La
Iglesia recupera su estabilidad
La
Iglesia encuentra un descanso a las persecuciones
por la promulgación del Edicto de tolerancia, que
incluso, les otorgaba lugares para el culto.
San Sixto II
El patriarca de
Alejandría podría recuperar
la tranquilidad: el 31 de agosto del 257, Roma había
elegido a un griego como papa. Sixto Il sabría reducir
la tensión, suavizar las posiciones. La reanudación
de las persecuciones fue un factor a su favor, porque los problemas
de disciplina pasaron a un segundo plano. Se había salvado
la unidad.
El emperador Valeriano
endureció sus exigencias: obligó a
los cristianos a que participaran en el culto nacional y prohibió las
reuniones en los cementerios, es decir, en las catacumbas.
No obstante, Sixto II pudo gobernar la Iglesia casi un año
entero sin ser molestado. Pero a principios de agosto del año
258 se dictaron contra el clero un conjunto de medidas más
radicales y tajantes. El papa se refugió con cuatro
diáconos en la catacumba de Pretextato, en la vía
Apia. Allí le encontraron el día 6 de agosto
un grupo de soldados. Le arrastraron ante el tribunal y, condenado,
le llevaron luego al mismo lugar de su captura, donde le cortaron
la cabeza.
San Dionisio
Durante dos años larguísimos, los perseguidos
permanecieron ocultos en sus escondrijos. Roma no fue una excepción.
Pero en el 260 fue ejecutado Valeriano. Y el nuevo emperador,
Galieno, devolvió el sosiego a los cristianos con su
Edicto de tolerancia, proporcionándoles, incluso, lugares
para el culto. Y a partir del 22 de julio, tuvo Roma un nuevo
obispo: Dionisio, un sacerdote que hasta entonces se había
distinguido por su celo.
Lo más apremiante era reorganizar la Iglesia local:
Dionisio fortaleció la estructura presbiterial, acentuando
el papel de los presbíteros sobre el de los diáconos.
Y también era urgente reanudar los contactos con las
demás Iglesias de África y de Asia. El obispo
de Roma escribió a todos una carta volviendo a concretar
y definir la posición romana acerca de la validez del
bautismo de los herejes y sobre la doctrina de la Santísima
Trinidad.
Precisamente, en
relación con esta cuestión,
un sacerdote de Alejandría acababa de denunciar a su
obispo, el patriarca -también llamado Dionisio- que
había interpuesto sus buenos oficios en el conflicto
entre Esteban y Cipriano. Un sínodo reunido en Roma
encontró culpable al patriarca; el papa le dirigió una
carta llena de comprensión y delicadeza comunicándole
la decisión, y el patriarca de Alejandría le
contestó disculpándose y quedó libre de
toda sospecha de herejía.
Los bárbaros, en sus incursiones por tierras del Imperio,
habían devastado Cesarea. El Santo Padre escribió a
la comunidad cristiana así probada expresándole
sus sentimientos de compasión y enviándole una
importante suma de dinero.
Dionisio murió el 26 de diciembre del 268. Pasaría
a la Historia como el más notable de los obispos de
Roma del siglo III.
San
Félix
I
Conforme avanzaba
el siglo IlI se hacía más
evidente que la autoridad de Roma sobre las otras Iglesias
de la cristiandad era aceptada como algo natural. Los obispos,
por supuesto, manifestaban una notable independencia, como
pudo verse en el caso de Cipriano, pero también era
indudable que, desde aquellos años, la vinculación
con Roma constituía la señal por excelencia de
pertenecer a la gran familia cristiana. Un curioso episodio,
en tiempos de Félix, viene a corroborar esta impresión.
Consagrado obispo
de Roma el 5 de enero del 269, Félix
tomó pronto posiciones contra Pablo de Samosata, patriarca
de Antioquía, convicto de herejía en dos ocasiones
por un sínodo de su propia Iglesia. El obispo de Roma
reconoció como nuevo patriarca de Antioquía al
obispo Domno, pero Pablo de Samosata se negó a dejar
su dignidad y se hizo fuerte en sus aposentos. Fue necesaria
una orden del emperador Aureliano para obligarle a abandonarlos.
Y este emperador pagano justificó su apoyo a Domno por
el hecho de ser éste el «reconocido por los obispos
de Italia y por el de Roma en particular».
Es normal que con
un emperador tan sensato no pudiera Félix
alcanzar el martirio. Falleció el 30 de diciembre del
274.