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Triduo de Navidad
Por Pbro. Pablo Arce Gargollo

Primer Día


UN UNIVERSO PARA LA NAVIDAD

Acción del Espíritu Santo

En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría. Que este tiempo nos de la posibilidad de entrar en contacto más vivo y personal con la bondad de nuestro Dios. Que estos días, con ánimos renovados, nos decidamos seriamente a seguir adelante en este camino maravilloso por el que Dios quiere que alcancemos la auténtica santidad.

Al iniciar este triduo de meditaciones en preparación a una Navidad, pedimos a Dios que nos permita esta noche hacer un rato de oración, con un dialogo franco y pausado ante Él, que está aquí presente en el Sagrario.

A lo largo de estos días en los diversos medios de comunicación, t.v., radio, prensa así como revistas de todo género, aparecen reportajes que pretenden hacer el recuento del año y el repaso de un milenio que se va.

Hoy hacemos un recuento total del Nacimiento del Hijo de Dios. No desde la perspectiva que da una centuria, ni en el lapso de mil años. Nos vamos mucho más allá. Al Principio de todos los principios.

Todos hemos observado en la quietud de una noche clara y oscura el palpitar de millones de estrellas en el firmamento. Algunos, que se consideran sesudos aventuran vida extraterrestre en los 10 mil millones de estrellas de nuestra galaxia o en las otras 10 mil millones de galaxias que dicen que existen. Y más de alguno asegura que vio a seres extraños que quizá son marcianos. ¿Qué habrá querido hacer el Creador con ese Universo plagado de luminarias fantásticas?

Al principio Dios quiso poner un Nacimiento y creó el universo para adornar la cuna.

Solo había nada. Creó de la nada una mota de polvo con enorme densidad de materia y de energía. La levantó en la palma de su mano y la colocó en el centro de un espacio vacío y oscuro. Después la miró, y toda la luz creada se concentró en aquel puntito. Y dio la orden de su Ley eterna: te dilatarás... y formarás galaxias, y estrellas, y planetas con lunas y millones de luces que alumbrarán mi Nacimiento. Y producirás agujeros negros, para desconcierto de astrónomos y matemáticos. Todo un universo de materia brotará de tus entrañas para preparar la cuna de mi Hijo.

Dios sabía que aquél instante, tan simple, lo llamarían los científicos big-bang con el paso de los siglos.

- Hizo el firmamento y lo llenó de estrellas. Hizo la luz, y luego el sol, y encendió una lámpara blanca en la noche para que se viera bien la cara de Jesús; no fuesen a equivocarse los ángeles y los pastores en la Nochebuena.

- Hizo las montañas, tan auténticas que parecían de corcho, y las coronó de águilas y de nieve.

- Hizo mares y océanos como los de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos.

- Después llamó a una pequeña estrella (apenas con 6 millones de hipermegavatios) y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para que, miles de siglos más tarde, parpadeara para servir de guía a unos aventureros y valientes Magos de Oriente.

Todo esto no fue muy difícil para el Creador.

- Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado.

- Hizo crecer los árboles que al desperezarse, agitaron el aire y formaron la brisa y los vendavales. (Aunque dicen que es el viento el que mueve a los árboles, pero... esa es otra historia).

- Del viento nacieron las dunas y la música primera del campo.

Luego Dios hizo una pausa y pensó dónde poner su Nacimiento. Y decidió que en Belén de Judá.

- Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavandera, los pastores.

- Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...

- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida en la postura exacta para el Nacimiento de Dios.

Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con Ella.

- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que habría de brotar a su tiempo.

- Igual que un artista que persigue tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios.

- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre.

- Hasta que una día, exactamente el planeado, nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, la Obra de Dios, su Obra Maestra.

- Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con Jesús, vivo retrato de Dios y de María.

Y vio Dios todo lo que había hecho. Y era muy bueno.

Y tanto le gustó, que decidió trasmitir en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres de la historia, y a todos los hombres de buena voluntad, y a todos los corazones que, por sus buenas disposiciones, hacen un agradable sitio para el Nacimiento.

Y así inventó la Navidad. La veremos a todo color, si nos disponemos a preparamos para ello en las próximas horas.

La Navidad no es un simple aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día en que Dios pone un Nacimiento en cada alma.

A nosotros sólo nos pide que le reservemos un rincón limpio; que nos lavemos las orejas para oír el villancico de los ángeles en la Nochebuena; que nos quitemos la roña acumulada.

Dios creó todo el Universo para engalanar el Nacimiento. La Sabiduría de Dios, el Espíritu Santo instrumentó todo. Todo un universo para preparar la cuna de su Hijo. Luz, lluvia, granizo, relámpago y trueno. Música y silencio. Las selvas y los desiertos; los océanos y las lagunas. Y en la plenitud de los tiempos nació el Unigénito.

Ahora, como cada diciembre, quiere nacer en tu corazón. Eso es la Navidad. Lo demás es adorno. ¿Qué querrá hacer Dios en tu corazón? De igual manera el Espíritu Santo quiere actuar en tu alma.

Si creó TODO el universo material para preparar su Nacimiento. Si el bien espiritual es superior a todos los bienes materiales... pensemos el universo que querrá poner en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz...

"Cada creyente ha de acoger la invitación de los ángeles que anuncian incesantemente: « Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14).” (Tertio Milenio).

“Cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma.” (Es Cristo que pasa, n. 12).

He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo. (Ap. III, 20)

La Iglesia quiere que tomemos conciencia de que el Señor está al llegar y que nosotros debemos salir a recibirle. La iniciativa, una vez más, ha partido de Dios: es Él el que se acerca a nosotros, no obstante la infinita distancia que media entre Él y las criaturas, y no obstante nuestras ofensas, olvidos, negativas, que durante nuestra vida nos ha alejado Él. No quiere perdernos: por el contrario, insiste en estar con nosotros.

No sólo está cerca, sino que llama y quiere que le abramos porque quiere cenar con nosotros, quiere compartir con cada uno de sus hijos lo más íntimo de nuestra vida; quiere estar en nuestra casa y ser nuestro invitado.

Pero para llegar a esa intimidad con Cristo, debemos abrir la puerta y dejarle entrar. ¿Qué significa esto? Que Él no se va a imponer, ni va a violentar nuestra libertad, porque quiere servidores libres, que le acepten voluntariamente. Quiere que nos demos cuenta de que Él es nuestra felicidad y debe ser el amor de nuestros amores, y no puede haber amores impuestos.

Responder a la llamada que Cristo nos hace nuevamente en esta Navidad, abrir la puerta para que pase a nuestra casa, implica el que nosotros la tengamos arreglada para poder recibirle: no vendrá si no somos sus amigos, o sea, no vendrá si no nos arrepentimos de las ofensas que le hayamos hecho y le pedimos perdón en la forma en que Él lo ha establecido.

La manera eficaz de abrirle nuestra puerta es una buena confesión en la que le demostremos que nos duelen las faltas que hemos cometido y le digamos con corazón contrito que no queremos volver a ofenderle, ni en mucho ni en poco.

Arreglar nuestra casa, es limpiarla de egoísmos y sensualidades, de soberbia y de vanidades y de todo aquello que no va con el huésped que pretendemos recibir. No podemos tratar a Cristo en una forma menos delicada de como tratamos a otros huéspedes: a estos, cuando les recibimos en nuestra casa, les evitamos todo lo que pueda molestarles.

María nos enseñará a preparar nuestra alma.

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Segundo Día

CRISTO EL PRIMOGÉNITO

Ayer, como telón de fondo, para nuestra meditación de Navidad, considerábamos la grandeza de Dios. Un breve repaso a lo dicho.

Cuando hoy son muchos los que hacen el recuento del siglo y hasta del milenio, nosotros nos vamos al Principio de todos los Principios.

Al principio Dios quiso poner un Nacimiento y creó el universo para adornar la cuna. Y así hizo galaxias, y estrellas, y planetas con lunas y millones de luces para alumbrar su Nacimiento. Hizo mares y océanos. Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado.

- Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavandera, los pastores.

- Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...

- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz.

Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con Ella.

- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que habría de brotar a su tiempo.

- Igual que un artista que persigue tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios.

- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre.

- Hasta que un día, exactamente el planeado, nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, la Obra de Dios, su Obra Maestra.

- Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con Jesús, vivo retrato de Dios y de María.

Todo eso hizo Dios y vió que era muy bueno.

Y tanto le gustó, que decidió trasmitir en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres de la historia.

La Navidad no es un simple aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día en que Dios pone un Nacimiento en cada alma.

Si Dios hizo todo esto. Si el bien espiritual es infinitamente superior a todo el mundo material. Pensemos lo que Dios quiere poner en nuestra alma. Pensemos en el universo que querrá poner en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz...

Prepararnos por la confesión y oír la acción del Espíritu Santo: dejarse llevar por sus inspiraciones.

2. VOLVAMOS A LA CREACIÓN:

Con demasiada frecuencia solemos pensar en la creación de un modo simplista y quizá por eso equivocado, hasta el punto de dar por descontada esa falsa sucesión de hechos.

Pensamos que un buen día Dios creó a los ángeles; que los sometió a una prueba, no sabemos bien cual fue, pero del resultado de ella surgió la división entre ángeles y demonios.

Luego creemos que, otro buen día, Dios creó el universo, los reinos mineral, vegetal, animal y, por último, al hombre. Adán y Eva en el paraíso terrenal pecaron, obedeciendo a satanás y desobedeciendo a Dios. En este punto, para salvar a la humanidad, Dios pensó en enviar a su Hijo.

No es esta la enseñanza de la Biblia ni de los Santos Padres. Con semejante concepción el mundo angélico y la creación son ajenos al misterio de Cristo.

Basta leer el prólogo del Evangelio de San Juan y los dos himnos cristológicos que abren las epístolas a los Efesios y a los Colosenses para entender mejor las cosas.

(Juan I): “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. 2El estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”

(Col. 1, 15-17) : “El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones, ya los principados o las potestades. El es antes que todas las cosas y todas subsisten en él.”

Cristo es el promogénito de todas las criaturas; todo fue hecho por él y para él.

Sí puede afirmarse que, a causa del pecado de origen de nuestros primeros padres, la venida de Cristo adquirió un significado particular: vino como Salvador.

De este planteamiento cristocéntrico depende el papel de toda criatura. No podemos omitir una reflexión respecto a la Virgen María. Si la criatura primogénita es el Verbo encarnado, no podía faltar en el pensamiento divino, antes de cualquier otra criatura, la figura de aquella en la que se llevaría a efecto la encarnación. De ahí su relación única con la Santísima Trinidad, hasta el punto de ser llamada, ya en el siglo II, “cuarto elemento de la trinidad divina”.

No deja de ser impresionante lo que dice un exorcista (autorizado para expulsar los demonios): “Hacia el final de los exorcismos… suelo recitar el himno cristológico de la Epístola a los Filipenses (2, 6-11). Cuando llego a las palabras: “de modo que al oír el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo”, me arrodillo yo, se arrodillan los presentes y, siempre, también el endemoniado se ve obligado a arrodillarse. Es un momento fuerte y sugestivo. Tengo la impresión de que también las legiones angélicas nos rodean, arrodilladas ante el nombre de Jesús.” (Gabriele Amorth, Habla un exorcista, p. 21).

La Navidad es una fiesta de la entrega de Dios al mundo: “Nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado” (Antífona de entrada de la Misa de Navidad). Es la entrega de Dios. Dios encarnado es Dios que se acerca, que se abaja, es Dios entregado. Dios que viene para estar con nosotros, para participar de nuestra vida, para convivir con nosotros.

San Ireneo de Lyon, Contra las herejías III, 20, 3 Oficio de Lecturas del 19 de diciembre): “el Verbo de Dios (…) se hizo Hijo del hombre para que el hombre se habituara a percibir a Dios, y Dios a vivir en el hombre, conforme a la voluntad del Padre.”

La plenitud de la salvación y de la revelación que realiza Jesucristo, se cumple a través de la convivencia. La plenitud de la revelación no es propiamente lo que Jesucristo dice, sino Él mismo; y para conocerle el hombre ha de convivir con Él.

La manera adecuada de conocer a las personas, no es saber de ellas “cosas”, cualidades, circunstancias, etc., sino tratarlas, enlazar con su vida, participar en sus acciones, formar parte de su existencia. Ciertamente conocer las cualidades de alguien puede ser útil, pero queda siempre en las fronteras de la persona.

Por eso la venida al mundo del Verbo no debe ser considerada simplemente como un acontecimiento “objetivo”, sino hay que entenderlo en el ámbito personal.

Jesús viene y se entrega por mi en la Cruz. Pero… su máxima entrega está cuando Jesús habla claro de que conviene que Él se vaya, es decir que ese Dios-con-nosotros, deje paso a la otra entrega de Dios a nosotros, que es el Espíritu Santo, el Dios-en-nosotros. Ésta es ya la total entrega, la comunicación, la comunión plena de Dios con su criatura.

La filiación divina es en cierto sentido la culminación del amor de Dios, consecuencia de la Encarnación y de la Pasión y Muerte de Jesús. Cristo, al ofrecerse a su Padre por nosotros, hace que Dios Padre nos ame con el amor inmenso con que ama a su Hijo Encarnado.

La filiación divina, nos debe llevar a "un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo, Hijo Unigénito del Padre, y de estar siempre en presencia de Dios;"

Somos hijos, por Jesucristo y en consecuencia, si no nos esforzamos por parecernos a Cristo, que es el Hijo por naturaleza, no podemos llamarnos hijos, pues nosotros lo somos por adopción, porque Dios Padre ve en nosotros la imagen de su Hijo Encarnado.

(JPII): “La peregrinación va acompañada del signo de la puerta santa, abierta por primera vez en la Basílica del Santísimo Salvador de Letrán durante el Jubileo de 1423. Ella evoca el paso que cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia. Jesús dijo: « Yo soy la puerta » (Jn 10, 7), para indicar que nadie puede tener acceso al Padre si no a través suyo. Esta afirmación que Jesús hizo de sí mismo significa que sólo Él es el Salvador enviado por el Padre. Hay un solo acceso que abre de par en par la entrada en la vida de comunión con Dios: este acceso es Jesús, única y absoluta vía de salvación. Sólo a Él se pueden aplicar plenamente las palabras del Salmista: « Aquí está la puerta del Señor, por ella entran los justos » (Sal 118 [117],20).

Niño. Cercano. Imitable. Decidirnos a ser Ipse Christus.

A la Virgen María, stella matutina, que anuncia la llegada de Cristo, Sol de Justicia, le pedimos que aumente nuestro amor a Jesús, por el deseo de imitarle cada día y en cada acontecimiento.

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Tercer día

EL BELÉN QUE NECESITA EN TÍ

1. Durante estos días nos hemos puesto en la presencia de Dios para considerar con mayor atención y profundidad el misterio de la Navidad.

El primer día consideramos como en el Principio de todos los Principios, Dios quiso poner un Nacimiento y creó el universo para adornar la cuna. Y así hizo galaxias, y estrellas, y planetas con lunas y millones de luces para alumbrar su Nacimiento. Hizo mares y océanos. Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado.

- Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavandera, los pastores.

- Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...

- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz, las facciones de una cara.

Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con Ella.

- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que habría de brotar a su tiempo.

- Igual que un artista que persigue tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios.

- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre.

Si Dios hizo todo esto. Si el bien espiritual es infinitamente superior a todo el mundo material. Pensemos lo que Dios quiere poner en nuestra alma. Pensemos en el universo que querrá poner en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz...

2. Ayer, consideramos a Cristo como el Primogénito de todas las criaturas; todo fue hecho por él y para él.

El planteamiento cristocéntrico.
UN EXORCISTA: (Gabriele Amorth, Habla un exorcista, p. 21). “Hacia el final de los exorcismos… suelo recitar el himno cristológico de la Epístola a los Filipenses (2, 6-11). Cuando llego a las palabras: “de modo que al oír el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo”, me arrodillo yo, se arrodillan los presentes y, siempre, también el endemoniado se ve obligado a arrodillarse. Es un momento fuerte y sugestivo. Tengo la impresión de que también las legiones angélicas nos rodean, arrodilladas ante el nombre de Jesús.”

La Navidad es una fiesta de la entrega de Dios al mundo: “Nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado” (Antífona de entrada de la Misa de Navidad). Es la entrega de Dios. Dios encarnado es Dios que se acerca, que se abaja, es Dios entregado. Dios que viene para estar con nosotros, para participar de nuestra vida, para convivir con nosotros.

La manera adecuada de conocer a las personas, no es saber de ellas “cosas”, cualidades, circunstancias, etc., sino tratarlas, enlazar con su vida, participar en sus acciones, formar parte de su existencia. Ciertamente conocer las cualidades de alguien puede ser útil, pero queda siempre en las fronteras de la persona.

DIOS-CON-NOSOTROS y DIOS-EN-NOSOTROS

La filiación divina es en cierto sentido la culminación del amor de Dios, consecuencia de la Encarnación y de la Pasión y Muerte de Jesús. Cristo, al ofrecerse a su Padre por nosotros, hace que Dios Padre nos ame con el amor inmenso con que ama a su Hijo Encarnado.

(JPII): “La peregrinación va acompañada del signo de la puerta santa, abierta por primera vez en la Basílica del Santísimo Salvador de Letrán durante el Jubileo de 1423. Ella evoca el paso que cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia. Jesús dijo: « Yo soy la puerta » (Jn 10, 7), para indicar que nadie puede tener acceso al Padre si no a través suyo. Esta afirmación que Jesús hizo de sí mismo significa que sólo Él es el Salvador enviado por el Padre. Hay un solo acceso que abre de par en par la entrada en la vida de comunión con Dios: este acceso es Jesús, única y absoluta vía de salvación. Sólo a Él se pueden aplicar plenamente las palabras del Salmista: « Aquí está la puerta del Señor, por ella entran los justos » (Sal 118 [117],20).

Niño. Cercano. Imitable. Decidirnos a ser Ipse Christus.

3. HOY CONSIDERAREMOS CÓMO VINO AL MUNDO

Y vino, no con la manifestación externa de su condición divina: precedido de un gran clamor, con el ensordecedor estruendo del trueno, rodeado de nubes y mostrando un fuego terrible; ni con sonido de trompetas, como antiguamente se había aparecido a los judíos, infundiéndoles terror (...); tampoco usó de insignias imperiales, ni se presentó con una corte de arcángeles: no deseaba atemorizar al desertor de sus leyes.

El Señor de todas las cosas apareció en forma de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le escapase espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre en el Imperio, escogió una obscura aldea para ver la luz, fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia más absoluta, para lograr, en silencio, al modo de un cazador, apresar a los hombres y así salvarles.

Si hubiese nacido con esplendor y rodeado de grandes riquezas, los incrédulos hubieran atribuido a esa abundancia la transformación de la tierra. Si hubiese escogido la gran ciudad de Roma, entonces la más poderosa, de nuevo habrían creído que la potencia de la Urbe fue la que cambió el mundo. Si hubiese sido hijo del emperador, habrían atribuido el bien conseguido a la nobleza y poder de esa cuna. Si fuese hijo de un gran hombre de leyes, lo hubiesen achacado a la sabiduría de sus prescripciones.

¿Qué es lo que hizo en cambio? Escogió todo lo que es pobre y sin valor alguno, lo más modesto e insignificante, para que fuese evidente que sólo la Divinidad ha transformando el mundo. Precisamente por eso, eligió una madre pobre, una patria todavía más pobre, y Él mismo se hizo pobrísimo.

No existiendo un lecho donde se le reclinase, el Señor fue colocado en un comedero de animales, y la carencia de las cosas más indispensables se convirtió en la prueba más verosímil de las antiguas profecías. Fue puesto en un pesebre para indicar expresamente que venía para ser alimento, ofrecido a todos, sin excepción. El Verbo, el Hijo de Dios, al vivir en pobreza y yacer en ese lugar, atrajo hacia Sí a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes (...).

A través de su Humanidad, el Verbo de Dios se muestra así para que a todas las criaturas, racionales e irracionales, se les abriese la posibilidad de participar en el alimento de salvación. Y pienso que a esto aludía Isaías cuando hablaba del misterio del pesebre- conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento (Is 1, 3) (...).

Se nos pone aún más de manifiesto por qué quien siendo rico en razón de su divinidad, se hizo pobre por nosotros, para hacer más fácilmente asequible a todos su salvación. A esto se refirió también San Pablo cuando dijo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor 8, 9). (...).

- Pues bien, para que Jesús naciera en la tierra, el Padre le preparó un pesebre. Esto parece algo raro.

- Si nosotros hubiéramos tenido que prepararle a Jesús un lugar para que naciera, quizá lo hubiéramos hecho de una manera muy distinta. No sé qué palacio hubiéramos ido a escoger; el divino Padre buscó un pesebre, una gruta estrecha, sucia, mal oliente, que era morada de animales...

- Porque es preciso que nos demos cuenta que el lugar donde nació Jesús, no es el Belén estilizado de nuestros nacimientos, con palomas, ángeles y borreguitos bien limpios. No. Aquello era un lugar demasiado prosaico.

- Ahora bien, si el Padre le preparó a su Hijo un pesebre, ¿por qué nosotros no se lo hemos de preparar?

- Si tuviéramos que prepararle un palacio, diríamos: no puedo; pero cuando vemos que lo que se necesita es un pesebre... eso si se lo podemos ofrecer.

- Eso si lo tengo; sí, mi corazón es semejante al lugar donde nació Jesús: pobre, sucio, vacío, desprovisto de todo...

- Así nació Jesús hace veinte siglos. Así quiere nacer siempre.

- El gusto de Jesús de nacer en un lugar muy pobre, muy humilde, muy pequeño, es para nosotros un consuelo, porque tenemos la seguridad de que no se desdeñará de nacer en nuestros pobres corazones.

- Por consiguiente, debemos pensar que no son obstáculo nuestras miserias, ni nuestra pequeñez, ni nuestra nada para que Jesús nazca en nuestros corazones. Lo único que El quiere es buena voluntad, como le cantaron los ángeles cuando nació.

- Luego, ¿qué se necesita que hagamos? Una sola cosa, querer, tener buena voluntad. Si queremos Jesús nacerá en nuestras almas.

- ¿Qué tenemos muchas miserias? No importa. El eligió para nacer un lugar de miseria.

- ¿Qué tenemos muchas faltas? No importa. El lugar donde Jesús nació estaba sucio.

- ¿Que no tenemos virtudes para adornar nuestras almas? No importa. Escueto y vacío estaba el lugar donde Jesús nació. Y algo más...

-Ni el pesebre. Ni San José, ni los ángeles ni los pastores, ni los Magos hubieran bastado a Jesús. Necesitaba un regazo maternal. Un corazón tiernísimo como el de una Madre.

-Cuánta ternura.

-Igual nosotros. Aprovechar los nacimientos. Hacernos más niños.

La Navidad es ante todo un misterio de infancia. Pero todos hemos crecido demasiado.

¿Han visto cómo esperan los niños a los Reyes?

"No olvideís nunca que este mundo odioso –palabras de Bernanos- se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre combatida, siempre renaciente- de los santos, de los poetas y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtaís nunca en personas mayores!

Preparemos pues a Jesús un amor maternal. Amándolo así, con esa delicadeza, con esa ternura y desinterés propios del corazón de una madre.

+ Que nuestro corazón sea un Belén completo. Que la humildad y la confesión dispongan el pesebre. Que la fidelidad haga que esté en nuestros corazones. Que nuestro amor de niños y nuestra ternura de Madre formen el regazo adecuado.

En cuanto a los ángeles, Dios se encargará de enviarnos en esa noche bendita, a un buen coro de ellos que cantarán en nuestro corazón: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

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