
Sentido del Adviento
«El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de
su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de
la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un
Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo
festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo
de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento,
ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que
nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos
las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la
vivencia del Adviento?
Podemos tomar como
punto de partida la palabra «Adviento»;
este término no significa «espera», como
podría suponerse, sino que es la traducción de
la palabra griega parusía, que significa «presencia»,
o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada.
En la antigüedad se usaba para designar la presencia de
un rey o señor, o también del dios al que se
rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía.
Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada
de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que
la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él
ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar,
que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no
es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración.
Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes,
quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo.
Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él
quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo.
De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras
de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia:
certeza consoladora de que «la luz del mundo» se
ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado
la noche del pecado humano en la noche santa del perdón
divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente
puede —y solamente quiere— seguir brillando si
es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan
a través de los tiempos la obra de Cristo. La luz de
Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de
la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir
creciendo por medio de nosotros. Cuando en la noche santa suene
una y otra vez el himno Hodie Christus natus est, debemos recordar
que el inicio que se produjo en Belén ha de ser en nosotros
inicio permanente, que aquella noche santa es nuevamente un «hoy» cada
vez que un hombre permite que la luz del bien haga desaparecer
en él las tinieblas del egoísmo (...) el niño
- Dios nace allí donde se obra por inspiración
del amor del Señor, donde se hace algo más que
intercambiar regalos.
Adviento significa
presencia de Dios ya comenzada, pero también
tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no
mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también
a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias
del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue
creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente
y todo le estará sometido: el día que Cristo
vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar,
será un día presencia total. Y esta certeza le
hace libre, le presta un apoyo definitivo (...)».
Alegraos
en el Señor
(...) «“Alegraos, una vez más os lo digo:
alegraos”. La alegría es fundamental en el cristianismo,
que es por esencia evangelium, buena nueva. Y sin embargo es
ahí donde el mundo se equivoca, y sale de la Iglesia
en nombre de la alegría, pretendiendo que el cristianismo
se la arrebata al hombre con todos sus preceptos y prohibiciones.
Ciertamente, la alegría de Cristo no es tan fácil
de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión.
Pero sería falso traducir las palabras: «Alegraos
en el Señor» por estas otras: «Alegraos,
pero en el Señor», como si en la segunda frase
se quisiera recortar lo afirmado en la primera. Significa sencillamente «alegraos
en el Señor», ya que el apóstol evidentemente
cree que toda verdadera alegría está en el Señor,
y que fuera de él no puede haber ninguna. Y de hecho
es verdad que toda alegría que se da fuera de él
o contra él no satisface, sino que, al contrario, arrastra
al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente
contento. Por eso aquí se nos hace saber que la verdadera
alegría no llega hasta que no la trae Cristo, y que
de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender
a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría
del mundo. Pues nuestra alegría no será auténtica
hasta que deje de apoyarse en cosas que pueden sernos arrebatadas
y destruidas, y se fundamente en la más íntima
profundidad de nuestra existencia, imposible de sernos arrebatada
por fuerza alguna del mundo. Y toda pérdida externa
debería hacernos avanzar un paso hacia esa intimidad
y hacernos más maduros para nuestra vida auténtica.
Así se echa de ver que los dos cuadros laterales del
tríptico de Adviento, Juan y María, apuntan al
centro, a Cristo, desde el que son comprensibles. Celebrar
el Adviento significa, dicho una vez más, despertar
a la vida la presencia de Dios oculta en nosotros. Juan y María
nos enseñan a hacerlo. Para ello hay que andar un camino
de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento
a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la
maravilla de la gracia y aprendemos que no hay alegría
más luminosa para el hombre y para el mundo que la de
la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto
de penas y dolores, toda la angustia que exista en el mundo
está amparada por una misericordia amorosa, está dominada
y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación
de Dios. Quien celebre así el Adviento podrá hablar
con derecho de la Navidad feliz bienaventurada y llena de gracia.
Y conocerá cómo la verdad contenida en la felicitación
navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico
de los que la celebran como una especie de diversión
de carnaval».
Estar preparados...
«En el capitulo 13 que Pablo escribió a los cristianos
en Roma, dice el Apóstol lo siguiente: “La noche
va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos,
pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de
la luz. Andemos decentemente y como de día, no viviendo
en comilonas y borracheras, ni en amancebamientos y libertinajes,
ni en querellas y envidias, antes vestíos del Señor
Jesucristo...” Según eso, Adviento significa ponerse
en pie, despertar, sacudirse del sueño. ¿Qué quiere
decir Pablo? Con términos como “comilonas, borracheras,
amancebamientos y querellas” ha expresado claramente
lo que entiende por «noche». Las comilonas nocturnas,
con todos sus acompañamientos, son para él la
expresión de lo que significa la noche y el sueño
del hombre. Esos banquetes se convierten para San Pablo en
imagen del mundo pagano en general que, viviendo de espaldas
a la verdadera vocación humana, se hunde en lo material,
permanece en la oscuridad sin verdad, duerme a pesar del ruido
y del ajetreo. La comilona nocturna aparece como imagen de
un mundo malogrado. ¿No debemos reconocer con espanto
cuan frecuentemente describe Pablo de ese modo nuestro paganizado
presente? Despertarse del sueño significa sublevarse
contra el conformismo del mundo y de nuestra época,
sacudirnos, con valor para la virtud v la fe, sueño
que nos invita a desentendernos a nuestra vocación y
nuestras mejor posibilidades. Tal vez las canciones del Adviento,
que oímos de nuevo esta semana se tornen señales
luminosas para nosotros que nos muestra el camino y nos permiten
reconocer que hay una promesa más grande que la el dinero,
el poder y el placer. Estar despiertos para Dios y para los
demás hombres: he ahí el tipo de vigilancia a
la que se refiere el Adviento, la vigilancia que descubre la
luz y proporciona más claridad al mundo».
Juan
el Bautista y María
«Juan el Bautista y María son los dos grandes
prototipos de la existencia propia del Adviento. Por eso, dominan
la liturgia de ese período. ¡Fijémonos
primero en Juan el Bautista! Está ante nosotros exigiendo
y actuando, ejerciendo, pues, ejemplarmente la tarea masculina. Él
es el que llama con todo rigor a la metanoia, a transformar
nuestro modo de pensar. Quien quiera ser cristiano debe “cambiar” continuamente
sus pensamientos. Nuestro punto de vista natural es, desde
luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con
la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera
encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y
otra vez, caminar en la dirección opuesta. Todo ello
se ha de extender también a nuestro modo de comprender
la vida en su conjunto. Día tras día nos topamos
con el mundo de lo visible. Tan violentamente penetra en nosotros
a través de carteles, la radio, el tráfico y
demás fenómenos de la vida diaria, que somos
inducidos a pensar que sólo existe él. Sin embargo,
lo invisible es, en verdad, más excelso y posee más
valor que todo lo visible. Una sola alma es, según la
soberbia expresión de Pascal, más valiosa que
el universo visible. Mas para percibirlo de forma vida es preciso
convertirse, transformarse interiormente, vencer la ilusión
de lo visible y hacerse sensible, afinar el oído y el
espíritu para percibir lo invisible. Aceptar esta realidad
es más importante que todo lo que, día tras día,
se abalanza violentamente sobre nosotros. Metanoeite: dad una
nueva dirección a vuestra mente, disponedla para percibir
la presencia de Dios en el mundo, cambiad vuestro modo de pensar,
considerar que Dios se hará presente en el mundo en
vosotros y por vosotros. Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del
difícil acontecimiento de transformar su pensamiento,
del deber de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste
es también el destino del sacerdote y de cada cristiano
que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!».
Palabras del Cardenal Joseph Ratzinger sobre el Adviento