Resurgimiento
del papado
Cuatro
papas alemanes se encargaron de devolver el prestigio
al papado, mientras tanto, la invasión de los normandos
se convertiría en verdadera amenaza.
San León IX
¡Ninguna historia más rica en contrastes como la del
papado! Se le ve al borde del abismo conducido por personas
indignas, y desde una visión puramente humana se podría
pensar que hundido irremisiblemente, y sin embargo -cumpliéndose
una y otra vez la promesa divina- resurge siempre con prestigio
y vigor renovados.
¡Qué lejos quedaban ya las peleas a muerte por
alcanzar la tiara! Los romanos le aceptaron y aclamaron sinceramente
y León fue entronizado el 12 de febrero del 1049. Aquellos
romanos, cuyo corazón había sabido ganarse, apenas
le vieron durante los cinco años de su pontificado.
Nada más elegido como hiciera antes en Toul- tomó su
bordón de peregrino, y se echó a los caminos
para recorrer Europa. Quería estar en todas partes,
asistir a todos los sínodos, inspeccionar todas las
Iglesias, animar a todos los abades reformadores, extirpar
la simonía de los obispos, impedir que los sacerdotes
se casaran y, sobre todo, predicar a las gentes que, así,
tuvieron ocasión de calibrar un buen papa.
Ningún pontífíce había viajado
tanto como él. Y sería preciso esperar nueve
siglos para que otro papa, Juan Pablo II, superara su récord.
Ahora bien, tan
prolongadas ausencias exigían la existencia
de una sólida organización al frente de la Iglesia.
Y fue León IX quien inició las necesarias innovaciones
creando el colegio de cardenales tal como, a grandes rasgos,
ha llegado hasta hoy.
Al mismo tiempo,
internacionalizó esta especie de senado
de la Iglesia nombrando a varios extranjeros de gran valía,
en particular a los benedictinos Humberto de Moyenmoutier,
Federico de Lotaringia, el toscano Hildebrando -que fue verdaderamente
el primer secretario de Estado y un ministro de finanzas idóneo
y concienzudo-, y, por fin, a Pedro Damián, de Rávena.
Jamás había habido a la cabeza de la Iglesia
semejante equipo de reformadores.
No obstante, no
le faltaron problemas y pruebas al papa León.
En el sur de la península, los normandos acentuaban
su presión: Benevento pidió ayuda. El papa obtuvo
del emperador la promesa de un ejército, pero el consejero
Gebardo von Eichstaedt, futuro Víctor II, se opuso.
El 18 de junio del 1053 los normandos derrotaron a las débiles
tropas del papa y apresaron a éste llevándoselo
en cautividad. León permaneció encarcelado en
Benevento todo el invierno, ganándose, por la dignidad
de su comportamiento, el respeto de sus vencedores. Cuando
fue liberado y pudo regresar a Roma, el 12 de marzo del 1054,
los normandos habían fundado un nuevo reino que León
IX no tardaría en reconocer como soberano. Aquel hecho
se revelaría muy importante para los siglos venideros.
El papa no viviría más de un mes después
de su liberación. El 19 de abril se le extinguió la
vida en Roma, donde pronto fue aclamado como santo.
Otro gran problema
de su pontificado tendría un penoso
desenlace algunas semanas después de su muerte. Desde
hacía mucho tiempo la Iglesia de Oriente se iba alejando
progresivamente de Roma. El 16 de julio del 1054 la ruptura
se haría oficial y definitiva.
Es doloroso constatar
que la tensión entre Roma y Bizancio,
fraguada a lo largo de siglos por tantas incomprensiones mutuas,
y precipitada en los últimos tiempos por la decadencia
de los pontífices romanos, alcanzó precisamente
su punto crítico en el momento en que la silla de Pedro
estaba por fin ocupada por una personalidad que encarnaba,
en su forma más pura, la santidad y la grandeza del
papado.
El breve pontificado de León IX es uno de los ejemplos
más brillantes. Desde hacía un siglo, a partir
de Otón el Grande, era el emperador de Alemania quien
se obstinaba, en solitario, en salvar a la Iglesia. Del mismo
modo que quien se está ahogando mantiene a duras penas
la cabeza fuera del agua.
Victor Il
Roma se quedó sin papa cerca de un año. En noviembre,
los romanos enviaron una embajada al emperador, encabezada
por el cardenal Hildebrando, para urgirle a que propusiera
su candidato. Enrique III designó entonces a uno de
sus más próximos consejeros, aquel obispo de
Eichstaedt, Gebardo, que se había opuesto a la política
de León IX con relación a los normandos. Pero
Gebardo tardó cinco meses en dar su conformidad. Por
fin fue consagrado el 16 de abril del 1055 y tomó el
nombre de Víctor II.
Para Pentecostés convocó el papa un sínodo
en Florencia. El emperador quiso estar presente. Víctor
II dio a conocer allí su intención de proseguir
las reformas de su predecesor y de combatir con idéntico
rigor la simonía, el matrimonio de los sacerdotes y
la apropiación de los bienes de la Iglesia por parte
de los laicos. Para el logro de tales objetivos encontró en
el cardenal Hildebrando el colaborador ideal.
Víctor II se preocupaba también muy especialmente
de los intereses del emperador en Italia, quizá forzado
a ello porque Enrique le había nombrado conde de Espoleto
y le había confiado que administrara la marca de Fermo.
En septiembre del 1056 se volvió a entrevistar con el
emperador en Goslar. Y el 5 de octubre moría Enrique
III en Bodfeld, recomendándole al pontífice que
velara por el Imperio y por de su hijo, Enrique IV, que contaba
entonces cinco años de edad. Quince días después
celebró el papa en Spira los funerales por el emperador,
y en noviembre coronó a Enrique IV en Aix-la-Chapelle.
De regreso a Italia,
en febrero de 1057, Víctor II
presidiría todavía un sínodo en Letrán
el 18 de abril, y otro en Arezzo el 23 de julio - Murió cinco
días después y fue enterrado en Rávena.
Se clausuraba así la serie de aquellos cuatro papas
alemanes que tan eficazmente contribuyeron a la rehabilitación
y al resurgimiento del papado.
Esteban IX
Federico, hijo del
duque de Lotaringia (o de Lorena), era monje benedictino
y canónigo de la catedral de San Lamberto
en Lieja cuando fue llamado a Roma por León IX en octubre
del año 1050. Fue sucesivamente diácono, bibliotecario
y canciller de la Iglesia, y en 1054 formó parte de
la embajada que fue a Constantinopia para depositar sobre el
altar de Santa Sofía la bula de excomunión contra
Miguel Cerulario, con lo que se consumó el cisma de
Oriente.
Elegido papa a fines
de julio de 1057, fue entronizado el 3 de agosto y tomó el nombre de Esteban IX. No se pudo
esperar a que llegara la conformidad previa de la corte alemana,
que, por otra parte, comprendió las razones para tanta
urgencia y no se molestó por ello. El tiempo, en efecto,
apremiaba: se trataba de adelantarse a la nobleza romana, que
se aprestaba a imponer un papa opuesto a las reformas, lo que
hubiera significado volver a caer en los mismos errores de
los que a duras penas se estaba saliendo. Por demás,
elegir a Federico de Lotaringia suponía asegurarse el
apoyo de Godofredo, su hermano, que -tras la muerte de Enrique
III- se había convertido en el personaje más
poderoso de Italia.
Tan pronto como
fue consagrado, Esteban llamó a su
lado a Pedro Damián, al que nombró cardenal y
encargó muy especialmente de que prosiguiera la reforma
emprendida. Y Pedro comenzó a apoyarse en los patarinos, «pordioseros» como
les llamaban ciertos nobles con desprecio. La Pataria era un
movimiento popular que acababa de nacer en la región
de Milán. El pueblo se había movilizado contra
el clero simoníaco. Pedro Damián no podía
sino aplaudir aquel entusiasmo de las gentes sencillas por
las reformas queridas por el papa. Pero aquellos valientes
bien intencionados se excedieron en su cometido llegando a
la violencia y terminando por precipitarse en la heterodoxia.
Esteban IX, que al principio acogió a los patarinos
con simpatía, acabó por enfrentarse a ellos.
Esteban confió a su hermano Godofredo la administración
de la marca de Ancona y del ducado de Espoleto. Y proyectaba
incluso marchar con él contra los normandos del sur
cuando falleció el 29 de marzo del 1058, en Florencia.