Triduo de Navidad Por
Pbro. Pablo Arce Gargollo
Primer
Día
UN UNIVERSO PARA LA NAVIDAD
Acción del Espíritu
Santo
En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo
festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un
poco de reflexión y alegría. Que este tiempo
nos de la posibilidad de entrar en contacto más vivo
y personal con la bondad de nuestro Dios. Que estos días,
con ánimos renovados, nos decidamos seriamente a seguir
adelante en este camino maravilloso por el que Dios quiere
que alcancemos la auténtica santidad.
Al iniciar este triduo de meditaciones
en preparación
a una Navidad, pedimos a Dios que nos permita esta noche hacer
un rato de oración, con un dialogo franco y pausado
ante Él, que está aquí presente en el
Sagrario.
A lo largo de estos días en los diversos medios de
comunicación, t.v., radio, prensa así como revistas
de todo género, aparecen reportajes que pretenden hacer
el recuento del año y el repaso de un milenio que se
va.
Hoy hacemos un recuento total
del Nacimiento del Hijo de Dios. No desde la perspectiva
que da una centuria,
ni en el lapso
de mil años. Nos vamos mucho más allá.
Al Principio de todos los principios.
Todos hemos observado en la
quietud de una noche clara y oscura el palpitar de millones
de estrellas
en el firmamento. Algunos,
que se consideran sesudos aventuran vida extraterrestre en
los 10 mil millones de estrellas de nuestra galaxia o en las
otras 10 mil millones de galaxias que dicen que existen. Y
más de alguno asegura que vio a seres extraños
que quizá son marcianos. ¿Qué habrá querido
hacer el Creador con ese Universo plagado de luminarias fantásticas?
Al principio Dios quiso poner
un Nacimiento y creó el
universo para adornar la cuna.
Solo había nada. Creó de la nada una mota de
polvo con enorme densidad de materia y de energía. La
levantó en la palma de su mano y la colocó en
el centro de un espacio vacío y oscuro. Después
la miró, y toda la luz creada se concentró en
aquel puntito. Y dio la orden de su Ley eterna: te dilatarás...
y formarás galaxias, y estrellas, y planetas con lunas
y millones de luces que alumbrarán mi Nacimiento. Y
producirás agujeros negros, para desconcierto de astrónomos
y matemáticos. Todo un universo de materia brotará de
tus entrañas para preparar la cuna de mi Hijo.
Dios sabía que aquél instante, tan simple, lo
llamarían los científicos big-bang con el paso
de los siglos.
- Hizo el firmamento y lo llenó de estrellas. Hizo
la luz, y luego el sol, y encendió una lámpara
blanca en la noche para que se viera bien la cara de Jesús;
no fuesen a equivocarse los ángeles y los pastores en
la Nochebuena.
- Hizo las montañas, tan auténticas que parecían
de corcho, y las coronó de águilas y de nieve.
- Hizo mares y océanos
como los de papel de plata, y grandes desiertos de arena
dorada para
los camellos de los
Reyes Magos.
- Después llamó a una pequeña estrella
(apenas con 6 millones de hipermegavatios) y la llevó hasta
la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado,
le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para
que, miles de siglos más tarde, parpadeara para servir
de guía a unos aventureros y valientes Magos de Oriente.
Todo esto no fue muy difícil
para el Creador.
- Con solo su mirada coloreó todas las especies de
flores que había creado.
- Hizo crecer los árboles que al desperezarse, agitaron
el aire y formaron la brisa y los vendavales. (Aunque dicen
que es el viento el que mueve a los árboles, pero...
esa es otra historia).
- Del viento nacieron las dunas
y la música primera
del campo.
Luego Dios hizo una pausa y
pensó dónde poner
su Nacimiento. Y decidió que en Belén de Judá.
- Imaginó las figuras:
el buey, la mula, la lavandera, los pastores.
- Y, como no tenía prisa,
les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...
- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores
para conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida
en la postura exacta para el Nacimiento de Dios.
Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con
Ella.
- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados
de María como esbozos de esa flor que habría
de brotar a su tiempo.
- Igual que un artista que persigue
tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles
de sonrisas en otros tantos labios.
- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima
que tendría su Madre.
- Hasta que una día, exactamente el planeado, nació la
Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, la Obra de
Dios, su Obra Maestra.
- Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con
Jesús, vivo retrato de Dios y de María.
Y vio Dios todo lo que había
hecho. Y era muy bueno.
Y tanto le gustó, que decidió trasmitir
en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres
de la historia,
y a todos los hombres de buena voluntad, y a todos los corazones
que, por sus buenas disposiciones, hacen un agradable sitio
para el Nacimiento.
Y así inventó la Navidad. La veremos a todo
color, si nos disponemos a preparamos para ello en las próximas
horas.
La Navidad no es un simple aniversario,
ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día
en que Dios pone un Nacimiento en cada alma.
A nosotros sólo nos pide que le reservemos un rincón
limpio; que nos lavemos las orejas para oír el villancico
de los ángeles en la Nochebuena; que nos quitemos la
roña acumulada.
Dios creó todo el Universo para engalanar el Nacimiento.
La Sabiduría de Dios, el Espíritu Santo instrumentó todo.
Todo un universo para preparar la cuna de su Hijo. Luz, lluvia,
granizo, relámpago y trueno. Música y silencio.
Las selvas y los desiertos; los océanos y las lagunas.
Y en la plenitud de los tiempos nació el Unigénito.
Ahora, como cada diciembre,
quiere nacer en tu corazón.
Eso es la Navidad. Lo demás es adorno. ¿Qué querrá hacer
Dios en tu corazón? De igual manera el Espíritu
Santo quiere actuar en tu alma.
Si creó TODO el universo material para preparar su
Nacimiento. Si el bien espiritual es superior a todos los bienes
materiales... pensemos el universo que querrá poner
en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz...
"Cada creyente ha de acoger la invitación de los ángeles
que anuncian incesantemente: « Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc
2, 14).” (Tertio Milenio).
“Cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial
encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta
el fondo de nuestra alma.” (Es Cristo que pasa, n. 12).
He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha
mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él,
y él conmigo. (Ap. III, 20)
La Iglesia quiere que tomemos
conciencia de que el Señor
está al llegar y que nosotros debemos salir a recibirle.
La iniciativa, una vez más, ha partido de Dios: es Él
el que se acerca a nosotros, no obstante la infinita distancia
que media entre Él y las criaturas, y no obstante nuestras
ofensas, olvidos, negativas, que durante nuestra vida nos ha
alejado Él. No quiere perdernos: por el contrario, insiste
en estar con nosotros.
No sólo está cerca, sino que llama y quiere
que le abramos porque quiere cenar con nosotros, quiere compartir
con cada uno de sus hijos lo más íntimo de nuestra
vida; quiere estar en nuestra casa y ser nuestro invitado.
Pero para llegar a esa intimidad
con Cristo, debemos abrir la puerta y dejarle entrar. ¿Qué significa esto?
Que Él no se va a imponer, ni va a violentar nuestra
libertad, porque quiere servidores libres, que le acepten voluntariamente.
Quiere que nos demos cuenta de que Él es nuestra felicidad
y debe ser el amor de nuestros amores, y no puede haber amores
impuestos.
Responder a la llamada que Cristo
nos hace nuevamente en esta Navidad, abrir la puerta para
que
pase a nuestra casa, implica
el que nosotros la tengamos arreglada para poder recibirle:
no vendrá si no somos sus amigos, o sea, no vendrá si
no nos arrepentimos de las ofensas que le hayamos hecho y le
pedimos perdón en la forma en que Él lo ha establecido.
La manera eficaz de abrirle
nuestra puerta es una buena confesión
en la que le demostremos que nos duelen las faltas que hemos
cometido y le digamos con corazón contrito que no queremos
volver a ofenderle, ni en mucho ni en poco.
Arreglar nuestra casa, es limpiarla
de egoísmos y sensualidades,
de soberbia y de vanidades y de todo aquello que no va con
el huésped que pretendemos recibir. No podemos tratar
a Cristo en una forma menos delicada de como tratamos a otros
huéspedes: a estos, cuando les recibimos en nuestra
casa, les evitamos todo lo que pueda molestarles.
María nos enseñará a
preparar nuestra alma.
PAG
Segundo Día
CRISTO EL PRIMOGÉNITO
Ayer, como telón de fondo, para nuestra meditación
de Navidad, considerábamos la grandeza de Dios. Un breve
repaso a lo dicho.
Cuando hoy son muchos los que hacen el recuento del siglo
y hasta del milenio, nosotros nos vamos al Principio de todos
los Principios.
Al principio Dios quiso poner
un Nacimiento y creó el
universo para adornar la cuna. Y así hizo galaxias,
y estrellas, y planetas con lunas y millones de luces para
alumbrar su Nacimiento. Hizo mares y océanos. Con solo
su mirada coloreó todas las especies de flores que había
creado.
- Imaginó las figuras:
el buey, la mula, la lavandera, los pastores.
- Y, como no tenía prisa,
les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...
- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores
para conseguir el gesto, el tono de voz.
Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con
Ella.
- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados
de María como esbozos de esa flor que habría
de brotar a su tiempo.
- Igual que un artista que persigue
tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles
de sonrisas en otros tantos labios.
- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima
que tendría su Madre.
- Hasta que un día, exactamente el planeado, nació la
Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, la Obra de
Dios, su Obra Maestra.
- Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con
Jesús, vivo retrato de Dios y de María.
Todo eso hizo Dios y vió que
era muy bueno.
Y tanto le gustó, que decidió trasmitir
en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres
de la historia.
La Navidad no es un simple aniversario,
ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día
en que Dios pone un Nacimiento en cada alma.
Si Dios hizo todo esto. Si el
bien espiritual es infinitamente superior a todo el mundo
material. Pensemos
lo que Dios quiere
poner en nuestra alma. Pensemos en el universo que querrá poner
en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz...
Prepararnos por la confesión y oír la acción
del Espíritu Santo: dejarse llevar por sus inspiraciones.
2. VOLVAMOS A LA CREACIÓN:
Con demasiada frecuencia solemos
pensar en la creación
de un modo simplista y quizá por eso equivocado, hasta
el punto de dar por descontada esa falsa sucesión de
hechos.
Pensamos que un buen día Dios creó a los ángeles;
que los sometió a una prueba, no sabemos bien cual fue,
pero del resultado de ella surgió la división
entre ángeles y demonios.
Luego creemos que, otro buen
día, Dios creó el
universo, los reinos mineral, vegetal, animal y, por último,
al hombre. Adán y Eva en el paraíso terrenal
pecaron, obedeciendo a satanás y desobedeciendo a Dios.
En este punto, para salvar a la humanidad, Dios pensó en
enviar a su Hijo.
No es esta la enseñanza de la Biblia ni de los Santos
Padres. Con semejante concepción el mundo angélico
y la creación son ajenos al misterio de Cristo.
Basta leer el prólogo del Evangelio de San Juan y los
dos himnos cristológicos que abren las epístolas
a los Efesios y a los Colosenses para entender mejor las cosas.
(Juan I): “En el principio existía el Verbo,
y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. 2El estaba
en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por él,
y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él
estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”
(Col. 1, 15-17) : “El cual es la imagen del Dios invisible,
el primogénito de toda criatura, porque en él
fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra,
las visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones,
ya los principados o las potestades. El es antes que todas
las cosas y todas subsisten en él.”
Cristo es el promogénito de todas las criaturas; todo
fue hecho por él y para él.
Sí puede afirmarse que, a causa del pecado de origen
de nuestros primeros padres, la venida de Cristo adquirió un
significado particular: vino como Salvador.
De este planteamiento cristocéntrico depende el papel
de toda criatura. No podemos omitir una reflexión respecto
a la Virgen María. Si la criatura primogénita
es el Verbo encarnado, no podía faltar en el pensamiento
divino, antes de cualquier otra criatura, la figura de aquella
en la que se llevaría a efecto la encarnación.
De ahí su relación única con la Santísima
Trinidad, hasta el punto de ser llamada, ya en el siglo II, “cuarto
elemento de la trinidad divina”.
No deja de ser impresionante
lo que dice un exorcista (autorizado para expulsar los demonios): “Hacia el final de los exorcismos… suelo
recitar el himno cristológico de la Epístola
a los Filipenses (2, 6-11). Cuando llego a las palabras: “de
modo que al oír el nombre de Jesús, toda rodilla
se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo”, me
arrodillo yo, se arrodillan los presentes y, siempre, también
el endemoniado se ve obligado a arrodillarse. Es un momento
fuerte y sugestivo. Tengo la impresión de que también
las legiones angélicas nos rodean, arrodilladas ante
el nombre de Jesús.” (Gabriele Amorth, Habla un
exorcista, p. 21).
La Navidad es una fiesta de
la entrega de Dios al mundo: “Nos
ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado” (Antífona
de entrada de la Misa de Navidad). Es la entrega de Dios. Dios
encarnado es Dios que se acerca, que se abaja, es Dios entregado.
Dios que viene para estar con nosotros, para participar de
nuestra vida, para convivir con nosotros.
San Ireneo de Lyon, Contra las
herejías III, 20, 3
Oficio de Lecturas del 19 de diciembre): “el Verbo de
Dios (…) se hizo Hijo del hombre para que el hombre se
habituara a percibir a Dios, y Dios a vivir en el hombre, conforme
a la voluntad del Padre.”
La plenitud de la salvación y de la revelación
que realiza Jesucristo, se cumple a través de la convivencia.
La plenitud de la revelación no es propiamente lo que
Jesucristo dice, sino Él mismo; y para conocerle el
hombre ha de convivir con Él.
La manera adecuada de conocer
a las personas, no es saber de ellas “cosas”, cualidades, circunstancias, etc.,
sino tratarlas, enlazar con su vida, participar en sus acciones,
formar parte de su existencia. Ciertamente conocer las cualidades
de alguien puede ser útil, pero queda siempre en las
fronteras de la persona.
Por eso la venida al mundo del
Verbo no debe ser considerada simplemente como un acontecimiento “objetivo”,
sino hay que entenderlo en el ámbito personal.
Jesús viene y se entrega por mi en la Cruz. Pero… su
máxima entrega está cuando Jesús habla
claro de que conviene que Él se vaya, es decir que ese
Dios-con-nosotros, deje paso a la otra entrega de Dios a nosotros,
que es el Espíritu Santo, el Dios-en-nosotros. Ésta
es ya la total entrega, la comunicación, la comunión
plena de Dios con su criatura.
La filiación divina es en cierto sentido la culminación
del amor de Dios, consecuencia de la Encarnación y de
la Pasión y Muerte de Jesús. Cristo, al ofrecerse
a su Padre por nosotros, hace que Dios Padre nos ame con el
amor inmenso con que ama a su Hijo Encarnado.
La filiación divina, nos debe llevar a "un deseo
ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a
Jesucristo, Hijo Unigénito del Padre, y de estar siempre
en presencia de Dios;"
Somos hijos, por Jesucristo
y en consecuencia, si no nos esforzamos por parecernos a
Cristo, que es el Hijo
por naturaleza, no
podemos llamarnos hijos, pues nosotros lo somos por adopción,
porque Dios Padre ve en nosotros la imagen de su Hijo Encarnado.
(JPII): “La peregrinación va acompañada
del signo de la puerta santa, abierta por primera vez en la
Basílica del Santísimo Salvador de Letrán
durante el Jubileo de 1423. Ella evoca el paso que cada cristiano
está llamado a dar del pecado a la gracia. Jesús
dijo: « Yo soy la puerta » (Jn 10, 7), para indicar
que nadie puede tener acceso al Padre si no a través
suyo. Esta afirmación que Jesús hizo de sí mismo
significa que sólo Él es el Salvador enviado
por el Padre. Hay un solo acceso que abre de par en par la
entrada en la vida de comunión con Dios: este acceso
es Jesús, única y absoluta vía de salvación.
Sólo a Él se pueden aplicar plenamente las palabras
del Salmista: « Aquí está la puerta del
Señor, por ella entran los justos » (Sal 118 [117],20).
Niño. Cercano. Imitable.
Decidirnos a ser Ipse Christus.
A la Virgen María, stella matutina, que anuncia la
llegada de Cristo, Sol de Justicia, le pedimos que aumente
nuestro amor a Jesús, por el deseo de imitarle cada
día y en cada acontecimiento.
PAG
Tercer
día
EL BELÉN QUE NECESITA EN TÍ
1. Durante estos
días nos hemos puesto en la presencia
de Dios para considerar con mayor atención y profundidad
el misterio de la Navidad.
El primer día consideramos como en el Principio de
todos los Principios, Dios quiso poner un Nacimiento y creó el
universo para adornar la cuna. Y así hizo galaxias,
y estrellas, y planetas con lunas y millones de luces para
alumbrar su Nacimiento. Hizo mares y océanos. Con solo
su mirada coloreó todas las especies de flores que había
creado.
- Imaginó las figuras: el buey, la mula,
la lavandera, los pastores.
- Y, como no tenía prisa, les dio una
estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...
- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores
para conseguir el gesto, el tono de voz, las facciones de una
cara.
Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con
Ella.
- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados
de María como esbozos de esa flor que habría
de brotar a su tiempo.
- Igual que un artista que persigue tenazmente
la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas
en otros tantos labios.
- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima
que tendría su Madre.
Si Dios hizo todo esto. Si el bien espiritual
es infinitamente superior a todo el mundo material. Pensemos
lo que Dios quiere
poner en nuestra alma. Pensemos en el universo que querrá poner
en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz...
2. Ayer, consideramos a Cristo como el Primogénito
de todas las criaturas; todo fue hecho por él y para él.
El planteamiento cristocéntrico.
UN EXORCISTA: (Gabriele Amorth, Habla un exorcista, p. 21). “Hacia
el final de los exorcismos… suelo recitar el himno cristológico
de la Epístola a los Filipenses (2, 6-11). Cuando llego
a las palabras: “de modo que al oír el nombre
de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, en la
tierra, en el abismo”, me arrodillo yo, se arrodillan
los presentes y, siempre, también el endemoniado se
ve obligado a arrodillarse. Es un momento fuerte y sugestivo.
Tengo la impresión de que también las legiones
angélicas nos rodean, arrodilladas ante el nombre de
Jesús.”
La Navidad es una fiesta de la entrega de Dios
al mundo: “Nos
ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado” (Antífona
de entrada de la Misa de Navidad). Es la entrega de Dios. Dios
encarnado es Dios que se acerca, que se abaja, es Dios entregado.
Dios que viene para estar con nosotros, para participar de
nuestra vida, para convivir con nosotros.
La manera adecuada de conocer a las personas,
no es saber de ellas “cosas”, cualidades, circunstancias, etc.,
sino tratarlas, enlazar con su vida, participar en sus acciones,
formar parte de su existencia. Ciertamente conocer las cualidades
de alguien puede ser útil, pero queda siempre en las
fronteras de la persona.
DIOS-CON-NOSOTROS y DIOS-EN-NOSOTROS
La filiación divina es en cierto sentido la culminación
del amor de Dios, consecuencia de la Encarnación y de
la Pasión y Muerte de Jesús. Cristo, al ofrecerse
a su Padre por nosotros, hace que Dios Padre nos ame con el
amor inmenso con que ama a su Hijo Encarnado.
(JPII): “La peregrinación va acompañada
del signo de la puerta santa, abierta por primera vez en la
Basílica del Santísimo Salvador de Letrán
durante el Jubileo de 1423. Ella evoca el paso que cada cristiano
está llamado a dar del pecado a la gracia. Jesús
dijo: « Yo soy la puerta » (Jn 10, 7), para indicar
que nadie puede tener acceso al Padre si no a través
suyo. Esta afirmación que Jesús hizo de sí mismo
significa que sólo Él es el Salvador enviado
por el Padre. Hay un solo acceso que abre de par en par la
entrada en la vida de comunión con Dios: este acceso
es Jesús, única y absoluta vía de salvación.
Sólo a Él se pueden aplicar plenamente las palabras
del Salmista: « Aquí está la puerta del
Señor, por ella entran los justos » (Sal 118 [117],20).
Niño. Cercano. Imitable. Decidirnos
a ser Ipse Christus.
3. HOY CONSIDERAREMOS CÓMO VINO AL MUNDO
Y vino, no con la manifestación externa de su condición
divina: precedido de un gran clamor, con el ensordecedor estruendo
del trueno, rodeado de nubes y mostrando un fuego terrible;
ni con sonido de trompetas, como antiguamente se había
aparecido a los judíos, infundiéndoles terror
(...); tampoco usó de insignias imperiales, ni se presentó con
una corte de arcángeles: no deseaba atemorizar al desertor
de sus leyes.
El Señor de todas las cosas apareció en forma
de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le
escapase espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre
en el Imperio, escogió una obscura aldea para ver la
luz, fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia
más absoluta, para lograr, en silencio, al modo de un
cazador, apresar a los hombres y así salvarles.
Si hubiese nacido con esplendor y rodeado de
grandes riquezas, los incrédulos hubieran atribuido a esa abundancia la
transformación de la tierra. Si hubiese escogido la
gran ciudad de Roma, entonces la más poderosa, de nuevo
habrían creído que la potencia de la Urbe fue
la que cambió el mundo. Si hubiese sido hijo del emperador,
habrían atribuido el bien conseguido a la nobleza y
poder de esa cuna. Si fuese hijo de un gran hombre de leyes,
lo hubiesen achacado a la sabiduría de sus prescripciones.
¿Qué es lo que hizo en cambio? Escogió todo
lo que es pobre y sin valor alguno, lo más modesto e
insignificante, para que fuese evidente que sólo la
Divinidad ha transformando el mundo. Precisamente por eso,
eligió una madre pobre, una patria todavía más
pobre, y Él mismo se hizo pobrísimo.
No existiendo un lecho donde se le reclinase,
el Señor
fue colocado en un comedero de animales, y la carencia de las
cosas más indispensables se convirtió en la prueba
más verosímil de las antiguas profecías.
Fue puesto en un pesebre para indicar expresamente que venía
para ser alimento, ofrecido a todos, sin excepción.
El Verbo, el Hijo de Dios, al vivir en pobreza y yacer en ese
lugar, atrajo hacia Sí a los ricos y a los pobres, a
los sabios y a los ignorantes (...).
A través de su Humanidad, el Verbo de Dios se muestra
así para que a todas las criaturas, racionales e irracionales,
se les abriese la posibilidad de participar en el alimento
de salvación. Y pienso que a esto aludía Isaías
cuando hablaba del misterio del pesebre- conoce el buey a su
dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no
entiende, mi pueblo no tiene conocimiento (Is 1, 3) (...).
Se nos pone aún más de manifiesto por qué quien
siendo rico en razón de su divinidad, se hizo pobre
por nosotros, para hacer más fácilmente asequible
a todos su salvación. A esto se refirió también
San Pablo cuando dijo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros,
para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor 8, 9).
(...).
- Pues bien, para que Jesús naciera en la tierra, el
Padre le preparó un pesebre. Esto parece algo raro.
- Si nosotros hubiéramos tenido que prepararle a Jesús
un lugar para que naciera, quizá lo hubiéramos
hecho de una manera muy distinta. No sé qué palacio
hubiéramos ido a escoger; el divino Padre buscó un
pesebre, una gruta estrecha, sucia, mal oliente, que era morada
de animales...
- Porque es preciso que nos demos cuenta que
el lugar donde nació Jesús, no es el Belén estilizado
de nuestros nacimientos, con palomas, ángeles y borreguitos
bien limpios. No. Aquello era un lugar demasiado prosaico.
- Ahora bien, si el Padre le preparó a su Hijo un pesebre, ¿por
qué nosotros no se lo hemos de preparar?
- Si tuviéramos que prepararle un palacio, diríamos:
no puedo; pero cuando vemos que lo que se necesita es un pesebre...
eso si se lo podemos ofrecer.
- Eso si lo tengo; sí, mi corazón es semejante
al lugar donde nació Jesús: pobre, sucio, vacío,
desprovisto de todo...
- Así nació Jesús hace veinte siglos.
Así quiere nacer siempre.
- El gusto de Jesús de nacer en un lugar muy pobre,
muy humilde, muy pequeño, es para nosotros un consuelo,
porque tenemos la seguridad de que no se desdeñará de
nacer en nuestros pobres corazones.
- Por consiguiente, debemos pensar que no son
obstáculo
nuestras miserias, ni nuestra pequeñez, ni nuestra nada
para que Jesús nazca en nuestros corazones. Lo único
que El quiere es buena voluntad, como le cantaron los ángeles
cuando nació.
- Luego, ¿qué se necesita que hagamos? Una sola
cosa, querer, tener buena voluntad. Si queremos Jesús
nacerá en nuestras almas.
- ¿Qué tenemos muchas miserias? No importa.
El eligió para nacer un lugar de miseria.
- ¿Qué tenemos muchas faltas? No importa. El
lugar donde Jesús nació estaba sucio.
- ¿Que no tenemos virtudes para adornar nuestras almas?
No importa. Escueto y vacío estaba el lugar donde Jesús
nació. Y algo más...
-Ni el pesebre. Ni San José, ni los ángeles
ni los pastores, ni los Magos hubieran bastado a Jesús.
Necesitaba un regazo maternal. Un corazón tiernísimo
como el de una Madre.
-Cuánta ternura.
-Igual nosotros. Aprovechar los nacimientos.
Hacernos más
niños.
La Navidad es ante todo un misterio de infancia. Pero todos
hemos crecido demasiado.
¿Han visto cómo esperan los niños
a los Reyes?
"No olvideís nunca que este mundo odioso –palabras
de Bernanos- se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre
combatida, siempre renaciente- de los santos, de los poetas
y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed
fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y
no os convirtaís nunca en personas mayores!
Preparemos pues a Jesús un amor maternal. Amándolo
así, con esa delicadeza, con esa ternura y desinterés
propios del corazón de una madre.
+ Que nuestro corazón sea un Belén completo.
Que la humildad y la confesión dispongan el pesebre.
Que la fidelidad haga que esté en nuestros corazones.
Que nuestro amor de niños y nuestra ternura de Madre
formen el regazo adecuado.
En cuanto a los ángeles, Dios se encargará de
enviarnos en esa noche bendita, a un buen coro de ellos que
cantarán en nuestro corazón: ¡Gloria a
Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad!