Catequesis
de Juan Pablo II sobre la Resurrección
de Cristo
La
Resurrección como hecho histórico que
afirma la fe
SS Juan Pablo II, 25 de enero, 1989
1. En esta catequesis afrontamos la
verdad culminante de nuestra fe en Cristo, documentada
por el Nuevo Testamento,
creída y vivida como verdad central por las primeras
comunidades cristianas, transmitida como fundamental por
la tradición, nunca olvidada por los cristianos verdaderos
y hoy profundizada, estudiada y predicada como parte esencial
del misterio pascual, junto con la cruz; es decir la resurrección
de Cristo. De El, en efecto, dice el Símbolo de los
Apóstoles que 'al tercer día resucitó de
entre los muertos'; y el Símbolo niceno-constantinopolitano
precisa: 'Resucitó al tercer día, según
las Escrituras'.
Es un dogma de la fe cristiana, que
se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Trataremos de
investigar 'con las rodillas de lamente inclinadas' el misterio
enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento,
comenzando con el examen de los textos bíblicos que
lo atestiguan.
2. El primero y más antiguo testimonio escrito sobre
la resurrección de Cristo se encuentra en la primera
Carta de San Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol
recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua
del año 57 d. De C.): 'Porque os transmití,
en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados, según las Escrituras;
que fue sepultado y que resucitó al tercer día,
según las Escrituras; que se apareció a Cefas
y luego a los Doce; después se apareció a más
de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía
la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a
Santiago; más tarde a todos los Apóstoles.
Y en último lugar a mi, como a un abortivo' (1 Cor
15, 3-8).
Como se ve, el Apóstol haba aquí de la tradición
viva de la resurrección, de la que él había
tenido conocimiento tras su conversión a las puertas
de Damasco (Cfr. Hech 9, 3)18). Durante su viaje a Jerusalén
se encontró con el Apóstol Pedro, y también
con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas
(1,18 ss.), que ahora ha citado como los dos principales
testigos de Cristo resucitado.
3. Debe también notarse que, en el texto citado,
San Pablo no habla sólo de la resurrección
ocurrida el tercer día 'según las Escrituras'
(referencia bíblica que toca ya la dimensión
teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre
a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente.
Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad
de creyentes, expresada por Pablo en la Carta a los Corintios,
se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos
por los cristianos y que en gran parte vivían todavía
entre ellos. Estos 'testigos de la resurrección de
Cristo' (Cfr. Hech 1, 22), sonante todo los Doce Apóstoles,
pero no sólo ellos: Pablo habla de a aparición
de Jesús incluso a más de quinientas personas
a la vez, además de las apariciones a Pedro, a Santiago
y a los Apóstoles.
4. Frente a este texto paulino pierden
toda admisibilidad las hipótesis con las que se ha tratado, en manera
diversa, de interpretar la resurrección de Cristo
abstrayéndola del orden físico, de modo que
no se reconocía como un hecho histórico; por
ejemplo, la hipótesis, según la cual la resurrección
no sería otra cosa que una especie de interpretación
del estado en el que Cristo se encuentra tras la muerte (estado
de vida, y no de muerte), o la otra hipótesis que
reduce la resurrección al influjo que Cristo, tras
su muerte, no dejó de ejercer (y más aún
reanudó con nuevo e irresistible vigor) sobre sus
discípulos. Estas hipótesis parecen implicar
un prejuicio de rechazo a la realidad de la resurrección,
considerada solamente como 'el producto' del ambiente, o
sea, de la comunidad de Jerusalén. Ni la interpretación
ni el prejuicio hallan comprobación en los hechos.
San Pablo, por el contrario, en el texto citado recurre a
los testigos oculares del 'hecho': su convicción sobre
la resurrección de Cristo, tiene por tanto una base
experimental. Está vinculada a ese argumento 'ex factis',
que vemos escogido y seguido por los Apóstoles precisamente
en aquella primera comunidad de Jerusalén. Efectivamente,
cuando se trata de la elección de Matías, uno
de los discípulos más asiduos de Jesús,
para completar el número de los 'Doce' que había
quedado incompleto por la traición y muerte de Judas
Iscariote, los Apóstoles requieren como condición
que el que sea elegido no sólo haya sido 'compañero'
de ellos en el período en que Jesús enseñaba
y actuaba, sino que sobre todo pueda ser 'testigo de su resurrección'
gracias a la experiencia realizada en los días anteriores
al momento en el que Cristo (como dicen ellos) 'fue ascendido
al cielo entre nosotros' (Hech 1, 22).
5. Por tanto no se puede presentar
la resurrección,
como hace cierta crítica neostestamentaria poco respetuosa
de los datos históricos, como un 'producto' de la
primera comunidad cristiana, la de Jerusalén. La verdad
sobre la resurrección no es un producto de la fe de
los Apóstoles o de los demás discípulos
pre o post-pascuales. De los textos resulta más bien
que la fe 'prepascual' de los seguidores de Cristo fue sometida
a la prueba radical de la pasión y de la muerte en
cruz de su Maestro. El mismo había anunciado esta
prueba, especialmente con las palabras dirigidas a Simón
Pedro cuando ya estaba a las puertas de los sucesos trágicos
de Jerusalén; '¡Simón, Simón!
Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como
trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca'
(Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión
y muerte de Cristo fue tan grande que los discípulos
(al menos algunos de ellos) inicialmente no creyeron en la
noticia de la resurrección. En todos los Evangelios
encontramos la prueba de esto. Lucas, en particular, nos
hace saber que cuando las mujeres, 'regresando del sepulcro,
anunciaron todas estas cosas (o sea, el sepulcro vacío)
a los Once y a todos los demás..., todas estas palabras
les parecieron como desatinos y no les creían' (Lc
24, 9. 11).
6. Por lo demás, la hipótesis que quiere ver
en la resurrección un 'producto' de la fe de los Apóstoles,
se confuta también por lo que es referido cuando el
Resucitado 'en persona se apareció en medio de ellos
y les dijo: ¡Paz a vosotros!'. Ellos, de hecho, 'creían
ver un fantasma'. En esa ocasión Jesús mismo
debió vencer sus dudas y temores y convencerles de
que 'era El': 'Palpadme y ved, que un espíritu no
tiene carne y huesos como veis que yo tengo'. Y puesto que
ellos 'no acababan de creerlo y estaban asombrados' Jesús
les dijo que le dieran algo de comer y 'lo comió delante
de ellos' (Cfr. Lc 24,36-43).
7. Además, es muy conocido el episodio de Tomás,
que no se encontraba con los demás Apóstoles
cuando Jesús vino a ellos por primera vez, entrando
en el Cenáculo a pesar de que la puerta estaba cerrada
(Cfr. Jn 20, 19). Cuando, a su vuelta, los demás discípulos
le dijeron: 'Hemos visto al Señor', Tomás manifestó maravilla
e incredulidad, y contestó: 'Si no veo en sus manos
la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero
de los clavos y no meto mi mano en su costado no creeré.
Ocho días después, Jesús vino de nuevo
al Cenáculo, para satisfacer la petición de
Tomás 'el incrédulo' y le dijo: 'Acerca aquí tu
dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado, y no seas incrédulo sino creyente'. Y cuando
Tomás profesó su fe con las palabras 'Señor
mío y Dios mío', Jesús le dijo: 'Porque
me has visto has creído. Dichosos los que no han visto
y han creído' (Jn 20, 24-29).
La exhortación a creer, sin pretender ver lo que
se esconde Por el misterio de Dios v de Cristo, permanece
siempre válida; pero la dificultad del Apóstol
Tomás para admitir la resurrección sin haber
experimentado personalmente la presencia de Jesús
vivo, y luego suceder ante las pruebas que le suministró el
mismo Jesús, confirman lo que resulta de los Evangelios
sobre la resistencia de los Apóstoles y de los discípulos
a admitir la resurrección.
Por esto no tiene consistencia la hipótesis de que
la resurrección haya sido un 'producto' de la fe (o
de la credulidad) de los Apóstoles. Su fe en la resurrección
nació, por el contrario (bajo a acción de la
gracia divina), de la experiencia directa de la realidad
de Cristo resucitado.
8. Es el mismo Jesús el que, tras la resurrección,
se pone en contacto con los discípulos con el fin
de darles el sentido de la realidad y disipar la opinión
(o el miedo) de que se tratara de un 'fantasma' y por tanto
de que fueran víctimas de una ilusión. Efectivamente,
establece con ellos relaciones directas, precisamente mediante
el tacto. Así es en el caso de Tomás, que acabamos
de recordar, pero también en el encuentro descrito
en el Evangelio de Lucas, cuando Jesús dice a los
discípulos asustados: 'Palpadme y ved que un espíritu
no tiene carne y huesos como veis que yo tengo' (24, 39).
Les invita a constatar que el cuerpo resucitado, con el que
se presenta a ellos, es el mismo que fue martirizado y crucificado.
Ese cuerpo posee sin embargo al mismo tiempo propiedades
nuevas: se ha 'hecho espiritual' (y 'glorificado' y por lo
tanto ya no está sometido a las limitaciones habituales
a los seres materiales y por ello a un cuerpo humano. (En
efecto, Jesús entra en el Cenáculo a pesar
de que las puertas estuvieran cerradas, aparece y desaparece,
etc.) Pero al mismo tiempo ese cuerpo es auténtico
y real. En su identidad material está la demostración
de la resurrección de Cristo.
9. El encuentro en el camino de Emaús, referido en
el Evangelio de Lucas, es un hecho que hace visible de forma
particularmente evidente cómo se ha madurado en la
conciencia de los discípulos la persuasión
de la resurrección precisamente mediante el contacto
con Cristo resucitado (Cfr. Lc 24, 15-21). Aquellos dos discípulos
de Jesús, que al inicio del camino estaban 'tristes
y abatidos' con el recuerdo de todo lo que había sucedido
al Maestro el día de la crucifixión y no escondían
la desilusión experimentada al ver derrumbarse la
esperanza puesta en El como Mesías liberador ('Esperábamos
que sería El el que iba a librar a Israel') experimentan
después una transformación total, cuando se
les hace claro que el Desconocido, con el que han hablado,
es precisamente el mismo Cristo de antes, y se dan cuenta
de que El, por tanto, ha resucitado. De toda la narración
se deduce que la certeza de la resurrección de Jesús
había hecho de ellos casi hombres nuevos. No sólo
habían readquirido la fe en Cristo, sino que estaban
preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección.
Todos estos elementos del texto evangélico, convergentes
entre sí, prueban el hecho de la resurrección,
que constituye el fundamento de la fe de los Apóstoles
y del testimonio que, como veremos en las próximas
catequesis, está en el centro de su predicación.
El
sepulcro vacío y el encuentro
con Cristo Resucitado
SS Juan Pablo II, el 1 de febrero, 1989
1. La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando
proclamamos que Jesucristo 'al tercer día resucitó de
entre los muertos', se basa en los textos evangélicos
que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera
predicación de los Apóstoles. De estas fuentes
resulta que la fe en la resurrección es, desde el
comienzo, una convicción basada en un hecho, en un
acontecimiento real, y no un mito o una 'concepción',
una idea inventada por los Apóstoles o producida por
la comunidad postpascual reunida en torno a los Apóstoles
en Jerusalén, para superar junto con ellos el sentido
de desilusión consiguiente a la muerte de Cristo en
cruz. De los textos resulta todo lo contrario y por ello,
como he dicho, tal hipótesis es también crítica
e históricamente insostenible. Los Apóstoles
y los discípulos no inventaron la resurrección
(y es fácil comprender que eran totalmente incapaces
de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación
personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar
un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo en la
opinión y en la creencia común como real, casi
por contraste y como compensación de la desilusión
padecida. No hay huella de un proceso creativo de orden psicológico)sociológico)literario
ni siquiera en la comunidad primitiva o en los autores de
los primeros siglos. Los Apóstoles fueron los primeros
que creyeron, no sin fuertes resistencias, que Cristo había
resucitado simplemente porque vivieron la resurrección
como un acontecimiento real del que pudieron convencerse
personalmente al encontrarse varias veces con Cristo nuevamente
vivo, a lo largo de cuarenta días. Las sucesivas generaciones
cristianas aceptaron aquel testimonio, fiándose de
los Apóstoles y de los demás discípulos
como testigos creíbles. La fe cristiana en la resurrección
de Cristo está ligada, pues, a un hecho, que tiene
una dimensión histórica precisa.
2. Y sin embargo, la resurrección es una verdad que,
en su dimensión más profunda, pertenece a la
Revelación divina: en efecto, fue anunciada gradualmente
de antemano por Cristo a lo largo de su actividad mesiánica
durante el período prepascual. Muchas veces predijo
Jesús explícitamente que, tras haber sufrido
mucho y ser ejecutado, resucitaría. Así, en
el Evangelio de Marcos, se dice que tras la proclamación
de Pedro en las cerca de Cesarea de Filipo, Jesús
'comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre
debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos,
los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar
a los tres días. Hablaba de esto abiertamente' (Mc
8, 31-32). También según Marcos, después
de la transfiguración, 'cuando bajaban del monte les
ordenó que a nadie contaran lo que habían visto
hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos'
(Mc 9. 9). Los discípulos quedaron perplejos sobre
el significado de aquella 'resurrección' y pasaron
a la cuestión, y agitada en el mundo judío,
del retorno de Elías (Mc 9, 11): pero Jesús
reafirmó la idea de que el Hijo del hombre debería
'sufrir mucho y ser despreciado' (Mc 9, 12). Después
de la curación del epiléptico endemoniado,
en el camino de Galilea recorrido casi clandestinamente,
Jesús toma de nuevo la palabra para instruirlos: 'El
Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres;
le matarán y a los tres días de haber muerto
resucitará'. 'Pero ellos no entendían lo que
les decía y temían preguntarle' (Mc 9, 31-32).
Es el segundo anuncio de la pasión y resurrección,
al que sigue el tercero, cuando ya se encuentran en camino
hacia Jerusalén: 'Mirad que subimos a Jerusalén,
y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes
y los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán
a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán,
le azotarán y le matarán, y a los tres días
resucitará' (Mc 10, 33-34).
3. Estamos aquí ante una previsión profética
de los acontecimientos, en la que Jesús ejercita su
función de revelador, poniendo en relación
la muerte y la resurrección unificadas en la finalidad
redentora, y refiriéndose al designio divino según
el cual todo lo que prevé y predice 'debe' suceder.
Jesús, por tanto, hace conocer a los discípulos
estupefactos e incluso asustados algo del misterio teológico
que subyace en los próximos acontecimientos, como
por lo demás en toda su vida. Otros destellos de este
misterio se encuentran en la alusión al 'signo de
Jonás' (Cfr. Mt 12, 40) que Jesús hace suyo
y aplica a los días de su muerte y resurrección,
y en el desafío a los judíos sobre 'la reconstrucción
en tres días del templo que será destruido'
(Cfr. Jn 2, 19). Juan anota que Jesús 'hablaba del
Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de
entre los muertos, se acordaron sus discípulos de
que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y
en las palabras que había dicho Jesús' (Jn
2 20-21). Una vez más nos encontramos ante la relación
entre la resurrección de Cristo y su Palabra, ante
sus anuncios ligados 'a las Escrituras'.
4. Pero además de las palabras de Jesús, también
a actividad mesiánica desarrollada por El en el período
prepascual muestra el poder de que dispone sobre la vida
y sobre la muerte, y la conciencia de este poder, como la
resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 39-42), la
resurrección del joven de Naín (Lc 7, 12-15),
y sobre todo la resurrección de Lázaro (Jn
11, 42-44) que se presenta en el cuarto Evangelio como un
anuncio y una prefiguración de la resurrección
de Jesús. En las palabras dirigidas a Marta durante
este último episodio se tiene la clara manifestación
de a autoconciencia de Jesús respecto a su identidad
de Señor de la vida y de la muerte y de poseedor de
las llaves del misterio de la resurrección: 'Yo soy
la resurrección. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí,
no morirá jamás' (Jn 11, 25-26).
Todo son palabras y hechos que contienen
de formas diversas la revelación de la verdad sobre la resurrección
en el período prepascual.
5. En el ámbito de los acontecimientos pascuales,
el primer elemento ante el que nos encontramos es el 'sepulcro
vacío'. Sin duda no es por sí mismo una prueba
directa. A Ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro en
el que había sido depositado podría explicarse
de otra forma, como de hecho pensó por un momento
María Magdalena cuando, viendo el sepulcro vacío,
supuso que alguno habría sustraído el cuerpo
de Jesús (Cfr. Jn 20, 15). Más aún,
el Sanedrín trató de hacer correr la voz de
que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había
sido robado por los discípulos. 'Y se corrió esa
versión entre los judíos, (anota Mateo) hasta
el día de hoy' (Mt 28, 12-15).
A pesar de esto el 'sepulcro vacío' ha constituido
para todos, amigos y enemigos, un signo impresionante. Para
las personas de buena voluntad su descubrimiento fue el primer
paso hacia el reconocimiento del 'hecho' de la resurrección
como una verdad que no podía ser refutada.
6. Así fue ante todo para las mujeres, que muy de
mañana se habían acercado al sepulcro para
ungir el cuerpo de Cristo. Fueron las primeras en acoger
el anuncio: 'Ha resucitado, no está aquí...
Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro...' (Mc
16, 6-7). 'Recordad cómo os habló cuando estaba
todavía en Galilea, diciendo: !Es necesario que el
Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y
sea crucificado, y al tercer día resucite!. Y ellas
recordaron sus palabras' (Lc 24, 6-8).
Ciertamente las mujeres estaban sorprendidas
y asustadas (Cfr. Mc 24, 5). Ni siquiera ellas estaban
dispuestas a rendirse
demasiado fácilmente a un hecho que, aun predicho
por Jesús, estaba efectivamente por encima de toda
posibilidad de imaginación y de invención.
Pero en su sensibilidad y finura intuitiva ellas, y especialmente
María Magdalena, se aferraron a la realidad y corrieron
a donde estaban los Apóstoles para darles la alegre
noticia.
El Evangelio de Mateo (28, 8-10) nos
informa que a lo largo del camino Jesús mismo les salió al encuentro
les saludó y les renovó el mandato de llevar
el anuncio a los hermanos (Mt 28, 10). De esta forma las
mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección
de Cristo, y lo fueron para los mismos Apóstoles (Lc
24, 10). ¡Hecho elocuente sobre la importancia de la
mujer ya en los días del acontecimiento pascual!
7. Entre los que recibieron el anuncio
de María Magdalena
estaban Pedro y Juan (Cfr. Jn 20, 3-8). Ellos se acercaron
al sepulcro no sin titubeos, tanto más cuanto que
María les había hablado de una sustracción
del cuerpo de Jesús del sepulcro (Cfr. Jn 20, 2).
Llegados al sepulcro, también lo encontraron vacío.
Terminaron creyendo, tras haber dudado no poco, porque, como
dice Juan, 'hasta entonces no habían comprendido que
según la Escritura Jesús debía resucitar
de entre los muertos' (Jn 20, 9).
Digamos la verdad: el hecho era asombroso
para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado
superiores
a ellos. La misma dificultad, que muestran las tradiciones
del acontecimiento, al dar una relación de ello plenamente
coherente, confirma su carácter extraordinario y el
impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los
afortunados testigos. La referencia 'a la Escritura' es la
prueba de la oscura percepción que tuvieron al encontrarse
ante un misterio sobre el que sólo la Revelación
podía dar luz.
8. Sin embargo, he aquí otro dato que se debe considerar
bien: si el 'sepulcro vacío' dejaba estupefactos a
primera vista y podía incluso generar acierta sospecha,
el gradual conocimiento de este hecho inicial, como lo anotan
los Evangelios, terminó llevando al descubrimiento
de la verdad de la resurrección.
En efecto, se nos dice que las mujeres,
y sucesivamente los Apóstoles, se encontraron ante un 'signo' particular:
el signo de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro mismo
cerrado por una pesada losa, testimoniaba la muerte, el sepulcro
vacío y la piedra removida daban el primer anuncio
de que allí había sido derrotada la muerte.
No puede dejar de impresionar la consideración del
estado de ánimo de las tres mujeres, que dirigiéndose
al sepulcro al alba se decían entre si: '¿Quién
nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?'
(Mc 16, 3), y que después, cuando llegaron al sepulcro,
con gran maravilla constataron que 'la piedra estaba corrida
aunque era muy grande' (Mc 16, 4). Según el Evangelio
de Marcos encontraron en el sepulcro a alguno que les dio
el anuncio de la resurrección (Cfr. Mc 16, 5); pero
ellas tuvieron miedo y, a pesar de las afirmaciones del joven
vestido de blanco, 'salieron huyendo del sepulcro, pues un
gran temblor y espanto se había apoderado de ellas'
(Mc 16, 8). ¿Cómo no comprenderlas? Y sin embargo
la comparación con los textos paralelos de los demás
Evangelistas permite afirmar que, aunque temerosas, las mujeres
llevaron el anuncio de la resurrección, de la que
el 'sepulcro vacío' con la piedra corrida fue el primer
signo.
9. Para las mujeres y para los Apóstoles el camino
abierto por 'el signo' se concluye mediante el encuentro
con el Resucitado: entonces la percepción aun tímida
e incierta se convierte en convicción y, más
aún, en fe en Aquél que 'ha resucitado verdaderamente'.
Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús
en su camino y escuchar su saludo, se arrojaron a sus pies
y lo adoraron (Cfr. Mt 28, 9). Así le pasó especialmente
a María Magdalena, que al escuchar que Jesús
le llamaba por su nombre, le dirigió antes que nada
el apelativo habitual: Rabbuni, ¡Maestro! (Jn 20, 16)
y cuando El la iluminó sobre el misterio pascual corrió radiante
a llevar el anuncio a los discípulos: '!He visto al
Señor!' (Jn 20, 18). Lo mismo ocurrió a los
discípulos reunidos en el Cenáculo que la tarde
de aquel 'primer día después del sábado',
cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús, se sintieron
felices por la nueva certeza que había entrado en
su corazón: 'Se alegraron al ver al Señor'
(Cfr. Jn 20,19-20).
¡El contacto directo con Cristo
desencadena la chispa que hace saltar la fe!
Las
apariciones de Jesús resucitado
SS Juan Pablo II, 22 de Feb 89
1. Conocemos el pasaje de la Primera
Carta a los Corintios, donde Pablo, el primero cronológicamente, anota la
verdad sobre la resurrección de Cristo: 'Porque os
transmití... lo que a mis vez recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados, según las Escrituras:
que fue sepultado y que resucitó al tercer día,
según las Escrituras; que se apareció a Cefas
y luego a los Doce... ' (1 Cor 15,3-5). Se trata, como se
ve, de una verdad transmitida, recibida, y nuevamente transmitida.
Una verdad que pertenece al 'depósito de la Revelación'
que el mismo Jesús, mediante sus Apóstoles
y Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.
2. Jesús reveló gradualmente esta verdad en
su enseñanza pre-pascual. Posteriormente ésta,
encontró su realización concreta en los acontecimientos
de la pascua jerosolimitana de Cristo, certificados históricamente,
pero llenos de misterio.
Los anuncios y los hechos tuvieron
su confirmación
sobre todo en los encuentros de Cristo resucitado, que los
Evangelios y Pablo relatan. Es necesario decir que el texto
paulino presenta estos encuentros (en los que se revela Cristo
resucitado) de manera global y sintética (añadiendo
al final el propio encuentro con el Resucitado a las puertas
de Damasco: Cfr. Hech 9, 3-6). En los Evangelios se encuentran,
al respecto, anotaciones más bien fragmentarias.
No es difícil tomar y comparar algunas líneas
características de cada una de estas apariciones y
de su conjunto para acercarnos todavía más
al descubrimiento del significado de esta verdad revelada.
3. Podemos observar ante todo que,
después de la
resurrección, Jesús se presenta a las mujeres
y a los discípulos con su cuerpo transformado, hecho
espiritual y partícipe de la gloria del alma: pero
sin ninguna característica triunfalista. Jesús
se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo,
con los que se encuentra en las circunstancias ordinarias
de la vida terrena. No ha querido enfrentarse a sus adversarios,
asumiendo a actitud de vencedor, ni se ha preocupado por
mostrarles su 'superioridad', y todavía menos ha querido
fulminarlos. Ni siquiera consta que se haya presentado a
alguno de ellos. Todo lo que nos dice el Evangelio nos lleva
a excluir que se haya aparecido, por ejemplo, a Pilato, que
lo había entregado a los sumos sacerdotes para que
fuese crucificado (Cfr. Jn 19, 16), o a Caifás, que
se había rasgado las vestiduras por a afirmación
de su divinidad (Cfr. Mt 26, 63-66).
A los privilegiados de sus apariciones,
Jesús se
deja conocer en su identidad física: aquel rostro,
aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien,
aquel costado que habían traspasado; aquella voz,
que habían escuchado tantas veces. Sólo en
el encuentro con Pablo en las cercanías de Damasco,
la luz que rodea al Resucitado casi deja ciego al ardiente
perseguidor de los cristianos y lo tira al suelo (Cfr. Hech
9, 3-8); pero es una manifestación del poder de Aquél
que, ya subido al cielo, impresiona a un hombre al que quiere
hacer un 'instrumento de elección' (Hech 9, 15), un
misionero del Evangelio.
4. Es de destacar también un hecho significativo:
Jesucristo se aparece en primer lugar a las mujeres, sus
fieles seguidoras, y no a los discípulos, y ni siquiera
a los mismos Apóstoles, a pesar de que los había
elegido como portadores de su Evangelio al mundo. Es a las
mujeres a quienes por primera vez confía el misterio
de su resurrección, haciéndolas las primeras
testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza,
su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había
impulsado hasta el Calvario. Quizá quiere manifestar
un delicado rasgo de su humanidad, que consiste en a amabilidad
y en la gentileza con que se acerca y beneficia a las personas
que menos cuentan en el gran mundo de su tiempo. Es lo que
parece que se puede concluir de un texto de Mateo: 'En esto,
Jesús les salió al encuentro (a las mujeres
que corrían para comunicar el mensaje a los discípulos)
y les dijo: !¡Dios os guarde!!. Y ellas, acercándose,
se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús:
!No temáis. Id y avisad a mis hermanos que vayan a
Galilea; allí me verán!' (28, 9-10).
También el episodio de a aparición a María
de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya
sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada
y comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya sea
por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza
y benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en
los acontecimientos pascuales tendrán que inspirarse la Iglesia, que a
lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas
para su vida de fe, de oración y de apostolado.
5. Algunas características de estos encuentros postpascuales
los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a
las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en
la relación del hombre con Cristo, cuando uno se siente
llamado o 'visitado' por El.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo
por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como
se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn
20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc
24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante El.
Se le ama, se le busca, pero, en el momento en que se le
encuentra, se experimenta alguna vacilación...
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento
y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20,16), como
a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.),
y, análogamente, a otros discípulos (Cfr. Lc
24, 25)48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo
al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo
al conocimiento de las riquezas de su corazón y a
la salvación.
6. Es interesante analizar el proceso
psicológico
que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos
experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo
la verdad de la resurrección, sino también
la identidad de Aquél que está ante ellos,
y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un
Cristo 'transformado'. No es nada fácil para ellos
hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí,
que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que El
ya no se encuentra en la condición anterior, y ante
El están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su
ayuda, de que no se trata de otro, sino de El mismo transformado,
aparece repentinamente
en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia,
de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: '¿No
estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros
cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?'
(Lc 24, 32). 'Señor mío y Dios mío'
(Jn 20, 28). 'He visto al Señor' (Jn 20, 18). Entonces
una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el
acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido
del misterio del dolor y de la muerte, que se concluye en
la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos
principales del mensaje de salvación que los Apóstoles
han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a
poco, a todas las gentes.
7. Hay que subrayar una última característica
de las apariciones de Cristo resucitado: en ellas, especialmente
en las últimas, Jesús realiza la definitiva
entrega a los Apóstoles (y a la Iglesia) de la misión
de evangelizar el mundo para llevarle el mensaje de su Palabra
y el don de su gracia.
Recuérdese a aparición a los discípulos
en el Cenáculo la tarde de Pascua: 'Como el Padre
me envió, también yo os envío...' (Jn
20, 21); ¡y les da el poder de perdonar los pecados!
Y en la aparición en el mar de Tiberíades,
seguida de la pesca milagrosa, que simboliza y anuncia la
fructuosidad de la misión, es evidente que Jesús
quiere orientar sus espíritus hacia la obra que les
espera (Cfr. Jn 21,1-23). Lo confirma la definitiva asignación
de la misión particular a Pedro (Jn 21, 15)18): '¿Me
amas?... Tú sabes que te quiero... Apacienta mis corderos...Apacienta
mis ovejas...'.
Juan indica que 'ésta fue ya la tercera vez que Jesús
se manifestó a los discípulos después
de resucitar de entre los muertos' (Jn 21,14). Esta vez,
ellos, no sólo se habían dado cuenta de su
identidad: 'Es el Señor' (Jn 21, 7), sino que habían
comprendido que, todo cuanto había sucedido y sucedía
en aquellos días pascuales, les comprometía
a cada uno de ellos (y de modo muy particular a Pedro) en
la construcción de la nueva era de la historia, que
había tenido su principio en aquella mañana
de pascua.
La
resurrección culmen de la Revelación
SS Juan Pablo II, 8 de marzo, 1989
1. En la Carta de San Pablo a los Corintios,
recordada ya varias veces a lo largo de estas catequesis
sobre la resurrección
de Cristo, leemos estas palabras del Apóstol: 'Sino
resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación,
vacía es también vuestra fe' (1 Cor 15, 14).
Evidentemente, San Pablo ve en la resurrección el
fundamento de la fe cristiana y casi la clave de bóveda
de todo el edificio de doctrina y de vida levantado sobre
la revelación, en cuanto confirmación definitiva
de todo el conjunto de la verdad que Cristo ha traído.
Por esto, toda la predicación de la Iglesia, desde
los tiempos apostólicos, a través de los siglos
y de todas las generaciones, hasta hoy, se refiere a la resurrección
y saca de ella la fuerza impulsora y persuasiva, así como
su vigor. Es fácil comprender el porqué.
2. La resurrección constituía en primer lugar
la confirmación de todo lo que Cristo mismo había ú hecho
y enseñado'. Era el sello divino puesto sobre sus
palabras y sobre su vida. El mismo había indicado
a los discípulos y adversarios este signo definitivo
de su verdad. El ángel del sepulcro lo recordó a
las mujeres la mañana del 'primer día después
del sábado': 'Ha resucitado, como lo había
dicho' (Mt 28, 6). Si esta palabra y promesa suya se reveló como
verdad también todas sus demás palabras y promesas
poseen la potencia de la verdad que no pasa, como El mismo
había proclamado: 'El cielo y la tierra pasarán,
pero mis palabras no pasará' (Mt 24, 35; Mc 13, 31;
Lc 21, 33). Nadie habría podido imaginar ni pretender
una prueba más autorizada, más fuerte, más
decisiva que la resurrección de entre los muertos.
Todas las verdades, también las más inaccesibles
para la mente humana, encuentran, sin embargo, su justificación,
incluso en el ámbito de la razón, si Cristo
resucitado ha dado la prueba definitiva, prometida por El,
de su autoridad divina.
3. Así, la resurrección confirma la verdad
de su misma divinidad. Jesús había dicho: 'Cuando
hayáis levantado (sobre la cruz) al Hijo del hombre,
entonces sabréis que Yo soy' (Jn 8, 28). Los que escucharon
estas palabras querían lapidar a Jesús, puesto
que 'YO SOY' era para los hebreos el equivalente del nombre
inefable de Dios. De hecho, al pedir a Pilato su condena
a muerte presentaron como acusación principal la de
haberse 'hecho Hijo de Dios' (Jn 19, 7). Por esta misma razón
lo habían condenado en el Sanedrín como reo
de blasfemia después de haber declarado que era el
Cristo, el Hijo de Dios, tras el interrogatorio del sumo
sacerdote (Mt 26, 63-65; Mc 14, 62; Lc 22, 70): es decir,
no sólo el Mesías terreno como era concebido
y esperado por la tradición judía, sino el
Mesías Señor anunciado por el Salmo 109/110
(Cfr. Mt 22, 41 ss.), el personaje misterioso vislumbrado
por Daniel (7, 13-14). Esta era la gran blasfemia, la imputación
para la condena a muerte: ¡el haberse proclamado Hijo
de Dios! Y ahora su resurrección confirmaba la veracidad
de su identidad divina y legitimaba la atribución
hecha a Si mismo, antes de la Pascua, del 'nombre' de Dios:
'En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán
existiera, Yo soy' (Jn 8, 58). Para los judíos ésa
era una pretensión que merecía la lapidación
(Cfr. Lv 24, 16), y, en efecto, 'tomaron piedras para tirárselas;
pero Jesús se ocultó y salió del templo'
(Jn 8, 59). Pero si entonces no pudieron lapidarlo, posteriormente
lograron 'levantarlo' sobre la cruz: la resurrección
del Crucificado demostraba, sin embargo, que El era verdaderamente
Yo soy, el Hijo de Dios.
4. En realidad, Jesús aun llamándose a Sí mismo
Hijo del hombre, no sólo había confirmado ser
el verdadero Hijo de Dios, sino que en el Cenáculo,
antes de la pasión, había pedido al Padre que
revelara que el Cristo Hijo del hombre era su Hijo eterno:
'Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que
el Hijo te glorifique' (Jn 17, 1). '... Glorifícame
tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu
lado antes que el mundo fuese' (Jn 17, 5). Y el misterio
pascual fue la escucha de esta petición, la confirmación
de la filiación divina de Cristo, y más aún,
su glorificación con esa gloria que 'tenia junto al
Padre antes de que el mundo existiera': la gloria del Hijo
de Dios.
5. En el periodo prepascual Jesús, según el
Evangelio de Juan, aludió varias veces a esta gloria
futura, que se manifestaría en su muerte y resurrección.
Los discípulos comprendieron el significado de esas
palabras suyas sólo cuando sucedió el hecho.
Así, leemos que durante la primera pascua pasada
en Jerusalén, tras haber arrojado del templo a los
mercaderes y cambistas, Jesús respondió a los
judíos que le pedían un 'signo' del poder por
el que obraba de esa forma: 'Destruid este Santuario y en
tres días lo levantaré... El hablaba del Santuario
de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los
muertos, se acordaron sus discípulos de que había
dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que
había dicho Jesús' (Jn 2,19-22).
También la respuesta dada por Jesús a los
mensajeros de las hermanas de Lázaro, que le pedían
que fuera a visitar al hermano enfermo, hacia referencia
a los acontecimientos pascuales: 'Esta enfermedad no es de
muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios
sea glorificado por ella' (Jn 11 , 4).
No era sólo la gloria que podía reportarle
el milagro, tanto menos cuanto que provocaría su muerte
(Cfr. Jn 11, 46)54); sino que su verdadera glorificación
vendría precisamente de su elevación sobre
la cruz (Cfr. Jn 12,32). Los discípulos comprendieron
bien todo esto después de la resurrección.
6. Particularmente interesante es la
doctrina de San Pablo sobre el valor de la resurrección como elemento determinante
de su concepción cristológica, vinculada también
a su experiencia personal del Resucitado. Así, al
comienzo de la Carta a los Romanos se presenta: 'Pablo, siervo
de Cristo Jesús, apóstol por vocación,
escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido
por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca
de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne,
constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu
de santidad, por su resurrección de entre los muertos;
Jesucristo, Señor nuestro' (Rom 1, 1-4).
Esto significa que desde el primer
momento de su concepción
humana y de su nacimiento (de la estirpe de David), Jesús
era el Hijo eterno de Dios, que se hizo Hijo del hombre.
Pero, en la resurrección, esa filiación divina
se manifestó en toda su plenitud con el poder de Dios
que, por obra del Espíritu Santo, devolvió la
vida a Jesús (Cfr. Rom 8, 11) y lo constituyó en
el estado glorioso de 'Kyrios' (Cfr. Flp 2, 9-11; Rom 14,
9; Hech 2, 36), de modo que Jesús merece por un nuevo
titulo mesiánico el reconocimiento, el culto, la gloria
del nombre eterno de Hijo de Dios (Cfr. Hech 13, 33; Hb 1,1-5;
5, 5).
7. Pablo había expuesto esta misma doctrina en la
sinagoga de Antioquía de Pisidia, en sábado,
cuando, invitado por los responsables de la misma, tomó la
palabra para anunciar que en el culmen de la economía
de la salvación realizada en la historia de Israel
entre luces y sombras, Dios había resucitado de entre
los muertos a Jesús, el cual se había aparecido
durante muchos días a los que habían subido
con El desde Galilea a Jerusalén, los cuales eran
ahora sus testigos ante el pueblo. 'También nosotros
(concluía el Apóstol) os anunciamos la Buena
Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido
en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como
está escrito en los salmos: Hijo mío eres tú;
yo te he engendrado hoy' (Hech 13, 32-33; Cfr. Sal 2, 7).
Para Pablo hay una especie de ósmosis conceptual
entre la gloria de la resurrección de Cristo y la
eterna filiación divina de Cristo, que se revela plenamente
en esta conclusión victoriosa de su misión
mesiánica.
8. En esta gloria del 'Kyrios' se manifiesta
ese poder del Resucitado (Hombre-Dios), que Pablo conoció por experiencia
en el momento de su conversión en el camino de Damasco
al sentirse llamado a ser Apóstol (aunque no uno de
los Doce), por ser testigo ocular del Cristo vivo, y recibió de
El la fuerza para afrontar todos los trabajos y soportar
todos los sufrimientos de su misión. El espíritu
de Pablo quedó tan marcado por esa experiencia, que
en su doctrina y en su testimonio antepone la idea del poder
del Resucitado a la de participación en los sufrimientos
de Cristo, que también le era grata: Lo que se había
realizado en su experiencia personal también lo proponía
a los fieles como una regla de pensamiento y una norma de
vida: 'Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad
del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor...
para ganar a Cristo y ser hallado en él... y conocerle
a él el poder de su resurrección y la comunión
en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él
en su muerte, tratando de llegar a la resurrección
de entre los muertos' (Flp 3, 8-11). Y entonces su pensamiento
se dirige a la experiencia del camino de Damasco: '... Habiendo
sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús' (Flp 3,
12).
9. Así pues, los textos referidos dejan claro que
la resurrección de Cristo está estrechamente
unida con el misterio de la encarnación del Hijo de
Dios: es su cumplimiento, según el eterno designio
de Dios. Más aún, es la coronación suprema
de todo lo que Jesús manifestó y realizó en
toda su vida, desde el nacimiento a la pasión y muerte,
con sus obras, prodigios, magisterio, ejemplo de una vida
perfecta, y sobre todo con su transfiguración. El
nunca reveló de modo directo la gloria que había
recibido del Padre 'antes que el mundo fuese' (Jn 17, 5),
sino que ocultaba esta gloria con su humanidad, hasta que
se despojó definitivamente (Cfr. Flp 2, 7-8) con la
muerte en cruz.
En la resurrección se reveló el hecho de que
'en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente'
(Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección
'completa' la manifestación del contenido de la Encarnación.
Por eso podemos decir que es también la plenitud de
la Revelación. Por tanto, como hemos dicho, ella está en
el centro de la fe cristiana y de la predicación de
la Iglesia
El
valor salvífico de la resurrección
SS Juan Pablo II. 15 de marzo de 1989
l. Si, como hemos visto en anteriores
catequesis, la fe cristiana y la predicación de la Iglesia tienen su
fundamento en la resurrección de Cristo, por ser ésta
la confirmación definitiva y la plenitud de la revelación,
también hay que añadir que es fuente del poder
salvífico del Evangelio y de la Iglesia en cuanto
integración del misterio pascual. En efecto, según
San Pablo, Jesucristo se ha revelado como 'Hijo de Dios con
poder, según el espíritu de santidad, por su
resurrección de entre los muertos' (Rom 1, 4). Y El
transmite a los hombres esta santidad porque 'fue entregado
por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación'
(Rom 4, 25). Hay como un doble aspecto en el misterio pascual:
la muerte para liberar del pecado y la resurrección
para abrir el acceso a la vida nueva.
Ciertamente el misterio pascual, como
toda la vida y la obra de Cristo, tiene una profunda unidad
interna en su función
redentora y en su eficacia, pero ello no impide que puedan
distinguirse sus distintos aspectos con relación a
los efectos que derivan de él en el hombre. De ahí la
atribución a la resurrección del efecto específico
de la 'vida nueva', como afirma San Pablo.
2. Respecto a esta doctrina hay que hacer algunas indicaciones
que, en continua referencia los textos del Nuevo Testamento,
nos permitan poner de relieve toda su verdad y belleza.
Ante todo, podemos decir ciertamente
que Cristo resucitado es principio y fuente de una vida
nueva para todos los hombres.
Y esto aparece también en la maravillosa plegaria
de Jesús, la víspera de su pasión, que
Juan nos refiere con estas palabra: 'Padre... glorifica a
tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según
el poder que le has dado sobre toda carne, dé también
vida eterna a todos los que tú le has dado' (Jn 17,
1-2). En su plegaria Jesús mira y abraza sobre todo
a sus discípulos a quienes advirtió de la próxima
y dolorosa separación que sé verificaría
mediante su pasión y muerte, pero a los cuales prometió asimismo:
'Yo vivo y también vosotros viviréis (Jn 14,
19). Es decir: tendréis parte en mi vida, la cual
se revelará después de la resurrección.
Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de
amplitud universal. Les dice: 'No ruego por éstos
(mis discípulos), sino también por aquellos,
que por medio de su palabra, creerán en mí...
(Jn 17, 20): todos deben formar una sola cosa al participar
en la gloria de Dios en Cristo.
La nueva vida que se concede a los
creyentes en virtud de la resurrección de Cristo, consiste en la victoria
sobre la muerte del pecado y en la nueva participación
en la gracia. Lo afirma San Pablo de forma lapidaria: 'Dios,
rico en misericordia..., estando muertos a causa de nuestros
delitos nos vivificó juntamente con Cristo' (Ef 2,
4-5). Y de forma análoga San Pedro: 'El Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo..., por su gran misericordia,
mediante la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos nos ha reengendrado para una esperanza viva' (1 Pe
1, 3).
Esta verdad se refleja en la enseñanza paulina sobre
el bautismo: 'Fuimos, pues, con El (Cristo) sepultados por
el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo
fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria
del Padre, así también nosotros vivamos una
vida nueva' (Rom 6, 4).
3. Esta vida nueva (la vida según el Espíritu)
manifiesta la filiación adoptiva: otro concepto paulino
de fundamental importancia. A este respecto, es 'clásico'
el pasaje de la Carta a los Gálatas: 'Envió Dios
a su Hijo... para rescatar a los que se hallaban bajo la
ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva'
(Gal 4, 4-5). Esta adopción divina por obra del Espíritu
Santo, hace al hombre semejante al Hijo unigénito:
'...Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios,
son hijos de Dios' 'm 8, 14). En la Carta a los Gálatas
San Pablo se apela a la experiencia que tienen los creyentes
de la nueva condición en que se encuentran: 'La prueba
de que sois hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá,
Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo,
también heredero por voluntad de Dios' (Gal 4, 6)7).
Hay, pues, en el hombre nuevo un primer efecto de la redención:
la liberación de la esclavitud; pero la adquisición
de la libertad llega al convertirse en hijo adoptivo, y ello
no tanto por el acceso legal a la herencia, sino con el don
real de la vida divina que infunden en el hombre las tres
Personas de la Trinidad (Cfr. Gal 4, 6; 2 Cor 13, 13). La
fuente de esta vida nueva del hombre en Dios es la resurrección
de Cristo.
La participación en la vida nueva hace también
que los hombres sean 'hermanos' de Cristo, como el mismo
Jesús llama a sus discípulos después
de la resurrección: 'Id a anunciar a mis hermanos...'
(Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por
don de gracia, pues esa filiación adoptiva da una
verdadera y real participación en la vida del Hijo
unigénito, tal como se reveló plenamente en
su resurrección.
4. La resurrección de Cristo (y, más aún,
el Cristo resucitado) es finalmente principio y fuente de
nuestra futura resurrección. El mismo Jesús
habló de ello al anunciar la institución de
la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de
la resurrección futura: 'El que come mi carne y bebe
mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último
día' (Jn 6, 54). Y al 'murmurar' los que lo oían,
Jesús les respondió: '¿Esto os escandaliza? ¿Y
cuándo veáis al Hijo del hombre subir a donde
estaba antes...?' (Jn 6, 61-62).De ese modo indicaba indirectamente
que bajo las especies sacramentales de la Eucaristía
se da los que la reciben participación en el Cuerpo
y Sangre de Cristo glorificado.
También San Pablo pone de relieve la vinculación
entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre
todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: 'Cristo
resucitó de entre los muertos como primicia de los
que murieron... Pues del mismo modo que en Adán mueren
todos, así también todos revivirán en
Cristo' (1 Cor 15, 20-22). 'En efecto, es necesario que este
ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este
ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser
corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal
se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la
palabra que está escrita: !La muerte ha sido devorada
en la victoria!' (1 Cor 15, 53-54). 'Gracias sean dadas a
Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo'
(1 Cor 15, 57).
La victoria definitiva sobre la muerte,
que Cristo ya ha logrado, El la hace partícipe a la humanidad en la
medida en que ésta recibe los frutos de la redención.
Es un proceso de admisión a la 'vida nueva', a la
'vida eterna', que dura hasta el final de los tiempos. Gracias
a ese proceso se va formando a lo largo de los siglos una
nueva humanidad: el pueblo de los creyentes reunidos en la
Iglesia, verdadera comunidad de la resurrección. A
la hora final de la historia, todos resurgirán, y
los que hayan sido de Cristo, tendrán la plenitud
de la vida en la gloria, en la definitiva realización
de la comunidad de los redimidos por Cristo 'para que Dios
sea todo en todos' (1 Cor 15, 28).
5. El Apóstol enseña también que el
proceso redentor, que culmina con la resurrección
de los muertos, acaece en una esfera de espiritualidad inefable,
que supera todo lo que se puede concebir y realizar humanamente.
En efecto, si por una parte escribe que 'la carne y la sangre
no pueden heredar el reino de los cielos; ni la corrupción
hereda la incorrupción' (1 Cor 15, 50) lo cual es
la constatación de nuestra incapacidad natural para
la nueva vida), por otra, en la Carta a los Romanos asegura
a los que creen lo siguiente: 'Si el Espíritu de Aquel
que resucitó a Jesús de entre los muertos habita
en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre
los muertos dará también la vida a vuestros
cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros'
(Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de espiritualización,
que alcanzará también a los cuerpos en el momento
de la resurrección por el poder de ese mismo Espíritu
Santo que obró la resurrección de Cristo.
Se trata, sin duda, de realidades que
escapan a nuestra capacidad de comprensión y de demostración
racional, y por eso son objeto de nuestra fe fundada en la
Palabra de Dios, la cual, mediante San Pablo, nos hace penetrar
en el misterio que supera todos los límites del espacio
y del tiempo: 'Fue hecho el primer hombre, Adán, alma
viviente; el último Adán, espíritu que
da vida'(1 Cor 15, 45). 'Y del mismo modo que hemos llevado
la imagen del hombre terreno, llevaremos también la
imagen del celeste' (1 Cor 15, 49).
6. En espera de esa transcendente plenitud
final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos
y seguidores como fuente de santificación en el Espíritu
Santo, fuente de la vida divina y de la filiación
divina, fuente de la futura resurrección.
Esa certeza le hace decir a San Pablo
en la Carta a los Gálatas: 'Con Cristo estoy crucificado; y no vivo
yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que
vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de
Dios que me amó y se entregó a sí mismo
por mí' (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también
cada cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr.
Rom 7, 5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr.
2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado
se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones: Cristo
vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col
3, 3). Y es la vida en el Espíritu Santo.
Esta certeza sostiene al Apóstol, como puede y debe
sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos
de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo
Timoteo en el fragmento de una Carta suya con el que queremos
cerrar )para nuestro conocimiento y consuelo) nuestra catequesis
sobre la resurrección de Cristo: 'Acuérdate
de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente
de David, según mi Evangelio... Por eso todo lo soporto
por los elegidos, para que también ellos alcancen
la salvación que está en Cristo Jesús
con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si
hemos muerto con El, también viviremos con El; si
nos mantenemos firmes, también reinaremos con El;
si le negamos, también El nos negará; si somos
fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo...'
(2 Tim 2, 8-13).
'Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los
muertos': esta afirmación del Apóstol nos da
la clave de la esperanza en la verdadera vida en el tiempo
y en la eternidad.