Los conflictos entre cristianos
No sólo se debía luchar contra el partido del
antipapa, hacía falta mantener el orden respecto a la
administración de sacramentos y la situación
de los bautizados.
El antipapa Novaciano
Al ser bautizado
in extremis a causa de una grave enfermedad, de acuerdo con
la costumbre de la época no podía
Novaciano alcanzar el sacerdocio. Pero era un erudito de gran
talento del que la Iglesia estaba segura de obtener eficaces
servicios. Por eso, contra la opinión del clero, el
obispo Fabiano asumió la responsabilidad de hacer caso
omiso a todas las prohibiciones y confirió el orden
sacerdotal a Novaciano. Algún tiempo después,
durante la persecución de Decio y la prolongada situación
de sede vacante creada en Roma, el clero terminó sintiéndose
afortunado por poder disponer de un tan alto erudito para contestar
las cartas que llegaban de África y de Oriente.
Novaciano, en verdad,
no era un hombre corriente. Poseía
una inmensa cultura, conocía a la perfección
las obras de los grandes filósofos estoicos, tenía
en Virgilio su inspiración y había escrito un
tratado acerca de la Santísima Trinidad; por ser ésta
la primera obra de contenido teológico redactada en
lengua latina, estaba llamada a ejercer una influencia decisiva
en la terminología de todo el pensamiento cristiano
de Occidente.
En el año 251, al sentirse postergado por la elección
de Cornelio, Novaciano acusó de laxismo al nuevo obispo,
consiguió hacerse consagrar por tres obispos italianos
y alzó contra el legítimo sucesor de Pedro una
buena porción de la Iglesia. Aunque el cisma se había
originado en una simple rivalidad entre personas, se convirtió pronto
en un conflicto doctrinal, y los sesenta obispos reunidos en
Roma en un sínodo que tuvo lugar en el otoño
del 251 excomulgaron a Novaciano.
La breve persecución de Trebonio Gallo alejó al
rebelde de Roma en el 253, y ahí se pierde su rastro.
Su secta, sin embargo, caracterizada por su rigorismo, no desapareció definitivamente
hasta el siglo vii.
San Lucio 1
Inmediatamente después de morir Cornelio fue elegido
su sucesor. Se trataba de Lucio, un romano. Pero cuando Gallo
tuvo noticia de su elección lo mandó apresar
y le condenó al exilio. Sin embargo, no permaneció alejado
de Roma mucho tiempo: aquel mismo año 253 sería
asesinado Gallo, sucediéndole en el trono Valeriano,
un emperador bastante favorable a los cristianos. Lucio regresó a
la urbe.
No era hombre que
militara en un rigor intransigente. Los relapsos, es decir,
los que en momentos de debilidad ante sus
verdugos habían renegado de su fe -y que luego se habían
arrepentido- podían contar con su benevolencia y magnanimidad.
También Lucio, como antes Cornelio, fue blanco de los
ataques de los novacianos, hasta el punto de que el obispo
de Cartago, Cipriano, se vio obligado a salir en su defensa
y subrayar con qué valor y firmeza se había mantenido
el obispo de Roma fiel a su fe durante la reciente persecución.
A los ocho meses
de su elección, a fines de marzo del
254, falleció Lucio de muerte natural. El pueblo cristiano
calibró lo mucho que había sufrido durante su
exilio y le otorgó espontáneamente el título
de mártir.
San Esteban 1
No suponía una gran ventura ser obispo de Roma en aquella época.
Si una pausa en las persecuciones ahorraba preocupaciones al
Santo Padre, los cristianos se encargaban de procurarle otras.
Y no pequeñas. Esteban, más que ningún
otro, tuvo ocasión de vivir esa experiencia.
El 12 de mayo del
254, esto es, poco más de un mes
después de la muerte de Lucio, le sucedió Esteban,
también romano. Su gobierno transcurriría entre
dos oleadas de persecuciones y durante el mismo se estuvo cerca
de una ruptura entre Roma y las Iglesias de África y
de Oriente.
Igual que sus dos
predecesores, el nuevo obispo era favorable a que los apóstatas regresaran a la comunión
de la Iglesia una vez que hubieran cumplido la penitencia por
su caída. Pero esa actitud, adoptada en provecho de
los cristianos corrientes, ¿debía extenderse
también a sus pastores? ¿Acaso no tenían
ellos más obligación que los demás de
dar ejemplo de valentía? Dos obispos españoles
habían logrado librarse del tormento procurándose
certificados oficiales que atestiguaban que habían ofrecido
a los dioses los sacrificios prescritos. ¡Qué escándalo!
Consciente de sus prerrogativas, Esteban les castigó severamente.
Y lo mismo hizo con un obispo de Arlés que no había
tenido inconveniente alguno en pasarse al bando de los novacianos.
Exigió que todas las Iglesias se atuvieran a la tradición
romana en lo concerniente al problema del bautismo de herejes
y cismáticos. Eran cristianos y, por tanto, ya estaban
bautizados. ¿Qué hacer si solicitaban su admisión
en la gran familia católica? Las Iglesias de África,
como las de Asia, exigían un nuevo bautismo. En Roma,
por el contrario, y también en Alejandría, bastaba
el rito de imposición de manos por parte del obispo,
esto es, la confirmación.
Autoritario, Esteban
exigió que todos actuaran como
se hacía en Roma. Cipriano, el viejo obispo de Cartago,
antiguo amigo de Comelio, objetó que en tal criterio
se daba una evidente inconsecuencia: como la confirmación
era posterior al bautismo, un sacramento de vivos, no podía
renovar el bautismo si éste no era revalidado previamente.
Esteban respondió a Cipriano con dureza. El obispo de
Cartago buscó apoyos en Oriente: Asia Menor, Capadocia
y Siria le prestaron su adhesión. En tales circunstancias,
la excomunión de Cipriano hubiera significado seguramente
para Roma la pérdida no sólo de África
sino de todo el Oriente.
Dionisio, el patriarca
de Alejandría, se alarmó:
se ofreció y actuó de mediador, pero, a pesar
de sus esfuerzos, no logró que ninguno de los dos contendientes
cediera ni un ápice en sus respectivas posturas. La
ruptura parecía inminente cuando la muerte de Cipriano,
el 2 de agosto del año 257, y la de Esteban, la evitaron.
El patriarca de Alejandría cifró entonces su
esperanza en el nuevo obispo de Roma.