-Buenas noches, pequeña. ¿Serías tan
amable de decirnos por dónde queda la posada? -preguntó José a
una niña que en ese momento pasaba frente a ellos con
una cesta colgada del brazo.
-¡¿La posada!? Sí, claro que sí.
Está muy cerca. Vengan conmigo. Yo les acompaño
hasta allí -respondió resuelta la jovencita.
Y haciendo ademán de que la siguiesen, dio media vuelta
y les fue guiando calle arriba.
No era muy tarde, pero ya la noche había descendido
sobre Belén y el cielo lucía un rostro límpido,
salpicado de pecas luminosas. José caminaba junto a
la niña tirando las riendas de un noble pollino sobre
el que venía María en un estado preocupante por
su avanzado embarazo.
-De dónde vienen -preguntó la chiquilla a José.
-De Nazaret, un pueblecito de la Galilea.
Nuestros antepasados eran de aquí de Belén, por eso hemos tenido que
venir con motivo del censo de Augusto. Pero como te habrás
dado cuenta, el momento no ha sido el más oportuno para
nosotros, puesto que mi esposa está a punto de dar a
luz...
-Sí. Ya lo veo. Pobrecita. Debe haber sufrido mucho
durante el viaje -contestó ella mirando por el rabillo
del ojo a María que a pesar de su situación (cada
vez más crítica) mostraba un rostro sereno y
una dulce sonrisa.
-También yo creo lo mismo. Pero ella dice que no, que
el andar pensando en el niño, hace que todo lo demás
se le olvide... -aseguró José.
-Por cierto -añadió la niña con tono
y gesto confidencial obligando a José a agacharse un
poco para escucharla -tienes una esposa hermosísima.
Debes sentirte muy orgulloso y afortunado.
-Sí, así es -contestó humilde José un
poco ruborizado.
En esto ya habían llegado al ingreso de la posada.
La niña entró de prisa, sin llamar, y diciendo
a voz en grito: -¡Rut, Rut... Que han llegado más
huéspedes...! -No tardó en escucharse desde el
interior una agradable voz femenina: -Ya voy Ana, ya voy...
-E instantes después apareció a la entrada una
mujer, relativamente joven y de buena presencia, secándose
las manos con una toalla blanca.
Mientras José hablaba con Rut, mujer del posadero,
la pequeña Ana se despidió amablemente: -Disculpen,
tengo que irme porque mi madre me espera en casa. Pero quizá vuelva
enseguida por si hace falta que ayude en algo. ¡Adiós!
-Madre, aquí está la cesta con todo lo que me
encargaste. He tardado un poco más de lo previsto dado
que me ofrecí para acompañar hasta la posada
a un joven matrimonio recién llegado a Belén.
Vienen de Nazaret. El hombre era alto, bien parecido y fuerte...
y muy amable. La mujer, se veía muy joven, y era tan
bonita como jamás he visto o imaginado a otra mujer.
Cuando me retiraba, alcancé a escuchar que él
se presentaba con el nombre de José y a ella se refirió con
el de María. La pobre debía sentir una gran preocupación,
aunque lo disimulaba bien, pues estaba a punto de dar a luz
y aún no habían encontrado lugar para pasar la
noche... -Los ojos de Ana brillaban al contar todos estos pormenores
a su madre. Se detuvo pensativa un instante y añadió:
-Madre, quizá podríamos acercarnos un momento
no sea que a la pobre le llegue esta noche la hora de alumbrar
y no vaya a tener a nadie que la ayude.
-Bueno, -respondió su madre -me parece muy bien lo
que propone tu buen corazón. Pero antes échame
una mano para dejar todo en orden aquí y luego vamos
juntas a asistir a esos recién llegados de quien me
hablas con tanta emoción.
Cuando hubieron terminado, emprendieron
el camino hacia la posada, llevando consigo algunas cosas
que pensaron podían
ser de utilidad para aquel matrimonio, y especialmente para
la próxima joven madre y su bebé.
Ana sentía en su corazón hacia María
y José algo especial que no había sentido nunca
antes hacia ninguno de los muchos peregrinos a los que había
ayudado (y eran muchos). Algo que ni ella misma podía
explicarse por qué lo sentía tan fuerte.
Una vez en la posada, Rut les informó que dadas las
condiciones de aquella joven en cinta, no vio conveniente hacerles
un lugar en la posada que ya de por sí estaba casi a
reventar; sino que les ofreció pasar la noche al reparo
en una especie de establo de su propiedad, situado no lejos
de allí, en el descampado. Ana conocía muy bien
el lugar, pues en más de una ocasión, durante
las grandes fiestas, ya había tenido que dormir allí con
algunos de sus primos. Y según ella no estaba tan mal.
Madre e hija dirigieron, pues, ágiles sus pasos hacia
aquel establo. Al llegar, encontraron a José que en
ese momento salía con cara de angustia. Al verlas exclamó con
incontenible júbilo: -¡Alabado sea el cielo que
les ha enviado precisamente en este momento para ayudar a mi
esposa! Pasen, por favor, pasen, que creo que le ha llegado
ya su hora...
Entraron al establo Ana y su madre. José se quedó fuera
esperando. Caminaba nerviosamente de un lado a otro por las
cercanías. No podía pensar en nada, simplemente
ahí estaba: dando un paso tras otro envuelto en ansia
y preocupación. No parecía darse cuenta de lo
que ocurría a su alrededor. No se percató cuando
un perro que andaba husmeando por allí, se le acercó y
le olfateó los talones. No escuchó tampoco el
eco claro de un numeroso coro de voces, con tono angelical,
que la brisa traía claro hasta sus oídos No percibió siquiera
la intensa luz que una estrella sobresaliente derramaba sobre
aquel destartalado refugio y sus dintornos... Hasta que, de
pronto, el agudo llanto de un niño le hizo volver en
sí. -¡Ya ha nacido! -se dijo. Y de repente, mientras
se dirigía al establo, la tensión de sus facciones
se disolvió concentrándose en una sonrisa de
querubín.
-Has tenido un niño precioso, María -le decía
Ana al secarle el sudor de la frente. Tan precioso como tú.
Apenas lo veas te van a dar ganas de comértelo a besos.
-En ese momento la madre de Ana se acercó con el bebé y
se lo entregó a María. Fue entonces también
cuando José apareció por la puerta.
-Sí, es precioso, gracias a Dios -dijo María
arrimando la cabecita del recién nacido a su mejilla,
húmeda por las lágrimas de alegría.
Un buen rato estuvieron Ana, su madre
Esther y José simplemente
contemplando aquella escena conmovedora de María acariciando
a su pequeñín. Luego Esther, dirigiéndose
a José que estaba empezando a meter en orden algunos
tablones viejos, dijo:
-Nosotras hemos de irnos ya -una pena
sincera arrastraba su voz. -Les dejamos esas cosillas que
quizá pueden serles útiles.
Y de todos modos mañana temprano mi hija volverá por
si necesitan algo más. -Ana, sonriente, asintió con
la cabeza.
-Han sido muy amables con nosotros, de
verdad. Dios se lo pague con creces -contestó José mientras les
acompañaba hasta la puerta.
El canto de un gallo poco inspirado anunció las primeras
luces del día. Ana despertó de inmediato. Revoloteaba
inquieto en su mente un pensamiento que le acompañó constante
en sus sueños: tenía que volver al establo. Aquel
niño y su madre se habían apoderado misteriosamente
de su gran corazón. Se vistió, tomó consigo
algo de comida y salió de casa cuando todos en ella
seguían descansando.
Al llegar, se asomó al interior del establo y vio que
María, José y el niño dormían aún
plácidamente. No quiso entrar, para no despertarles
y se quedó sentada sobre una gran piedra rectangular
que había junto a la puerta. De pronto vio que se acercaba
por el sendero una mujer con un cántaro de agua sobre
el hombro. Cuando estuvo más cerca, la reconoció,
era Tamar la pastora. Se puso en pié y le salió al
encuentro.
-Buenos días, Tamar.
-Buenos días, Ana. Pero, ¿qué haces tú por
aquí a estas horas?
-Pues, verás, muy sencillo. Ayer por la noche vine
aquí con mi madre para ayudar a dar a luz a una joven
llamada María que acababa de llegar al pueblo con su
esposo José; y les prometí que vendría
hoy temprano por si se les ofrecía algo más.
Y por eso he vuelto y aquí estoy. Lo que pasa es que
como están los tres dormiditos, me he quedado afuera
para no despertarlos.
-¿Con que tú estuviste ayer cuando nació el
pequeño? Vaya, eso sí que es haber tenido suerte.
Has sido la primera en ver y tener en brazos nada menos que
al Mesías -respondió Tamar mientras descansaba
el cántaro lleno de agua en el suelo.
-¿¡El Mesías!? -exclamó Ana casi
fuera de sí por la sorpresa. -¿Dices que el niño
que nació ayer aquí es el Mesías, el Salvador
de Israel del que nos hablan tantas veces en la sinagoga...?
-Sí. Claro que sí, eso he dicho y te lo repito
si quieres, porque es la pura verdad. ¿Cómo es
que no lo sabías?
-Y, ¿cómo lo voy a saber?
Nadie nos dijo nada. Ni si quiera sus padres nos lo dijeron.
-Pues, mira. A nosotros, mientras velábamos junto a
los rebaños, se nos apareció un ángel
del cielo y en un instante todo se llenó de una luz
que apenas nos dejaba ver; y nos dijo que acababa de nacer
el Ungido de Dios. Fue entonces cuando salimos a toda prisa
y vinimos hasta aquí y encontramos a María, a
José y al niño tal y como nos lo había
anunciado el ángel. Yo me quedé con ellos toda
la noche cuidando del niño para que sus padres pudiesen
descansar un rato, ya que no hubo tranquilidad ahí dentro
hasta bien entrada la noche. No te imaginas lo agradables que
fueron las horas que pasé con el niño en mis
brazos hasta que se quedó dormido. -Ana escuchaba con
la boca abierta, cerrándola sólo para tragar
un poco de saliva y volverla a abrirla de nuevo.-Le hablé de
muchas cosas y me ponía mucha atención. Cuando
eran cosas alegres sonreía y cuando eran tristes, como
que se ponía serio. Cuando le conté sollozando
la inesperada muerte de mi pequeño Jonatán, poco
faltó para que comenzase a llorar él también.
En eso se abrió la puerta del establo y apareció José.
Traía el pelo alborotado y una carita de sueño
que no podía disimular. Entonces, Tamar, acercándose
a él con el cántaro, le dijo: -Aquí tienes
José, para que te laves esa cara. -Y derramandole un
chorrito de agua en las manos añadió: -Verás
cómo con esto despiertas del todo enseguida, pues está muy
fresca...
Ana aprovechó para asomarse de nuevo al establo. María
ya estaba también despierta con el niño en brazos.
Al ver a la niña, le hizo un gesto para que entrara.
Ana se acercó y haciendo una profunda reverencia con
el cuerpo, saludó así a María:
-Buenos días, ... -dudó un momento y siguió indecisa
-mi Señora... Es que me acabo de enterar quién
sois y quién es vuestro hijo... y...
-No te apures Ana -le salio al paso María. -Puedes
seguir llamándome por mi nombre y tratándome
con la misma naturalidad y confianza que ayer. ¿De acuerdo
pequeña?
-De acuerdo, María. ¡Qué bien! Así es
mucho más fácil para mí. Además
tengo que hablarte de una cosa muy importante; de mujer a mujer...
-A ver, dime esa cosa tan importante
-la animó María
conteniendo un poco su sonrisa. -Soy todo oídos para
ti, y te prometo que nadie, más que los que estamos
aquí, se enterará de lo que me cuentes.
Ana, que hasta entonces había permanecido de pié,
se acercó a María, se sentó a su lado
y miraba ahora a ella, ahora a Jesús, mientras hablaba.
-Mmmm... Pues..., verás María, se trata de esto...
Siempre que veo que una mujer tiene un niño, me vienen
unas ganas muy grandes de ser madre. Y claro, me ha pasado
lo mismo contigo al nacer Jesús. Pero a la vez... -una
sombra de inquietud opacó tenuemente la mirada de Ana
y María lo percibió de inmediato.
-Pero a la vez ¿qué? -intervino dulcemente María
-¿No crees acaso que es precioso llegar a ser madre?
-No, no es eso -replicó Ana. -Yo sé muy bien
que ser madre es algo maravilloso. Pero, es que, mira, mi abuelita,
que está en Jerusalén y también se llama
Ana y es muy mayor, vivió casada unos pocos años
cuando era joven. Luego murió su esposo y ya no quiso
casarse más. Y ella desde entonces se ha dedicado a
servir a Dios. Y no se aparta del Templo noche y día,
haciendo ayunos y oraciones. Y ella me ha dicho que así ha
sido y es super feliz. Y tan feliz la veía yo que un
día le confesé que yo quería ser como
ella y no casarme para poder servir a Dios mejor y ser igual
de feliz. Ella me dijo que le parecía muy bien, pero
que eso iba a depender de mis padres. Ellos aún no saben
nada de esto. Y, la verdad, no sé qué hacer,
pues creo que ya están pensando que me case con un joven
llamado Bartolomé.
-Ana, -intervino María -casarse y ser madre es algo
maravilloso, no cabe ni la menor duda. Y ser virgen para servir
al Señor es también estupendo. Por lo que intuyo,
Dios parece haber sembrado en ti el deseo de dedicarte a servirle
como tu abuela; y sin embargo, te sigue brotando espontánea
la gran ilusión de ser madre; además de ser esto último
lo que parecen querer tus padres. Y tú te sientes un
poco o un mucho dividida. ¿No es eso lo que te pasa?
-Ana asintió con la cabeza y María continuó.
-Te voy a confiar un secreto. Dios también hizo brotar
en mí, desde muy niña, el propósito de
la virginidad y yo le había prometido cumplirlo si era
eso lo que Él quería. Pero resultó que
Dios un día envió un mensajero celeste para decirme
que yo iba a ser la madre del Mesías. Y como Él
es genial y todo lo puede, ha hecho posible las dos cosas:
que sea madre sin dejar de ser virgen. -El rostro de Ana se
convirtió todo él en un signo de admiración.
-Misteriosamente concebí a Jesús no por obra
de un hombre, sino de Dios mismo. Por eso soy madre y virgen
a la vez. Entiendo que esto es un privilegio gratuito e incomprensible
y por eso no me canso de agradecérselo a Dios.
Ana había escuchado con suma atención cada palabra
de María y desde hacía un rato la miraba sin
pestañear con esos ojos tan limpios que tenía.
El niño Jesús jugaba con el pelo de su madre
aparentemente desentendido de lo que ocurría a su alrededor.
Afuera se escuchaban vagamente las voces de Tamar y José (bastante
más la de ella que la de él) que conversaban
entretenidos.
-Yo creo, Ana- prosiguió diciendo María, -que
haces bien en mantener dentro de ti el propósito de
virginidad con la intención de servir mejor a Dios y
no ser más que para Él. Si es lo que Dios quiere,
ya Él mismo se encargará de hacérselo
comprender y aceptar a tus padres y cuando llegue el caso,
también a tu prometido. De eso puedes estar segura.
Y también de que a mi Jesús le producen una especial
alegría las almas que hacen esa renuncia por amor.
Ana, desde ese día, fue madurando y afianzando en su
corazón su promesa de virginidad. Pasaron los años
y, por voluntad de sus padres, se desposó con Bartolomé,
un joven honrado y temeroso de Dios. Ella, desde el primer
momento, le confesó su propósito y él
(no sin cierto impulso y asistencia de lo alto) lo tomó como
algo de Dios aceptándolo de buen grado. Y de ese modo,
vivían como hermanos en gran paz, armonía y felicidad.
El tiempo había pasado veloz y aquel pequeño
Jesús que Ana conoció recién nacido, ya
era todo un hombre y empezaba a convertirse en un gran profeta,
poderoso en palabras y obras. Su fama se difundía por
todas partes como reguero de pólvora.
Tan es así que el mismo Bartolomé, motivado
además por lo que Ana le había contado sobre
Jesús, apenas tuvo oportunidad, fue a buscarlo para
ver con sus propios ojos lo que se decía de él.
Jamás olvidará aquella primera vez y aquella
primera mirada. Fue en Betania. Solamente vio pasar a Jesús
dirigiéndose a casa de un amigo llamado Lázaro.
Pero Bartolomé se dio cuenta de que se fijó en él.
Y esa mirada irresistible le llegó al alma.
Bartolomé volvió a casa algo excitado y llamando
efusivamente a Ana le dijo sin más rodeos:
-Ana, tengo que decirte algo. Creo que
he de seguir a ese Jesús, de quién tanto me has hablado y al que
ahora he visto con mis propios ojos y me a cautivado con su
sola mirada. ¿Verdad que lo entiendes?
-Sí, Bartolomé, -respondió Ana con vivísima
ilusión -por supuesto que lo entiendo. Vete con Jesús,
el Mesías. Es lo mejor que puedes hacer. Estoy segura
de que Dios te tendrá preparadas grandes cosas junto
a él. Además -añadió -creo ahora
se ve más claramente cómo nuestra relación
ha sido una estupenda preparación para esto. Porque
también yo voy a seguir a Jesús y dedicar mi
vida a él.
Y así fue. Bartolomé desde ese momento andaba
con Jesús y hasta fue escogido por él para formar
parte de los Doce apóstoles. Ana se unió al grupo
de mujeres que también lo seguían y le ayudaban
con sus bienes y servicios. Y ambos fueron plenamente felices.