San
Pedro, el primer Papa
Simón
Pedro, a quien el evangelio señala de forma
inequívoca como príncipe de los apóstoles,
fue verdaderamente el primer obispo de Roma, como vicario
de Cristo, cabeza de los demás apóstoles
y de la Iglesia naciente.
Simón Pedro, a quien el evangelio señala de forma
inequívoca como príncipe de los apóstoles,
fue verdaderamente el primer obispo de Roma. El hecho, si no
el título, es incontestable. Aunque no existan pruebas
directas escritas, la tradición se ha mostrado siempre
unánime y firme en tal sentido, sin desviarse jamás.
Lo que para la historia tiene tanto peso como un documento
contemporáneo de los acontecimientos. Lo único
que se posee es una alusión del mismo Pedro en la primera
de sus epístolas (5, 13), al mencionar a la «Iglesia
que está en Babilonia», símbolo evidente
de Roma y sus costumbres, para sus lectores de entonces. Treinta
años después, Clemente Romano, al escribir a
los corintios, evocará los tiempos en que «Pedro
y Pablo estaban entre nosotros». Ignacio de Antioquía
en el año 108,,,"Dionisio de Corinto en el 170,
Ireneo de Lyon en el 180 y Tertuliano en el 200 afirman, por
su parte, que Pedro era el jefe de la comunidad romana. También
hacia el año 200 el presbítero Gayo hablará de
las tumbas -de los «trofeos» o restos- de los apóstoles
en la ciudad del Tíber, situando la de Pablo en el camino
de Ostia y la de Pedro en la colina del Vaticano.
No cabe, pues, duda
que Pedro vivió en Roma. ¿Como
primer papa? Desde luego como vicario de Cristo y cabeza de
los demás apóstoles y de la Iglesia naciente,
aunque lejos todavía del estereotipo que sugiere hoy
la figura de un pontfflce. La palabra papa deriva del griego
pappas = padre, y aparece por vez pnmera en una sepultura de
la catacumba de san Calixto hacia el año 296 referida
al papa Marcelino; el uso de la palabra quedó restringido
como título sólo aplicable al obispo de Roma
en 384 y su empleo comenzó a generalizarse en el transcurso
de los siglos siguientes. ¿Se tuvo conciencia de que
Pedro era el obispo de Roma? Sí, en lo que hace a la
cuestión de fondo: su primacía indiscutible.
Y no, en la acepción actual de la palabra; porque Pedro
no se comportaría en Roma como un prelado de hoy imbuido
de sus poderes y de su dignidad. Sería más bien
un predicador itinerante que un buen día llegó a
la capital del imperio y tomó contacto con la población
judía. ¿En qué año? A partir del
43, según unos, o después del 49, en opinión
de otros. Nada se puede establecer con seguridad, ni la fecha
de su llegada ni su forma de vida. Sólo cabe el recurso
a la imaginación.
¿Se alojó en la casa de algunos compatriotas,
que se estrecharían para prestarle hospitalidad? ¿De
qué vivió? Seguramente, del trabajo de sus manos.
Quizá ganara su sustento como patrón de barco,
en Ostia. Levantar una red, largar la vela, manejar el timón...
Al fin y al cabo ése fue su oficio hasta que le llamó Jesús.
Pedro no tenía miedo al mar: las tempestades del lago
Genesareth no eran más livianas que las embestidas del
Tirreno. Pero al acabar la jornada y el trabajo, se reuniría
con sus anfitriones, con los vecinos, con sus nuevos compañeros,
y sería divertido oírle chapurrear el latín,
farfullar un poco de griego o expresarse en su arameo original
con el típico acento de su tierra galilea. Incidiría
siempre en la misma historia: un tal Jesús, cierto hombre
llamado Cristo que había predicado unas cosas muy sencillas
y muy verdaderas; un judío íntegro crucificado
por testimonios falsos; un muerto que resucita al tercer día
para aparecerse por todos lados más vivo que nunca...
Al llegar a este
momento de su relato, quizá la gente
se sonreiría, o se encogería de hombros un tanto
desconcertada... Pero hasta los más escépticos
acabarían por prestarle atención. Les atraería
la sinceridad de Pedro. Y, conmovidos, terminarían por
aceptar la fe, por comprometerse. Seformaría así un
primer núcleo que pronto tomaría cuerpo y empezaría
a crecer. Así surgiría la comunidad cristiana
deRoma.
De tarde en tarde
desembarcaría en el puerto de Ostia.
Algún miembro de la misma fe procedente de Corinto o
de Efeso: buscaba a Pedro para exponerle los problemas existentes
en sus respectivas iglesias, para pedirle consejo y orientación.
Y regresaría a Oriente con las decisiones del que hacía
de cabeza en la Iglesia universal.
En el año 48, o en el 49, fue Pedro a Jerusalén.
Allí se encontró con Pablo y Bernabé,
llegados de Antioquía; con Santiago y Juan, que habían
permanecido en el país, y con algunos otros. Era una
reunión importante: nada menos que el primer «Concilio»,
en el que se iba a abordar el problema de la admisión
de los no-judíos. Los gentiles, para hacerse cristianos,
no tendrían que pasar obligatoriamente por la circuncisión
y las costumbres rituales del judaísmo. Las discusiones
fueron tensas en algún momento. Pablo se enfrentó a
Pedro con vehemencia a causa de la ambigua posición
de éste respecto a determinados puntos en litigio. Pero
todo quedó resuelto y acordado, y Pedro volvió a
Roma, donde prosiguió la misión de dar testimonio,
fortalecer a los suyos en la fe, esclarecer toda suerte de
dudas concernientes a la doctrina y... ganarse la vida. Hasta
que un día, entre el año 64 y el 67, Nerón,
buscando víctimas propiciatorias sobre las que echar
las culpas por el incendio de la urbe, decidió sacrificar
a los cristianos. Pedro caería en esta primera embestida
de las persecuciones.
Fue el primer obispo
de Roma y cabeza indiscutible de toda la Iglesia. E hizo
su trabajo con generosidad: dar testimonio,
fortalecer, unir, servir de guía. Que el título
de papa resulte anacrónico en su caso, no tiene relevancia.
Pedro fue el jefe de la comunidad cristiana de Roma y el polo
de referencia, la «piedra», de todas las demás
comunidades.