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Mensajes "URBI ET ORBI"

MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 2003

Navidad, 25 de diciembre de 2003

1. Descendit de caelis Salvator mundi. Gaudeamus!

Bajó del cielo el Salvador del mundo. ¡Alegrémonos!
Este anuncio, lleno de un profundo gozo,
resonó en la noche de Belén.
Hoy la Iglesia lo reitera con alegría inmutable:
¡ Ha nacido para nosotros el Salvador!
Una ola de ternura y esperanza nos llena el ánimo,
junto con una profunda necesidad de intimidad y paz.
En el pesebre contemplamos a Aquél
que se despojó de la gloria divina
para hacerse pobre,
movido por el amor al hombre.
Junto al pesebre, el árbol de Navidad
con el centelleo de sus luces,
nos recuerda que con el nacimiento de Jesús
florece de nuevo el árbol de la vida en el desierto de la humanidad.
El pesebre y el árbol: símbolos preciosos,
que transmiten a lo largo del tiempo el verdadero sentido de la Navidad.

2. Resuena en el cielo el anuncio de los ángeles:
" En la ciudad de David,
os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2,11).
¡ Qué asombro!
Naciendo en Belén, el Hijo eterno de Dios
entró en la historia de cada persona
que vive sobre la faz de la tierra.
Ya está presente en el mundo
como único Salvador de la humanidad.
Por esto nosotros le pedimos:
Salvator mundi, salva nos!

3. Sálvanos de los grandes males que afligen a la humanidad
al inicio del tercer milenio.
Sálvanos de las guerras y de los conflictos armados
que devastan regiones enteras del globo;
sálvanos de la plaga del terrorismo
y de las numerosas formas de violencia
que torturan a personas débiles e inermes.
Sálvanos del desánimo
para emprender los caminos de la paz,
ciertamente difíciles, pero posibles y por tanto obligados;
caminos apremiantes, siempre y doquier,
sobre todo en la tierra donde naciste tú,
Príncipe de la Paz.

4. Y tú, María, Virgen de la espera y del cumplimiento,
que conservas el secreto de la Navidad,
haznos capaces de reconocer en el Niño,
que estrechas en tus brazos, al Salvador anunciado,
que trae a todos la esperanza y la paz.
Contigo lo adoramos y decimos confiados:
tenemos necesidad de ti, Redentor del hombre,
que conoces las expectativas y ansias de nuestro corazón.
¡ Ven y permanece con nosotros, Señor!
Que la alegría de tu Navidad
llegue hasta los últimos confines del universo.

JUAN PABLO II


MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 2002

1."Puer natus est nobis,
et Filius datus est nobis".
" Un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado" (Is 9, 5).
Hoy se renueva el misterio de la Navidad:
nace también para los hombres de nuestro tiempo
este Niño que trae la salvación al mundo;
nace trayendo alegría y paz a todos.
Nos acercamos al Portal conmovidos
para encontrar, junto a María,
al Esperado de los pueblos,
al Redentor del hombre,
al deseado de todas las naciones.

Cum Maria contemplemur Christi vultum.
Contemplemos con María el rostro de Cristo:
en aquel Niño envuelto en pañales
y acostado en el pesebre (cf. Lc 2, 7),
es Dios quien viene a visitarnos para guiar
nuestros pasos
por el camino de la paz (cf. Lc 1, 79).
María lo contempla, lo acaricia y lo arropa,
interrogándose sobre el sentido de los prodigios
que rodean el misterio de la Navidad.

2. La Navidad es misterio de alegría.
En la noche los ángeles han cantado:
" Gloria a Dios en el cielo
y en la tierra paz a los hombres que Dios ama" (Lc 2, 14).
Han anunciado el acontecimiento a los pastores
como "una gran alegría, que lo será para todo el pueblo" (Lc 2, 10).
Alegría, a pesar de estar lejos de casa,
a pesar de la pobreza del pesebre,
a pesar de la indiferencia del pueblo,
a pesar de la hostilidad del poder.
Misterio de alegría a pesar de todo,
porque "hoy os ha nacido,
en la ciudad de David, un salvador" (Lc 2, 11).
De este mismo gozo participa la Iglesia,
inundada hoy por la luz del Hijo de Dios:
las tinieblas jamás podrán apagarla.
Es la gloria del Verbo eterno,
que por amor se ha hecho uno de nosotros.

3. La Navidad es misterio de amor.
Amor del Padre, que ha enviado al mundo
a su Hijo unigénito,
para darnos su misma vida (cf. 1 Jn 4, 8-9).
Amor del "Dios con nosotros", el Emmanuel,
que ha venido a la tierra para morir en la cruz.
En el frío Portal, en medio del silencio,
la Virgen Madre presiente ya en su corazón
el drama del Calvario.
Será una lucha angustiosa
entre las tinieblas y la luz,
entre la muerte y la vida,
entre el odio y el amor.
El Príncipe de la paz,
que nace hoy en Belén,
dará su vida en el Gólgota
para que en la tierra reine el amor.

4. La Navidad es misterio de paz.
Desde el portal de Belén
se eleva hoy un llamamiento apremiante
para que el mundo no caiga
en la suspicacia, la sospecha y la desconfianza,
aunque el trágico fenómeno del terrorismo
acreciente incertidumbres y temores.
Los creyentes de todas las religiones,
junto con los hombres de buena voluntad,
abandonando cualquier forma
de intolerancia y discriminación,
están llamados a construir la paz:
ante todo en Tierra Santa,
para detener por fin
la inútil espiral de ciega violencia;
y en Oriente Medio,
para apagar los siniestros destellos de un conflicto,
que se puede superar con el esfuerzo de todos;
en África, donde carestías devastadoras
y trágicas luchas intestinas
agravan las condiciones, ya precarias,
de pueblos enteros,
aunque no faltan indicios de optimismo;
en América Latina, en Asia
y en otras partes del mundo,
donde crisis políticas, económicas y sociales
inquietan a numerosas familias y naciones.
¡ Que la humanidad acoja
el mensaje de paz de la Navidad!

5. Misterio adorable del Verbo Encarnado.
Junto a ti, Virgen Madre, permanecemos
en contemplación
ante el pesebre donde está acostado el Niño,
para participar de tu mismo asombro
ante la inmensa condescendencia de Dios.
Danos tus ojos, María,
para descifrar el misterio
que se oculta tras la fragilidad
de los miembros de tu Hijo.
Enséñanos a reconocer su rostro
en los niños de toda raza y cultura.
Ayúdanos a ser testigos creíbles
de su mensaje de paz y de amor,
para que también los hombres y las mujeres
de nuestro tiempo, caracterizado aún
por tensos contrastes e inauditas violencias,
reconozcan en el Niño que está en tus brazos
al único Salvador del mundo,
fuente inagotable de la auténtica paz,
a la que todos aspiran
en lo más íntimo de su corazón.
" Natus est nobis Salvator mundi".

Vaticano, 25 de diciembre de 2002


MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 2001

1. "Christus est pax nostra",
" Cristo es nuestra paz.
É l ha hecho de los dos pueblos una sola cosa" (Ef 2, 14).
En el alba del nuevo milenio,
comenzado con tantas esperanzas,
pero ahora amenazado por nubes tenebrosas
de violencia y de guerra,
las palabras del apóstol Pablo
que escuchamos esta Navidad
es un rayo de luz penetrante,
un clamor de confianza y optimismo.
El divino Niño nacido en Belén
lleva en sus pequeñas manos, como un don,
el secreto de la paz para la humanidad.
¡É l es el Príncipe de la paz!
He aquí el gozoso anuncio que se oyó aquella noche en Belén,
y que quiero repetir al mundo
en este día bendito.
Escuchemos una vez más las palabras del ángel:
" os traigo la buena noticia,
la gran alegría para todo el pueblo:
hoy, en la ciudad de David,
os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor" (Lc 2, 10-11).
En el día de hoy, la Iglesia se hace eco de los ángeles,
y reitera su extraordinario mensaje,
que sorprendió en primer lugar a los pastores
en las alturas de Belén.

2. "Christus est pax nostra!"
Cristo, el "niño envuelto en pañales
y acostado en un pesebre" (Lc 2, 10-12),
É l es precisamente nuestra paz.
Un Niño indefenso, recién nacido en la humildad de una cueva,
devuelve la dignidad a cada vida que nace,
da esperanza a quien yace en la duda y en el desaliento.
É l ha venido para curar a los heridos de la vida
y para dar nuevo sentido incluso a la muerte.
En aquel Niño, dócil y desvalido,
que llora en una gruta fría y destartalada,
Dios ha destruido el pecado
y ha puesto el germen de una humanidad nueva,
llamada a llevar a término
el proyecto original de la creación
y a transcenderlo con la gracia de la redención.

3. "Christus est pax nostra!"
Hombres y mujeres del tercer milenio,
vosotros que tenéis hambre de justicia y de paz,
¡ acoged el mensaje de Navidad
que se propaga hoy por todo el mundo!
Jesús ha nacido para consolidar las relaciones
entre los hombres y los pueblos,
y hacer de todos ellos hermanos en Él.
Ha venido para derribar "el muro que los separaba:
el odio" (Ef 2, 14),
y para hacer de la humanidad una sola familia.
Sí, podemos repetir con certeza:
¡ Hoy, con el Verbo encarnado, ha nacido la paz!
Paz que se ha de implorar,
porque sólo Dios es su autor y garante.
Paz que se ha de construir
en un mundo en el que pueblos y naciones,
afectados por tantas y tan diversas dificultades,
esperan en una humanidad
no sólo globalizada por intereses económicos,
sino por el esfuerzo constante
en favor de una convivencia más justa y solidaria.

4. Como los pastores, acudamos a Belén,
quedémonos en adoración ante la gruta,
fijando la mirada en el Redentor recién nacido.
En Él podemos reconocer los rasgos
de cada pequeño ser humano que viene a la luz,
sea cual fuere su raza o nación:
es el pequeño palestino y el pequeño israelí;
es el bebé estadounidense y el afgano;
es el hijo del hutu y el hijo del tutsi...
es el niño cualquiera, que es alguien para Cristo.
Hoy pienso en todos los pequeños del mundo:
muchos, demasiados, son los niños
que nacen ya condenados a sufrir, sin culpa,
las consecuencias de conflictos inhumanos.
¡ Salvemos a los niños,
para salvar la esperanza de la humanidad!
Nos lo pide hoy con fuerza
aquel Niño nacido en Belén,
el Dios que se hizo hombre,
para devolvernos el derecho de esperar.

5. Supliquemos a Cristo el don de la paz
para cuantos sufren a causa de conflictos, antiguos y nuevos.
Todos los días siento en mi corazón
los dramáticos problemas de Tierra Santa;
cada día pienso con preocupación
en cuantos mueren de hambre y de frío;
día tras día me llega, angustiado,
el grito de quien, en tantas partes del mundo,
invoca una distribución más ecuánime de los recursos
y un trabajo dignamente retribuido para todos.
¡ Que nadie deje de esperar
en el poder del amor de Dios!
Que Cristo sea luz y sustento
de quien, a veces contracorriente, cree y actúa
en favor del encuentro, del diálogo, de la cooperación
entre las culturas y las religiones.
Que Cristo guíe en la paz los pasos
de quien se afana incansablemente
por el progreso de la ciencia y la técnica.
Que nunca se usen estos grandes dones de Dios
contra el respeto y la promoción de la dignidad humana.
¡ Que jamás se utilice el nombre santo de Dios
para corroborar el odio!
¡ Que jamás se haga de Él motivo de intolerancia y violencia!
Que el dulce rostro del Niño de Belén
recuerde a todos que tenemos un único Padre.

6. "Christus est pax nostra!"
Hermanos y hermanas que me escucháis,
abrid el corazón a este mensaje de paz,
abridlo a Cristo, Hijo de la Virgen María,
a Aquel que se ha hecho "nuestra paz".
Abridlo a Él, que nada nos quita
si no es el pecado,
y nos da en cambio
plenitud de humanidad y de alegría.
Y Tú, adorado Niño de Belén,
lleva la paz a cada familia y ciudad,
a cada nación y continente.
¡ Ven, Dios hecho hombre!
¡ Ven a ser el corazón del mundo renovado por el amor!
¡ Ven especialmente allí donde más peligra
la suerte de la humanidad!
¡ Ven, y no tardes!
¡ Tú eres "nuestra paz"! (Ef 2,14).


Navidad, 25 de diciembre de 2001


MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 2000

1. "El primer hombre, Adán,
se convirtió en ser vivo.
el último Adán,
en espíritu que da vida" (1 Co 15, 45).
Esto es lo que afirma el apóstol Pablo
resumiendo el misterio de la humanidad redimida por Cristo.
Misterio oculto en el designio eterno de Dios,
misterio que, en cierto modo, se ha hecho historia
con la Encarnación del Verbo eterno del Padre;
misterio que la Iglesia revive con intensa emoción
en esta Navidad del Año Dos mil,
Año del Gran Jubileo.
Adán, el primer "hombre vivo",
Cristo, "espíritu que da vida":
las palabras del Apóstol nos invitan a mirar en profundidad,
a reconocer en el Niño nacido en Belén
al Cordero inmolado que desvela el sentido de la historia (cf. Ap 5, 7-9).
En su nacimiento se han encontrado el tiempo y la eternidad:
Dios en el hombre y el hombre en Dios.

2. "El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo".
El genio inmortal de Miguel Angel
ha representado en la bóveda de la Capilla Sixtina
el instante en el que Dios Padre
da la energía vital al primer hombre,
haciendo de él un "ser vivo".
Entre el dedo de Dios y el del hombre,
acercándose uno a otro hasta casi tocarse,
parece pasar una corriente invisible:
Dios infunde en el hombre un latido de su misma vida,
lo crea a su propia imagen y semejanza.
En ese soplo divino está el origen
de la singular dignidad del ser humano,
de su inagotable nostalgia de infinito.
A aquel instante del misterio insondable,
en que la vida humana comienza sobre la tierra,
se dirige la mente en este día
contemplando al Hijo de Dios
que se hace hijo del hombre,
contemplando el rostro eterno de Dios
que brilla en el rostro de un Niño.

3. "El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo".
por la llama divina que se le infundió.
el hombre es un ser inteligente y libre,
y por eso capaz de decidir responsablemente
sobre sí mismo y sobre el propio destino.
El grandioso fresco de la Sixtina continúa
con la escena del pecado original:
la serpiente, enroscada en el árbol,
induce a los primeros padres a comer el fruto prohibido.
El genio del arte y la intensidad del símbolo bíblico
se conjugan perfectamente para evocar
aquel momento dramático, que inaugura para la humanidad
una historia de rebelión, de pecado y de dolor.
Pero, ¿podía Dios olvidar la obra de sus manos,
la obra maestra de la creación?
Conocemos la respuesta de la fe:
" al llegar la plenitud de los tiempos,
envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,
nacido bajo la ley,
para rescatar a los que se hallaban bajo la ley,
y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5)
Resuenan con singular elocuencia
estas palabras del apóstol Pablo,
mientras contemplamos el maravilloso acontecimiento de la Navidad
en el año del Gran Jubileo.
En el recién Nacido, recostado en un pesebre,
saludamos al "nuevo Adán"
que se hizo para nosotros "espíritu dador de vida".
Toda la historia del mundo está dirigida hacia Él,
nacido en Belén para devolver esperanza
a cada hombre sobre la faz de la tierra.

4. Desde el pesebre, la mirada se extiende hoy a toda la humanidad,
destinataria de la gracia del "segundo Adán",
aunque siempre heredero del pecado del "primer Adán".
¿ No es acaso aquel primer "no" a Dios,
reiterado en el pecado de cada hombre,
lo que continúa desfigurando el rostro de la humanidad?
Niños maltratados, humillados y abandonados,
mujeres violentadas y explotadas,
jóvenes, adultos, ancianos marginados,
interminables comitivas de exiliados y prófugos,
violencia y guerrilla en tantos rincones del planeta.
Pienso con preocupación en Tierra Santa,
donde la violencia continúa ensangrentando
el difícil camino de la paz.
Y, ¿qué decir de varios Países
- pienso en este momento particularmente en Indonesia -
donde nuestros hermanos en la fe
pasan por una difícil situación de dolor y de sufrimiento?
No podemos olvidar hoy
que las sombras de la muerte amenazan
la vida del hombre en cada una de sus fases
e insidian especialmente
sus primeros momentos y su ocaso natural.
Se hace cada vez más fuerte la tentación
de apoderarse de la muerte procurándola anticipadamente,
casi como si se fuera árbitro de vida propia o ajena.
Estamos ante síntomas alarmantes
de la "cultura de la muerte",
que son un seria amenaza para el futuro.

5. Pero, por más densas que parezcan las tinieblas,
es más fuerte aún la esperanza del triunfo de la Luz
surgida en la Noche Santa de Belén.
Hay mucho bien hecho en silencio
por hombres y mujeres que viven cotidianamente
su fe, su trabajo, su dedicación
a la familia y al bien de la sociedad.
Además, es alentador el empeño de cuantos,
incluso en el ámbito público, se esfuerzan
para que se respeten los derechos humanos de cada uno
y crezca la solidaridad entre los pueblos de culturas diversas,
para que sea condonada la deuda de los Países más pobres
y para que se llegue a dignos acuerdos de paz
entre las Naciones implicadas en funestos conflictos.

6. A los Pueblos que en todas las partes del mundo
se orientan con valentía hacia los valores de la democracia,
de la libertad, del respeto y de la acogida recíproca,
a cada persona de buena voluntad,
sea cual sea la cultura a la que pertenezca,
se dirige hoy el gozoso anuncio de Navidad:
" Paz en la tierra a los hombres que Dios ama" (cf. Lc 2, 14).
A la humanidad que se asoma al nuevo milenio,
tú, Señor Jesús, nacido para nosotros en Belén,
le pides el respeto de toda persona,
sobre todo si es pequeña y débil;
le pides que renuncie a cualquier forma de violencia,
a las guerras, los abusos, los atentados a la vida.
¡ Tú, Cristo, que contemplamos hoy
en brazos de María,
eres el fundamento de nuestra esperanza!
Nos lo recuerda el apóstol Pablo:
" pasó lo viejo,
todo es nuevo" (2 Co 5, 17).
En ti y sólo en ti se ofrece al hombre
la posibilidad de ser una "criatura nueva".

¡Gracias por este don tuyo, Niño Jesús!

¡Feliz Navidad a todos!


Navidad, 25 de diciembre de 2000


MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 1999

1. "Un niño nos ha nacido.
un hijo se nos ha dado" (Is 9, 5) .
Hoy resuena en la Iglesia y en el mundo la "buena noticia" de la Navidad.
Resuena con las palabras del profeta Isaías,
llamado por esto el "evangelista" del Antiguo Testamento,
el cual, hablando del misterio de la redención,
parece entrever los acontecimiento de siete siglos después.
Palabras inspiradas por Dios, palabras sorprendentes que recorren la historia,
y que hoy, a las puertas del Dos mil, resuenan en toda la tierra
anunciando el gran misterio de la Encarnación.

2. "Un Niño nos ha nacido".
Estas palabras proféticas se ven realizadas en la narración del evangelista Lucas,
que describe el "acontecimiento" lleno
cada vez más de nueva admiración y esperanza.
En la noche de Belén,
María dio a luz un Niño, al que puso por nombre Jesús.
No había lugar para ellos e la pensión;
por esto la Madre alumbró al Hijo
en una gruta y lo puso en un pesebre .
El evangelista Juan, en el Prólogo de su evangelio,
penetra en el " misterio " de este acontecimiento.
Aquel que nace en la gruta es el Hijo eterno de Dios.
Es la Palabra, que existía en el principio, la Palabra que estaba junto a Dios,
la Palabra que era Dios.
Todo lo que ha sido hecho, por medio de la Palabra se hizo (cf. 1,1-3).
La Palabra eterna, el Hijo de Dios,
tomó la naturaleza humana.
Dios Padre "tanto amó al mundo
que le ha dado su Hijo único" (Jn 3,16).
El profeta Isaías al decir: "un hijo se nos ha dado",
revela en toda su plenitud el misterio de Navidad:
le generación eterna de la Palabra en el Padre,
su nacimiento en el tiempo por obra del Espíritu Santo.

3. Se ensancha el círculo del misterio :
el evangelista Juan afirma: "La Palabra se hizo carne,
y puso su Morada entre nosotros " (Jn 1,14)
y añade : "a todos tos que la recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios,
a los que creen en su nombre " (ibíd. 1,12).
Se ensancha el círculo del misterio:
el nacimiento del Hijo de Dios es el don sublime,
la gracia más grande en favor del hombre,
que la mente humana nunca hubiera podido imaginar.
Recordando, en este Día santo,
el nacimiento de Cristo,
vivimos, junto con este acontecimiento,
el "misterio de la divina adoptión",
por obra de Cristo que viene al mundo.
Por eso, la Noche y el Día de Navidad
son tenidos como "sagrados " por los hombres que buscan la verdad.

Nosotros, cristianos, los consideramos "santos " reconociendo en ellos la huella inconfundible de Aquel que es Santo, lleno de misericordia y de bondad.

4. Un motivo más se añade este año
para considerar más santo este día de gracia:
es el comienzo del Gran Jubileo.
Esta Noche, antes de la Santa Misa,
he abierto la Puerta Santa de esta Basílica.
Acto simbólico con el cual se inaugura el Año Jubilar,
gesto que pone de relieve con elocuencia singular
un elemento ya contenido en el misterio de Navidad:
¡ Jesús, nacido en la pobreza de Belén,
Cristo, el Hijo eterno que nos ha sido dado por el Padre,
es, para nosotros y para todos, la Puerta!
la Puerta de nuestra salvación,
la Puerta de la vida,
la Puerta de la paz !
É ste es el mensaje de Navidad y el anuncio del Gran Jubileo.

5. Dirigimos la mirada hacia ti, Cristo,
Puerta de nuestra salvación,
y te damos gracias por el bien realizado en los años, siglos y milenios pasados.
Debemos confesar, sin embargo, que a veces la humanidad ha buscado fuera de ti la Verdad,
que se ha fabricado falsas certezas, ha corrido tras ideologías falaces.
A veces el hombre ha excluido del propio respeto y amor
a hermanos de otras razas o distintos credos,
ha negado los derechos fundamentales a las personas y a las naciones.
Pero Tú sigues ofreciendo a todos el Esplendor de la Verdad que salva.
Te miramos a Ti, Cristo, Puerta de la Vida,
y te damos gracias por los prodigios
con que has enriquecido a cada generación.
A veces este mundo a veces no respeta y no ama la vida.
Pero Tú no te cansas de amarla,
más aún, en el misterio de la Navidad vienes a iluminar las mentes
para que los legisladores y los gobernantes,
hombres y mujeres de buena voluntad se comprometan a acoger,
como don precioso, la vida del hombre.
Tú vienes a darnos el Evangelio de la Vida.
Fijamos los ojos en Ti, Cristo, Puerta de la paz,
mientras, peregrinos en el tiempo,
visitamos tantos lugares del dolor y de la guerra, donde reposan las víctimas
de violentos conflictos y de crueles exterminios.
Tú, Príncipe de la paz,
nos invitas a abandonar el insensato uso de las armas,
el recurso a la violencia y al odio que han marcado
con la muerte a personas, pueblos y continentes.

6. "Un hijo se nos ha dado ".
Tú, Padre, nos has dado a tu Hijo.
Nos lo das también hoy, al alba del nuevo milenio .
É l es la Puerta para nosotros.
A través de El entramos en una nueva dimensión
y alcanzamos la plenitud del destino de la salvación
pensado por ti para todos.
Precisamente por esto, Padre, nos has dado a tu Hijo,
para que el hombre experimente lo que Tú quieres dar en la eternidad,
para que el hombre tenga la fuerza de realizar
tu arcano misterio de amor.
Cristo, Hijo de la Madre siempre Virgen,
luz y esperanza de quienes te buscan,
aun sin conocerte y de quienes, conociéndote,
te buscan cada vez más; Cristo, ¡Tú eres la Puerta!
A través de ti,
con la fuerza del Espíritu Santo, queremos entrar en el tercer milenio.
Tú, Cristo, eres el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,8).


Navidad, 25 de diciembre de 1999


MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 1998

1. “Regem venturum Dominum, venite, adoremus”
“ Venid, adoremos al Rey, al Señor que ha de venir”.
Cuántas veces hemos repetido estas palabras
durante el tiempo de Adviento,
haciéndonos eco de la esperanza de toda la humanidad.
Proyectado hacia el futuro desde sus más remotos orígenes,
el hombre busca a Dios, plenitud de la vida. Desde siempre
invoca un Salvador que lo libre del mal y de la muerte,
que colme su necesidad innata de felicidad.
Ya en el jardín del Edén, después del pecado original,
Dios Padre, fiel y misericordioso,
había preanunciado un Salvador (cf. Gn 3, 15),
que habría de restablecer la alianza destruida,
instaurando una nueva relación
de amistad, de entendimiento y de paz.

2. Este gozoso anuncio, confiado a los hijos de Abraham,
desde la época de la salida de Egipto (cf. Ex 3, 6-8)
ha resonado a lo largo de los siglos
como un grito de esperanza en boca de los profetas de Israel,
que en diversos momentos han recordado al pueblo:
“ Prope est Dominus: venite, adoremus”.
“ El Señor está cerca: ¡venid a adorarlo!”
Venid a adorar al Dios que no abandona
a quienes lo buscan con sincero corazón
y se esfuerzan en observar su ley.
Acoged su mensaje,
que conforta los espíritus abatidos y desorientados.
Prope est Dominus: fiel a la antigua promesa,
Dios Padre la cumple ahora en el misterio de la Navidad.

3. Sí, su promesa, que ha alimentado
la espera confiada de tantos creyentes
se ha hecho don en Belén, en el corazón de la Noche Santa.
Nos lo ha recordado ayer la liturgia de la Misa:
“ Hodie scietis quia veniet Dominus,
et mane videbitis gloriam eius”.
“ Hoy sabréis que el Señor viene:
con el nuevo día veréis su gloria”.
Esta noche hemos visto la gloria de Dios,
proclamada por el canto gozoso de los ángeles;
hemos adorado al Rey, Señor del universo,
junto con los pastores que vigilaban sus rebaños.
Con los ojos de la fe, también nosotros hemos visto,
recostado en un pesebre,
al Príncipe de la Paz,
y junto a Él, María y José
en silenciosa adoración.

4. A la multitud de los ángeles, a los pastores extasiados,
nos unimos también nosotros hoy, cantando con júbilo:
“ Chistus natus est nobis: venite, adoremus”.
“ Cristo ha nacido por nosotros: venid, adorémosle”
Desde la noche de Belén hasta hoy,
la Navidad continúa suscitando himnos de alegría,
que expresan la ternura de Dios
sembrada en el corazón de los hombres.
En todas las lenguas del mundo
se celebra el acontecimiento más grande y más humilde:
el Emmanuel, Dios con nosotros para siempre.
¡ Cuántos cantos sugestivos ha inspirado la Navidad
en los pueblos y culturas!
¿ Quién desconoce las emociones que evocan?
Sus melodías hacen a revivir
el misterio de la Noche Santa;
atestiguan el encuentro entre el Evangelio y los caminos de los hombres.
Sí, la Navidad ha entrado en el corazón de los pueblos,
que miran hacia Belén con una admiración común.
También la Asamblea General de las Naciones Unidas
ha reconocido por unanimidad la pequeña población de Judá (cf. Mt 2, 6)
como la tierra en la que la celebración del nacimiento de Jesús
ofrecerá en el 2000 una ocasión singular
para proyectos de esperanza y de paz.

5. ¿Cómo no percibir el clamoroso contraste
entre la serenidad de los cantos navideños
y los muchos problemas del nuestro momento actual?
Conocemos los aspectos preocupantes por las crónicas
que aparecen cada día en la televisión y los periódicos
pasando de un hemisferio del globo al otro:
son situaciones tristísimas, a las que frecuentemente
no es ajena la culpa e incluso la malicia humana,
impregnada de odio fratricida y de violencia absurda.
La luz que viene de Belén
nos salve del peligro de resignarnos
a un panorama tan desconcertante y atormentado.
Que el anuncio de la Navidad aliente
a cuantos se esfuerzan por aliviar
la situación penosa del Medio Oriente
respetando los compromisos internacionales.
Que la Navidad refuerce en el mundo
el consenso sobre medidas urgentes y adecuadas
para detener la producción y el comercio de armas,
para defender la vida humana, para desterrar la pena de muerte,
para liberar a los niños y adolescentes de toda forma de explotación,
para frenar la mano ensangrentada
de los responsables de genocidios y crímenes de guerra,
para prestar a las cuestiones del medio ambiente,
sobre todo tras las recientes catástrofes naturales,
la atención indispensable que merecen
a fin de salvaguardar la creación y la dignidad del hombre.

6. La alegría de la Navidad, que canta el nacimiento del Salvador,
infunda a todos confianza en la fuerza de la verdad
y de la perseverancia paciente en hacer el bien.
El mensaje divino de Belén resuena para cada uno de nosotros:
“ No temáis, pues os anuncio una gran alegría,...
os ha nacido hoy, en la ciudad de David,
un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11).
Hoy resplandece Urbi et Orbi,
en la ciudad de Roma y en el mundo entero,
el rostro de Dios; Jesús nos lo revela
como Padre que nos ama.
Vosotros que buscáis el sentido de la vida;
vosotros que lleváis en el corazón la llama
de una esperanza de salvación, de libertad y de paz,
venid a ver al Niño que ha nacido de María.
É l es Dios, nuestro Salvador,
el único digno de tal nombre,
el único Señor.

Ha nacido por nosotros, venid, ¡adorémosle!


Navidad, 25 de Diciembre de 1998


MENSAJE "URBI ET ORBI" - Navidad 1997

1. "La tierra ha visto a su Salvador"
Hoy, Navidad del Señor, vivimos profundamente
la verdad de estas palabras: la tierra ha visto a su Salvador.
Lo han visto en primer lugar los pastores de Belén
que, al anuncio de los ángeles,
se apresuraron con alegría hacia la pobre gruta.
Era de noche, noche llena de misterio.
¿ Qué vieron sus ojos?
Un Niño acostado en un pesebre,
con María y José solícitos a su lado.
Vieron un niño pero, iluminados por la fe,
en aquella frágil criatura reconocieron a Dios hecho hombre,
y le ofrecieron sus pobres dones.
Iniciaron así, sin darse cuente,
aquel canto de alabanza al Emmanuel,
Dios venido a habitar entre nosotros,
que se extendería de generación en generación.
Cántico alegre, que es patrimonio de cuantos, hoy,
se dirigen espiritualmente a Belén,
para celebrar el nacimiento del Señor,
y alaban a Dios por las maravillas que ha realizado.
También nosotros nos unimos con fe
a este singular encuentro de alabanza
que, según la tradición, se renueva cada año en Navidad,
aquí, en la Plaza San Pedro, y que concluye con la bendición
que el Obispo de Roma imparte Urbi et Orbi:
Urbi, es decir, a esta Ciudad que, gracias al ministerio
de los santos Pedro y Pablo,
ha "visto" de manera singular
al Salvador del mundo.
Et Orbi, es decir, al mundo entero,
en el que se ha difundido ampliamente
la Buena Nueva de la salvación,
que ha llegado ya hasta los confines extremos de la tierra.
La alegría de Navidad ha llegado a ser así
patrimonio de innumerables pueblos y naciones.
En verdad, "los confines de la tierra
han contemplado la victoria de nuestro Dios" (Sal 97/98,3)

2. A todos, pues, va dirigido el mensaje de la solemnidad de hoy.
Todos están llamados a participar
de la alegría de la Navidad.
" Aclama al Señor, tierra entera,
gritad, vitoread, tocad" (Sal 97/98,4).
Día de extraordinaria alegría es la Navidad.
Esta alegría ha inundado los corazones humanos
y ha tenido múltiples expresiones
en la historia y en la cultura de las naciones cristianas:
en el canto litúrgico y popular, en la pintura,
en la literatura y en cada campo del arte.
Para la formación cristiana de generaciones enteras,
tienen gran importancia las tradiciones y los cantos,
las representaciones sacras y, entre todas, el portal.
El cántico de los ángeles en Belén
ha encontrado así un eco universal y multiforme
en las costumbres, mentalidades y culturas de cada tiempo.
Ha encontrado un eco en el corazón de cada creyente.

3. Hoy, día de alegría para todos,
día lleno de tantos llamamientos a la paz y la fraternidad,
se hacen más intensos e incisivos el clamor y la súplica
de los pueblos que anhelan la libertad y la concordia,
en situaciones de preocupante violencia étnica y política.
Hoy resuena más fuerte la voz
de quienes están comprometidos generosamente
en derribar barreras de miedo y de agresividad,
para promover la comprensión entre hombres
de distinto origen, raza y credo religioso.
Hoy día nos resultan más dramáticos los sufrimientos
de gente que huye a las montañas de su propia tierra
o busca atracar a las costas de los Países vecinos,
para perseguir la esperanza incluso leve
de una vida menos precaria y más segura.
Más angustioso es hoy el silencio, lleno de tensiones,
de la multitud, cada vez mayor, de nuevos pobres:
hombres y mujeres sin trabajo y sin casa,
muchachos y niños ofendidos y profanados,
adolescentes enrolados en las guerras de los adultos,
víctimas jóvenes de la droga
o atraídos por mitos falaces.
Hoy es Navidad, día de confianza para pueblos por largo tiempo divididos,
que finalmente se han vuelto a encontrar y tratar.
Son perspectivas a menudo tímidas y frágiles,
diálogos lentos y arduos,
pero animados por la esperanza
de alcanzar finalmente acuerdos
respetuosos de los derechos y de los deberes de todos.

4. ¡Es Navidad! Esta humanidad nuestra descarriada,
en camino hacia el tercer milenio,
te espera, Niño de Belén,
que vienes a manifestar el amor del Padre.
Tú, Rey de la paz, nos invitas hoy a no tener miedo
y abrir nuestros corazones a perspectivas de esperanza.
Por esto "cantemos al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas" (cf. Sal 97/98,1).
Este es el mayor prodigio obrado por Dios:
El mismo se hizo hombre y nació en la noche de Belén,
ofreció por nosotros su vida en la Cruz,
resucitó al tercer día según las Escrituras
y a través de la Eucaristía permanece con nosotros
hasta el fin de los tiempos.
En verdad "... la palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros" (Jn 1,14).
La luz de la fe nos ayuda a reconocer
en el Niño recién nacido
al Dios eterno e inmortal.
Somos testigos de su gloria.
De omnipotente como era,
se revistió de extrema pobreza.
Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia,
que nos permite confesar la gloria del Hijo unigénito de Dios,
aunque nuestros ojos no vean más que al hombre,
un Niño nacido en la gruta de Belén.
Dios hecho hombre yace hoy en el pesebre
y el universo lo contempla silenciosamente.
¡ Que la humanidad pueda reconocerlo como a su Salvador!


Navidad, 25 de diciembre de 1997

 

- Aciprensa.

 


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