
Lecturas de los Padres de la Iglesia
1. De
las catequesis de Jerusalén
(Catequesis 15,1-3: PG 33, 870-874)
2. De
las cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo
(Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)
3. De
los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo
(Sermón 45, 9. 22. 26. 28: PG 36, 634-63s. 654. 658-659.
662)
4. De
los sermones de san Bernardo, abad
Sermón 5 en el Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edición
cisterciense, 4, 1966, 188-1905
5. Del
comentario de san Efrén, diácono, sobre el Diatésaron
Cap. 18,15-17: SC 121, 325-328)
6. Del
libro Proslógion de san Anselmo, obispo
(Cap. 1: Opera omnia, edición Schmitt, Seckau [Austria]
1938, 1, 97-100)
7. Del
tratado de San Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes
de la paciencia
(Núms. 13 15: CSEL 3, 406-408)
8. De
los comentarios de Eusebio de Cesarea, obispo, sobre el
libro de Isaías
(Cap. 40: : PG 24, 366-367)
9. Del
tratado de san Juan de la Cruz, presbítero, Subida al monte
Carmelo
(Libro 2, cap. 22, núms. 3-4)
10. De
los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los Salmos
(Salmo 109, 1-3: CCL, 40, 1601-1603
11. De
los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 147: PL 52; 594-595 )
12. Del
tratado de san Ireneo; obispo contra las herejías
(Libro 5, 19,1; 20, 2; 21, .1: SC 153,, 248,250. 260-264)
1.
De las catequesis de Jerusalén
(Catequesis 15,1-3: PG 33, 870-874)
Las dos venidas de Cristo
Anunciamos la venida de Cristo,
pero no una sola, sino también una segunda, mucho más
magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo
un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio,
llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas
las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble
es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad;
otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es
doble también su descenso: el primero, silencioso, como
la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía
futuro. En la primera venida fue envuelto con fajas en
el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura.
En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia;
en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército
de ángeles.
No pensamos, pues, tan sólo en
la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo
proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre
del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo
al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos,
adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.
El Salvador vendrá, no para ser
de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos
por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras
era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de
los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en
la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.
Entonces, por razones de su clemente
providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión;
en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres
tendrán que someterse necesariamente a su reinado.
De ambas venidas habla el profeta
Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor
a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida.
Respecto a la otra, dice así:
El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo
entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir
el día de su venida? ¿quién quedará en pie cuando aparezca?
Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se
sentará como un fundidor que refina la plata.
Escribiendo a Tito, también Pablo
habla de esas dos venidas, en estos términos: Ha aparecido
la gracia de Dios que trae la salvación para todos los
hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los
deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria,
honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos:
la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro,
Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias
por ella; pero también la segunda, la que esperamos.
Por esa razón, en nuestra profesión
de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos
que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado
a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo.
Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último
dia, con gloria. Se realizará entonces la consumación
de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio,
será otra vez renovado.
2. De las cartas
pastorales de san Carlos Borromeo, obispo
(Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)
Sobre el tiempo de Adviento
Ha llegado, amadísimos hermanos,
aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice
el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación,
de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente
desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de
tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno
de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que
también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor,
alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia
que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por
su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a
su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder
del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo
más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos
la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos
el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros
de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos
de la vida eterna.
La Iglesia celebra cada año el
misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos
a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la
venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en
el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa,
y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante
la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió,
y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos
comprender que así como Cristo vino una vez al mundo
en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver
en cualquier momento, para habitar espiritualmente en
nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros,
por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo,
la Iglesia, como madre amantísima y celosísimo de nuestra
salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y
otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos,
a recibir convenientemente y con un corazón agradecido
este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto
y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor
Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de
venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron
con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo
Testamento para que en ello los imitáramos.
3. De los sermones
de san Gregorio Nacianceno, obispo
(Sermón 45, 9. 22. 26. 28: PG 36, 634-63s. 654. 658-659.
662)
¡Qué admirable intercambio!
El Hijo de Dios en persona, aquel
que existe desde toda la eternidad, aquel que es invisible,
incomprensible, incorpóreo, principio de principio, luz
de luz, fuente de vida e inmortalidad, expresión del
supremo arquetipo, sello inmutable, imagen fidelísima,
palabra y pensamiento del Padre, él mismo viene en ayuda
de la criatura, que es su imagen: por amor del hombre
se hace hombre, por amor a mi alma se une a un alma intelectual,
para purificar a aquellos a quienes se ha hecho semejante,
asumiendo todo lo humano, excepto el pecado. Fue concebido
en el seno de la Virgen, previamente purificada en su
cuerpo y en su alma por el Espíritu (ya que convenía
honrar el hecho de la generación, destacando al mismo
tiempo la preeminencia de la virginidad); y así, siendo
Dios, nació con la naturaleza humana que había asumido,
y unió en su persona dos cosas entre sí contrarias, a
saber, la carne y el espíritu, de las cuales una confirió la
divinidad, otra la recibió.
Enriquece a los demás, haciéndose
pobre él mismo, ya que acepta la pobreza de mi condición
humana para que yo pueda conseguir las riquezas de su
divinidad.
Él, que posee en todo la plenitud,
se anonada a sí mismo, ya que, por un tiempo, se priva
de su gloria, para que yo pueda ser partícipe de su plenitud.
¿Qué son estas riquezas de su
bondad? ¿Qué es este misterio en favor mío? Yo recibí la
imagen divina, mas no supe conservarla. Ahora él asume
mi condición humana, para salvar aquella imagen y dar
la inmortalidad a esta condición mía; establece con nosotros
un segundo consorcio mucho más admirable que el primero.
Convenía que la naturaleza humana
fuera santificada mediante la asunción de esta humanidad
por Dios; así, superado el tirano por una fuerza superior,
el mismo Dios nos concedería de nuevo la liberación y
nos llamaría a sí por mediación del Hijo. Todo ello para
gloria del Padre, a la cual vemos que subordina siempre
el Hijo toda su actuación.
El buen Pastor que dio su vida
por las ovejas salió en busca de la oveja descarriada,
por los montes y collados donde sacrificábamos a los ídolos;
halló a la oveja descarriada y, una vez hallada, la tomó sobre
sus hombros, los mismos que cargaron con la cruz, y la
condujo así a la vida celestial.
A aquella primera lámpara, que
fue el Precursor, sigue esta luz clarísima; a la voz,
sigue la Palabra; al amigo del esposo, el esposo mismo,
que prepara para el Señor un pueblo bien dispuesto, predisponiéndolo
para el Espíritu con la previa purificación del agua.
Fue necesario que Dios se hiciera
hombre y muriera, para que nosotros tuviéramos vida.
Hemos muerto con él, para ser purificados; hemos resucitado
con él, porque con él hemos muerto; hemos sido glorificados
con él, porque con él hemos resucitado.
4. De los sermones
de san Bernardo, abad
Sermón 5 en el Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edición
cisterciense, 4, 1966, 188-1905
Vendrá a nosotros la Palabra de
Dios
Sabemos de una triple venida del
Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida
intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no. En la
primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con
los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron
y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación
de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia,
en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven
al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas
se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor
vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu
y poder; y, en la última, en gloria y majestad.
Esta venida intermedia es como
una senda por la que se pasa de la primera a la última:
en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última,
aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso
y nuestro consuelo.
Y para que nadie piense que es
pura invención lo que estamos diciendo de esta venida
intermedia, oídle a él mismo: El que me ama -nos dice-
guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos
a él. He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el
bien; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste
guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón,
sin duda alguna, como dice el profeta: En mi corazón
escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.
Así es cómo has de cumplir la
palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen.
Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las
entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta. Haz
del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento
sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea
que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que
tu alma rebose completamente satisfecha.
Si es así como guardas la palabra
de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo
vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta,
que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. Tal
será la eficacia de esta venida, que nosotros, que somos
imagen del hombre terreno, seremos también imagen del
hombre celestial. Y así como el viejo Adán se difundió por
toda la humanidad y ocupó al hombre entero, así es ahora
preciso que Cristo lo posea todo, porque él lo creó todo,
lo redimió todo, y lo glorificará todo.
5.
Del comentario de san Efrén, diácono, sobre el Diatésaron
Cap. 18,15-17: SC 121, 325-328)
Vigilad, pues vendrá de nuevo
Para atajar toda pregunta de sus
discípulos sobre el momento de su venida, Cristo dijo:
Esa hora nadie la sabe, ni los ángeles ni el Hijo. No
os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas.
Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela
y para que cada uno de nosotros pueda pensar que ese
acontecimiento se producirá durante su vida. Si el tiempo
de su venida hubiera sido revelado, vano sería su advenimiento,
y las naciones y siglos en que se producirá ya no lo
desearían. Ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin
precisar en qué momento. Así todas las generaciones y
todas las épocas lo esperan ardientemente.
Aunque el Señor haya dado a conocer
las señales de su venida, no se advierte con claridad
el término de las mismas, pues, sometidas a un cambio
constante, estas señales han aparecido y han pasado ya;
más aún, continúan todavía. La última venida del Señor,
en efecto, será semejante a la primera. Pues, del mismo
modo que los justos y los profetas lo deseaban, porque
creían que aparecería en su tiempo, así también cada
uno de los fieles de hoy desea recibirlo en su propio
tiempo, por cuanto que Cristo no ha revelado el día de
su aparición. Y no lo ha revelado para que nadie piense
que él, dominador de la duración y del tiempo, está sometido
a alguna necesidad o a alguna hora. Lo que el mismo Señor
ha establecido, ¿cómo podría ocultársele, siendo así que él
mismo ha detallado las señales de su venida? Ha puesto
de relieve esas señales para que, desde entonces, todos
los pueblos y todas las épocas pensaran que el advenimiento
de Cristo se realizaría en su propio tiempo.
Velad, pues cuando el cuerpo duerme,
es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad
entonces no está dirigida por la voluntad, sino por los
impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma
un pesado sopor -por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía-,
es el enemigo quien domina al alma y la conduce contra
su propio gusto. Se adueña del cuerpo la fuerza de la
naturaleza, y del alma el enemigo.
Por eso ha hablado nuestro Señor
de la vigilancia del alma y del cuerpo, para que el cuerpo
no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento
y el temor, como dice la Escritura: Sacudíos la modorra,
como es razón; y también: Me he levantado y estoy contigo;
y todavía: No os acobardéis. Por todo ello, nosotros,
encargados de este ministerio, no nos acobardamos.
6.
Del libro Proslógion de san Anselmo, obispo
(Cap. 1: Opera omnia, edición Schmitt, Seckau [Austria]
1938, 1, 97-100)
El deseo de contemplar a Dios
Ea, hombrecillo, deja un momento
tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo,
lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de
ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes
trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera
un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu
alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte
para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve
en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu
rostro; Señor, anhelo ver tu rostro".
Y ahora, Señor, mi Dios, enseña
a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.
Señor, si no estás aquí, ¿dónde
te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo
no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una
claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible
claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta
ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo
qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios
mio; no conozco tu rostro.
¿Qué hará, altísimo Señor, éste
tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor,
ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela
verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse
a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de
encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que
por ti, y jamás ha visto tu rostro.
Señor, tú eres mi Dios, mi dueño,
y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado,
me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no
te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía
nada he hecho de aquello para lo que fui creado.
Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta
cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros
tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo
llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo
volverás a nosotros?
Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos,
muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia
para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo.
Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar
a ti, porque sin ti nada podemos.
Enséñame a buscarte y muéstrate
a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos
que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te
manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé,
amando te hallaré y hallándote te amaré.
7.
Del tratado de San Cipriano, obispo y mártir, sobre los
bienes de la paciencia
(Núms. 13 15: CSEL 3, 406-408)
La esperanza nos sostiene
Es saludable aviso del Señor,
nuestro maestro, que el que persevere hasta el final
se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi
palabra, seréis de verdad discípulos mios; conoceréis
la verdad, y la verdad os hará libres.
Hemos de tener paciencia, y perseverar,
hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos
a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos
alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que
seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es
necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza
lleguen a dar su fruto.
Pues no vamos en pos de una gloria
presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia
del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados.
Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando
uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos,
aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza
y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros
lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión
de Dios, lo que creemos y esperamos.
En otra ocasión, el mismo Apóstol
recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus
tesoros en el cielo, para obtener el ciento por uno,
que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión,
trabajemos por el bien de todos, especialmente por el
de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien,
que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos.
Estas palabras exhortan a que
nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado
y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante
carrera, echando así a perder el fruto de lo ganado,
por dejar sin terminar lo que empezó.
En fin, cuando el Apóstol habla
de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia
y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene
envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni
egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa
sin limites, cree sin limites, espera sin límites, aguanta
sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer,
porque es capaz de sufrirlo todo.
Y en otro pasaje escribe: Sobrellevaos
mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad
del Espíritu, con el vinculo de la paz. Con esto enseña
que no puede conservarse ni la unidad ni la paz si no
se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo
de la unidad, con auxilio de la paciencia.
8.
De los comentarios de Eusebio de Cesarea, obispo, sobre
el libro de Isaías
(Cap. 40: : PG 24, 366-367)
Una voz grita en el desierto
Una voz grita en el desierto: "Preparad
un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro
Dios." El profeta declara abiertamente que su vaticinio
no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto;
a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la
salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los
hombres.
Y todo esto, de acuerdo con la
historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando
Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios
en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios
se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto
para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los
cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma
y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre
que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado;
escuchadlo.
Todo esto se decía porque Dios
había de presentarse en el desierto, impracticable e
inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de
todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con
las que no pudieron entrar en contacto los justos de
Dios y los profetas.
Por este motivo, aquella voz manda
preparar un camino para la Palabra de Dios, así como
allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga
nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un
camino al Señor: se trata de la predicación evangélica
y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación
de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.
Súbete a un monte elevado, heraldo
de Sión; alza fuerte la voz, ,heraldo de Jerusalén. Estas
expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien
y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas
anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después
de haberse hablado de la voz que grita en el desierto.
Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente
la mención de los evangelistas.
¿Cuál es esta Sión sino aquella
misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era
aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice:
El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol:
Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma
se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre
el primitivo pueblo de la circuncisión?
Y esta Sión y Jerusalén es la
que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez
se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre
su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez
ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y
quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y
qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en
primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido
a la tierra.
9.
Del tratado de san Juan de la Cruz, presbítero, Subida
al monte Carmelo
(Libro 2, cap. 22, núms. 3-4)
Dios nos ha hablado en Cristo
La principal causa por la cual
en la ley antigua eran lícitas las preguntas que se hacían
a Dios, y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen
visiones y revelaciones de Dios, era porque entonces
no estaba aún fundada la fe ni establecida la ley evangélica;
y así, era menester que preguntasen a Dios y que él hablase,
ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones,
ahora en figuras y semejanzas, ahora en otras muchas
maneras de significaciones. Porque todo lo que respondía
y hablaba y obraba y revelaba eran misterios de nuestra
fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella. Pero
ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley
evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle
de aquella manera, ni para qué él hable ya ni responda
como entonces.
Porque en darnos, como nos dio,
a su Hijo -que es una Palabra suya, que no tiene otra-,
todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra,
y no tiene más que hablar.
Y éste es el sentido de aquella
autoridad, con que san Pablo quiere inducir a los hebreos
a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos
con Dios de la ley de Moisés, y pongan los ojos en Cristo
solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en
los profetas a nuestros padres de muchos modos y maneras,
ahora a la postre, en estos días, nos lo ha hablado en
el Hijo, todo de una vez.
En lo cual da a entender el Apóstol,
que Dios ha quedado ya como mudo, y no tiene más que
hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas
ya lo ha hablado en él todo, dándonos el todo, que es
su Hijo.
Por lo cual, el que ahora quisiese
preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación;
no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios,
no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer
otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios
de esta manera: "Si te tengo ya hablado todas las cosas
en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra cosa que
te pueda revelar o responder que sea más que eso, pon
los ojos sólo en él; porque en él te lo tengo puesto
todo y dicho y revelado, y hallarás en él aún más de
lo que pides y deseas.
Porque desde el día que bajé con
mi espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo: Éste
es mi amado Hijo en que me he complacido; a él oíd, ya
alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y
respuestas, y se la di a él; oídle a él, porque yo no
tengo más fe que revelar, más cosas que manifestar. Que
si antes hablaba, era prometiéndoos a Cristo; y si me
preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición
y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien,
como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas
y apóstoles."
10.
De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los
Salmos
(Salmo 109, 1-3: CCL, 40, 1601-1603
Las promesas de Dios se nos conceden
por su Hijo
Dios estableció el tiempo de sus
promesas y el momento de su cumplimiento.
El período de las promesas se
extiende desde los profetas hasta Juan Bautista. El del
cumplimiento, desde éste hasta el fin de los tiempos.
Fiel es Dios, que se ha constituido
en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros;
sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le
pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante
escritura, haciéndonos, por decirlo así, un documento
de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo
que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo
de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he
dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas.
Prometió la salud eterna, la vida
bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles,
la herencia inmarcesible, la gloria eterna, la dulzura
de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y
la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección
de los muertos. Esta última es como su promesa final,
a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que,
una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos
ya cosa alguna. Pero tampoco silenció en qué orden va
a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado
y prometido.
Prometió a los hombres la divinidad,
a los mortales la inmortalidad, a los pecadores la justificación,
a los miserables la glorificación.
Sin embargo, hermanos, como a
los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios
-a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles
de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza,
debilidad, polvo y ceniza-, no sólo entregó la escritura
a los hombres para que creyesen, sino que también puso
un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe,
o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio
de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por
donde nos llevaría al fin prometido.
Poco hubiera sido para Dios haber
hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le
hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar
por él.
Debía, pues, ser anunciado el
unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles: en que
había de venir a los hombres y asumir lo humano, y, por
lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo,
sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes
lo que prometió. Y, después del cumplimiento de sus promesas,
también cumpliría su anuncio de una segunda venida, para
pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira
de los de misericordia, y dar a los impíos las penas
con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.
Todo esto debió ser profetizado,
anunciado, encomiado como venidero, para que no asustase
si acontecía de repente, sino que fuera esperado porque
primero fue creído.
11.
De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 147: PL 52; 594-595 )
El amor desea ver a Dios
Al ver Dios que el temor arruinaba
el mundo, trató inmediatamente de volverlo a llamar con
amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su
caridad, de vinculárselo con su afecto.
Por eso purificó la tierra, afincada
en el mal, con un diluvio vengador, y llamó a Noé padre
de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras,
ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo
que lo instruía piadosamente sobre el presente y lo consolaba
con su gracia, respecto al futuro. Y no le dio ya órdenes,
sino que con el esfuerzo de su colaboración encerró en
el arca las criaturas de todo el mundo, de manera que
el amor que surgía de esta colaboración acabase con el
temor de la servidumbre, y se conservara con el amor
común lo que se había salvado con el común esfuerzo.
Por eso también llamó a Abrahán
de entre los gentiles, engrandeció su nombre, lo hizo
padre de la fe, lo acompañó en el camino, lo protegió entre
los extraños, le otorgó riquezas, lo honró con triunfos,
se le obligó con promesas, lo libró de injurias, se hizo
su huésped bondadoso, lo glorificó con una descendencia
de la que ya desesperaba; todo ello para que, rebosante
de tantos bienes, seducido por tamaña dulzura de la caridad
divina, aprendiera a amar a Dios y no a temerlo, a venerarlo
con amor y no con temor.
Por eso también consoló en sueños
a Jacob en su huída, y a su regreso lo incitó a combatir
y lo retuvo con el abrazo del luchador; para que amase
al padre de aquel combate, y no lo temiese.
Y así mismo interpeló a Moisés
en su lengua vernácula, le habló con paterna caridad
y le invitó a ser el liberador de su pueblo.
Pero así que la llama del amor
divino prendió en los corazones humanos y toda la ebriedad
del amor de Dios se derramó sobre los humanos sentidos,
satisfecho el espíritu por todo lo que hemos recordado,
los hombres comenzaron a querer contemplar a Dios con
sus ojos carnales.
Pero la angosta mirada humana ¿cómo
iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el
mundo creado? La exigencia del amor no atiende a lo que
va a ser, o a lo que debe o puede ser. El amor ignora
el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor
no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la
dificultad.
El amor es capaz de matar al amante
si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente
arrastrado, no a donde debe ir.
El amor engendra el deseo, se
crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y
qué más?
El amor no puede quedarse sin
ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos
sus merecimientos, si no iban a poder ver a Dios.
Moisés se atreve por ello a decir:
Si he obtenido tu favor, enséñame tu gloria.
Y otro dice también: Déjame. ver
tu figura. Incluso los mismos gentiles modelaron sus ídolos
para poder contemplar con sus propios ojos lo que veneraban
en medio errores.
12.
Del tratado de san Ireneo; obispo contra las herejías
(Libro 5, 19,1; 20, 2; 21, .1: SC 153,, 248,250. 260-264)
Eva y María
El Señor vino y se manifestó en
una verdadera condición humana que lo sostenía, siendo
a su vez ésta su humanidad sostenida por él, y, mediante
la obediencia en el árbol de la cruz, llevó a cabo la
expiación de la desobediencia cometida en otro árbol,
al mismo tiempo que liquidaba las consecuencias de aquella
seducción con la que había sido vilmente engañada la
virgen Eva, ya destinada a un hombre, gracias a la verdad
que el ángel evangelizó a la Virgen María, prometida
también a un hombre.
Pues de la misma manera que Eva,
seducida por las palabras del diablo, se apartó de Dios,
desobedeciendo su mandato, así María fue evangelizada
por las palabras del ángel, para llevar a Dios en su
seno, gracias a la obediencia a su palabra. Y si aquélla
se dejó seducir para desobedecer a Dios, ésta se dejó persuadir
a obedecerle, que la Virgen María se convirtió en abogada
de la virgen Eva.
Así, al recapitular todas las
cosas, Cristo fue constituido cabeza, pues declaró la
guerra a nuestro enemigo, derrotó al que en un principio,
por medio de Adán, nos había hecho prisioneros, y quebrantó su
cabeza, como encontramos dicho por Dios a la serpiente
en el Génesis: Establezco hostilidades entre t¡ y la
mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en
la cabeza, cuando tú la hieras
Con estas palabras, se proclama
de antemano que aquel que había de nacer de una doncella
y ser semejante a Adán habría de quebrantar la cabeza
de la serpiente. Y esta descendencia es aquella misma
de la que habla el Apóstol en su carta a los Gálatas:
La ley se añadió hasta que llegara el descendiente beneficiario
de la promesa.
Y lo expresa aún con más claridad
en otro lugar de la misma carta, cuando dice: Pero cuando
se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de
una mujer. Pues el enemigo no hubiese sido derrotado
con justicia si su vencedor no hubiese sido un hombre
nacido de mujer. Ya que por una mejer el enemigo había
dominado desde el principio al hombre, poniéndose en
contra de él.
Por esta razón el mismo Señor
se confiesa Hijo del hombre, y recapitula en sí mismo
a aquel hombre primordial del que se hizo aquella forma
de mujer: para que así como nuestra raza descendió a
la muerte a causa de un hombre vencido, ascendamos del
mismo modo a la vida gracias a un hombre vencedor.