
Amor, libertad y lealtad en el noviazgo
Una pareja joven de esposos hablan sobre el noviazgo, la libertad,
el amor y la lealtad.
Por Antonio Orozco
Conversación con Javier Lozano y María José Garrote
JAVIER LOZANO y MARíA JOSÉ GARROTE constituyen
a ojos vista un joven matrimonio feliz. Nos encontramos en
un Congreso sobre la Familia organizado por las APAS. Javier
es abogado, con un prestigioso despacho profesional. María
José es licenciada en Derecho, dedicada a su marido
y a sus dos hijos. De momento tienen siete. María
José y Javier, hace unos pocos años todavía
eran "chico-chica" (nos reímos), aunque
también algo más: eran "novios".
Me parece que puede resultar interesante hablar con ellos
del noviazgo. ¿Quién no habrá de pasar
por tal situación si no la ha pasado ya; o, si su
camino es otro, dar un consejo, una opinión oportuna
sobre el asunto? Vayamos, pues, al grano.
-¿Qué recuerdos os trae el noviazgo, que tenéis
aún tan cercano?
J.L.- Cualquier matrimonio feliz convendrá en que
el noviazgo es una época que se recuerda con mucha
alegría, incluso con cierta nostalgia, sana, como
una etapa dorada de la vida. Pienso que la felicidad que
después se da en el matrimonio, en buena medida viene
del cuidado, del mimo -diría yo- que se haya puesto
en cuidar el noviazgo.
-Bien, pero ¿qué se entiende, o qué os
parece que debería entenderse por "noviazgo"?
Algunos piensan que es un concepto anacrónico y, por
otro lado, se usa a veces como un eufemismo de relaciones
aberrantes. ¿Cómo podría definirse el
buen noviazgo, conforme a la recta razón?
-Podríamos empezar por exclusión, diciendo
lo que no es: evidentemente no es una simple relación
de amistad entre un chico y una chica. Eso sería escaso
para lo que se pretende. Pero tampoco es una "relación
prematrimonial", en el sentido que se suele dar ahora
a esa expresión, como si fuera bueno en el noviazgo
todo lo que es bueno en el matrimonio.
El noviazgo va más allá de la mera relación
de amistad. Se añade una atracción hacia el
otro -el chico o la chica- de un orden especial, inmaterial,
espiritual, que se quiere fomentar, enriquecer, cultivar,
en orden a resolver dos cuestiones que entonces se plantean:
una, si es posible la continuidad de esa relación
gozosa que ha surgido; y otra, si puede convertirse en matrimonial.
Es decir, el noviazgo se vive en relación a un posible
o incluso probable matrimonio, del cual obtiene sus propias
notas características. Es decir, de cómo se
entienda el matrimonio, depende lo que se entienda por noviazgo.
LOS "EN-AMOR-DADOS"
-¿Y vosotros, qué entendéis
por matrimonio y, en consecuencia, por noviazgo?
J.L. -El matrimonio es, en síntesis -como muestran
el Derecho natural y el Magisterio de la Iglesia- la unión
de uno con una para siempre, abierta a la fecundidad. Subrayo
la palabra unión, aunque tiene mayor alcance y rigor
jurídico la palabra "vínculo". Una
unión que ha de ser fiel e indisoluble. Si lo concibes
así, como en realidad es por naturaleza, en el noviazgo
sabes con más claridad a lo que vas, que es a profundizar
en el conocimiento de la persona con la que sales, con la
cual posiblemente podrás llegar a compartir toda tu
vida.
El mismo lenguaje tiene expresiones
acertadas para la variedad de situaciones, recogidas por
el profesor Viladrich en un
libro que recuerdo con agrado, Amor y matrimonio. De los
novios se dice que están enamorados: "en-amor-dados",
es decir, viven una relación de cariño presidida
por el respeto y la lealtad. Es un tiempo en que es natural
pasarlo muy bien y disfrutar en el descubrimiento de otra
personalidad, otro "yo", complementario en tantos
aspectos. Pero es preciso tratarla en serio, sabiendo que
el noviazgo es una cosa y el matrimonio otra. ¡Ya llegará,
si Dios quiere!. No hay que tomarse anticipos. Recuerdo que
nos decían mis padres cuando comentábamos en
casa algún futuro plan, aunque no tuviera malicia
alguna: "¡pero, ¿qué dejáis
para el matrimonio?!". Hay sabiduría en esa pregunta.
LEALTAD EN LIBERTAD
M.J.G.- Con el matrimonio, los "en-amor-dados" se
convierten en "es-po-sa-dos", porque se han creado
unos vínculos afectivos que llegan a la entrega total
y definitiva, que requiere absoluta fidelidad y ayuda mutua.
Además, estas actitudes son exigibles por cada uno
y debidas al otro. En el noviazgo, en cambio, hay que conjugar
la libertad con la lealtad. Por eso el noviazgo tiene unos
límites que no existen en el matrimonio y que no se
deben traspasar . Y esto es lógico porque el matrimonio
es indisoluble y el noviazgo no. El noviazgo es la preparación
y debe estar regido más por la cabeza que por el corazón.
La decisiones deben estar tomadas con la cabeza. Cualquier
extralimitación en el noviazgo, paradójicamente,
se convierte en límite, en una especie de losa que
después pesa sobre la libertad, y en consecuencia
puede comprometer el acierto de futuras y graves decisiones.
En definitiva, aquí, como en todo, el dominio de
la pasión impide el dominio de la razón, y
hace muy difícil, si no imposible, hacer lo que realmente
conviene en cada momento. Incluso me parece que durante el
noviazgo la creación de ciertos lazos o vínculos
-como tener cuentas corrientes conjuntas, comprar cosas entre
ambos, etcétera- es innecesario, más aún,
puede estorbar, porque crea una situación artificial
que merma la libertad que sí es necesaria durante
ese período.
-¿Esa libertad necesaria quiere decir que cada uno
es libre de salir con el novio o novia, y también él
con otras chicas y ella con otros chicos?
-Durante el noviazgo pueden surgir
serias y razonables dudas sobre la conveniencia de continuarlo
o de cortarlo. Y puede
llegar un momento en que la lealtad exija plantear una crisis
para no comprometer el futuro de ambos, que no debe edificarse
sobre la inestabilidad. Cuando las espectativas, esperanzas,
ilusiones no son compartidas o generan dudas fundadas, serias,
sobre la estabilidad de la futura convivencia, hay que cortar.
Porque si no, se crearía una situación artificiosa
cada vez más difícil de superar. Los afectos
creados y los intereses comunes conducirían o bien
al aislamiento, que no es lo natural; o bien a buscar sistemáticamente
la compañía de terceros, porque entre ambos
ya estaría dicho todo y el encanto del salir solos
se desvanecería.
Pero la lealtad obliga normalmente
a los novios a no tratar a terceras personas de tal manera
que facilite la dispersión
del afecto. Hay una voluntaria atadura, la sujeción
libre a unos deberes. José Luis Soria, en un libro
muy útil, dice que quizá por eso tenga hoy
tan pocas simpatías el noviazgo serio. Y añade
que quien vea el deber como una falta de libertad, quien
no sepa renunciar a determinadas posibilidades por amor,
quien no quiera que nada ni nadie le coarte, quien no se
decida a aceptar ese necesario condicionamiento, se descalifica
automáticamente hasta para el matrimonio, que implica
la definitividad del compromiso provisional y primerizo del
noviazgo. Y nos estamos refiriendo no a un compromiso jurídico
o formal, sino a un compromiso íntimo, quizá sin
ninguna manifestación explícita, pero no por
eso carente de fuerza.
-María José y Javier están tan de acuerdo,
al menos en este asunto, que no es posible separarlos ni
en los aspectos opinables de la cuestión. Merecen
nuestra enhorabuena. Continúa, por favor, María
José.
M.J.G.- Me parece muy enjundioso el
consejo del beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, que he leído en Conversaciones: "el
noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto
y en el conocimiento. Y, como toda escuela de amor, ha de
estar inspirado no por el afán de posesión,
sino por el espíritu de entrega, de comprensión,
de respeto, de delicadeza" (). Me parece que en estas
palabras se puede descubrir el ambiente en el que pueden
desarrollarse armónicamente, sin estorbarse, al contrario,
tanto la libertad como la lealtad.
-¿Y no es muy difícil -imposible, piensan
algunos- vivir con esa nobleza, con esa limpieza, o por decirlo
mejor, con esa pureza de intención y de conducta que
estáis proclamando entre líneas? (María
José y Javier no creen ser una excepción y
realmente no lo son. No son extraterrestres) La pregunta
es la siguiente: ¿Qué hay que hacer y qué hay
que evitar para conseguirlo?
M.J.G. -Fácil no es, desde luego, vivir esas virtudes
que son tan humanas como cristianas. El ambiente es difícil,
incluso a veces hostil: hay mucha presión contraria.
Pero vale la pena ir contracorriente. El amor es lo que nos
hace felices y el amor verdadero sólo prende con sacrificio,
luchando con sentido de responsabilidad y espíritu
deportivo. Así, se consigue. Además, para el
cristiano, si hay caídas, también hay el remedio
de la Confesión, que cura y fortalece, nos levanta
y dignifica. Como es lógico, hay que evitar las ocasiones
de empañar la propia dignidad personal y la del otro:
los sitios poco frecuentados, los "roces" excesivos
con pretexto del cariño... son los principales enemigos.
Hay que medir las consecuencias de los propios actos. Salir
hasta altas horas de la noche, por sistema, no hace bien,
debilita la voluntad. Queramos o no, la noche no es lo mismo
que el día: ni se trabaja lo mismo, ni se tiene el
mismo dominio de sí. Es más difícil
dominar la voluntad después de haber visto una película
picante, con varias copas en el cuerpo y a las tres de la
madrugada. Como regla general, es evidente que el estado
de ánimo no es el mismo a las 12 del mediodía
que a las altas horas de la noche. Además, si se valora
el tiempo, al día siguiente hay que trabajar, lo cual
es incompatible con el sueño profundo...
J.L.- Tampoco nos parece oportuno que
grupos de novios vayan de excursión un fin de semana. Más bien puede
perjudicar. Yo diría también que a medida que
se consolida el noviazgo, el espíritu debe tomar la
iniciativa, las riendas, para que las almas se vayan compenetrando,
porque es de ahí que surge el cariño más
rico, permitiendo un conocimiento más hondo y unitivo.
Si durante el noviazgo no pusiéramos reservas al cuerpo,
el amor perdería su dimensión espiritual, las
relaciones serían meramente pasionales y pondrían
en peligro el futuro matrimonio.
LA PRUEBA... DE LA DEFUNCIÓN
-Ciertamente, la experiencia de siglos
habla en este mismo sentido. Pienso que una estadística veraz sobre ese
punto resultaría muy ilustrativa. De un noviazgo dominado
por la relación sensual, la felicidad del matrimonio
que le siga será muy pobre y corta...
J.L.- Es que el placer sensual, por
naturaleza, no establece compromisos duraderos y la posesión de uno por el
otro, en el noviazgo es egoísta. Decía Goethe
que "el amor no domina, cultiva". La posesión
no es -como a veces se pretende- una "prueba" del
amor, sino casi su partida de defunción. Muchos van
al matrimonio "de penalty", forzados por unas relaciones
mantenidas en el tiempo, pero que han perdido el significado
de entrega, de fidelidad, de donación de uno mismo,
de apertura a la descendencia. El placer posesivo es interesado,
no busca al otro o la otra, no respeta la dignidad de la
persona y da pie a la infidelidad y a la desgracia. En este
sentido, me parece especialmente importante el papel de la
mujer -de la novia-, porque la mujer es más reposada,
menos impulsiva. Debe fomentar un atractivo personal, pero
no a base de perder parcelas de su intimidad. La mujer es
más pudorosa, tiene recursos suficientes para explotar
sus cualidades personales haciéndose respetar y no
a base de perder el decoro o de ser provocativa. En esto
los padres han de desarrollar una importante labor de orientación.
EL "NOVIAZGO" DE
ADOLESCENTES
-¿Qué opináis
del noviazgo entre adolescentes?
-Que entrañan su peligro. Conllevan relaciones largas
que con frecuencia se convierten en tediosas, aunque no siempre
suceda así. Como el matrimonio suele quedar lejano,
suelen acabar rompiéndose, con traumas de diversa
consideración. Lo preocupante, por lo general, es
que el adolescente no está suficientemente desarrollado
y para llegar a tener una personalidad vigorosa requiere
-como dicen buenos especialistas sobre el asunto- el trato
con personas del mismo sexo. Aquí reside también
un riesgo de la enseñanza mixta a todos los niveles:
no facilita la afirmación de los rasgos femeninos
en la mujer y de los masculinos en el chico. Es uno de los
puntos que se han subrayado en este Congreso sobre la Familia.
El matrimonio es la unión de dos caracteres no idénticos,
sino complementarios. Es una comunidad de vida y amor abierta
a la fecundidad. Si alguno de los términos o extremos
del edificio no está bien definido, puede ser que
por ello el edificio no se caiga, pero ponemos en peligro
su estabilidad, facilitamos la aparición de grietas
de reparación difícil.
CÓMO
CONVIENE CONOCERSE
-Decís, con mucha razón, que el noviazgo tiene
una función clara de mutuo conocimiento. ¿Qué aspectos
de la otra persona os parece que merecen mayor atención?
J.L. -Hay un punto que no puede despreciarse:
las creencias religiosas del otro, que es preciso conocer
y, en lo posible,
ambos deben unificar, por la sencilla razón de que
pueden condicionar comportamientos futuros entre los cónyuges
y de éstos con los hijos. Hay un dicho que las madres
recuerdan con frecuencia: "el hombre debe rezar cuando
va al mar, una vez; cuando va a la guerra, dos; y cuando
se va a casar, tres". Es verdad; si antes del noviazgo
se tiene una cierta práctica religiosa, con el noviazgo
no llega el momento de abandonarla sino de intensificarla,
pues conviene pedir al Señor por el otro, además
de por uno mismo, y pedirle luces para ver con claridad,
porque dudas siempre las hay en el noviazgo. Creo que debe
conocerse bien el ámbito familiar, el ambiente que
se respira en las casas paternas. No se trata de frecuentarlas.
En mi opinión, esto se debe evitar, por lo que hemos
dicho antes sobre la necesaria libertad que ha de conjugarse
en esa etapa. Convertirse en "uno más de la familia",
sin serlo, al menos todavía, es artificioso y puede
resultar perjudicial. Pero sí que debe conocerse el ámbito
familiar del otro, porque da muchas pistas de si se viven
y de cómo se viven ciertas virtudes; cómo se
comporta ella o él en familia, si hay alegría
en la casa, si hay orden, espíritu de servicio, etcétera.
También así se conoce mejor el ambiente social
en que se ha formado, se pueden conocer mejor los gustos
de la novia y mejorar los "detalles" con ella.
¿QUE CANTIDAD DE
TIEMPO JUNTOS?
-Entonces, ¿os parece aconsejable "salir" mucho,
estar mucho tiempos juntos durante el noviazgo?
-No, no. Nosotros vivíamos en distintas ciudades,
nos veíamos poco y nos quedábamos con las ganas.
Esto me parece lo mejor: un poco de cartas, un poco de teléfono
y un poco de vernos. Personalmente prefiero que haya sido
así. Lo contrario pone las cosas más difíciles
y disminuye la ilusión.
RESPONSABILIDAD DE LOS PADRES
-Ahora, como el tiempo vuela, pronto
-relativamente pronto- hijos en edad de merecer. ¿Qué pensáis
de la labor orientadora de los padres por lo que se refiere
al noviazgo de los hijos?
J.L. -Que es, como en todo, importante,
pero su eficacia no estriba tanto en la cantidad como en
la calidad de intervención.
Si está presidida por el cariño y la generosidad,
siempre tiene eficacia. Pero el estar muy encima de los chicos
puede convertir en "meticon", y de eso no se trata.
Creo que los padres deben orientar no con afán fiscalizador
sino a modo de consejeros, en el ambiente familiar, fluido,
confiado y desinteresado, que han de crear con los hijos.
En este sentido es bueno que los padres se animen a leer,
a documentarse sobre el tema, que no den por sabidas las
cosas, que no se limiten a recordar su experiencia, que es
fundamental, pero que ha de enriquecerse con otras experiencias,
con argumentos, con criterios razonables.
DATOS BIBLIOGRAFICOS
-Entonces no tenéis más remedio que proporcionarme
una buena bibliografía sobre nuestro asunto. A ver.
-Hay mucha. Además de los autores que ya hemos mencionado,
los libros que nos ha resultado más útiles,
de entre los leídos, quizá sean -de nivel universitario-,
el de Javier Hervada, Diálogos sobre el amor y el
matrimonio (Ed. EUNSA, Pamplona 1974). Este es un libro excelente
en su género. Más asequibles a todos los lectores:
La educación sexual, de varios autores (Libros MC,
Ed. Palabra, Madrid 1984). De la misma editorial, Amor y
matrimonio, de E. Fenoy y J. Abad; Amar y vivir la castidad,
de José Luis Soria; y Amor y noviazgo, de Mauricio
Alegre. También es bueno Diálogos para novios,
de Gabriel Calvo (Ed. Alameda. Madrid 1972)...