
Primera
sesión relatada del exorcismo de "Marta"
Domingo, 22 de septiembre de 2002
Exorcismo / Marta, la poseida
El exorcismo que yo viví en Madrid
El corresponsal religioso de EL MUNDO acude, incrédulo, al exorcismo
que va a realizar un sacerdote autorizado por el Vaticano. Pero queda conmocionado
al ver lo que le sucede a la joven poseída por el diablo
JOSÉ MANUEL
VIDAL
- "Hic est dies" (éste es el día),
dice el exorcista con el crucifijo en la mano.
- No, responde una voz ronca de hombre que sale de la garganta de la posesa,
una preciosa chica de 20 años.
- "Exi nunc, Zabulon", (sal ahora, Zabulón), repite el
sacerdote.
- No.
- ¿Por qué no quieres salir?
- Para servir de testimonio.
- ¿De testimonio de qué?
- De que Satanás existe.
Se corta la tensión en el ambiente penumbroso de la capilla. Satán
luchando contra Dios. Una batalla a la que asisto atónito y en primera
fila por primera vez en mi vida. "Esta debe ser la razón por
la que me invitó a presenciar el exorcismo. El diablo quiere publicidad",
pienso en medio del shock. Mi mente gira a toda velocidad. Estamos en el
clímax de un ritual que, hasta ahora, no encajaba en mis esquemas.
Y eso que en el seminario los curas siguieron alimentando mi miedo infantil
al Maligno, siempre dispuesto a tomar posesión de un alma. Después
del Concilio Vaticano II, el dogma de la existencia del diablo pasó a
ser una "parte vergonzosa de la doctrina" y, como tantos otros
católicos, también yo prescindí de ella.
El exorcista, P.
José Antonio Fortea, párroco de Nuestra
Señora de Zulema, está exhausto. Y eso que sólo tiene
33 años. Pero lleva ya más de una hora luchando, crucifijo
en ristre, contra Satanás. Marta (nombre ficticio de la posesa),
en cambio, se encuentra tan fresca como al principio y no deja de rugir,
bufar, revolverse y agitar su cuerpo como un resorte. Con una fuerza inusitada
para una chica de 20 años, más bien menudita y de rasgos
dulces. Son las 12:30 de la mañana de un día cualquiera y
llevo hora y media presenciando un exorcismo.
Un par de días antes, recibí en mi móvil una llamada
especial. Especial no por ser de un cura (recibo muchas), sino por ser
de un exorcista católico (hay un par de ellos en España)
que suelen mantenerse muy alejados de los periodistas. Quiere invitarme
a presenciar un exorcismo. Me quedé de piedra. Asistir a un exorcismo
oficiado por un sacerdote autorizado por el Vaticano es un auténtico
caramelo para alguien especializado en información religiosa. Hasta
ese momento y a pesar de llevar más de 20 años en la profesión,
lo único que había conseguido fue entrevistar al exorcista
oficial de Roma, P. Gabriel Amorth. Ya entonces, al dedicarme su libro
había escrito: "A José Manuel, con mi gratitud y con
la advertencia de no tener jamás miedo del diablo".
Confieso que por miedo decidí devolverle la llamada al padre Fortea
y pedirle que dejase venir conmigo a un compañero de la agencia
EFE, también especialista en información religiosa. Aceptó.
Nerviosos, el día señalado nos desplazamos en coche hasta
la diócesis de Alcalá. Era un día radiante. Llegamos
a la parroquia con mucha antelación. Cuestión de prepararse
psicológicamente. Por el camino, bromitas y nervios. El exorcista
nos había citado en su parroquia, una iglesia moderna, de ladrillo
rojo, situada entre pinos. El interior, sencillo y limpio. Con un retablo
y una gran cruz en medio. En un lateral, la pila del agua bendita con una
inscripción: "El agua bendita aleja la tentación del
demonio".
A las 10:30, el exorcista sale del templo y viene
a nuestro encuentro. Es alto y delgado. Lleva gafas y una barbita bien
recortada. Su aspecto
impone. Quizá, por relacionarlo con su profesión de echador
de demonios. Embutido en una sotana de un negro inmaculado, su tez blanquecina
y su frente despoblada todavía resaltan más. Nos invita a
dar un paseo para ponernos en antecedentes del caso.
Siete
demonios
"No soy ningún showman ni quiero publicidad. Si estáis
aquí es porque os necesito para liberar a la chica. Tendréis
que ser muy prudentes. No podréis dar pista alguna que permita la
identificación ni de la muchacha ni de su madre. Preferiría
que tampoco me nombraseis a mí, pero acepto ese sacrificio en aras
de una mayor credibilidad. Pero sólo Dios sabe lo que me cuesta
y los problemas que me puede acarrear. Y no tengáis miedo. A vosotros
no os pasará nada". Insiste en la seriedad del tema. Asegura
que en el Antiguo Testamento aparece 18 veces la palabra Satán.
Y en el Nuevo Testamento 35 veces la palabra diablo y 21 la palabra demonio.
El propio Jesús hizo muchos exorcismos o lo que los Evangelios llaman "expulsar
demonios". Fortea recuerda también que Juan Pablo II ha realizado
al menos tres exorcismos reconocidos y advierte que la creencia en el diablo
constituye uno de los pocos rasgos comunes a la práctica totalidad
de las religiones. "Es el punto ecuménico por excelencia".
Aprovecha para hacer un pequeño repaso por las distintas religiones
y épocas históricas y las diversas teorías. Sigo mostrándome
incrédulo. Me da la sensación de que trata de condicionarnos
buscando justificaciones en la Historia.
Para hacerlo aterrizar en lo concreto, le preguntamos
detalles del caso. Nos cuenta que se trata de un chica poseída por siete demonios.
Que ya expulsó a seis, pero que el último se resiste. "Se
llama Zabulón, es un diablo casi mudo pero muy inteligente. Su nombre
ya sale en la Biblia. Siempre queda el jefe para el final. Llevo ya 16
sesiones y todavía no he conseguido expulsarlo, cuando en los casos
más normales, basta con dos o tres". No quiere dar más
detalles de la endemoniada. Sólo dice que vendrá acompañada
por su madre, "que es una santa", y que la posesión se
debió a un hechizo que le hizo una compañera de instituto,
a los 16 años. "En una de las primeras sesiones le pregunté cómo
había entrado y me respondió un nombre que yo no conocía.
Su madre me dijo que era una compañera de clase, que había
invocado a Satán para hacer un hechizo de muerte contra ella. Y
de hecho, primero estuvo gravísima y a punto de morir. Una vez que
sanó, comenzaron los fenómenos raros".
Desde entonces, su madre empieza a detectar cosas
raras en su hija: muebles que se mueven, objetos que se rompen y, sobre
todo, una inquina especial
hacia los objetos religiosos, cuando era de Misa dominical. Hasta que un
día, de noche, oye ruidos extraños, se levanta y, cuando
abre la puerta de la habitación de su hija, la ve sobre la cama
levitando.
Como no quiere perder a su única hija, comienza a buscar remedios.
Habla con el párroco, que la remite a dos famosos psiquiatras. Pero
ambos diagnostican que la chica es absolutamente normal. Ninguna explicación
científica para los constantes dolores de cabeza que torturan a
su hija. Y entonces, María (nombre ficticio de la madre), a sus
60 años, se lanza a la búsqueda de un exorcista. Recorre
casi todas las diócesis españolas. Ningún obispo quiere
saber nada de su caso. Está ya dispuesta a trasladarse con ella
a Italia a ver al padre Amorth, cuando le hablan de un exorcista español
que acaba de salir en la tele porque ha publicado un libro, Demoniacum,
sobre los exorcismos.
En ese instante vemos llegar un taxi. "Son ellas", dice Fortea.
María, la madre, es pequeña, delgada. Su mirada es todo dolor: "Creo
en Dios y sé que, tarde o temprano, liberará a mi hija de
las garras de Zabulón. Llevo cinco años de calvario. No lo
sabe nadie de mi familia. Ni mis hermanos", confiesa. María
es viuda y, cada vez que se desplaza desde su casa a la cita con el exorcista
(prácticamente, una sesión por semana), tiene que inventarse
alguna excusa. "No lo entenderían y no quiero que mi hija quede
marcada para siempre".
El ritual
A su lado, Marta sonríe tímidamente. Pequeña, de
grandes ojos negros, un poco tristes, tiene la cara picada de una mala
adolescencia. Pelo negro, recogido en una coleta. Los labios gruesos y
sin pintar, aunque contraídos en una mueca casi de dolor. Lleva
unos vaqueros, un niqui azul cielo de manga corta y cuello alto y unos
zapatos negros. Es guapa. Sus ojos llaman la atención, pero más
que timidez desprenden miedo, mucho miedo. Me parece una chica de lo más
normal que, nos cuenta, estudia Matemáticas en la Universidad. "Es
imposible que esté poseída", pienso para mis adentros.
El padre Fortea abre la capilla, en los bajos de
su parroquia donde dice Misa a diario, y vuelve a cerrar con llave por
dentro. Es pequeña,
acogedora. Dentro, penumbra y silencio absoluto. Fuera, un sol radiante.
El exorcista pide ayuda para transportar una colchoneta forrada de plástico
verde, grande y pesada, para colocarla al pie del altar. La capilla, rectangular,
tendrá unos 25 metros cuadrados. Sin ventanas. En el centro, un
altar enorme. Encima un mantel blanco y seis velas encendidas, amén
de una gran Cruz de Trinidad, apenas iluminada por la luz mortecina de
un halógeno. Al fondo, la imagen de un Pantocrátor iluminado
y el Santísimo. En un lateral, una imagen de la Virgen con el Niño
en brazos.
Nada más entrar en la capilla, madre e hija se preparan para el
rito. Marta se pone unos calcetines blancos, mientras su madre saca del
bolso un rosario, un crucifijo de unos 15 centímetros y una postal
de la Virgen de Fátima, y los coloca al lado de la colchoneta. Trato
de registrar el más mínimo detalle en mi mente. Sigo pensando
que asisto a un montaje. Marta se recuesta en la colchoneta boca arriba,
mirando a la cruz. María se arrodilla a su lado, una postura que
no abandonará durante las siguientes dos horas y media. El padre
Fortea reza un rato de rodillas, se quita la sotana, bebe agua y se sitúa
sobre el extremo de la colchoneta más alejado del altar.
Presiento que el rito va a comenzar. Me siento, expectante,
en el banco. El exorcista extiende su mano derecha y la impone sobre
el rostro de la
joven, sin tocarla. Luego, cierra los ojos, agacha la cabeza y susurra
varias veces una plegaria ininteligible. Un alarido desgarrador, el primero,
rompe el silencio de la capilla, penetra en mi alma y me pone la carne
de gallina. No es humano. Es un chillido sobrecogedor y profundo el que
sale de la garganta de Marta. Pero no puede ser ella. No es su tono de
voz. Es ronco y masculino. El padre Fortea sigue rezando y los rugidos
se suceden. Poco a poco, el cuerpo de la joven se estremece vivamente.
Su cabeza se mueve de un lado a otro con lentitud al principio, con inusitada
rapidez después.
" Sal,
Zabulón"
Ante la salmodia del exorcista, la joven gime y se
retuerce sin parar. Al instante, el gemido se convierte en rugido desgarrador,
altísimo,
furioso. El exorcista acaba de colocar el crucifijo sobre su vientre y
entre sus pechos, mientras la rocía con agua bendita. Patalea con
tanta furia que el crucifijo se cae y la madre lo recoge una y otra vez
y se lo vuelve a colocar de nuevo, mientras le acerca el rosario que Marta
arroja a lo lejos, con furia. Parece tranquilizarse un poco pero, inmediatamente,
vuelve a rugir. No hay un momento de respiro. El padre Fortea acaba de
invocar a san Jorge y, al oírlo, la joven grita, bufa, pone los
ojos totalmente en blanco, arquea el cuerpo y se levanta toda entera un
palmo de la colchoneta. No doy crédito.
-Besa el crucifijo, dice el exorcista.
-No.
-Jesús es Rey.
-Assididididaj.
-Secuaz de Satanás, estás en tinieblas.
-Assididididaj
-Estás haciendo mucho bien. Por tu culpa, mucha gente va a creer
en Dios.
-No.
-Sal, Zabulón, te lo ordeno en nombre de Cristo. Te espera la condenación
eterna. No hay salvación para ti.
Mientras el padre Fortea sigue conminando a Zabulón, las manos
de la joven se han ido transformando. Son como garras. El exorcista arrecia
sus plegarias y sus exhortaciones: "Hoy es el día. Sal, Zabulón.
Sal de esta criatura en nombre de Dios". La joven se desata en temblores.
Los gritos se elevan hasta el espanto. Y con voz ronca dice: "Asesinos".
Es entonces cuando el padre Fortea le pregunta por qué no sale y
Zabulón le contesta: "Para que la gente crea en Satanás".
Agotado, tras hora y media de lucha, el exorcista
se levanta y sale de la capilla. Esto no puede ser una impostura ni un
montaje. Hay que tener
muchas agallas para dedicarse a esto. Y menos mal que los casos de posesión,
según cuenta después el padre Fortea, son muy pocos. Él
lleva cinco años ejerciendo y sólo ha tenido cuatro en España.
Pero, mientras preparaba su tesis, asistió a otros 13 exorcismos.
Se nota que tiene práctica: manda, templa, insiste y, con voz suave
pero enérgica, tortura al diablo sin piedad. Con lo que más
le duele. Siempre en nombre de Dios. No parece tener miedo alguno. Y eso
que ya sabe lo que es ser atacado por Satanás. Una vez, en un exorcismo,
dice que el diablo le hizo sentir la misma sensación y el mismo
dolor que el que lleva un puñal clavado en el brazo.
Fortea sale de la capilla y mi corazón se acelera, pensando qué puede
ocurrir ahora sin la presencia tranquilizadora del exorcista. Pero no pasa
nada. O sí. María, la madre, coge las riendas del rito y
comienza a repetir las mismas o parecidas frases del exorcista. Con calma,
pero con decisión, parece no dirigirse a su hija, sino al Maligno
que la posee:
-En nombre de Cristo te ordeno salir.
-No.
-Abre los ojos y mira a la Virgen, le increpa mientras pone a su vista
una postal de la Virgen de Fátima. Pero, por toda respuesta, obtiene
un bufido. Entonces coge el crucifijo.
-Es tu Creador, ¿lo ves?
-Sí, dice la voz de ultratumba acompañada de rugidos y bufidos
constantes.
-Míralo, Zabulón, no te resistas. Sabes que es tu día
y tu hora. Ha llegado tu día y tu hora.
-Noooo...
-¿Por qué te resistes?
-Estoy harto. Ya te lo dije muchas veces.
-Di a esos señores por qué no te vas.
-Uhhhh.
-Díselo claramente.
-No quiero.
-Díselo en nombre de Cristo
-Para que crean en Satanás.
-San Jorge, ven. san Jorge, ven. Ven, san Jorge. Sal de ella san Jorge.
La posesa se detiene un segundo, sonríe y
dice, con sorna:
-Sal, san Jorge...
Coge al vuelo el error de la improvisada exorcista
y lo mismo hará,
un rato después, con una pequeña equivocación del
padre Fortea. Pero María no se da por vencida. Es una auténtica
Dolorosa al pie de la cruz de su hija poseída. Me da tanta pena
que también yo me arrodillo y, entre lágrimas, suplico a
Dios (por lo bajo, no me atrevo a intervenir más directamente) que,
por lo que más quiera, libere a Marta. Mi compañero hace
lo mismo. Hacía tiempo que no rezaba con tanto fervor.
Entonces entra de nuevo el exorcista, coge una cajita con hostias consagradas
del sagrario y se coloca delante de la joven:
-Mira al Rey de Reyes y arrodíllate ante Él.
-No.
-Siervo desobediente y rebelde, arrodíllate, repite el padre Fortea,
mientras exhibe la hostia consagrada.
-Asesino, déjame.
-San Jorge, haz que se arrodille.
Y como un resorte, ante la mención de san Jorge, la posesa se arrodilla
y el padre Fortea le hace abrir la boca para que reciba la sagrada comunión.
Y continúa torturando al diablo que anida en Marta. Tras darle la
comunión, coge una Biblia y recita el Apocalipsis: "Entonces
el diablo fue arrojado a la lengua de fuego y azufre... allí será atormentado
día y noche por lo siglos de los siglos". Y hace repetir al
diablo frase por frase.
-Repite: Cuánto más me hubiera valido
seguir a la luz.
-Cuánto-más-me-hubiera-valido-seguir-a-la-luz, repite a regañadientes
y arrastrando cada palabra.
Y así durante un buen rato. El exorcista parece un maestro que
enseña a un niño rebelde, que repite a la fuerza, entre bufidos
y alaridos, frases como éstas: "Señor, tú eres
Rey. Yo soy tu criatura. Nada escapa a tu poder. Eres el Alfa y Omega..."
-Ya no más. Me estoy cansando, gruñe.
Pero el padre Fortea arrecia en su acoso, coge un
banquito y se sienta ante la posesa con un crucifijo en la mano. "Hic est dies",
repite con fuerza. Por un momento, creo que lo va a conseguir.
-Cuanto más tardes en salir, más gente creerá en
Dios. Eres un predicador de Dios. Acércate, siéntate y besa
a Cristo crucificado. Dale un beso de respeto y homenaje.
Como zombi, Marta se sienta y se acerca a la cruz. Tiene los ojos en blanco
y echa espumarajos por la boca, pero besa el crucifijo. Entonces Fortea
la coge suavemente por un brazo, le hace levantar y la obliga a recorrer
la capilla y besar a la Virgen y al Sagrario.
-Aquí está Dios. Repite siete veces:
Iesus, lux mundi. La posesa repite, pero al terminar le lanza una mirada
como de fuego y le
dice:
-Asesino, déjame, no puedo más. Pero el exorcista continúa
un buen rato.
Ha pasado otra hora. Fortea se toma un respiro. "Ahora usted",
le dice a la madre. Y sale de la capilla. Y María se inclina sobre
su hija y comienza a increpar a Zabulón:
-Tienes que dejar esta criatura. Por la sangre de
Cristo, déjala
ya. Sus ángeles están con ella. Vienen los tres arcángeles.
La Virgen te va a aplastar la cabeza...
Zabulón sigue bufando y retorciéndose, pero no parece que
esté dispuesto a irse. Al rato entra de nuevo el padre Fortea:
-¿No temes la sentencia de Dios?
-Sé cual es, grita desgarrada.
Solos con la endemoniada
El padre Fortea mira a la madre: "No se va a ir. Dejémoslo
por hoy". Se levanta y se va. Los gritos se detienen en seco. Noto
cierta decepción en el rostro de María. Me da la sensación
de que esperaba que fuese hoy. Ha pasado casi tres horas de rodillas, pero
en su cara no hay signos de cansancio, sólo de cierta desilusión.
Recoge con paciencia la estampa de la Virgen y el crucifijo y sale de la
capilla. Mi compañero y yo nos quedamos solos con la endemoniada.
Unos segundos que se hacen eternos. Nos hemos quedado pegados al banco,
sin respiración. De pronto, se vuelve hacia nosotros, abre los ojos
(que ha mantenido en blanco durante tres horas) y nos lanza una mirada
que no olvidaré mientras viva. Sus ojos son de otro mundo. Nunca
vi algo así en mi vida. Al instante, la mirada vuelve a ser la de
Marta, que nos sonríe, se levanta con tranquilidad, se sienta en
el banco y se quita los calcetines blancos que dobla con sumo cuidado.
Noto que apenas suda, a pesar de las tres horas de ejercicio continuo.
Se pone los pendientes y nos vuelve a sonreír.
-¿Cómo éstas?
-Cansada
-¿Sabes lo que ha ocurrido?
-No, no recuerdo. Y mientras nos habla, coge la estampa y el crucifijo,
a los que hace un rato tanto odiaba, y los besa con cariño.
-¿Te duele la garganta?
-No.
Y su voz es tan suave como cuando llegó. Nadie diría
que por esa misma garganta salieron aullidos durante tres horas.
-¿Sabes por qué estás aquí?
-Sí, eso lo sé. Sé que tengo...
No termina la frase. Respetamos su silencio. Salimos
y nos sentamos en un salón contiguo los cinco. Marta está tranquila. Vuelve
a ser la chiquilla tímida de antes. "Todas las noches",
nos cuenta María, "antes de acostarme cojo el crucifijo, del
que nunca me separo, y bendigo mi habitación: "En nombre de
Dios, malos espíritus salid de esta habitación. Y ella, antes
de acostarse, siempre me pregunta: "¿Mamá, has bendecido
la habitación?"" Pero aún así pasa miedo.
Como cuando las manos de su hija se convirtieron en garras al tocar la
cruz o cuando la persigue con los dedos abiertos, en forma de cuernos,
para clavárselos en los ojos."Siempre amenazas que, afortunadamente,
nunca cumple".
Y antes de despedirse, repite una súplica: "Que se conciencien
la gente y los obispos. Que haya muchos más exorcistas". Abraza
a su hija, se suben las dos al coche del padre Fortea y se van. Marta se
vuelve y nos mira. Sus ojos son el grito de angustia del esclavo encadenado.
El padre Fortea queda en llamarme cuando se produzca la liberación
definitiva.
Rezo por Marta y por su madre. Lo que vi no es un montaje.
Asi
es Zabulón
"No habla demasiado, pero es muy inteligente". Así describe
el padre Fortea a Zabulón, el enemigo contra el que viene luchando
desde hace siete meses. Al principio, el padre Fortea pensó simplemente
que así se llamaba el décimo hijo de Jacob y Lía,
su mujer. Después, investigando un poco más, cayó en
la cuenta de que se las estaba viendo con uno de los demonios más
poderosos del infierno.
Ha aparecido sólo tres veces en la Historia. La primera, en Ludón
(Francia), en el siglo XVI. Casi todas las monjas de un convento quedaron
poseídas por multitud de diablos, que las atormentaban sin pausa.
El jefe era Zabulón. La segunda fue en los años 50, en un
caso de exorcismo realizado por el padre Cándido, el exorcista italiano
maestro del padre Amorth. Y ahora, ha vuelto a aparecer.
Segunda
sesión relatada del exorcismo de "Marta"
Para que se conciencien... de la existencia del demonio.
El editorial de Hispanidad.com
correspondiente a la edición del
lunes 30 de septiembre es largo, pero les aseguro que merece la pena. Es
una descripción, en primera persona, de una ceremonia de exorcismo
celebrada en una capilla de Alcalá de Henares (Madrid), y cuyo objetivo
era liberar a una joven poseída por un demonio. En esa sesión,
de dos horas y media de duración, estuvieron presentes el director
de Opinión de Hispanidad, Javier Paredes, y Luis Losada, que es
el narrador. Otra sesión anterior, narrada por el director de Religión
del diario El Mundo, José Manuel Vidal, y por el responsable de
esa misma sección en la agencia EFE, ha provocado un gran revuelo.
La sesión se contó en El Mundo, y Vidal concluía diciendo
que lo que él vio "no era un montaje". De inmediato, la
reacción de muchos (por ejemplo, la de algunos lectores de El Mundo)
ha sido la misma: ¿Cómo es posible que un periódico
serio cuente estas cosas? Eso sí, al parecer, nadie se ha preocupado
de adoptar la actitud más científica de todas: comprobar
los hechos. En este caso, como en cualquier otro descubrimiento o testimonio
humano, caben tres actitudes: o alguien engañó a los testigos
del exorcismo, o los testigos engañan, o es verdad que los demonios
existen y que pueden poseer el cuerpo de otro espíritu, porque los
seres humanos no son más que un anfibio de cuerpo y espíritu.
Sin embargo, miren
por dónde, muchos han decidido, sin comprobarlo
científicamente, que lo narrado es falso. Porque sí, porque
no están dispuestos a aceptar la existencia de espíritus,
aunque los hechos les desmientan. Peor para los hechos, concluyen. Y además
se enfadan e insultan a los testigos: ¡Qué cosas!
Les animo a leer el
testimonio de Luis Losada, ratificado por Javier Paredes, sin prejuicios.
De sus conclusiones sobre el relato
puede depender todo
o no depender nada, pero seguramente pondrá a prueba su ecuanimidad.
Allá va:
Regreso de una de las
sesiones de exorcismo realizadas por el padre Fortea. Escribo impresionado.
Los gritos de Zabulón, y los rezos del sacerdote
y de la madre de la poseída, todavía martillean mi conciencia.
Creo en el "No prevalecerán", pero tengo miedo. Si pudiera
dar marcha atrás, lo haría, sin ninguna duda, y no hubiera
acudido a esa sesión. Mi alma se encuentra inquieta tras el brutal
encuentro con el demonio. Pero tengo que escribir lo que he visto, porque
Dios ha permitido que el demonio Zabulón se apodere del cuerpo de
Marta (nombre supuesto de la poseída) "para que se conciencien" de
la existencia del demonio. Esa es una de las respuestas que Zabulón
dio al exorcista cuando le preguntó por qué no salía
de ese cuerpo. Por eso, María (nombre igualmente supuesto), la madre
de Marta, me pidió, al despedirnos, que se lo contáramos
a todo el mundo, para que, cuanto antes, se produzca la liberación
de su hija.
-"Padre, ¿podemos
contar algo de lo que hemos visto?"
-Podéis contar lo que queráis.
Las obras de la luz no tienen miedo de la luz, las obras de las tinieblas
buscan
las tinieblas.
Sin duda, algún sentido debe tener mi presencia en ese exorcismo,
que, con el paso del tiempo, acabaré descubriendo. Entretanto, sólo
puedo manifestar motivaciones a ras de suelo. La inquietud periodística,
la curiosidad malsana y sin duda la ingenuidad y la inconsciencia me hicieron
aceptar la oferta de mi amigo y compañero de Radio Intereconomía,
Javier Paredes, para acompañarle a una sesión de exorcismo.
Sin preparación psicológica, agarro el coche rumbo a la parroquia
madrileña donde el P. Fortea celebrará la sesión decimoséptima
del exorcismo de Marta.
Marta es una chica
joven, de apariencia dulce, que acude con una mezcla de miedo y esperanza
a la sesión, con el objetivo de que la "pesadilla" desaparezca.
Al terminar "todo" nos confesará estar cansada, aunque
se siente incapaz de recordar lo que hemos vivido durante más de
dos larguísimas, interminables horas. María, su madre, es
baja, delgada, muy menuda... Está consumida, triturada, pero es
muy fuerte, ha aguantado todo el exorcismo de rodillas junto a su hija.
Sin largas charlas
ni preparación alguna, el P. Fortea nos sienta
a Javier y a mí en un banco de la capilla. No hay nadie más.
Tan sólo dos indicaciones: apagar los móviles y permiso para
abandonar la sesión cuando lo deseemos. No es un gran bagaje para
asistir a lo más impactante que una persona jamás podrá asistir.
Sin preámbulos, Marta se tumba en la colchoneta que, previamente,
ha ayudado a colocar. Su madre se arrodilla a su lado. Javier y yo permanecemos
en el banco en una actitud discreta, expectante... y acobardada.
El P. Fortea se arrodilla
y reza en silencio durante unos minutos. Después
se sienta en la colchoneta delante de la cabeza de Marta. Le pone la mano
encima de la cabeza y comienza a invocar a Dios. Sólo con pronunciar
su nombre el cuerpo de Marta sufre un espasmo, sus pupilas se ocultan y
sus ojos permanecerán en blanco durante toda la sesión. Después,
invoca a San Jorge y Marta vuelve a convulsionarse en medio de gritos desgarradores.
Lo que vivimos Javier
y yo durante dos horas y media fue una prolongación
de este comienzo, en un estado de tensión que todavía ahora
oprime mi alma. Son las dos y media de la madrugada. Han pasado más
de doce horas desde la finalización del exorcismo. Sigo tenso y
sin paz. Pero rezo. Por Marta y por su madre. Pero también por todos
los testigos que hemos pasado por esa capilla donde Zabulón se ha
hecho palpablemente presente.
En un momento dado, el sacerdote ordena al demonio:
-¡En nombre de
Jesucristo, sal de la chica!
-¡No! -responde la voz de ultratumba que sale del cuerpo de Marta.
No es la voz de Marta, es una voz ronca, fuerte y cargada de odio. Hay
odio en todas las respuestas de Zabulón. Hasta un simple sí o
un no, se pronuncia envuelto en odio. Lo palpas.
-"Por mi poder sacerdotal, te ordeno que salgas de esa mujer",
prosigue el padre Fortea.
-¡Aggghh! -responde Zabulón, en medio de espasmos, convulsiones
y gritos. Marta se retuerce. Desde su posición yacente, bota con
una elasticidad extraña. Si no fuera por la colchoneta, se provocaría
lesiones graves... Aunque vaya usted a saber, porque, después de
haber estado gritando, muy fuerte, durante más de dos horas, cuando
nos despedimos no apreciamos en Marta el menor signo de ronquera.
El exorcista ordena
a Zabulón, una y otra vez, que abandone ese
cuerpo, pero el demonio se resiste. Para presionarle, el P. Fortea le recordaba
a Zabulón que estaba haciendo mucho bien, porque, a través
de él, muchos creerían en su existencia. Marta -o lo que
vive dentro de ella- se retorcía con violencia. Entonces, el P.
Fortea volvía al ataque recordando al demonio que le esperaba la
condenación eterna, que no tenía nada que hacer. Zabulón
aullaba desesperadamente.
Posteriormente, el
P. Fortea "se armó" con una estampa
de la Virgen de Fátima y una cruz. Con la estampa en ristre instó a
Zabulón a que la besara.
-¡Aggggghh! ¡Nooooo! -respondía la voz de ultratumba
que salía del femenino y adolescente cuerpo de Marta.
-En nombre de Jesucristo, te lo ordeno, besa esta estampa -insistía
el exorcista.
-¡No quiero! -respondía Zabulón, entre espasmos, gritos
y convulsiones del cuerpo de Marta.
El P. Fortea hace un
pequeño receso y pide a San Jorge que le ayude.
Ante el nombre de San Jorge, Marta se revuelve. De entre todas las invocaciones
a los ángeles y a los santos, la de San Jorge, para este demonio
en concreto, es la más eficaz. Pronunciar su nombre produce un efecto
inmediato. Ante los espasmos y alaridos de la chica, siento lástima
por Marta, pero miro a su madre, quien, con gesto sereno, aprueba el ceremonial.
Porque no es Marta la que se retuerce, es Zabulón a quien está martirizando
el exorcista.
-Sabes que lo tendrás que hacer tarde o temprano. Te lo ordeno: ¡sal!
-Noggghhh! -responde Zabulón.
-Muy bien, tú lo has querido -responde el P. Fortea- voy a echarte
agua bendita...
-¡Aggg! -Zabulón se retuerce ante la idea de ser rociado por
agua bendita. El cuerpo de Marta bota ante las gotas que caen del agua
que vierte el exorcista.
Javier y yo seguimos
sentados. Él tiene un rosario entre sus manos.
De regreso, en el coche, me dijo que durante las dos horas estuvo pasando
las cuentas, rezando Avemarías y jaculatorias, pidiendo por Marta...
y para que no nos pasara nada a nosotros.
Permanezco inmóvil, tratando de pasar desapercibido. Creo que a
Javier le pasa lo mismo. Tenemos a un demonio delante de nuestras narices
en plena "exhibición" de su poder, odio y furia. Estoy
asustado. Sigo temeroso. En un momento, Marta arroja uno de los rosarios
de su madre. Lo cojo y ya no lo soltaré en toda la sesión.
Durante toda la sesión, sólo en alguna ocasión Marta
giró un poco el cuello y nos miró de reojo, con sus ojos
en blanco, pero en ningún momento nos miró de frente: eso
gracias a Dios no lo hizo nunca. Parecía como si hubiera una barrera
entre ella y nosotros. Era una barrera muy fina, invisible y frágil,
pero yo temía que se pudiera romper en cualquier momento. Afortunadamente,
durante las dos horas y media de la sesión no nos miró de
frente.
El exorcismo continúa. En un momento dado, el P. Fortea sale a
descansar, rezando una parte de la liturgia de las horas. ¿No podría
rezar en otro momento?, pienso para mis adentros.
-¡En nombre de Jesús,
besa el crucifijo!
-¡Aggg!, -gime Zabulón.
La madre de Marta se
dirige directamente al demonio y le dice: "Yo
soy sólo una criatura, pero amo al Señor, y en su nombre
te digo, besa el crucifijo".
-No, -dice Zabulón,
amenazando a la madre con las manos de Marta en forma de garras.
-¡No te atrevas a hacerme nada! ¡Atrás!
Las manos de Marta convertidas en garras prosiguen su acoso sobre la madre:
-¡Atrás!
Entonces la mano se convierte en un cuerno dispuesto a sacar los ojos
de la sufriente madre, forzadamente metida a exorcista.
-He dicho que no te
atrevas a hacer nada a esta criatura de Dios, en el nombre del arcángel
San Gabriel, de San Jorge y de todos los santos.
El P. Fortea calla
ante esta intervención de la madre y sigue rezando
en silencio, consciente de que el amor de una madre, puede ser una de las
fuerzas más poderosas de este mundo. La imprecación de la
madre al demonio continúa durante un tiempo, que se me hace eterno.
Ella le ordena que se incorpore. Tras varias negativas, finalmente lo hace.
Una vez sentada, la
madre le exige que incline su cabeza ante la estampa de la Virgen. En
este momento el cuello de Marta, de
un golpe seco, se
estira hacia atrás hasta límites insospechados.
-No -responde el discípulo de Satanás
por boca de Marta.
Es impresionante ver el cuello estirado y la cabeza hacia atrás,
en actitud y postura soberbias, empecinado en no doblegar la cabeza ante
la estampa de la Virgen. La madre, insiste, testaruda, y Zabulón
responde con el mismo tono desafiante.
Pero la madre no se
rinde. Finalmente, en medio de espasmos y gritos, el cuello empieza a
ceder hasta tocar el pecho con la barbilla.
Un proceso
duro, que no se hace sin resistencia de Zabulón, que se niega a
prestar reverencia a la Virgen. Entretanto la poseída ha cerrado
los ojos para no contemplar la estampa, mientras inclina su cabeza. Y María
le ordena que los abra. Los abre, pero la expresión es espantosa,
los ojos están totalmente blancos, pero más espantosa es
la mirada odiosa, dirigida como un dardo hacia la imagen de la Virgen María.
El exorcista toma la
iniciativa. Ordena al demonio: "Besa el crucifijo": ¡Noooo!
Cuando la sesión parecía que no avanzaba, ni hacia adelante
ni hacia atrás, Zabulón, mudo, hace con la mano el signo
de "querer escribir".
Inmediatamente, el
P. Fortea se va a la sacristía por papel y bolígrafo.
No parece encontrarlo y yo estoy a punto de ofrecerle mi pluma y mi cuaderno.
No lo hago por miedo a acercarme y por mi apego material a mi pluma de
marca. Afortunadamente, el sacerdote encuentra los utensilios de escritura:
un bloc grande que la madre coloca sobre su vientre, y sobre el bloc coloca
un folio. El bolígrafo no funciona y se sustituye por un lápiz.
Marta esta ahora tumbada boca arriba, con la cabeza hacia atrás
y estira el brazo para llegar al folio. En esta postura es imposible que
puede ver su propia mano escribiendo. A toda velocidad y, por supuesto,
sin mirar al papel, la mano de Marta comienza a deslizarse por el folio.
Si los gritos y la voz ronca te hacen sentir la presencia de Zabulón,
ahora, mientras escribe, se le siente todavía más cerca.
Javier y yo no entendíamos bien lo que pasaba. Sólo oíamos
las preguntas del exorcista, pero no veíamos las respuestas escritas.
Cuando acabó el exorcismo, Fortea le entregó los dos folios
a Javier, que obran en su poder. De vuelta a casa, ambos tratamos de reconstruir
la escena. Fue entonces cuando Javier me hizo notar que las letras no se
metían unas por otras: la escritura era clarísima y las tildes
de las íes estaban colocadas perfectamente encima de la letra correspondiente.
Los caracteres eran los propios de la letra impresa, no de la escritura
manual. El diálogo oral-escrito, en el que el padre Fortea pregunta
y Zabulón responde escribiendo a través de la mano de Marta,
dice lo siguiente:
-Quería desesperaros porque tenía
refuerzos.
Con esa frase escrita,
Zabulón explica el estancamiento del exorcismo
que se había producido durante la primera hora.
-¿Qué refuerzos, quién
ha venido? -pregunta el exorcista.
-Satán -responde Zabulón-, pero ya se ha ido. Y, a continuación,
y sin preguntarle nada, vuelve a escribir: "Falta 1 persona".
Y subraya el "1" varias veces.
-¿Qué persona?
Ante esta pregunta,
la mano suelta el lápiz y Marta cierra fuertemente
los labios. Zabulón no quiere responder.
-Dame un signo para
que sepa quién es -insiste el
exorcista, pero los labios de la endemoniada permanecen sellados.
En este punto ya estábamos agotados, habían pasado casi
dos horas. No respiramos durante toda la sesión y mantuvimos un
estado de tensión y miedo como jamás he atravesado en mi
vida. El exorcista sigue tratando de que Zabulón bese el crucifijo,
reconozca a su Rey, etc, con escaso éxito. Entonces llega uno de
los momentos para mí más impactantes. El sacerdote cambia
de postura y, sin querer, da una patada a la vasija del agua bendita, que
se derrama por toda la capilla. Escucho una risa sorda, y odiosa del más
allá. Zabulón se regocija del error del P. Fortea. Me estremezco.
El exorcista no parece
darle ninguna importancia. Estoy impresionado. No le importa nada, no
le impresiona nada. Todo es normal.
Yo estoy que
me subo por las paredes... Entonces, el sacerdote decide darle de comulgar
a la poseída. Se reviste con una estola, va hacia el Sagrario y
se coloca a los pies de la endemoniada. Coge una sagrada forma y la levanta
en alto. La endemoniada, tendida en el suelo, boca arriba, cambia la expresión
de su rostro, es todo terror y comienza a arrastrarse hacia atrás,
para alejarse lo más posible del sacerdote. Repta boca arriba con
los mismos movimientos de un lagarto. Entonces, en nombre de Cristo, presente
en la hostia, el sacerdote le ordena que se arrodille diciéndole: "Ante
el nombre de Cristo, toda rodilla se doble". Zabulón-Marta,
tras una cierta resistencia, se arrodilla. Javier y yo, desde que se abrió el
Sagrario, caímos de rodillas y vamos a permanecer así hasta
que vuelva a introducir el copón en el Sagrario.
-Al fin y al cabo,
te deberíamos estar agradecidos, -dice el P.
Fortea-, gracias a ti, muchos creerán en los demonios. ¿Te
das cuenta cómo tú también sirves a Dios? -¡Noooo!
-responde escuetamente Zabulón.
-Mira a tu Rey y Señor, -ordena el exorcista con la hostia en la
mano.
El alarido gutural
del demonio se hace más estruendoso:
-¡Aggg! ¡Nooo!
El Padre Fortea insiste
y, tras varios intentos, Zabulón tiene
que obedecer y abre la boca. La hostia permanece en la lengua de Marta,
quien mantiene la boca abierta durante varios minutos. Se niega a tragarla.
Mientras tanto, Zabulón emite gritos, y el cuerpo de Marta se convulsiona.
Al terminar todo, Javier y yo coincidimos en el temor a que Zabulón
hubiera escupido la sagrada comunión. Pero, en ese momento del exorcismo,
el demonio, agotado, ya no puede sino obedecer las órdenes del sacerdote.
Pasados unos minutos, y tras las órdenes, tanto del exorcista como
de la madre, para que tragara la forma, la hostia entró en el cuerpo
de Marta.
Entonces se produjo
la mayor de las convulsiones de toda la sesión.
Gritos, alaridos, gemidos, zarpas, movimientos acelerados del cuerpo. Varios
minutos de tensión máxima. No sabía dónde meterme.
Sólo recordarlo me da pánico. El P. Fortea, permanece impasible.
Prosigue el exorcismo musitando palabras que no entiendo. No es español,
tampoco latín, el idioma utilizado en varias de las exhortaciones
de la sesión. Al terminar, le pregunto: "No te lo puedo decir
ahora, te lo diré más tarde". No entiendo la respuesta.
En realidad, no entiendo nada... Tampoco el exorcista entiende el idioma
en el que habla Zabulón. El espíritu maligno repite con insistencia
una expresión extraña. El exorcista cree que se trata de
varias palabras que pueden tener algún significado. Pero se trata
de una lengua extrañísima.
Casi al final de la
sesión, el sacerdote recuerda lo escrito en
el papel: "Falta 1 persona". Se supone que un tercer testigo,
y le ordena que le diga la identidad. Todo esfuerzo es inútil, así que,
como "castigo" le ordena que bese el sagrario. Marta se incorpora
con la ayuda del exorcista y de su madre. Caminan y, antes de llegar al
Sagrario, pasan por delante de una imagen gótica de la Virgen María:
-Besa los pies que
han de aplastar tu cabeza -le ordena Fortea. Y la endemoniada, tras emitir
unos sonidos que sugieren asco
y repugnancia, ante la imagen
de la Virgen -sonidos emitidos a lo largo del exorcismo antes de besar
las estampas o el crucifijo- besa los pies de la imagen. Javier y yo permanecemos
en nuestro sitio, mientras la posesa y el exorcista se dirigen al Sagrario.
Tras mucha insistencia, Zabulón pronuncia un nombre que para el
exorcista resulta muy claro y que yo, a pesar de encontrarme a tan sólo
5 metros, no escucho con claridad. Al parecer, se trata de una persona
conocida que permitiría cumplir el objetivo verbalizado en anteriores
sesiones: "Que se conciencien"... de la existencia de los demonios.
El exorcista se da
por contento con el nombre, pues es el nombre de una persona que había pensado invitar, varios días antes de comenzar
esta sesión. Aunque el demonio sigue dentro, decide entonces terminar
la sesión. Tumba a Marta en la colchoneta y no hace nada más.
Tan sólo recoge el "material"; agua bendita, breviario,
Biblia, crucifijo, rosario, etc. De repente, Marta abandona la crisis.
Recupera sus ojos y su sonrisa tímida. No recuerda nada. Sólo
tiene la sensación de haber salido de una pesadilla, pero no recuerda
nada más.
No es capaz de explicar
tampoco cómo entra en "crisis".
Le pregunto si es como cuando uno es anestesiado para una operación
y me responde que no. Todavía no lo comprendo. Ella sabía
que iban a "ocurrir cosas". Antes de la sesión se quitó cuidadosamente
los pendientes y los zapatos. Se tumbó "religiosamente" en
la colchoneta y se sometió al "tratamiento" del sacerdote.
Más sorprendente resulta que Marta se encuentre en gracia de Dios
y acuda cada domingo a la celebración eucarística. ¿Cómo
es posible que en una misma persona habite la gracia santificante y el
demonio? Todavía no tengo respuesta. No tengo respuesta para muchas
cosas... Sólo sé que lo que Ud. lee, yo lo vi con mis ojos
descreídos y morbosos. ¿Para que se conciencien de la existencia
de los demonios?
No entiendo de psiquiatría ni de teología. Simplemente doy
testimonio de lo que vi, y como notario de la realidad, certifico que lo
que aquí se contiene es cierto. Espero que para el bien del lector,
de Marta, de su madre y de cuantos testigos hemos pasado por esa capilla.
Que así sea.
Luis Losada. Economista y periodista.
Testimonio ratificado por Javier Paredes, historiador y periodista, director
de opinión de Hispanidad.com
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