Nuevo
cisma en Roma
Dos
grupos de cardenales se dan a la tarea de elegir al sucesor
de su preferencia, entonces, un nuevo cisma se cierne sobre
la Iglesia
Inocencio II (1130-1143)
Anacleto II (1130-1138)
La elección de un papa había provocado, con
harta frecuencia, verdaderos dramas. El decreto de 1059 se
propuso resolver el problema reservando esa tarea sólo
a los cardenales. La sucesión de Honorio II vino a demostrar,
sin embargo, que la cuestión no se había arreglado
todavía.
Recién fallecido Honorio II, veinte cardenales, todos
relativamente jóvenes y todos originarios del norte
de Italia y de Francia, se reunieron a toda prisa bajo la presidencia
del canciller Aimerico y, mediante formas jurídicas
no claras del todo, eligieron papa al cardenal-diácono
Gregorio Papareschi, del partido de los Frangipani, que había
sido uno de los legados signatarios del concordato de Worms
en 1124.
Unas horas más tarde de aquel mismo día -14
de febrero de 1130- otros veintidós cardenales, es decir,
la mayoría, designaron al cardenal Pedro Pierleone con
la más estricta sujeción a la normativa vigente.
Gregorio tomó el nombre de Inocencio II. Pedro asumió el
de Anacleto II. Comenzaba así un nuevo cisma que iba
a durar diez años.
Pedro Pierleone
procedía de una familia que había
prestado un decisivo apoyo a la reforma gregoriana. Había
estudiado en París, después de educarse en la
corte francesa junto al futuro Luis VI. Siendo monje en Cluny,
en 1116 fue nombrado por Pascual II cardenal-diácono
de los Santos Cosme y Damián; posteriormente, en 1120,
el papa Calixto II le hizo cardenal-presbítero de Santa
María en Trastévere. Legado pontificio en Inglaterra
en 1121 y en Francia durante los dos años siguientes,
aquel hombre, poseedor de una cultura más que notable,
prelado inteligente y reflexivo, y de intachables costumbres,
era -sin duda- la figura más prestigiosa del colegio
cardenalicio. Mas... he aquí que sus lejanos antepasados
eran judíos; su bisabuelo, Baruch-Benito Pierleone,
apenas hacía un siglo que se había convertido
al catolicismo. Y tener ascendientes judíos, en opinión
de algunos, constituía una tara que ni la más
sincera conversión podría nunca borrar.
Ése fue, en particular, el punto de vista de Bernardo
de Claraval, que, en el concilio de Etampes, en 1130, se refirió a
Pedro Pierleone como aquel «papa salido del ghetto»,
aquel «retoño de judío», y se puso
de parte de Inocencio II. Su argumento principal fue que casi
toda la Iglesia, las órdenes religiosas y los príncipes
-salvo Rogerio- estaban a su favor. Inocencio, por su parte,
al tener noticias de que Anacleto II había sido elegido
por una mayoría de los cardenales, huyó de Roma
y se refugió en Francia.
Anacleto, en cambio,
se quedó en la Urbe, apoyado por
toda la nobleza romana, la Italia del sur, los normandos del
rev Rogerio, Aquitania y Escocia, y esperaba también
el respaldo del monarca alemán Lotario III al que, según
la costumbre, había dado cuenta de su elección.
Pero lo mismo había hecho Inocencio II. ¿Por
quién se decidiría Lotario Ill? ¿Por Anacleto,
el elegido legítimamente por la mayoría de votos
del colegio cardenalicio, o por Inocencio, designado por un
grupo minoritario pero del que formaba parte el canciller Aimerico?
Lotario solicitó el arbitraje del sínodo de
Wurzburgo. El obispo Norberto de Magdeburgo, amigo de Bernardo
de Claraval, hizo que la balanza se venciera a favor del segundo.
Este Norberto pertenecía a los nuevos círculos
espiritualistas en los que se integraban, junto a Bernardo,
personalidades como Pedro el Venerable, Hugo de San Víctor
y todos los canónigos regulares. Se trataba de un nuevo
movimiento reformador, poderoso y muy extendido ya, gracias
al cual fue reconocido Inocencio II por Francia, Inglaterra,
Alemania y España.
En marzo de 1131,
en Lieja, Lotario III prometió a
Inocencio que le reconquistaría Roma. La expedición,
que tuvo lugar dos años después sólo fue
un éxito a medias. La Ciudad Leonina, el castillo de
Santángelo y la iglesia de San Pedro resultaron inexpugnables.
Al menos, Inocencio II pudo agradecer la ayuda del rey alemán
consagrándole emperador, en Letrán, el 4 de junio
de 1133. Pero nada más irse Lotario, Anacleto y los
suyos salieron de sus fortalezas, provocando de nuevo la huida
de Inocencio II. Decidió éste fijar su residencia
en Pisa, desde donde conjuró al emperador, muchísimas
veces, para que fuera a ayudarle a reconquistar Roma y el sur
de Italia.
En 1136 logró Lotario III vencer a los normandos del
rey Rogerio, y entregó la región de Apulia a
Rainulfo de Alife. Pero las relaciones entre el emperador e
Inocencio II se agriaron a propósito de Monte-casino:
el papa quería tenerlo estrechamente sometido a la jurisdicción
romana, en tanto que el monarca alemán consiguió imponer
como abad a su candidato, Wibaldo de Stablo.
El 25 de enero de
1138 murió Anacleto II en Roma. Su
sucesor, Víctor IV se dejó convencer por Bernardo
de Claraval y abdicó el 29 de mayo de aquel mismo año.
Inocencio II se quedó sólo. En 1139 convocó el
II concilio de Letrán -décimo de los ecuménicos-
para proclamar el final del cisma, la excomunión póstuma
de Anacleto y la condena de Rogerio II. Mas no por eso se acabaron
las preocupaciones para el papa.
Rogerio II de Sicilia
se había alzado de nuevo: quería
recuperar lo que había perdido dos años antes.
Inocencio le atacó y cayó prisionero. La cautividad
del pontífice, sin embargo, no fue muy larga. El 27
de julio de 1139, por el tratado de Migniano, el rey Rogerio
reconoció a Inocencio como papa y aceptó su soberanía.
En 1141 se torcieron
las relaciones con Luis Vll. El joven rey de Francia había vetado, para la sede episcopal
de Bourges, al candidato del papa, Pedro de la Chátre.
Inocencio reaccionó lanzando un entredicho sobre el
reino.
Al año siguiente fue Roma la que se sublevó contra
el pontífice. Instigado por un discípulo de Abelardo,
Arnaldo de Brescia, el Senado romano pretendió que la
Urbe se constituyera en Comuna o República, a ejemplo
de otras ciudades del norte de Italia. Los disturbios por este
motivo duraron cuarenta y cuatro años. En tales circunstancias,
la vida de Inocencio II se extinguió en Roma el 24 de
septiembre de 1143.
Celestino II (1143-1144)
Un discípulo de Abelardo, Arnaldo de Brescia, estaba
incitando al Senado a que proclamara la República romana.
No es, pues, casualidad que otro discípulo de Abelardo,
el cardenal Guido de Castellis, fuera elegido papa a los dos
días de morir Inocencio II. Su pontificado no duraría
más de seis meses. Celestino II levantó el entredicho
que pesaba sobre las tierras del rey de Francia, Luis Vll,
y ratificó el tratado de Migniano concluido entre Rogerio
11 e Inocencio. Le faltó tiempo para promover de manera
eficaz la re forma de la Iglesia. Murió el 8 de marzo
de 1144.
Lucio II (1144-1145)
El cardenal Gerardo
de Caccianemici, canciller y bibliotecario de la Iglesia,
fue elegido el 12 de marzo del año 1144
para suceder a Celestino II. Tomó el nombre de Lucio
II. Su pontificado no llegaría al año, pero iba
a ser intenso en preocupaciones.
El rey de Sicilia,
Rogerio II, a pesar de la reciente ratificación
del tratado de Migniano, se mantenía amenazante; los
cardenales se pronunciaron por la reanudación de las
hostilidades. Hicieron todo lo posible para obstaculizar los
esfuerzos del papa, quien, a pesar de todo, logró imponer
la idea de una tregua de siete años.
La situación en Roma era más grave aún.
El propio hermano del papa Anacleto II, el infortunado rival
de Inocencio II, fue proclamado Patricio de los Romanos y jefe
de la República autónoma. El papa, que esperó en
vano la ayuda del rey de Alemania Conrado III, sólo
encontró apoyo en la nobleza de la Urbe, refractaria
a las ideas republicanas. Se combatía en las calles.
El 15 de febrero
de 1145, con ocasión de un enfrentamiento
particularmente duro con el pueblo de Roma en las inmediaciones
del Capitolio, Lucio II cayó mortalmente herido por
una pedrada. Aquel mismo día fue elegido su sucesor.