Conflictos
por la elección del Papa
Los
distintos bandos querían
hacer valer su desición
en la elección del nuevo Papa, lo que trajo nuevos
conflictos entre oriente y occidente
¿Bonifacio II o Dióscoro?
(530.532)
¿Cómo pudo Félix ser tan ingenuo, hasta
el punto de creer que se acabarían las peleas si él
mismo nombraba a su sucesor? El clero le hizo saber que no
estaba dispuesto a renunciar a sus derechos y justo cinco días
antes de la muerte del papa, el día 17 de septiembre
del año 530, opuso a Bonifacio el hombre que Félix
quería imponer -otro candidato elegido regularmente.
Como el pontífíce se había decidido por
un representante del partido de los ostrogodos, el clero, al
contrario, votó por un bizantino. De este modo, el 17
de septiembre fue elegido Dióscoro de Alejandría,
siendo consagrado el mismo día del fallecimiento de
Félix en la basílica de Letrán.
Dióscoro, claramente opuesto al monofisismo, abandonó Alejandría
en su juventud y, buscando aires más ortodoxos, se instaló en
Roma. Sus brillantes cualidades le va.lieron pronto un considerable
prestigio y, a lo largo de treinta años, ejerció sobre
los papas una influencia espiritual tan manifiesta como beneficiosa.
Apoyó a Símaco contra el antipapa Lorenzo; en
el 519 fue él quien encabezó la delegación
que se trasladó a Constantinopla con la misión
de acabar con el cisma. ¿Cómo iba nadie a poner
reparos a una elección tan acertada?
Sin embargo, el
hecho era que allí estaba el archidiácono
Bonifacio -el elegido por el papa Félix-, que tambiién
había sido consagrado obispo de Roma por sus partidarios
el mismo día que lo fuera Dióscoro. Una vez más
Roma se encontraba con dos papas y el cisma volvía a
dividir la ciiudad. ¿Quién terminaría
por imponerse? ¿Y a costa de qué choques y violencias?
La muerte repentina
de Dióscoro, el 14 de octubre,
apenas tres semanas después de su elección, evitó los
enfrentamientos. Su oponente, Bonifacio, tuvo el mal gusto
de declarar anatema al difunto y de obligar a los sesenta sacerdotes
que habían elegido a Dióscoro a que firmaran
su condenación póstuma. Afortunadamente, cinco
años más tarde, Agapito, uno de sus sucesores,
quemaría públicamente, como señal de reprobación,
aquel desagradable testimonio de la mezquindad humana.
A Roma le costó acostumbrarse a Bonifacio. Por muy
romano de nacimiento que fuera, era de padres godos. Y los
romanos nunca aceptarían del todo a aquel bárbaro
del norte que habían tenido la osadía de imponerles.
Su pontificado,
por lo demás, fue poco relevante. Nadie
sentiría su final cuando Bonifacio murió el 17
de octubre del 532. También él intentó designar
un sucesor, pero los componentes del clero se mantenían
vigilantes, dispuestos a evitar que les sorprendieran por segunda
vez.
Juan II, alias Mercurio (533-535)
Pasaron diez semanas
antes de que Roma tuviera un nuevo papa. Diez semanas de
rivalidades, de peleas, que ni el Senado de
Roma ni el rey de los ostrogodos, Atalarico, lograron atajar.
Sin embargo, llegaron a ponerse de acuerdo en la elección
de un candidato, presbítero de la iglesia de San Clemente.
El nuevo obispo fue consagrado el 2 de enero del 533. ¡Se
llamaba Mercurio!¿Cómo se iba a poner al frente
de la Cristiandad a alguien que llevara el nombre del dios
de los ladrones? Mercurio se apresuró a tomar el nombre
de Juan. Creaba así un precedente que, más adelante,
justificaría el nacimiento de una tradición típicamente
pontificio: el cambio de nombre de los llamados a ocupar la
silla de Pedro.
Apenas se significó Juan II por otra cosa. Desde el
año 527 un nuevo emperador, Justiniano, desempeñaba
su función con el mérito indudable de actuar
eficazmente por la unidad del mundo cristiano en la fe y en
la justicia.
El papa Juan murió el 5 de mayo del 535 después
de dos años de pontificado. Su sucesor tendría
un reinado todavía más breve.
San Agapito I (535-536)
El nuevo papa era
hijo de un sacerdote, Gordiano, y procedía
de la más alta nobleza romana. Juan II le había
nombrado archidiácono de la comunidad de Roma. Agapito
fue consagrado el 13 de mayo del año 535.
Tuvo que dejar pronto la Urbe -a instancias del nuevo rey ostrogodo,
Teodato- para desempeñar una misión en Constantinopla.
El monarca contaba con el papa para llegar a convencer al emperador
Justiniano de que debía detener las expediciones de
represalia del general Belisario. Efectivamente, Justiniano
había decidido vengar la muerte de la regente de Rávena,
la princesa Amalasunta, asesinada por su propio primo y co-regente
Teodato.
El emperador recibió al papa con los más grandes
honores pero no se doblegó: los verdugos de la hija
de Teodorico el Grande serían castigados.
Agapito aprovechó entonces su presencia en Oriente
para poner en orden los asuntos de la Iglesia y, en particular,
para procurar que se cumplieran los decretos del concilio de
Calcedonia. Depuso al patriarca Antimo I, elegido por losmonofisitas,
y él mismo consagró -hecho único en la
historia de la Iglesia- al nuevo titular de la sede de Constantinopia,
el patriarca Mennas.
Agapito no regresaría a Roma. Menos de un año
después de su elección, el 22 de mayo del 536,
murió en Constantinopla. La Iglesia de Oriente, al igual
que la de Roma, le venera como Santo.