En
el evangelio de la tercera misa de navidad (/Jn/01/01-18)
parece que todo
lo que nos es amable y familiar del nacimiento
de Jesucristo en el establo se ha alejado a la extraña
dimensión del misterio. Aquí no se habla ya del
niño ni de la madre, no se dice nada de pastores y de
sus ovejas, nada del cántico de los ángeles,
que anuncian al hombre la paz partiendo de la gloria de Dios.
Sin embargo, hay algo en común con todo eso: también
el evangelio de hoy habla de una luz que ilumina en las tinieblas;
habla de la gloria de Dios que nosotros podemos contemplar,
como gracia, en la Palabra hecha carne, y habla del Señor
que no fue aceptado en su propiedad o en los que eran los suyos.
1Pero en medio de estas grandilocuentes palabras de misterio,
aparece de repente el establo en el que el hijo de David debía
nacer, puesto que no había lugar para él en la
ciudad.
Así, si se examina con profundidad las cosas, se reconoce
sin duda que el evangelio del día no habla de otra cosa
que de lo que hablan los evangelios de las misas de la nochebuena.
Sólo que parten de distintos puntos de vista. Lucas
y, de un modo semejante, Mateo cuentan la historia terrena
y nos descubren, a partir de ahí, el acceso a la actuación
misteriosa de Dios. Juan, el águila, contempla todo
a partir del misterio de Dios y muestra cómo llega hasta
el establo, hasta la carne y la sangre del hombre. Así,
pues, ¿de qué se trata propiamente? ¿Qué es
lo que pretende decirnos la iglesia para el día de navidad
y, partiendo de ahí, para todo el año, y, en
fin de cuentas, para nuestra vida, al presentarnos este texto
tan solemne y serio donde nosotros deberíamos esperar
las palabras cálidas del relato del nacimiento?
I
NV/QUE-CELEBRAMOS:
Este evangelio corresponde, desde los tiempos más antiguos, a la liturgia de la navidad, porque contiene
la frase que nos ofrece la causa y el motivo de nuestra alegría,
el contenido propio de la fiesta: el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros (/Jn/01/14).
En la navidad no
celebramos el día natalicio de un
hombre grande cualquiera, como los hay muchos. Tampoco celebramos
simplemente el misterio de la infancia o de la condición
de niño. Ciertamente que lo puro y lo abierto del niño
nos hace esperar, nos proporciona esperanza. Nos da ánimos
para contar con nuevas posibilidades del hombre. Pero si nosotros
nos aferramos demasiado a eso solo, al nuevo comienzo de la
vida que se da en el niño, entonces lo único
que podría quedar en definitiva sería la tristeza:
porque también esto «nuevo» acaba por hacerse
algo viejo y usado. También el niño entrará en
el campo de concurrencia y de rivalidad de la vida, participará en
sus compromisos y en sus humillaciones, y, como remate de todo,
acabará siendo, igual que todos, presa y botín
de la muerte.
Si nosotros no tuviéramos otra cosa que celebrar que
sólo el idilio del nacimiento de un ser humano y de
la infancia, entonces en último extremo no quedaría
nada de tal idilio. Entonces nada tendríamos que contemplar
más que el morir y el volver a ser; entonces cabría
preguntarse si el nacer no es algo triste, puesto que sólo
lleva a la muerte. Por eso es tan importante observar que aquí ha
ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne. «Este
niño es hijo de Dios», nos dice uno de nuestros
villancicos navideños más antiguos. Aquí sucedió lo
tremendo, lo impensable y, sin embargo, también lo siempre
esperado: Dios vino a habitar entre nosotros. Él se
unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre
es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue
siendo verdadero hombre.
Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido
2 del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso
tocar (cf. 1 Jn 1,1). Pues lo que Juan denomina «la Palabra» o «el
Verbo», significa en griego al mismo tiempo algo así como
el sentido. Según eso, podemos también traducir
nosotros: el sentido se ha hecho carne. Pero este sentido no
es simplemente una idea corriente que penetra en el mundo.
El sentido se ha aplicado a nosotros y ha vuelto a nosotros.
El sentido es una palabra, una alocución que se nos
dirige. El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido
no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos
algún papel. Está pensado para cada uno de una
manera totalmente personal. Él mismo es una persona:
el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo de Belén.
A muchos hombres,
tal vez nos parece esto demasiado hermoso para que sea verdadero.
Aquí se nos dice: sí,
existe un sentido. Y el sentido no es una protesta impotente
contra lo que carece de sentido. El sentido tiene poder. Es
Dios. Y Dios es bueno. Dios no es un ser sublime y alejado,
al cual nunca se puede llegar. Se halla totalmente próximo,
al alcance de la voz, y se le puede alcanzar siempre. Él
tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer
en un portal y que permanece siempre como hombre. Pero nos
volvemos a preguntar: ¿puede ser esto verdad? ¿se
amolda efectivamente a Dios el ser o hacerse niño? No
queremos creer que la verdad es hermosa; según nuestra
experiencia, la verdad es, en fin de cuentas, por lo general
cruel y sucia: y cuando alguna vez parece que no lo es, entonces
horadamos y cavamos en torno a ella hasta confirmar nuevamente
nuestra sospecha.
Del arte se dijo
una vez que servía a lo bello y que
esta belleza era, a su vez, splendor veritatis, el esplendor
o el brillo de la verdad, su resplandor interior. Pero hoy
día, el arte cree que su misión o tarea más
alta consiste en desenmascarar al hombre como algo sucio y
repugnante.
Si nosotros pensamos
en los dramas de B. Brecht, toda la genialidad del poeta
se aplica también aquí al descubrimiento
de la verdad, pero no ya para mostrar sus luces, sino para
demostrar que la verdad es sucia y que la suciedad es la verdad.
El encuentro con la verdad no ennoblece, sino que envilece.
De ahí que surja la mofa contra la navidad y la burla
contra nuestra alegría.
Pero, de hecho,
si no hay Dios, entonces no hay ninguna luz, sino que sólo nos queda la sucia tierra. Ahí radica
la realmente trágica verdad de tal «Poesía».
II
«Los suyos no le recibieron» (/J/01/11). En fin
de cuentas, nosotros preferimos nuestra terca desesperación
a la bondad de Dios, la cual, partiendo de Belén, podría
tocar a nuestro corazón. En fin de cuentas, somos demasiado
soberbios para dejarnos salvar y redimir.
«Los suyos no le recibieron»; el abismo de esta
frase no se agota con la historia de la búsqueda de
alojamiento, que nuestros nacimientos representan y actualizan
con tanto amor. Tampoco se agota con el llamamiento moral a
pensar en los que no tienen techo en todo lo ancho de la tierra
y también aquí en nuestras ciudades, por muy
importante que sea esa llamada. Esta frase apunta y afecta
a algo más profundo de nosotros, a la causa más
profunda de que la tierra no ofrezca a muchos ningún
cobijo o techo: nuestra soberbia cierra las puertas a Dios
y de esa manera también a los hombres.
Nosotros somos demasiado
orgullosos para ver a Dios. Nos ocurre lo que a Herodes y
a sus especialistas en teología:
en esa categoría o en ese grado, no se escucha el canto
de los ángeles. En esa categoría, uno no se siente
ni amenazado ni molestado por Dios. En esa categoría,
no se quiere ya ser «su propiedad» 3 -propiedad
de Dios-, sino simplemente pertenecer cada uno a si mismo.
Por eso no queremos recibir a Aquél que viene a su propiedad
porque entonces tendríamos que transformarnos y reconocerle
a él como nuestro dueño.
Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia.
Tal vez nosotros capitularíamos antes frente al poder
o a la sabiduria. Pero él no busca nuestra capitulación,
sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia
y así hacernos efectivamente libres. Dejemos, pues,
que la alegría tranquila de este día penetre
en nuestra alma. Ella no es una ilusión. Es la verdad.
Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa.
Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace
bueno al hombre. Ella habla a partir del niño, el cual,
sin embargo, es el propio hijo de Dios.
III
Nuestro evangelio
desemboca en la frase: «Y vimos su
gloria...» (1,14). Estas podían ser las palabras
de los pastores, al regresar del establo y resumir sus vivencias.
Podrían ser las palabras con las que José y María
trataran de describir los recuerdos de aquella noche de Belén.
Pero no. Son como la mirada retrospectiva del discípulo
que expresa lo que le ocurrió en su encuentro con Cristo.
Y así podríamos decir todos nosotros como cristianos:
hemos visto su gloria. Sí, precisamente partiendo de
eso, se podría explicar lo que es creer: ver o contemplar
su gloria en medio de este mundo. El que cree, ve. ¿Pero
hemos visto nosotros? ¿No estamos todavía ciegos? ¿No
vemos siempre únicamente a nosotros mismos y nuestra
imagen que se refleja en un espejo? Cada uno puede ver fuera
solamente algo que corresponde a lo que hay en él.
Dejemos que nuestros
ojos sean abiertos por el misterio de este día y así podamos ver. Y así podremos
vivir como «videntes» o como personas que ven.
La colecta de Adveniat4 podría ser una pequeña
respuesta a la llamada de la navidad. Un signo de que nosotros
hemos oído y visto, de que nosotros reconocemos a Dios
como el verdadero dueño de todo lo que nos es propio.
Así podremos también nosotros ser portadores
de la luz que procede de Belén y luego pedir, llenos
de confianza: Adveniat regnum tuum. Que venga tu reino. Que
venga tu luz. Que venga tu alegría. Amén.
(·RATZINGER-5..Págs.
26-31)
NOTA:
1. Entre los alemanes
es frecuente traducir: «vino a
su propiedad» (in sein Eigentum kam.), lo que entre nosotros
se traduce corrientemente: «vino a los suyos».
Con todo, el texto latino dice «in propria venit» y
el griego «eis ta idía elce = vino a lo que le
era propio o a las cosas propias» (N. del T.).
2. El autor traduce
en este caso la palabra griega «Logos» por «Sinn»,
es decir, «sentido» o «significado».
Conviene que lo tengan en cuenta los que no estén habituados
a esta interpretación, para comprender todo lo que sigue
(N. del T.)
3. Cf. nota 1.
4. Conviene saber
que Adveniat es arma organización
caritativa alemana, de rango nacional, cuyas aportaciones al
tercer mundo, etc., suelen ser cuantiosísimas. Quien
no sepa que Adveniat es eso, y que precisamente su colecta
más importante se verifica en tiempo de navidad, no
comprenderá el texto (N. del T.).