Jesucristo en su infinita bondad, nos dejó el sacramento
de la Penitencia para alcanzar la salvación.
Por Jorge Loring
¿Por qué confesarse?
Quien ha tenido la desgracia de pecar
gravemente, si quiere salvarse, no tiene más remedio
que confesarse para que se le perdonen sus pecados.
Es cierto que con el acto de perfecta
contrición ,
puede uno recobrar la gracia, pero para esto hay que tener,
además, el propósito firme de confesar después
estos pecados, aunque estén ya perdonados; pues Jesucristo
ha querido someter al sacramento de la confesión todos
los pecados graves.
Por voluntad del Cristo , la Iglesia
posee el poder de perdonar los pecados de los bautizados,
y ella lo ejerce de modo habitual
en el sacramento de la penitencia por medio de los obispos
y de los presbíteros .
Este sacramento se llama también de la Reconciliación,
pues nos reconcilia con Dios y con la Comunidad Cristiana de
la cual el pecador se separa vitalmente, al perder la gracia
por el pecado grave.
No vivas nunca en pecado. Si tienes la
desgracia de caer, ese mismo día haz un acto de contrición perfecta,
y luego confiésate cuanto antes. No lo dejes para después.
El que se confiesa a menudo no es porque
tenga muchos pecados, sino para no tenerlos. El que se lava
de tarde en tarde, estará más
sucio que el que se lava a menudo.
La misericordia de Dios es infinita.
Dice la Biblia: Como el viento norte borra las nubes del
cielo, así mi misericordia
borra los pecados de tu alma . . Y en otro sitio: «Cogeré tus
pecados y los lanzaré al fondo del mar para que nunca
más vuelvan a salir a flote».
Pero también su justicia es infinita, y por lo tanto
no puede perdonar a quien no se arrepiente. Esto sería
una monstruosidad que Dios no puede hacer.
Pío XII en la Encíclica Mystici Corporis habla
de los valores de la confesión frecuente diciendo que
aumenta el recto conocimiento de uno mismo, crece la humildad
cristiana, se desarraiga la maldad de las costumbres, se pone
un dique a la pereza y negligencia espiritual, y se aumenta
la gracia por la misma fuerza del sacramento . Y el Concilio
Vaticano II habla de la confesión sacramental frecuente
que, preparada por el examen de conciencia cotidiano, tanto
ayuda a la necesaria conversión del corazón .
Quien vive en pecado grave es muy fácil
que se condene por tres razones:
1) Porque después es muy posible
que le falte la voluntad de confesarse, como le falta ahora.
2) Porque, aun suponiendo que no le falte esta voluntad, es
posible que le sorprenda la muerte sin tiempo para confesarse.
3) Finalmente, quien descuida la confesión, y va amontonando
pecados y pecados, cada vez encontrará más dificultades
para romper. Un hilo se rompe mucho mejor que una maroma. Para
arrepentirse sería entonces necesario un golpe de gracia
prodigioso; y esta gracia sobreabundante Dios no suele concederla
a quien se obstina en el mal.
Jesucristo se lo advierte así a los que quieren jugar
con Dios: «Me buscaréis y no me encontraréis,
y moriréis en vuestro pecado».
El examen de conciencia
Examen
de conciencia consiste en recordar los pecados cometidos
desde la última confesión bien hecha.
Naturalmente, el examen se hace antes
de la confesión
para decir después al confesor todos los pecados que
se han recordado; y cuántas veces cada uno, si se trata
de pecados graves.
Si sabes el número exacto de cada clase de pecados
graves, debes decirlo con exactitud. Pero si te es muy difícil,
basta que lo digas con la mayor aproximación que puedas:
por ejemplo, cuántas veces, más o menos, a la
semana, al mes, etc. Y si después de confesar resulta
que recuerdas con certeza ser muchos más los pecados
que habías cometido, lo dices así en la próxima
confesión. Pero no es necesario que después de
confesar sigas pensando en el número de pecados cometidos,
pues entonces nunca quedaríamos tranquilos. Si hiciste
el examen con diligencia, no debes preocuparte ya más:
todo está perdonado.
El examen debe hacerse con diligencia,
seriedad y sinceridad; pero sin angustiarse . La confesión
no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza
y amor a Dios. No
se trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial.
Dios es Padre.
El examen de conciencia se hace procurando
recordar los pecados cometidos de pensamiento, palabra y
obra, o por omisión,
contra los mandamientos de la ley de Dios, de la Iglesia o
contra las obligaciones particulares. Todo desde la última
confesión bien hecha.
Dolor de los pecados
Dolor
de los pecados es arrepentirse de haber pecado y de haber
ofendido a Dios.
Arrepentirse de haber hecho una cosa
es querer no haberla hecho, comprender que está mal
hecha, y dolerse de haberla hecho. El arrepentimiento es
un aborrecimiento del pecado cometido;
un detestar el pecado .
No basta dolerse de haber pecado por
un motivo meramente humano. Por ejemplo, en cuanto que el
pecado es una falta de educación
(irreverencia a los padres), o en cuanto que es una cosa mal
vista (adulterio), o que puede traerme consecuencias perjudiciales
para la salud (prostitución), etc., etc.
El arrepentido aborrece la ofensa a Dios, y propone no volver
a ofenderlo.
No es lo mismo el dolor de una herida
-que se siente en el cuerpo- que el dolor de la muerte de
una madre -que se siente
en el alma-. El arrepentimiento es «dolor del alma».
Pero el dolor de corazón que se requiere para hacer
una buena confesión no es necesario que sea sensible
realmente, como se siente un gran disgusto. Basta que se tenga
un deseo sincero de tenerlo. El arrepentimiento es cuestión
de voluntad. Quien diga sinceramente quisiera no haber cometido
tal pecado tiene verdadero dolor.
El dolor es lo más importante de la confesión.
Es indispensable: sin dolor no hay perdón de los pecados
.
Por eso es un disparate esperar a que
los enfermos estén
muy graves para llamar a un sacerdote. Si el enfermo pierde
sus facultades, podrá arrepentirse» Pues sin arrepentimiento,
no hay perdón de los pecados, ni salvación posible.
El dolor debe tenerse -antes de recibir la absolución-
de todos los pecados graves que se hayan cometido. Si sólo
hay pecados veniales es necesario dolerse al menos de uno,
o confesar algún pecado de la vida pasada.
Contrición perfecta y atrición
Contrición
perfecta es un pesar sobrenatural del pecado por amor a Dios,
por ser Él tan bueno, porque es mi
Padre que tanto me ama, y porque no merece que se le ofenda,
sino que se le dé gusto en todo y sobre todas las cosas.
Contrición es arrepentirse de haber pecado porque el
pecado es ofensa de Dios. Siempre con propósito se enmendarse
desde ahora y de confesarse cuando se pueda . La contrición
es dolor perfecto .
Aunque la contrición perdona, la Iglesia obliga a una
confesión posterior, porque es necesario que el pecador
haga una adecuada satisfacción; y ésta, es el
sacerdote el que debe imponérsela, porque es el delegado
por Dios para reconciliar con la Iglesia.
El acto de contrición es la manifestación
de la pena que nos causa haber ofendido a Dios por lo bueno
que
es y por lo mucho que nos ama:
lágrimas no sólo por temor al castigo, sino por
la pena de haberle entristecido.
Atrición es un pesar sobrenatural de haber ofendido
a Dios por temor a los castigos que Dios puede enviar en esta
vida y en la otra, o por la fealdad del pecado cometido, que
es una ingratitud para con Dios y un acto de rebeldía.
Siempre con propósito de enmendarse y de confesarse.
La atrición es dolor imperfecto, pero basta para la
confesión .
Un ejemplo: un chico jugando a la pelota
en su casa rompe un jarrón de porcelana que su madre conservaba con cariño
y, al ver lo que ha hecho, se arrepiente. Si lo que teme es
el castigo que le espera, tiene dolor semejante a la atrición;
pero si lo que le duele es el disgusto que se va a llevar su
madre, tiene un dolor semejante a la contrición.
Es lógico que la contrición y la atrición
vayan un poco unidas.
Aunque uno tenga contrición, eso no impide que también
tenga miedo al infierno, como corresponde a todo el que tiene
fe. Y aunque uno se arrepienta por atrición, hay que
suponer algún grado de amor para recuperar la amistad
con Dios.
Es mejor la contrición perfecta, pues con propósito
de confesión y enmienda, perdona todos los pecados,
aunque sean graves .
Cuando uno, en peligro de muerte, está en pecado grave
y no tiene cerca un sacerdote que le perdone sus pecados, hay
obligación de hacer un acto de perfecta contrición
con propósito de confesarse cuando pueda. El acto de
contrición le perdona sus pecados, y si llega a morir
en aquel trance, se salvará. Si se arrepiente sólo
con atrición, no consigue el perdón de sus pecados
graves, a menos que se confiese , o reciba la unción
de los enfermos. Se salvarían muchos más si se
acostumbraran a hacer con frecuencia un acto de contrición
bien hecho.
Deberíamos hacer un acto de contrición siempre
que tengamos la desgracia de caer en un pecado grave. Así nos
ponemos en gracia de Dios hasta que llegue el momento de confesarnos.
Deberíamos hacer actos de arrepentimiento cada noche,
y cada vez que caemos en la cuenta de que hemos pecado. Dios
está deseando perdonarnos. Pero si no le pedimos perdón,
no nos puede perdonar.
Sería una monstruosidad perdonar una falta a quien
no quiere arrepentirse de ella. «De Dios no se ríe
nadie».
El arrepentimiento es condición indispensable para
recibir el perdón.
El verdadero arrepentimiento incluye
el pedir perdón
a Dios. No sería sincero nuestro arrepentimiento si
pretendiésemos despreciar el modo ordinario establecido
por Dios para perdonarnos.
Acto
de contrición
EL
ACTO DE CONTRICIÓN SE HACE REZANDO DE CORAZÓN
EL «SEÑOR MIO JESUCRISTO...» (lo tienes
en los Apéndices) O, MAS FACILMENTE, DICIENDO DE TODO
CORAZÓN:
«Dios mío, yo te amo con todo mi corazón
y sobre todas las cosas. Yo me arrepiento de todos mis pecados,
porque te ofenden a Ti, que eres tan bueno. Señor, perdóname
y ayúdame para que nunca más vuelva a ofenderte,
que yo así te lo prometo».
Y si quieres uno más breve para
momentos de peligro:
«
Dios mío, perdóname, que yo te amo sobre todas
las cosas»
Además, este acto de contrición tan breve, te
sirve también para cuando vayas a confesarte si no sabes
el «Señor mío Jesucristo». Si sabes
el acto de contrición largo, lo puedes hacer con devoción
y consciente de lo que dices; pero si crees que no te va a
salir bien, o lo vas a decir rutinariamente, más vale
que repitas varias veces de corazón: «Dios mío,
perdóname!, Dios mío, perdóname!».
Pero además, este acto de contrición en tres
palabras, puede servir también para que ayudes a bien
morir a otras personas: parientes, conocidos o incluso desconocidos,
si encuentras, por ejemplo, un accidente en la carretera. Aunque
parezcan muertos, el oído es lo último que se
pierde; y muchos que parecían muertos, después,
cuando se recuperaron, dijeron que se habían enterado
de todo lo que ocurrió, aunque ellos no podían
decir una palabra ni mover un solo músculo de su cuerpo.
Por eso, si alguna vez te encuentras en la carretera un accidente,
no dudes en ponerte de rodillas en el suelo, aplicar tu boca
a su oído y decirle por lo menos tres veces: «Dios
mío, perdóname! , Dios mío, perdóname!
, Dios mío, perdóname!». Que si lo oye
y lo acepta, le ayudas a que salve su alma. Y nadie en la vida
le ha hecho mayor favor que tú, que en la hora de la
muerte le ayudaste a ganar el cielo.
Debemos preocuparnos de ayudar a bien
morir a los moribundos. Hoy está muy paganizado el sentido de la muerte, y muchas
personas ante un accidente o un moribundo, se preocupan del
médico, y muy pocos se preocupan de preparar el alma
para la eternidad. Ocúpate tú si ves que nadie
se acuerda de hacerlo.
Ojalá que ayudes a bien morir a muchas personas. El
día que te encuentres con ellos en el cielo verás
cómo te lo agradecen; y sentirás felicidad por
haber colaborado a la salvación de otros.
Creo que con este acto de contrición, en tres palabras,
te ayudo a que puedas enfrentarte con tranquilidad a la muerte,
si en ese momento trascendental no tienes al lado un sacerdote
que te perdone; y además puedes ayudar a otros a bien
morir, y de esta manera colaborar a su salvación eterna.
Cuando estuve en la Argentina, para la
gran misión
de Buenos Aires, en octubre de 1960, conocí el acto
de contrición que allí se usa. Me gustó mucho
y lo transcribo aquí:
«
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón
de haberos ofendido. Pésame por el infierno que merecí y
por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa
porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande
como Vos. Antes querría haber muerto que haberos ofendido;
y propongo firmemente no pecar más, y evitar todas las
ocasiones próximas de pecado. Amén».
También es un acto de contrición
perfecta este precioso soneto:
No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes
prometido;
ni me mueve el infierno tan temido para dejar, por eso, de
ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme
el verte clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor y en
tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque
no hubiera infierno,
te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, porque aunque lo que
espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.
Este soneto, atribuido a distintos autores,
según el
conocido periodista Bartolomé Mostaza , se debe al doctor
Antonio de Rojas, místico notorio del siglo XVII .
Para hacer un acto de contrición no es necesario usar
ninguna fórmula determinada. Basta detestar de corazón
todos los pecados por ser ofensa a Dios.
Cuando quieras hacer un acto de contrición perfecta
también puedes hacerlo pensando en Cristo crucificado,
y arrepintiéndote, por amor suyo, de tus pecados, ya
que fueron causa de su Pasión y Muerte.
El acto de contrición es un acto de la voluntad. Puede
estar bien hecho, aunque te parezca que no sientes sensiblemente
lo que dices. Si quieres amar a Dios sobre todas las cosas
y no volver a pecar, es lo suficiente. Pero debes querer que
sea verdad lo que dices. No basta decir el acto de contrición
sólo con los labios. Es necesario decirlo con todo el
corazón.
Es de capital importancia el saber hacer
un acto de perfecta contrición, pues es muy frecuente
tenerlo que hacer: son muchos los que a la hora de la muerte
no tienen a mano
un sacerdote que los confiese.
Además, conviene hacer el acto de contrición
todas las noches, después de haber hecho un breve examen
de conciencia, añadiendo siempre el propósito
de enmendarse y confesarse.
No deberíamos olvidar nunca aquel admirable consejo:
Pecador, no te acuestes nunca en pecado;
no sea que despiertes
ya condenado.
Son más de los que nos figuramos
los que se acuestan tranquilos y despiertan en la otra vida,
muertos de repente.
En la calle Capitán Arenas, de Barcelona, el 6 de marzo
de 1972 a las tres de la madrugada se produjo una explosión
de gas y se hundió un moderno edificio de muchas plantas.
Murieron todos los vecinos. Lo mismo ha ocurrido repetidas
veces en terremotos .
Propósito de enmienda
Propósito
de enmienda es una firme resolución
de no volver a pecar.
El propósito brota espontáneamente del dolor
. Si tienes arrepentimiento de verdad, harás el propósito
de no volver a pecar.
Dice el profeta Isaías: «Que el malvado abandone
su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor,
y Él tendrá piedad».
Es absurdo decirse al pecar: después me arrepentiré .
Si después piensas arrepentirte de verdad, para qué haces
ahora lo que luego te pesará de haber hecho» Nadie
se rompe voluntariamente una pierna diciendo: después
me curaré .
El propósito hay que hacerlo antes de la confesión,
y es necesario que perdure (por no haberlo retractado) al recibir
la absolución. El propósito tiene que ser universal,
es decir, propósito de no volver a cometer ningún
pecado grave. No basta que se limite a los pecados de la confesión
presente. Y debe ser «para siempre». Sería
ridículo que uno que ha ofendido a otro le dijera:
«Siento lo ocurrido, pero me reservo el derecho de hacerlo
otra vez, si me da la gana».
Si no hay verdadero propósito de la enmienda, la confesión
es inválida y sacrílega .
No creas que tu propósito no es sincero porque preveas
que volverás a caer. El propósito es de la voluntad;
el prever es de la razón. Basta que tengas ahora una
firme determinación, con la ayuda de Dios, de no volver
a pecar. El temor de que quizás vuelvas después
a caer no destruye tu voluntad actual de no querer volver a
pecar. Y esto último es lo que se requiere. Para poder
confesarse no hace falta estar ciertos de no volver a caer.
Esta seguridad no la tiene nadie. Basta estar ciertos de que
ahora no quieres volver a caer. Lo mismo que al salir de casa
no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no
quieres tropezar .
Dice Juan Pablo II: Es posible que, aun
en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado
y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de
nuevas caídas; pero eso no va en contra de la autenticidad
del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad,
apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para
evitar la culpa .
Pero no olvides que para que el propósito sea eficaz
es necesario apartarse seriamente de las ocasiones de pecar
, porque, dice la Biblia: « quien ama el peligro perecerá en él».
Y si te metes en malas ocasiones, serás malo . Hay
batallas que el modo de ganarlas es evitarlas. Combatir siempre
que sea necesario, es de valientes; pero combatir sin necesidad
es de estúpidos y fanfarrones.
Si no quieres quemarte, no te acerques
demasiado al fuego. Si no quieres cortarte, no juegues con
una navaja de afeitar.
Quien quiere verlo todo, oírlo todo, leerlo todo, es
moralmente imposible que guarde pureza. Es necesario frenar
los sentidos..., y la concupiscencia! La concupiscencia es
una fiera insaciable. Aunque se le dé lo que pide, siempre
quiere más. Y cuanto más le des, más te
pedirá y con más fuerza. La fiera de la concupiscencia
hay que matarla de hambre. Si la tienes castigada, te será más
fácil dominarla.
En las ocasiones de pecar hay que saber
cortar cuanto antes. Si tonteas, vendrá un momento en que la tentación
te cegará y llegarás a cosas que después,
en frío, te parecerá imposible que tú hayas
podido realizar. La experiencia de la vida confirma continuamente
esto que te digo.
Si el propósito no se extendiese también a poner
todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas
de pecar, no sería eficaz, mostraría una voluntad
apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de perdón.
Quien, pudiendo, no quiere dejar una
ocasión próxima
de pecado grave, no puede recibir la absolución. Y si
la recibe, esta absolución es inválida y sacrílega.
Ocasión de pecado es toda persona, cosa o circunstancia,
exterior a nosotros, que nos da oportunidad de pecar, que nos
facilita el pecado, que nos atrae hacia él y constituye
un peligro de pecar. Se llama ocasión próxima
si lo más probable es que nos haga pecar; pues, ya sea
por la propia naturaleza, ya por las circunstancias, en tales
ocasiones la mayoría de las veces se peca.
Hay obligación grave de evitar, si se puede, la ocasión
próxima de pecar gravemente. De manera que quien se
expusiera voluntaria y libremente a peligro próximo
de pecado grave, aunque de hecho no cayese en el pecado, pecaría
gravemente por exponerse de esa manera, sin causa que lo justifique.
La ocasión próxima de pecar se diferencia de
la ocasión remota en que esta última es poco
probable que nos arrastre al pecado.
Si la ocasión de pecado es necesaria
y no se puede evitar, hay que tomar muy en serio el poner
los medios para
no caer. Para esto consultar con el confesor.
Jesucristo tiene palabras muy duras sobre
la obligación
de huir de las ocasiones de pecar. Llega a decir que si tu
mano te es ocasión de pecado, te la cortes; y que si
tu ojo es ocasión de pecado, te lo arranques; pues más
vale entrar en el Reino de los Cielos manco o tuerto, que ser
arrojado con las dos manos o los dos ojos en el fuego del infierno
.
Una persona que tiene una pierna gangrenada
se la corta para salvar su vida. Vale la pena sacrificar
lo menos para salvar
lo más.
Evitar un pecado cuesta menos que desarraigar
un vicio. Esto es a veces muy difícil. Es mucho más fácil
no plantar una bellota que arrancar una encina.
Los actos repetidos crean hábito
y pueden esclavizar. Dice el proverbio latino: Gutta cavat
petram, non semel sed
saepe cadendo. La gota de agua, a fuerza de caer, termina por
horadar la piedra.
Para apartarse con energía de las ocasiones de pecar,
es necesario rezar y orar: pedirlo mucho al Señor y
a la Virgen, y fortificar nuestra alma comulgando a menudo.
Decir los pecados al confesor
Al
confesor hay que decirle voluntariamente, con humildad, y
sin engaño ni mentira, todos y cada uno de los pecados
graves no acusados todavía en confesión individual
bien hecha ; y en orden a obtener la absolución .
No tendría carácter de confesión sacramental
manifestar los pecados para pedir consejo, obligarle a callar,
etc. .
Antes de empezar la confesión el sacerdote puede leer
al penitente, o recordarle, algún texto o pasaje de
la Sagrada Escritura en que se muestre la misericordia de Dios
y la llamada del hombre a la conversión .
Dijo el Papa Juan Pablo II el 30 de enero
de 1981: «Sigue
vigente y seguirá vigente para siempre, la enseñanza
del Concilio Tridentino en torno a la necesidad de confesión íntegra
de los pecados mortales». Es indispensable manifestar
los pecados con toda sinceridad y franqueza, sin intención
de ocultarlos o desfigurarlos. Si confesamos con frases vagas
o ambiguas con la esperanza de que el confesor no se entere
de lo que estamos diciendo, nuestra confesión puede
ser inválida y hasta sacrílega. Al confesor hay
que manifestarle con claridad los pecados cometidos para que él
juzgue el estado del alma según el número y gravedad
de los pecados confesados.
La absolución exige, cuando se trate de pecados mortales,
que el sacerdote comprenda claramente y valore la calidad y
el número de los pecados . El confesor debe conocer
las posibles circunstancias atenuantes o agravantes, y también
las posibles responsabilidades contraídas por ese pecado.
También hace falta que el penitente esté en
presencia del confesor. No es válida la confesión
por teléfono(.
Si queda olvidado algún pecado grave, no importa; pecado
olvidado, pecado perdonado. Pero si después me acuerdo,
tengo que declararlo en otra confesión. Mientras tanto,
se puede comulgar. Y no es necesario confesarse únicamente
para decirlo, porque ya está perdonado .
Pero si la confesión estuvo mal hecha, es necesario
confesar de nuevo todos esos pecados graves, en otra confesión
bien hecha.
En alguna circunstancia excepcional se
justifica el callar un pecado grave en la confesión: una vergüenza
invencible de decirlo a un determinado confesor, por ejemplo,
por la amistad que se tiene con él y no ser posible
acudir a otro; si peligra el secreto, porque hay alguien cerca
que puede enterarse, y no hay modo de evitarlo (sala de un
hospital, confesonario rodeado de gente, etc.).
Pero ese pecado grave, ahora lícitamente omitido, hay
obligación de manifestarlo en otra confesión.
Si en alguna ocasión quieres confesarte y no encuentras
un sacerdote que entienda el español, o tú no
puedes hablar, basta que le des a entender el arrepentimiento
de tus pecados, por ejemplo, dándote golpes de pecho
. Tu gesto basta para que el sacerdote te dé la absolución.
Pero estos pecados así perdonados, tienes que manifestarlos
la primera vez que te confieses con un sacerdote que entienda
el idioma que tú hablas.
Recientemente la Sagrada Congregación de la Fe ha publicado
un documento en el que se dan normas sobre la manifestación
individual de los pecados en la confesión, y circunstancias
en las que puede darse la absolución colectiva : «La
confesión individual y completa, seguida de la absolución,
es el único modo ordinario mediante el cual los fieles
pueden reconciliarse con Dios y con la Iglesia.
«A no ser que una imposibilidad física o moral
les dispense de tal confesión».
«Es lícito dar la absolución sacramental
a muchos fieles simultáneamente, confesados sólo
de un modo genérico, pero convenientemente exhortados
al arrepentimiento, cuando visto el número de penitentes,
no hubiera a disposición suficientes sacerdotes para
escuchar convenientemente la confesión de cada uno en
un tiempo razonable, y por consiguiente los penitentes se verían
obligados, sin culpa suya, a quedar privados por largo tiempo
de la Gracia Sacramental o de la Sagrada Comunión».
Estas condiciones, según algunos, son necesarias para
la validez del sacramento, pero los fieles que reciben la absolución
colectiva siempre pueden quedar tranquilos, pues Dios suple,
ya que ellos pusieron todo de su parte .Hay un principio teológico
que dice: Al que hace lo que está de su parte, Dios
no le niega su gracia .
Es el Obispo diocesano quien debe juzgar
de esta conveniencia . Bien pidiéndole permiso previamente, bien comunicándoselo
después, si no hubo tiempo de pedirle antes permiso
.
El 18 de noviembre de 1988 la Conferencia
Episcopal Española
publicó un documento, aprobado por la Santa Sede, en
el que declara que hoy en España no existen circunstancias
que justifiquen la absolución sacramental general. Y
el arzobispo de Oviedo, D. Gabino Díaz Merchán
, dijo a los sacerdotes del Arciprestazgo de Avilés-Centro,
que las absoluciones colectivas, sin cumplir las condiciones
dadas por la Iglesia, son ilícitas e inválidas.
La razón es que el ministro que confecciona el sacramento
tiene que tener intención de hacer lo que quiere hacer
la Iglesia, y la Iglesia no quiere que se administre el sacramento
de la penitencia fuera de las condiciones que ella ha puesto.
Quienes hayan recibido una absolución comunitaria de
pecados graves deben después confesarse individualmente
antes de recibir de nuevo otra absolución colectiva,
y, en todo caso, antes del año, a no ser que, por justa
causa, no les sea posible hacerlo .
Los fieles que quieran beneficiarse de
la absolución
colectiva, por estar debidamente dispuestos, deben manifestar
mediante algún signo externo que quieren recibir dicha
absolución, por ejemplo, arrodillándose, inclinando
la cabeza, etc. .
Un caso concreto de aplicación de la absolución
colectiva sería en peligro de muerte colectiva e inminente,
sin tiempo de oír en confesión a cada uno , por
ejemplo, momentos antes de estrellarse un avión averiado
Los pecados veniales
Los
pecados veniales no es necesario decirlos, pero conviene
.
La fiebre, aunque sean sólo unas décimas, es
señal de que algo va mal en el organismo. El mal siempre
hay que combatirlo, aunque no sea grave. En el hospital declaras
al médico no sólo las cosas graves, sino también
las leves; no sea que se compliquen. Hazlo así al sacerdote
para que cure tu alma.
Además de los pecados graves, hay que decirle al confesor
cuántas veces se han cometido, y si hay alguna circunstancia
agravante que varíe la especie o malicia del pecado
.
El Concilio de Trento dice que «por derecho divino es
necesario para el perdón de los pecados en el Sacramento
de la Penitencia confesar todos y cada uno de los pecados mortales
de que se acuerde después de un diligente y debido examen,
y las circunstancias agravantes que cambian la especie del
pecado».
No es necesario que cuentes la historia del pecado, pero sí tienes
que decir las circunstancias agravantes que varíen la
especie o malicia del pecado. Una circunstancia varía
la especie o malicia de un pecado, si convierte en grave lo
que es leve, o lo opone a distintas virtudes o mandamientos
.
Por ejemplo: no es lo mismo asesinar
a un hombre cualquiera que al propio padre. En el primer
caso se peca contra el quinto
mandamiento, que manda respetar la vida del prójimo.
En el segundo caso se peca, además,
contra el cuarto, que manda honrar a nuestros padres.
Las circunstancias pueden cambiar la moralidad de una acción
. Nunca las circunstancias pueden hacer buena una acción
que de suyo es mala; pero pueden hacer mala una acción
que era buena, o hacer peor una acción que ya era de
suyo mala .
Las circunstancias agravantes de tu pecado tienes que manifestarlas,
si al cometerlo advertiste su malicia especial.
También hay circunstancias atenuantes
que disminuyen la gravedad del pecado .
Por eso no te extrañe que el confesor te pregunte sobre
tus pecados; porque debe conocer cuántos y en qué circunstancias
cometiste esos pecados que él va a perdonarte. El sacerdote
debe ayudarte a hacer una confesión íntegra y
a que tu arrepentimiento sea sincero. Debe también darte
consejos oportunos e instruirte para que lleves una vida cristiana
.
Las principales circunstancias agravantes o atenuantes son:
Quién : adulterio, si uno de los dos es casado. Qué : robar mil pesetas o un millón. Cómo : robar con violencia. Cuándo : blasfemar en la misa. Dónde : pecar en público, con escándalo
de otros. Porqué : insultar para hacer blasfemar.
Los pecados dudosos -como ya dijimos
en el número 61-
no es obligatorio confesarlos, pero conviene hacerlo para más
tranquilidad.
Los pecados ciertos debes confesarlos como ciertos; y los
dudosos, como dudosos.
Si confesaste, de buena fe, un pecado
grave como dudoso y después descubres que fue cierto, no tienes que acusarte
de nuevo, pues la absolución lo perdonó tal como
era en realidad . Para que haya obligación de confesar
un pecado grave debe constar que ciertamente se ha cometido
y ciertamente no se ha confesado.
Al confesor conviene decirle también cuánto
tiempo ha pasado desde la última vez que te confesaste.
Esto es conveniente decirlo al empezar
la confesión.
Callar voluntariamente
EL
QUE CALLA VOLUNTARIAMENTE EN LA CONFESION UN PECADO GRAVE,
HACE UNA MALA CONFESION, NO SE LE PERDONA NINGUN PECADO,
Y, ADEMAS, AÑADE OTRO PECADO TERRIBLE, QUE SE LLAMA
SACRILEGIO .
Todas las confesiones siguientes en que
se vuelva a callar este pecado voluntariamente, también son sacrílegas
. Pero si se olvida, ese pecado queda perdonado, porque pecado
olvidado, pecado perdonado .
Pero si después uno se acuerda, tiene que manifestarlo
diciendo lo que pasó.
Para que haya obligación de confesar
un pecado olvidado, hacen falta tres cosas: estar seguro
de que:
a) el pecado se cometió ciertamente.
b) que fue ciertamente grave.
c) que ciertamente no se ha confesado.
Si hay duda de alguna de estas tres cosas, no hay obligación
de confesarlo. Pero estará mejor hacerlo, manifestando
la duda.
QUIEN SE CALLA VOLUNTARIAMENTE UN PECADO GRAVE EN LA CONFESION,
SI QUIERE SALVARSE , TIENE QUE REPETIR LA CONFESION ENTERA
Y DECIR EL PECADO QUE CALLO, DICIENDO QUE LO CALLO DANDOSE
CUENTA DE ELLO .
Los que han tenido la desgracia de hacer
una confesión
sacrílega, y desde entonces vienen arrastrando su conciencia,
de ninguna manera pueden seguir en ese horrible estado. No
desconfíen de la misericordia de Dios. Acudan a un sacerdote
prudente, que les acogerá con todo cariño.
Bendecirán para siempre el día en que quitaron
de su alma ese enorme peso que la atormentaba.
Además, el confesor no se asusta de nada, porque, por
el estudio y la práctica que tiene de confesar, conoce
ya toda clase de pecados.
Es una tontería callar pecados graves en la confesión
por vergüenza, porque el confesor no puede decir nada
de lo que oye en confesión .
Aunque le cueste la vida callar el secreto
. Ha habido sacerdotes que han dado su vida antes que faltar
al secreto de confesión.
Este secreto, que no admite excepción,
se llama sigilo sacramental .
Es pecado ponerse a escuchar confesiones
ajenas. Los que, sin querer, se han enterado de una confesión ajena no
pecan; pero tienen obligación de guardar secreto .
Es curioso que los mismos que ponen dificultades
en decir sus pecados al confesor los propagan entre sus amigos,
y con
frecuencia exagerando fanfarronamente. Lo que pasa es que esas
cosas ante sus amigos son hazañas, pero ante el confesor
son pecados; y esto es humillante. Por eso para confesarse
hay que ser muy sincero. Los que no son sinceros, no se confiesan
bien.
Nunca calles voluntariamente un pecado grave, porque tendrás
después que sufrir mucho para decirlo, y al fin lo tendrás
que decir, y te costará más cuanto más
tardes, y si no lo dices, te condenarás .
Si tienes un pecado que te da vergüenza confesarlo, te
aconsejo que lo digas el primero. Este acto de vencimiento
te ayudará a hacer una buena confesión.
El confesor será siempre tu mejor amigo . A él
puedes acudir siempre que lo necesites, que con toda seguridad
encontrarás cariño y aprecio. Además de
perdonarte los pecados, el confesor puede consolarte, orientarte,
aconsejarte, etc. Pregúntale las dudas morales que tengas.
Pídele los consejos que necesites. Dile todo lo que
se te ocurra con confianza. Te guardará el secreto más
riguroso.
Los sacerdotes estamos aquí para que los hombres, por
nuestro medio, encuentren su salvación en Dios. El perdón
de un pecado que, desde el punto de vista sociológico,
acaso no tiene gran transcendencia, es en realidad más
importante que todo cuanto podamos hacer para mejorar la existencia
de los hombres . Hasta Nietzshe , a pesar de su violentísimo
anticristianismo, decía que el sacerdote es una víctima
sacrificada en bien de la humanidad .
El sacerdote guía a la comunidad cristiana con la predicación
de la palabra de Dios, con sus consejos, con sus orientaciones,
con su actitud de diálogo, de acogida, de comprensión,
con su fidelidad a Jesucristo. El sacerdote es, ante todo,
un educador .
Dice Juan Pablo II, en su libro Don y
Misterio, citando San Pablo , que el sacerdote es administrador
de los misterios
de Dios: El sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación
para distribuirlos debidamente entre las personas .
Cuenta el historiador José de Sigüenza hablando
de Fray Hernando de Talavera, Primer Arzobispo de Granada,
que la reina Isabel la Católica lo llamó para
confesarse con él. Era la primera vez que lo hacía
con él. Habían preparado dos reclinatorios, pero
el obispo se sentó. Le dijo la reina:
- Ambos hemos de estar de rodillas.
Pero el confesor contestó:
- No,Señora. Vuestra Alteza sí debe estar de
rodillas, para confesar sus pecados; pero yo he de estar sentado,
porque éste es el Tribunal de Dios y yo estoy aquí representándolo.
Calló la reina y se confesó de rodillas. Después
dijo:
- Éste es el confesor que yo buscaba .
No sé cómo llegó a mis manos una hoja
que decía:
Pobre cura!
Si es joven, le falta experiencia. Si es viejo, ya debe retirarse.
Si canta mal, se ríen. Si canta bien, es un vanidoso.
Si se alarga en el sermón, es un pesado. Si es corto,
no sabe qué decir.
Si habla en voz alta, regaña. Si lo hace en tono natural,
no se le oye.
Si escucha en el confesonario, es un chismoso. Si confiesa
aprisa, no escucha.
Si visita a los feligreses, no está nunca en el despacho.
Si no lo hace, es arisco.
Si tiene coche, vive como un rico. Si va a pie, es un antiguo.
Si pide ayuda, es un pesetero. Si no arregla la iglesia, es
un abandonado.
Y cuando se muera, muchos lo echarán de menos.
Si tienes la desgracia de tropezar con
un religioso o con un sacerdote que no vive conforme a su
estado, no te alarmes
por eso. A veces, se dan caídas incluso en los que tienen
más obligación de servir a Dios . Pero por eso
no debe vacilar tu fe. Nuestra fe no descansa en ningún
hombre, sino en Dios, que nunca falla. Los hombres están
sujetos a cambios. El que hoy es bueno, mañana deja
de serlo; y viceversa. También entre los doce Apóstoles
hubo un Judas traidor. El sacerdote que no cumple bien sus
obligaciones, será juzgado por Dios como se merece.
Sin embargo, la religión no deja de ser verdad aunque
haya sacerdotes débiles, que no vencen sus pasiones.
Lo mismo que la Medicina sigue siendo verdad, aunque hubiera
médicos toxicómanos.
Hay sacerdotes malos, pero en proporción muchísimo
menor que en cualquier otra profesión . Y por otra parte,
la virtud en grado elevado se ha dado siempre en el sacerdocio
más que en cualquier otra profesión.
Cuando un sacerdote peca, una persona
culta piensa: qué heroísmo
el de tantos otros sacerdotes que teniendo las mismas inclinaciones
y pasiones sin embargo no sucumben .
Es una injusticia generalizar las faltas,
que excepcionalmente se dan en un caso aislado, achacándolas a todos los
demás sacerdotes. Como si yo, porque conozco a dos de
tu pueblo que son unos borrachos, dijera que todos los de allí sois
unos borrachos. Sería injusto con vosotros.
Además las faltas en un sacerdote llaman más
la atención, precisamente por eso, por lo excepcionales;
una mancha de tinta se ve mucho más en un pantalón
claro que el «mono» grasiento de un mecánico.
Sobre las acusaciones que se oyen contra los curas te recomiendo: «Yo
no creo en los curas» de Yanes .
Es una equivocación el mal concepto que muchos tienen
de los sacerdotes. Ningún muchacho se hace sacerdote
para pasarlo bien. Y se da cuenta de ello en los largos años
de estudios sacerdotales, sometido a una disciplina dura y
a unas renuncias muy fuertes: como es renunciar a una novia
y renunciar a un hogar. Además, los estudios de un sacerdote
son tan largos y costosos como los de un médico o los
de un ingeniero, y sin embargo la mayoría de los sacerdotes
en España ganan el salario mínimo interprofesional
. Hoy, en España, el clero vive por lo general peor
que la clase media . Sería ridículo que un muchacho
pensara en ser sacerdote para pasarlo bien. Los que aspiran
al sacerdocio lo hacen para ser ellos mejores y para hacer
el mundo mejor. Porque si no hubiera sacerdotes, los de arriba
serían peores de lo que son, los de abajo tendrían
menos defensores, y tú en lugar de tener este libro
entre tus manos quizás tendrías otro para mal
de tu alma .
Y si algún sacerdote no te da buen ejemplo, no te guíes
por lo que hace, sino por la doctrina de Cristo que te predica.
Ya te avisó Cristo : «Haced lo que os dicen, pero
no hagáis según sus obras»
.
Ellos son responsables de sus obras, y darán a Dios
estrecha cuenta de ellas; pero tú tendrás que
dar a Dios cuenta de las tuyas. El que otro cometa pecados
no justifica el que tú también los cometas. Los
dos iréis al infierno, si no pedís perdón
a Dios.
La confesión, al perdonarnos los pecados, nos devuelve
la gracia santificante (o nos la aumenta, si no la habíamos
perdido por el pecado grave). Y con la gracia también
nos devuelve el derecho al cielo y nos restaura todos los méritos
pasados, que habíamos perdido por el pecado grave.
La confesión es un gran beneficio de Dios que debemos
saber estimar y aprovechar. Qué sería de nosotros
en la otra vida, si no tuviéramos en ésta un
medio para alcanzar el perdón de nuestros pecados»
Por eso la Iglesia, que quiere que aseguremos
la salvación,
manda que nos confesemos por lo menos una vez al año
.
La confesión anual es obligatoria. Pero deberíamos
confesarnos con frecuencia. Al menos cada mes. Y esto aunque
no haya pecados graves, pues la confesión es un sacramento,
que nos dará gracia para ser cada vez mejores.
Si no tienes pecados graves, te confiesas
de algún
venial, que nunca falta. Y aunque ya te dije que los pecados
veniales no es obligatorio confesarlos, siempre es conveniente.
Sin embargo, aunque Dios quiere que me
confiese a menudo, y a mí me conviene hacerlo, ningún
hombre puede forzarme. Ni mis jefes, ni mis amigos, ni mis
familiares, ni
un sacerdote, ni nadie.
Los otros podrán aconsejarme que me confiese; pero forzarme,
no. La confesión tiene que ser libre.
Que me salga de dentro. Porque la estimo
y quiero salvarme. Aunque me cueste. Las medicinas no siempre
gustan. Si voy a
la confesión forzado y sin dolor, la confesión
será una comedia. Y esto es un pecado gravísimo.
Para que la confesión valga, tiene que haber arrepentimiento.
Si en alguna rarísima ocasión alguien te obliga
a confesarte, y tú no estás en disposición
de ello, antes de hacer una mala confesión, dile al
sacerdote que no vas a con intención de confesarte y
que te dé la bendición: los demás no notarán
nada, y tú no habrás cometido un sacrilegio.
Por muchos pecados que tengas, y por
grandes que sean, nunca debes desconfiar de Dios, sino que
debes acudir humildemente
a Él y pedir el perdón que Él está deseando
darte. Dios odia el pecado, pero ama al pecador; y sólo
quiere que se convierta y se salve . Todo confesor tiene obligación
de confesar a todo aquel que se lo pida razonablemente .
La absolución del sacerdote es el signo eficaz del
perdón de Dios y el momento culminante de la celebración
del sacramento de la penitencia.
La absolución tiene lugar cuando el sacerdote pronuncia
la fórmula sacramental: Yo te absuelvo de tus pecados
, al mismo tiempo que traza la señal de la cruz sobre
el penitente.
Cumplir la penitencia
Cumplir
la penitencia es rezar o hacer lo que el confesor me diga.
La exhortación pontificia de Juan Pablo II Reconciliación
y Penitencia (31,3) dice que las obras de satisfacción
deben consistir en acciones de culto, caridad, misericordia
y reparación.
Si no sé o no puedo cumplirla, debo decírselo
al confesor para que me ponga una penitencia distinta.
La penitencia se llama también satisfacción,
pues de algún modo quiere expresar nuestra voluntad
de reparación a la Iglesia del daño que le hemos
producido al pecar, convirtiéndonos en miembros cancerosos
del Cuerpo Místico de Cristo . Cumplir la penitencia
es también expresión de nuestra voluntad de conversión
cristiana.
La penitencia hay que cumplirla en el
plazo que diga el confesor. Si el confesor no ha fijado el
tiempo, lo mejor es cumplirla
cuanto antes, para que no se nos olvide; pero se puede cumplir
también después de comulgar; y también
confesarse de nuevo antes de haberla cumplido, con tal de que
haya intención de cumplirla .
Si la penitencia no se cumple por olvido
involuntario, no hay que preocuparse; los pecados quedan
perdonados. Pero si
no se cumple culpablemente, aunque los pecados quedan perdonados,
se comete un nuevo pecado mortal o venial, según que
la penitencia fuera grave o leve. Penitencia grave es la que
normalmente corresponde a pecados graves . Si después
de la confesión no recuerdas la penitencia que te puso
el confesor, o no puedes cumplirla, lo dices así en
la próxima confesión. En caso de no acordarte
qué penitencia te puso el confesor, puedes rezar o hacer
lo que en otras confesiones parecidas te impusieron.
La penitencia es siempre muy pequeña comparada con
nuestros pecados Pero, a pesar de ser tan pequeña, es
suficiente, porque participamos de lo que se llama la Comunión
de los Santos: todos los que pertenecemos a la Iglesia Católica
formamos como una gran familia -que se llama el Cuerpo Místico
de Cristo (Ver nº 41)- en la cual todos los bienes espirituales
son comunes.
«
Lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para
todos».
Todos nos beneficiamos de los bienes,
dones y gracias que cada uno ha recibido de Dios . Por lo
tanto, cada uno puede
gozar del gran tesoro espiritual formado con los méritos
de Jesucristo , de la Virgen y de todos los Santos que están
en el cielo, y con las buenas obras de los católicos
.
La Iglesia hace uso de los méritos
de este gran tesoro espiritual, al concedernos las indulgencias
.
La Iglesia condena a quienes afirmen
que la Iglesia no tenga potestad para concederlas o que éstas no sean útiles.
La práctica de las indulgencias se fundamenta en la
doctrina del Cuerpo Místico de Cristo . Las indulgencias
son la remisión de la pena temporal debida por los pecados
ya perdonados en cuanto a la culpa .
Según la Teología católica, todo pecado
grave da origen, en quien lo comete, a una culpa y a una pena.
La culpa se borra con la absolución del confesor. La
pena ha de ser pagada con el sufrimiento en el purgatorio o
con las buenas acciones en esta vida . Aquí entra la
aplicación de las indulgencias con las cuales se perdona
a los católicos, que cumplen ciertas condiciones, la
pena temporal debida por los pecados ya perdonados en cuanto
a la culpa. Es como borrar la cicatriz de la herida que el
pecado ha dejado en el alma.
Con las indulgencias podemos ayudar a los difuntos .
El primero de enero de 1967, Pablo VI
publicó una Constitución
Apostólica sobre la reforma de las indulgencias . Se
ha suprimido el antiguo modo de hablar de trescientos días
, siete años , etc., que se refería a los días
de penitencia pública que tenían que hacer los
pecadores, en los primeros siglos de la Iglesia, antes de recibir
la absolución de sus pecados graves. El nuevo documento
se puede resumir en las siguientes normas:
1) Las indulgencias se dividen en parciales y plenarias.
2) El fiel que con corazón contrito realice una acción
que tenga indulgencia parcial obtendrá además
del mérito que produce esa acción, otro idéntico,
por intervención de la Iglesia. Es decir, que merece
el doble.
3) La indulgencia plenaria sólo se puede ganar una
vez al día, salvo en caso de peligro de muerte.
4) Para adquirir la indulgencia plenaria,
además de
realizar la acción indulgenciada, y de que no exista
por parte del fiel ningún afecto o adhesión al
pecado incluso venial, hay que cumplir tres condiciones:
confesión sacramental, comunión eucarística
y rezo de una oración por las intenciones del Papa.
La confesión puede hacerse varios días antes
o después de cumplir la obra prescrita . La comunión
puede hacerse desde la víspera a la octava. Una sola
confesión sirve para ganar varias indulgencias plenarias.
En cambio, con una sola comunión y una sola oración
por las intenciones del Papa, únicamente se puede conseguir
una sola indulgencia plenaria. La oración por el Papa
basta que sea un Padrenuestro con un Avemaría y Gloria.
Según esta reforma de las indulgencias, las indulgencias
plenarias que se pueden ganar, una al día, en las condiciones
ordinarias, se han reducido a cuatro:
a) Ejercicio del Vía-Crucis.
b) Rezo del Rosario ante el sagrario o en común.
c) Media hora de adoración al Santísimo Sacramento.
d) Media hora de lectura de la Biblia .
Si no se cumplen las condiciones debidas,
o falta la buena disposición, la indulgencia será solamente
parcial.
Aquellos fieles que, por motivos personales
o de lugar, no puedan confesar ni comulgar, podrán
obtener la indulgencia si se proponen cumplir lo antes posible
estos dos requisitos.
Las indulgencias tanto parciales como plenarias pueden ser
siempre aplicadas a los difuntos a modo de sufragio . Se puede
ganar una indulgencia plenaria aplicable a los difuntos aunque
no se haya logrado el desafecto al pecado antes indicado .
En el momento de la muerte, cualquier
fiel, debidamente dispuesto espiritualmente, podrá ganar la indulgencia plenaria,
aunque carezca en aquel momento de un sacerdote que pueda impartírsela,
con tal que durante su vida haya rezado habitualmente alguna
oración. Es una obra de caridad para con las almas del
purgatorio el ganar para ellas indulgencias plenarias..
EN ÚLTIMO CASO , SI UNO NO SABE LO QUE TIENE QUE HACER
PARA CONFESARSE BIEN, PUEDE DECIR AL CONFESOR: «PADRE,
AYÚDEME USTED».
Al confesor se le dicen las cosas con
sinceridad, tal como uno las siente en la conciencia. Pero,
si no te atreves porque
te da vergüenza, le puedes decir al confesor que tienes
vergüenza, y el Padre te ayudará con todo cariño.
Y si te acuerdas de algún pecado que hayas cometido,
aunque el confesor no te lo pregunte, díselo tú para
que te lo perdone.
Mientras el sacerdote te da la absolución y te bendice,
reza el Señor mío Jesucristo , y si no lo sabes,
date golpes de pecho diciendo varias veces con toda tu alma:
Dios mío, perdóname! Dios mío, perdóname!...
En la confesión se perdonan todos los pecados que nosotros
hemos cometido después del bautismo, por muy grandes
que sean, con tal que se digan con arrepentimiento y propósito
de la enmienda; pero no el pecado original.