria" de Cristo: Jn 12, 41), en particular en Is 11,
1-2:
Saldrá un
vástago del tronco de Jesé,
y un retoño
de sus raíces brotará.
Reposará sobre él
el Espíritu del Señor:
espíritu
de sabiduría e inteligencia,
espíritu
de consejo y de fortaleza,
espíritu
de ciencia y temor del Señor.
713 Los rasgos
del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf.
Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6;
cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12).
Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican
así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud:
no desde fuera, sino desposándose con nuestra "condición de
esclavos" (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede
comunicarnos su propio Espíritu de vida.
714 Por eso
Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo
este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):
El Espíritu
del Señor está sobre mí,
porque me
ha ungido.
Me ha enviado
a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar
la liberación a los cautivos
y la vista
a los ciegos,
para dar
la libertad a los oprimidos
y proclamar
un año de gracia del Señor.
715 Los textos
proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu
Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo
en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del "amor y de
la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31,
31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro
la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21). Según estas promesas,
en los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor renovará el
corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y
reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la
primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en
la paz.
716 El Pueblo
de los "pobres" (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13;
61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados
a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia,
no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente,
la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante
el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo.
Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado
por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres,
el Espíritu prepara para el Señor "un pueblo bien dispuesto" (cf.
Lc 1, 17).
IV
El Espíritu de Cristo en la plenitud de los tiempos
Juan,
Precursor, Profeta y Bautista
717 "Hubo
un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6).
Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre" (Lc
1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa
de concebir del Espíritu Santo. La "visitación" de María a
Isabel se convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" (Lc
1, 68).
718 Juan
es "Elías que debe venir" (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu
lo habita y le hace correr delante [como "precursor"] del Señor
que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina
la obra de "preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc
1, 17).
719 Juan
es "más que un profeta" (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo
consuma el "hablar por los profetas". Juan termina el ciclo
de los profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia
la inminencia de la consolación de Israel, es la "voz" del
Consolador que llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el
Espíritu de Verdad, "vino como testigo para dar testimonio
de la luz" (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan,
el Espíritu colma así las "indagaciones de los profetas" y
la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): "Aquél sobre quien
veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que
bautiza con el Espíritu Santo ... Y yo lo he visto y doy testimonio
de que este es el Hijo de Dios ... He ahí el Cordero de Dios" (Jn
1, 33-36).
720 En fin,
con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo,
lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la "semejanza" divina.
El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua
y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).
“Alégrate,
llena de gracia”
721 María,
la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra
de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de
los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y
porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada
en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.
Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición
de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación
a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada
en la Liturgia como el trono de la "Sabiduría".
En ella comienzan
a manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va
a realizar en Cristo y en la Iglesia:
722 El Espíritu
Santo preparó a María con su gracia . Convenía que fuese "llena
de gracia" la madre de Aquél en quien "reside toda la Plenitud
de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida
sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las
criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente.
Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de
Sión": "Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva
en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo
de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que
ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf.
Lc 1, 46-55).
723 En María
el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre.
La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu
Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio
del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21;
Ga 4, 26-28).
724 En María,
el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de
la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva:
llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad
de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19)
y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).
725 En fin,
por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión
con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios" (cf.
Lc 2, 14), y los humildes son siempre los primeros en recibirle:
los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y
los primeros discípulos.
726 Al término
de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la "Mujer",
nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total" (cf.
Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce,
que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch
1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu
va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación
de la Iglesia.
Cristo
Jesús
727 Toda
la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los
tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde
su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo
capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz de esto.
Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu
Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la
promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado
por el Señor glorificado.
728 Jesús
no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no
ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo,
lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre,
cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo
(cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf.
Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los
que participan en la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7,
37-39). A sus discípulos les habla de él abiertamente a propósito
de la oración (cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán
que dar (cf. Mt 10, 19-20).
729 Solamente
cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús
promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su
Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los
Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El
Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre
en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre
en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él
ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo
conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con
nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que
Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a
la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo
lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.
730 Por fin
llega la Hora de Jesús (cf. Jn 13, 1; 17, 1): Jesús entrega
su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46; Jn 19, 30)
en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte,
de modo que, "resucitado de los muertos por la Gloria del Padre" (Rm
6, 4), enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo
sobre ellos su aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora,
la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión
de la Iglesia: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn
20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48; Hch 1, 8).
V
El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos
Pentecostés
731 El día
de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales),
la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu
Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina:
desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama
profusamente el Espíritu.
732 En este
día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día
el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que
creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan
ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida,
que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos
tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero
todavía no consumado:
Hemos visto
la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos
encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible
porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de
Vísperas de Pentecostés; empleado también en las liturgias
eucarísticas después de la comunión)
El Espíritu
Santo, El Don de Dios
733 "Dios
es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene
todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5,
5).
734 Puesto
que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado,
el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros
pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es
la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza
divina perdida por el pecado.
735 El nos
da entonces las "arras" o las "primicias" de nuestra herencia
(cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la Santísima Trinidad
que es amar "como él nos ha amado" (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este
amor (la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida nueva
en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza,
la del Espíritu Santo" (Hch 1, 8).
736 Gracias
a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar
fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que
demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz,
paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga
5, 22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos
a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más "obramos también
según el Espíritu" (Ga 5, 25):
Por la comunión
con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece
en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción
filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar
en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de
tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).
El Espíritu
Santo y la Iglesia
737 La misión
de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo
de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta
asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con
el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a
los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia
Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su
palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección.
Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía
para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios,
para que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).
738 Así,
la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu
Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos
sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio,
para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la
Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):
Todos nosotros
que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu
Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios ya que por
mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo
haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de
nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo
a la unidad a aquellos que son distintos entre sí ... y hace
que todos aparezcan como una sola cosa en él .
Y de la misma
manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que
todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo
cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de
Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a
todos a la unidad espiritual (San Cirilo de Alejandría, Jo
12).
739 Puesto
que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza
del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos,
sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos,
enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre
y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos
de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador,
a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la segunda
parte del Catecismo).
740 Estas "maravillas
de Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la
Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según
el Espíritu (esto será el objeto de la tercera parte del Catecismo).
741 "El Espíritu
viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos
pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice
de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el
objeto de la cuarta parte del Catecismo).