El poder de la nobleza
Los esfuerzos anteriores por dejar en manos
de la Iglesia la elección papal, se ven opacados ante la fuerza de
las familias nobles, quienes, aún por medio de la
fuerza, luchaban por imponer a sus candidatos.
Gelasio II (1118-1119)
La «querella de las investiduras» vería
pronto su fin en el concordato de Worms de 23 de septiembre
de 1122. Hasta que ese instante llegara, iba a haber una nueva
víctima: el papa Gelasio II. Su pontificado, que duró exactamente
un año y cuatro días, fue, de principio a fin,
un verdadero calvario.
El 24 de enero del
año 1118 se reunieron los cardenales,
casi en secreto por miedo a las injerencias intempestivas del
emperador de Alemania, para dar un sucesor al difunto Pascual
II. La elección, realizada con rigurosa sujeción
a la normativa establecida, dio la mayoría de los votos
al cardenal-diácono Juan de Gaeta. Era un monje de aspecto
venerable, con el cabello totalmente blanco, formado desde
antiguo en Montecasino y que llevaba muchos años dirigiendo
los asuntos de la cancillería pontificio con eficacia
y competencia notables.
Nada más conocer el resultado del escrutinio, aquel
anciano, ajeno por completo a toda ambición, se puso
en pie e intentó que los electores modificaran su criterio
y eligieran a otro. En ese mismo momento se abrió con
gran estrépito la puerta del salón donde se hallaban
e irrumpió en él Cencio Frangipani, un noble
romano del partido del emperador, a la cabeza de sus seguidores
armados. Éstos se abalanzaron contra el recién
elegido papa, le propinaron una lluvia de puñetazos
y patadas, le ataron con cuerdas y le encerraron en un torreón
propiedad de los Frangipani.
Tan pronto supo
el pueblo lo sucedido, corrió al día
siguiente a liberar al nuevo pontífice que, a pesar
de aquella horrible noche de pesadillas, tuvo el valor de aceptar
su elección y grandeza de ánimo para perdonar
a sus agresores. Escogió el nombre de Gelasio II. Mas
cuando se estaba preparando el acto de su entronización
entró en Roma Enrique V, prevenido por Frangipani, casi
con sigilo. Gelasio escapó por muy poco y, después
de una huida muy accidentada, consiguió en Gaeta un
refugio bastante precario. Allí, el 10 de marzo del
año 1118, fue ordenado sacerdote y consagrado obispo.
El emperador se
negó a reconocerle e hizo nombrar en
Roma otro papa, Gregorio Vlll. Aquel antipapa consiguió con
sorprendente facilidad granjearse la simpatía de los
romanos, que fingieron desconocer la excomunión que
había lanzado Gelasio contra él y contra el emperador.
Actitud que se confirmó cuando el pontífice -una
vez que Enrique V se alejó de la Urbe camino del norte-
se arriesgó a regresar a Roma, vestido como un miserable
peregrino, y tuvo una acogida distante y poco calurosa. Unos
días después, en plena celebración de
la Santa Misa, fue otra vez atacado por los esbirros de Frangipani,
aunque en esta ocasión logró escapar. Al poco
tiempo lo hallaron unas mujeres que trabajaban el campo escondido
en un trigal, abandonado por todos y medio muerto de hambre.
Las labradoras le recogieron, le ayudaron a recuperar las fuerzas
y le animaron para que prosiguiera su fuga yendo hacia el norte.
El recibimiento
que le hicieron en Pisa le consoló un
tanto de los desprecios de Roma. Allí le hicieron el
honor de pedirle que consagrara la nueva catedral. De Pisa,
pasó Gelasio a Génova y luego a Lyon. Presidió un
sínodo en Vienne y, finalmente, se encaminó a
Cluny, adonde llegó agotado. Y donde encontró la
muerte vestido con su túnica de monje y echado sobre
el puro suelo.
Así terminó, el 29 de enero de 1119, uno de
los pontificados más dolorosos de toda la historia cristiana.
Sin que nadie, de entre los eclesiásticos, se preocupara
de rendir un homenaje al martirio moral de aquel papa venerable
que bien merecido tenía ser reconocido como un santo.
Calixto II (1119-1124)
Los cardenales que
habían acompañado a Gelasio
en su huida y habían estado presentes, en Cluny, en
sus últimos momentos, se apresuraron, a partir del 2
de febrero, a designar un sucesor: el arzobispo de Vienne,
conde Guido de Borgoña, emparentado con las casas reales
de Alemania, Francia, Inglaterra y Saboya, y tío de
Alfonso VII de Castilla, León y Galicia.
Era un hombre enérgico que no siempre reparaba en medios
para imponer su voluntad. Por ejemplo, cuando tomó posesión
del arzobispado de Vienne, se valió de falsedades para
reivindicar la primacía de su sede sobre la de Arlés.
Y cuando llegó al solio pontificio se valdría
de su posición para confirmar el hecho.
En el año 1112, presidiendo como legado del papa el
sínodo de Vienne, destacó por sus protestas contra
los privilegios que Enrique V le había arrancado un
año atrás a Pascual II y procedió a excomulgar
al emperador.
Coronado el 9 de
febrero de 1119, el nuevo papa, que asumió el
nombre de Calixto II, intentó al principio una aproximación
a Enrique, pero el fracaso de las negociaciones de Mouzon indujo
al pontífice a pronunciar otro anatema contra el emperador
en el sínodo de Reims de octubre de 1119. El año
siguiente se decidió Calixto a ir a Roma y en 1121 logró echar
de la Ciudad Eterna al antipapa Gregorio VIII. El fugitivo
fue a caer en manos de los normandos que, por orden del pontífice,
lo encerraron en un convento para el resto de sus días.
Como su posición en Roma quedaba asegurada, se propuso
entonces Calixto acabar con la cuestión de las investiduras.
Ya antes había enviado tres cardenales aliados a la
Dieta de Würzburg. Aquellos hombres cumplieron muy bien
su misión y consiguieron de los Príncipes Electores
que lo pactado quedara plasmado, el 23 de septiembre de 1122,
en el famoso concordato de Worms. El emperador renunciaba por
fin a la investidura eclesiástica, esto es, a conferir
el anillo y la cruz a los prelados. Los obispos, en lo sucesivo,
serían elegidos por los metropolitas, aunque en Alemania
tendría derecho el emperador a estar presente en la
elección. Por contra, reconocía el concordato
al monarca el derecho de conferir la investidura laica, es
decir, a entregar a los prelados el cetro, símbolo de
su autoridad temporal. Esta investidura por la entrega del
cetro se realizaría en Alemania antes de la consagración
episcopal del elegido; en Italia y en Borgoña tendría
lugar después.
De este modo, se
liquidaba la querella de las investiduras, provisionalmente
al menos. Habría que esperar a 1803
para que se produjera, con la secularización, la solución
definitiva. Para celebrar el acontecimiento, reunió en
Letrán, en 1123, un nuevo concilio ecuménico,
el primero que se celebraba en Occidente, puesto que todos
los anteriores se convocaron en Nicea, Constantinopla, Éfeso
y Calcedonia.
Antes de morir,
el 13 de diciembre de 1124, todavía
hizo Calixto que se erigiera en San Pedro de Roma el altar
papal que se utilizaría durante 470 años, antes
de que construyeran encima el que se usa en la actualidad.
Gregorio Vlll, antipapa (1118.1121)
En los últimos días de febrero de 1118 había
abandonado Roma el papa Gelasio, completamente abatido, escapando
por muy poco de caer en manos del emperador. Este interpretó la
fuga del pontífice, que había sido elegido a
sus espaldas, como una dimisión, y, puesto que Gelasio
ni siquiera era sacerdote y no había sido entronizado
por lo tanto, nombró otro papa.
El clan de los Frangipani
aseguró el triunfo de la
candidatura de Mauricio, el arzobispo de Braga, que vivía
refugiado en la corte de Enrique V desde hacía algunos
años. Elegido el 8 de marzo de 1118, asumió el
nombre de Gregorio VIII y fue reconocido de inmediato, no sólo
por la Iglesia de Alemania, sino también por las diócesis
del norte de Italia y por las de Inglaterra. Se abría
así la brecha de un nuevo cisma que, afortunadamente,
no duraría más que tres años.
Gregorio Vlll no era una personalidad cómoda. Originario
del sur de Francia, antiguo monje de Cluny, obispo de Coimbra
desde el año 1099, fue nombrado arzobispo de Braga diez
años después. Un conflicto de jurisdicciones
le enfrentó pronto con el que había sido su protector,
el arzobispo Bernardo de Toledo, se desplazó a Roma
para reivindicar sus derechos.
En 1114 Pascual
II dictaminó a su favor. Poco después,
sin embargo, el papa recortó notablemente los privilegios
del inquieto arzobispo, que no dudó en volverle la espalda
al pontífice, como antes lo había hecho con su
antiguo bienhechor de Toledo; Mauricio se pasó al bando
del emperador, y ¿cómo hubiera podido éste
recompensarle mejor que haciendo que le nombraran papa? "
Como Gregorio Vlll
era un espíritu ambicioso y enredador,
no tardó en decepcionar a sus partidarios. El mismo
emperador le retiraría su apoyo al poco tiempo. De manera
que no halló respaldo alguno cuando el papa Calixto
II entró en Roma. Cayó en manos de los normandos
-abril del 1121- que eran aliados de Calixto y éste
le despojó de todos sus derechos y dignidades y le cubrió de
insultos: de Sutri a Roma el infortunado Gregorio tuvo que
aguantar un castigo muy particular. Le pasearon montado sobre
un asno mientras el populacho le gritaba llamándole «Baudet»,
Baudinus, borrico, insulto que ya quedaría para siempre
unido a su nombre. Le encerraron en la abadía de La
Cava, sometido a una estrecha vigilancia. Desde allí le
trasladaron a Rocca Imola, cerca de Montecasino, y finalmente,
en 1125, a Castel Fumone. No se sabe exactamente cuándo
murió, aunque sí que aún vivía
en 1137 y que en ese año visitó de nuevo La Cava.
Honorio II (1124-1130)
El 15 de diciembre
de 1124, tras una elección realizada
en la forma debida, los cardenales hacían del cardenal-presbítero
Teobaldo Buccapecus el legítimo sucesor de Calixto II.
El elegido se impuso el nombre de Celestino Il.
Pero el mismo día de su designación los matones
del clan Frangipani le cayeron encima y le hicieron pagar caro
su deseo de ser papa. A la mañana siguiente renunció Celestino
II a su cargo en tanto que los Frangipani manipulaban a la
gente para que apoyara a su candidato, el cardenal-obispo de
Ostia, Lamberto de Fiagnano. Este aceptó enseguida el
puesto que dejaba libre el infortunado Celestino y asumió el
nombre de Honorio II. Los cardenales no tuvieron más
remedio que ratificar la elección y, para salvar las
apariencias, montaron unos días después la ceremonia
oportuna. En cuanto a Celestino, se cometió la injusticia
de inscribirlo en la lista de los antipapas...
Honorio procedía de una familia modesta de la región
de ímola. Había sido fiel a Gelasio hasta el
extremo de acompañarle en su exilio francés.
Se convirtió luego en el brazo derecho de Calixto y
llevó con notable habilidad las negociaciones que hicieron
posible el concordato de Worms de 1124. Constituía,
por tanto, Honorio una buena elección, un dichoso hallazgo,
a pesar del lamentable procedimiento que le llevó a
la silla de Pedro.
Efectivamente, supo
conservar unas buenas relaciones tanto con Francia como con
Inglaterra. En Alemania, tras la muerte
de Enrique V, que suponía la extinción de la
dinastía de los Salienos, ayudó a Lotario III
a subir al trono, tomando así partido frente a su rival,
Conrado de Hohenstaufen. En el norte de Italia logró el
papa atraerse al arzobispo de Rávena, que había
permanecido fiel al antipapa Gregorio Vlll. Por contra, en
el sur fracasó penosamente con los normandos. Desde
hacía bastante tiempo existía una cierta tensión
entre éstos y el papado. Su rey Rogerio II había
ocupado territorios de los Estados Pontificios y Honorio intentó recuperarlos.
La desunión de sus aliados, sin embargo, provocó su
derrota. El tratado de Benevento de 22 de agosto de 1128 consagró el
fracaso del papa: la región de Apulia pasaba a ser soberanía
del monarca normando.
Bajo el pontificado de Honorio II fue reconocida oficialmente
por la Iglesia la Orden de los Premonstratenses.
La muerte de Honorio, sucedida en Roma el 13 de febrero de
1130, iba a desatar nuevas y terribles rivalidades entre las
grandes familias de la nobleza romana.