Aurelio
acababa de cumplir 19 años. Su aspecto era imponente.
Su carácter sencillo y accesible. Su mente vivaz y
profunda. Su cuerpo, un roble rebosante de salud y vitalidad.
Su corazón latía indómito, valiente
y generoso. En sus ojos brillaba esa chispa de inquietud
que distingue a todos los que buscan sinceramente la verdad.
El muchacho prometía, sin duda.
Fue
destinado momentáneamente a la región de Judea.
Llevaba varios días en Belén con una pequeña
guarnición que velaba por el sereno desenvolvimiento
del censo universal decretado por Augusto. Ninguno de ellos
estaba demasiado contento en ese pueblo que olía a
ovejas y a ganado...
Aquel
día había sido más intenso de lo normal.
Tuvieron que intervenir en varios pleitos desatados en el
mercado y en dos o tres amagos de manifestación de
protesta contra el Imperio. Nada serio a fin de cuentas,
pero todo ello había cargado un poco los ánimos
entre la soldadesca.
Ya
entrada la noche, Aurelio sintió ganas de un poco
de paz y tranquilidad. Se ciñó el cinto con
la espada y echándose la capa sobre sus anchos hombros,
salió a dar una vuelta al descampado. Era una noche
clara. Un sinnúmero de estrellas se asomaban curiosas
a la tierra desde el firmamento. La luna, imponente, parecía
querer reflejar todos los rayos del sol sin dejarse escapar
ni uno solo.
Aurelio
caminaba pausadamente y respiraba profundo como queriendo
saborear cada bocanada de ese aire puro de campo. Su inquieta
mente revoloteaba en torno a los acontecimientos del día.
Un pequeño suceso de aquella jornada le recurría
a la memoria una y otra vez sin dejarle en paz. Y es que
cierto judío de los que andaban protestando aquella
tarde, le había gritado que cuando llegase el Mesías,
el liberador de Israel, se iban a enterar los romanos...
Al
buen soldado le traía bastante intrigado aquello.
No podía sino imaginarse, lógicamente, al Mesías
como un gran caudillo liberador que se levantaría
en armas para librar al pueblo judío de lo que ellos
llamaban el “yugo romano”. Y él, por su
puesto, estaba dispuesto a plantarle cara y espada a cualquiera
que se alzase contra Roma y su Imperio. Por algo se había
hecho soldado...
En
esos pensamientos andaba cuando de pronto escuchó ruidos
en dirección a un riachuelo que discurría por
allí cerca.
-¿Quién
vive? -gritó mientras se acercaba para observar.
En
ese momento, una mujer, que estaba agachada sobre la orilla
del arrolluelo, se incorporó y se dio la vuelta hacia
el lugar de donde provenía la varonil y sonora voz.
-¡Ohhh! ¡Un
soldado...! -Exclamó visiblemente asustada; tanto
que se le cayeron al suelo unos paños mojados que
tenía en las manos y se quedó tiesa como un
mármol.
-No
temas, mujer. Tranquilízate. No tengo porqué hacerte
daño -trató de serenarla Aurelio; y con tono
amable y sincero prosiguió.
-Por
lo visto, lo último que esperabas encontrarte aquí y
ahora era un soldado romano, ¿verdad? Y con razón...
pero ya ves cómo son las cosas... La verdad es que
tampoco yo esperaba encontrarme aquí a alguien como
tú... Por cierto, -dijo fijándose en una pequeña
cesta de mimbre a los pies de la señora, -¿qué estabas
haciendo? Creo que te he interrumpido... ¿Necesitas
que te eche una mano?
La
mujer, un poco más tranquila y relajada, pero sin
salir aún de su asombro, respondió señalándole
los paños que se le habían caído: -sólo
estaba lavando esos pañales; prácticamente
había terminado, pero ahora... -el soldado ya se había
inclinado para recogerlos mientras ella concluía la
frase -...tendré que enjuagarlos de nuevo.
-Eso
está hecho -afirmó resuelto Aurelio. -Después
de todo, -añadió al tiempo que se arrodillaba
junto a la corriente y comenzaba a enjuagar diligente los
pañales -la culpa de que se volvieran a ensuciar ha
sido toda mía por el susto que te provocó mi
repentina aparición...
El
soldado terminó de exprimir los pañales, los
dobló, los metió en la cesta y se la ofreció gentilmente
a la mujer. -Aquí tienes, señora. -Luego, mientras
la mujer recibía la cesta con un sencillo y seco gracias,
añadió como si acabase de recordar algo. -Ah,
creo que aún no me he presentado. Mi nombre es Aurelio
y pertenezco al ejército romano. -Como la mujer ya
se había dado la vuelta y se encaminaba por el sendero,
agregó levantando un poco la voz. -No es conveniente
que andes sola por aquí tan tarde, ¿te importa
si te acompaño?
-No,
no me importa. Ven si quieres -respondió ella.
Aurelio
se acomodó bien la capa y con la mano izquierda sobre
el muñón de su espada se puso a caminar junto
a la mujer que, habiendo ya intuido el buen corazón
del joven soldado y mucho más sosegada, decidió a
su vez presentarse.
-Yo
me llamó Tamar, mujer de Sadoq, y somos pastores.
Y ahora voy a un establo, aquí cerca, a llevarle estos
pañales a una mujer llamada María. Para que
mañana cuando estén ya bien sequitos al calor
de la hoguera, se los ponga a su pequeñín,
que es nada menos que el Mesías. La pobre mujer tubo
que darlo a luz precisamente allí pues no encontraron
sitio en la posada...
-¿Has
dicho el Mesías... -casi la interrumpió Aurelio
dejando entrever en su rostro un vivísimo interés
-...el liberador de Israel?
-Sí,
eso he dicho, ¿por qué? Y también lo
dijo el ángel que nos anunció su nacimiento
la otra noche. Y a mí, después de ver a ese
niño y a su madre, no me cabe la menor duda -sentenció con
arrojo la pastora.
-Vaya.
Es curioso, porque precisamente andaba yo dándole
vueltas al asunto ese del Mesías antes de encontrarme
contigo -confesó Aurelio. Y acariciándose el
mentón casi aún imberbe, añadió en
tono pensativo: -Pero ¿acaso el gran caudillo que
librará a Israel de toda opresión puede tener
un origen tan pobre y humilde?
-Pues,
yo no sé de caudillos y cosas de esas, ni me interesa
-respondió ella. -Pero lo que sí sé es
que basta asomarse a ese establo para experimentar una paz
increíble y basta mirar una vez a los ojos a ese niño
para convencerse de que no tiene ni tendrá nunca nada
que ver con odios y guerras liberadoras. Además -continuó con
ese tono que adoptan las mujeres cuando pretenden tener razón
a toda cosa -de esto tú mismo te vas a dar cuenta
cuando lleguemos y veas lo que te acabo de decir. Ah, y cuando
estés delante del niño, cuéntale lo
que piensas de él y ya me dirás que cara te
pone el angelito. Porque, no te lo había dicho, pero
que se le puede hablar sólo con mirarle y que te escucha
está más que comprobado.
Desde
ese momento ambos prosiguieron en silencio. De repente, un
perro vagabundo que llevaba asido en las fauces no se veía
bien qué, cruzó veloz la vereda delante de
ellos. Tamar se sobresaltó aparatosamente, pero Aurelio
ni siquiera se percató del hecho. Absorto trataba
inútilmente de conjugar su grandiosa imagen político-militar
del Mesías con un origen del mismo tan insignificante
como el que estaba a punto de presenciar.
Habían
llegado al establo. Aurelio esperó a la entrada, mientras
Tamar pasaba como quien es ya de casa.
-Ya
estoy aquí de vuelta -dijo mientras depositaba la
cesta sobre una tabla que, apoyada sobre unos cuantos adobes,
hacía las veces de mesa. Y de inmediato añadió:
-Y os traigo una visita. Un soldado romano. -José pareció asustarse
un poco al escuchar eso último. -Pero no os preocupéis
-aclaró la pastora en tono tranquilizador -podéis
estar ciertos que es de buen corazón y nobles intenciones.
Y habiendo asegurado esto, se volvió al soldado y
le hizo pasar.
Aurelio
entró agachándose un poco para no pegarse en
la cabeza con el dintel de la puerta. Apenas dentro, tubo
la extraña sensación de que en ese lugar le
sobraba la capa, la espada y el uniforme entero... Saludó muy
cortésmente a José y luego a María,
logrando disimular bastante bien el tremendo impacto que
le causó la increíble belleza de ésta.
-Señora,
-dijo Aurelio dirigiéndose a María -encontré casualmente
a Tamar a la orilla del arrollo y mientras la acompañaba
hasta aquí por el sendero me ha hablado mucho de tu
hijo. Y la verdad, estando tan cerca, no podía irme
sin ver, aunque sea un instante, al que vuestro pueblo espera
como el Mesías liberador.
María
le miró con bondad y señalando al pequeñín
respondió: -Pues ahí lo tienes, se llama Jesús,
puedes verlo y estar con él el tiempo que quieras.
El
noble soldado se acercó a la cuna, hincó una
rodilla en el suelo y se quedó mirando un momento
a Jesús sin hacer nada. Después comenzó a
hacerle infinidad de muecas y caras raras. La sonoras risas
del pequeño llenaron el establo y se filtraron al
exterior rompiendo en mil pedazos el silencio de la noche.
En el cielo se asomaron entonces un montón de estrellas
más. También María, José y Tamar
acabaron contagiados por la risa de Jesús...
De
pronto a Aurelio, sin saber porqué, le dieron ganas
de decirle algo al niño. Se acordó que Tamar
le había dicho que se podía hablar con él
sólo con mirarle. Y así lo hizo.
-Hola,
Jesús. Mi nombre es Aurelio y soy un soldado romano.
Lo primero que quería decirte es que al entrar aquí,
me pareció que me sobraban todos mis atuendos militares.
Pero ahora, al mirarte a los ojos, me doy cuenta de que lo
que realmente me viene sobrando es esa idea político-social
que erróneamente me había hecho de ti. Sé que
tus ojos no pueden mentirme y los destellos de paz y de amor
que traslucen son inconfundibles e indelebles...
Tamar
extendía con cuidado junto a la hoguera los pañales
recién lavados, mientras José, con notable
destreza, sacaba punta a una vieja estaca. María,
por su parte, vigilaba un pequeño puchero con agua
colocado sobre el fuego y de vez en cuando, con el rabillo
del ojo, observaba a Jesús y al soldado que continuaban
en silencioso diálogo.
-...Yo
que estaba dispuesto a enfrentarme a ti y a cualquiera para
defender con las armas el Imperio Romano... -los ojos de
Aurelio se humedecieron visiblemente- ...ahora que me encuentro
ante ti y te miro, me avergüenzo por ello y hasta siento
que voy a llorar. No sé qué es lo que tiene
este lugar. No entiendo lo que me ha ocurrido aquí.
Me has desarmado el corazón. Aún no alcanzo
a comprender lo que realmente eres y la misión que
tienes. Pero quizá algún día me ayudarás
tú mismo a comprenderlo.
Dicho
esto, el soldado volvió a hacerle una de sus graciosas
muecas mientras se ponía de pié. El niño
respondió con una enorme sonrisa y agitando alegremente
manos y pies.
Aurelio
se despidió amablemente de María, José y
Tamar, y antes de salir del establo les preguntó:
-¿No pensaréis quedaros aquí más
días, verdad? Yo creo que a partir de mañana
la afluencia de peregrinos habrá descendido y podríais
encontrar un lugar más digno.
María
respondió: -La verdad es que aquí no nos ha
faltado nada, pero Rut, la mujer del posadero, ya nos ha
ofrecido una pequeña casita, frente a la posada, que
se desocupa mañana mismo.
-¡Qué bien!
Por allí me tendréis de vez en cuando -afirmó Aurelio
mientras salía afuera y tomaba el sendero en dirección
al cuartel.
Pronto
la noche envolvió en oscuridad su silueta. Su corazón,
lleno de luz, le flotaba en el pecho y casi lo ponía
a todo él en vilo. Sus pupilas despedían un
brillo de especial claridad. Le invadía una sensación
de paz y mansedumbre que le quemaba por dentro y amenazaba
derretir sus más grandes ideales militares. Algo había
cambiado en él.
Esa
noche Aurelio durmió más sereno que nunca soñando
en aquel pequeñín del establo, del que ya había
llegado a encariñarse...
A
los pocos días, llegó al cuartel una noticia
desconcertante. Por orden del Rey Herodes tenía que
darse muerte a todos los niños menores de dos años
en Belén y en toda la comarca. Cuando Aurelio se enteró por
boca de un compañero, era ya media noche, y sintió que
un escalofrío le recorría el cuerpo y de dejaba
el corazón helado. Esperó a que todos estuvieran
bien dormidos y tomando casco, espada y túnica salió sigiloso
del cuartel.
Llegó a
la casa frente a la posada y tocó quedamente la puerta.
Casi de inmediato se escuchó desde el interior la
voz temblorosa de José -¿Quién es?
-Soy
Aurelio el soldado, no temas. Ábreme. Tengo que decirte
algo muy importante.
José abrió poco
a poco la puerta. Aurelio al pasar vio a María con
el niño bien arropado en sus brazos y a José con
un gran saco de equipaje sobre los hombros.
-Pero, ¿qué ocurre? ¿A
dónde os vais a estas horas? -Preguntó confuso.
María,
sin poder contener cierta alteración, le respondió:
-José ha sido avisado en sueños que tenemos
que huir porque buscan al niño para matarlo.
-Sí,
así es. Precisamente venía a decíroslo,
pues ya han llegado a nuestro cuartel los rumores de la orden
sanguinaria de Herodes... Así que, venid conmigo,
os ayudaré a huir. Conozco todos los lugares que no
están vigilados a estas horas.
Siguieron
silenciosos al joven soldado hasta las afueras de Belén.
Una vez allí, Aurelio les dijo: -Aquí ya estáis
fuera de peligro, pero procurar alejaros lo más posible
durante la noche. -Luego se despidió: -Adiós
y mucha suerte.
María
le miró con bondad y le dijo: -Has sido muy bueno
y generoso con nosotros, Aurelio. Dios te pague por ello.
-Y se alejaron.
Muchos
años después, poco más de 30, Aurelio
se encontraba en Cafarnaúm ejerciendo como centurión.
Se había ganado el aprecio y cariño del pueblo
e incluso les había construido su sinagoga. Para aquel
entonces la fama del profeta de Nazaret y de sus palabras
y milagros ya se había extendido por doquier. Y resultó que
cierto día, llegó Jesús a Cafarnaúm.
La noticia corrió a los oídos del centurión,
quien de inmediato le salió al encuentro.
-Señor,
seguramente no te acuerdes de mí... -dijo mientras
se quitaba el casco -pero no importa; fue hace ya mucho tiempo
y tú no eras más que un bebé... Sin
embargo, ahora necesito pedirte un favor. Mira, tengo un
criado muy enfermo; él ha sido para mí como
un hijo y...
Jesús
poniendo su mano sobre el fuerte hombro del Oficial le interrumpió:
-Aurelio, no te preocupes, yo iré a curarlo.
Al
escuchar su nombre, el centurión miró a Jesús
a los ojos y sintió una gran conmoción ante
aquel hombre que él sabía que era el Mesías.
Luego bajó humilde su mirada y objetó al maestro.
-Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo;
sé que basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.
Porque también yo tengo hombres bajo mi mando y hacen
lo que les digo.
Al
escuchar Jesús tales palabras salidas de tal corazón,
quedó admirado y, volviéndose hacia los que
le seguían, les dijo: -Os aseguro que en Israel no
he encontrado en nadie una fe tan grande. -Después
dijo al centurión: -Ve, Aurelio; que suceda como has
creído. -Y acercándose a él le susurró al
oído: -No podía olvidar lo que hiciste por
mí aquella noche en Belén.
Aurelio
volvió a casa con la luz y el fuego de la fe abrasándole
el corazón como aquel lejano día en Belén
al alejarse del establo.
Y
aunque él no podía saberlo, a la vuelta de
un par de años volvería a experimentar algo
parecido, cuando tras presenciar acongojado la pasión
y muerte de Jesús, saldrían de sus labios,
como una llamarada, aquellas sublimes palabras bañadas
en lágrimas: -Verdaderamente éste era el Hijo
de Dios.