1. «Quédate con nosotros, Señor, porque
atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29). Ésta
fue la invitación apremiante que, la tarde misma del
día de la resurrección, los dos discípulos
que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante
que a lo largo del trayecto se había unido a ellos.
Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel
desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No
obstante, habían experimentado cómo «ardía» su
corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les
hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de
la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se
les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la
penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío
que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba
la esperanza y abría su espíritu al deseo de
la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron,
y Él aceptó. Poco después el rostro de
Jesús desaparecería, pero el Maestro se había
quedado veladamente en el «pan partido», ante el
cual se habían abierto sus ojos.
2. El icono de los discípulos de Emaús viene
bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada
especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía.
En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de
nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose
nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación
de las Escrituras, en la comprensión de los misterios
de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz
de la Palabra se añade la que brota del «Pan de
vida», con el cual Cristo cumple a la perfección
su promesa de «estar con nosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).
3. La «fracción del pan» —como al
principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado
siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo
hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte
y resurrección. En ella se le recibe a Él en
persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn
6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna,
merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén
celeste. Varias veces, y recientemente en la Encíclica
Ecclesia de Eucharistia, siguiendo la enseñanza de los
Padres, de los Concilios Ecuménicos y también
de mis Predecesores, he invitado a la Iglesia a reflexionar
sobre la Eucaristía. Por tanto, en este documento no
pretendo repetir las enseñanzas ya expuestas, a las
que me remito para que se profundicen y asimilen. No obstante,
he considerado que sería de gran ayuda, precisamente
para lograr este objetivo, un Año entero dedicado a
este admirable Sacramento.
4. Como es sabido, el Año de la Eucaristía abarca
desde octubre de 2004 a octubre de 2005. Dos acontecimientos
me han brindado una ocasión propicia para esta iniciativa,
y marcarán su comienzo y su final: el Congreso Eucarístico
Internacional, en programa del 10 al 17 de octubre de 2004
en Guadalajara (México), y la Asamblea Ordinaria del
Sínodo de los Obispos, que se tendrá en el Vaticano
del 2 al 29 de octubre de 2005 sobre el tema «La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia».
Otra consideración me ha inducido a dar este paso: durante
este año se celebrará la Jornada Mundial de la
Juventud, que tendrá lugar en Colonia del 16 al 21 de
agosto de 2005. La Eucaristía es el centro vital en
torno al cual deseo que se reúnan los jóvenes
para alimentar su fe y su entusiasmo. Ya desde hace tiempo
pensaba en una iniciativa eucarística de este tipo.
En efecto, la Eucaristía representa una etapa natural
de la trayectoria pastoral que he marcado a la Iglesia, especialmente
desde los años de preparación del Jubileo, y
que he retomado en los años sucesivos.
5. En esta Carta apostólica me propongo subrayar la
continuidad de dicha trayectoria, para que sea más fácil
a todos comprender su alcance espiritual. Por lo que se refiere
al desarrollo concreto del Año de la Eucaristía,
cuento con la solicitud personal de los Pastores de las Iglesias
particulares, a los cuales la devoción a tan gran Misterio
inspirará diversas actividades. Además, mis Hermanos
Obispos comprenderán fácilmente que esta iniciativa,
al poco de concluir el Año del Rosario, se sitúa
en un nivel espiritual tan profundo que en modo alguno interfiere
en los programas pastorales de cada Iglesia. Más aún,
puede iluminarlos con provecho, anclándolos, por así decir,
en el Misterio que es la raíz y el secreto de la vida
espiritual tanto de los fieles, como de toda iniciativa eclesial.
Por tanto, no pretendo interrumpir el «camino» pastoral
que está siguiendo cada Iglesia, sino acentuar en él
la dimensión eucarística propia de toda la vida
cristiana. Por mi parte, deseo ofrecer con esta Carta algunas
orientaciones de fondo, confiando en que el Pueblo de Dios,
en sus diferentes sectores, acoja mi propuesta con diligente
docilidad y férvido amor.
I
EN
LA LÍNEA DEL CONCILIO
Y DEL JUBILEO
Con la mirada puesta en Cristo
6. Hace diez años, con la Tertio millennio adveniente
(10 de noviembre de 1994), tuve el gozo de indicar a la Iglesia
el camino de preparación para el Gran Jubileo del Año
2000. Consideré que esta ocasión histórica
se perfilaba en el horizonte como una gracia singular. Ciertamente
no me hacía ilusiones de que un simple dato cronológico,
aunque fuera sugestivo, comportara de por sí grandes
cambios. Desafortunadamente, después del principio del
Milenio los hechos se han encargado de poner de relieve una
especie de cruda continuidad respecto a los acontecimientos
anteriores y, a menudo, los peores. Se ha ido perfilando así un
panorama que, junto con perspectivas alentadoras, deja entrever
oscuras sombras de violencia y sangre que nos siguen entristeciendo.
Pero, invitando a la Iglesia a celebrar el Jubileo de los dos
mil años de la Encarnación, estaba muy convencido —y
lo estoy todavía, ¡más que nunca!— de
trabajar «a largo plazo» para la humanidad.
En efecto, Cristo no sólo es el centro de la historia
de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad.
Todo se recapitula en Él (cf. Ef 1,10; Col 1,15-20).
Hemos de recordar el vigor con el cual el Concilio Ecuménico
Vaticano II, citando al Papa Pablo VI, afirmó que Cristo «es
el fin de la historia humana, el punto en el que convergen
los deseos de la historia y de la civilización, centro
del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud
de sus aspiraciones».[1] La enseñanza del Concilio
profundizó en el conocimiento de la naturaleza de la
Iglesia, abriendo el ánimo de los creyentes a una mejor
comprensión, tanto de los misterios de la fe como de
las realidades terrenas a la luz de Cristo. En Él, Verbo
hecho carne, se revela no sólo el misterio de Dios,
sino también el misterio del hombre mismo.[2] En Él,
el hombre encuentra redención y plenitud.
7. Al inicio de mi Pontificado, en la
Encíclica Redemptor
hominis, expuse ampliamente esta temática que he retomado
en otras ocasiones. El Jubileo fue el momento propicio para
llamar la atención de los creyentes sobre esta verdad
fundamental. La preparación de aquel gran acontecimiento
fue totalmente trinitaria y cristocéntrica. En dicho
planteamiento no se podía olvidar la Eucaristía.
Al disponernos hoy a celebrar un Año de la Eucaristía,
me es grato recordar que ya en la Tertio millennio adveniente
escribí: «El Dos mil será un año
intensamente eucarístico: en el sacramento de la Eucaristía
el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte
siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad
como fuente de vida divina».[3] El Congreso Eucarístico
Internacional celebrado en Roma concretó este aspecto
del Gran Jubileo. Vale la pena recordar también que,
en plena preparación del Jubileo, en la Carta apostólica
Dies Domini propuse a la consideración de los creyentes
el tema del «Domingo» como día del Señor
resucitado y día especial de la Iglesia. Invité entonces
a todos a redescubrir el corazón del domingo en la Celebración
eucarística.[4]
Contemplar
con María el rostro
de Cristo
8. La herencia del Gran Jubileo se recogió en cierto
modo en la Carta apostólica Novo millennio ineunte.
En este documento de carácter programático sugerí una
perspectiva de compromiso pastoral basado en la contemplación
del rostro de Cristo, en el marco de una pedagogía eclesial
capaz de aspirar a un «alto grado» de santidad,
al que se llega especialmente mediante el arte de la oración.[5]
Tampoco podía faltar en esta perspectiva el compromiso
litúrgico y, de modo particular, la atención
a la vida eucarística. Escribí entonces: «En
el siglo XX, especialmente a partir del Concilio, la comunidad
cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar los Sacramentos
y sobre todo la Eucaristía. Es preciso insistir en este
sentido, dando un realce particular a la Eucaristía
dominical y al domingo mismo, sentido como día especial
de la fe, día del Señor resucitado y del don
del Espíritu, verdadera Pascua de la semana».[6]
En el contexto de la educación a la oración,
invité también a cultivar la Liturgia de las
Horas, con la que la Iglesia santifica el curso del día
y la sucesión del tiempo en la articulación propia
del año litúrgico.
9. Posteriormente, con la convocatoria
del Año del
Rosario y la publicación de la Carta apostólica
Rosarium Virginis Mariae, mediante la reiterada propuesta del
Rosario, volví a proponer la contemplación del
rostro de Cristo desde la perspectiva mariana. Efectivamente,
esta oración tradicional, tan recomendada por el Magisterio
y tan arraigada en el Pueblo de Dios, tiene un carácter
marcadamente bíblico y evangélico, centrado sobre
todo en el nombre y el rostro de Jesús, contemplando
sus misterios y repitiendo las avemarías. Su ritmo repetitivo
es una especie de pedagogía del amor, orientada a promover
el mismo amor que María tiene por su Hijo. Por eso,
madurando ulteriormente un itinerario multisecular, he querido
que esta forma privilegiada de contemplación completara
su estructura de verdadero «compendio del Evangelio»,
integrando en ella los misterios de la luz.[7] Y, ¿no
corresponde a la Santísima Eucaristía estar en
el vértice de los misterios de luz?
Del
Año del Rosario al Año de la Eucaristía
10. Justo en el corazón del Año del Rosario
promulgué la Encíclica Ecclesia de Eucharistia,
en la cual ilustré el misterio de la Eucaristía
en su relación inseparable y vital con la Iglesia. Exhorté a
todos a celebrar el Sacrificio eucarístico con el esmero
que se merece, dando a Jesús presente en la Eucaristía,
incluso fuera de la Misa, un culto de adoración digno
de un Misterio tan grande. Recordé sobre todo la exigencia
de una espiritualidad eucarística, presentando el modelo
de María como «mujer eucarística».[8]
El Año de la Eucaristía tiene, pues, un trasfondo
que se ha ido enriqueciendo de año en año, si
bien permaneciendo firmemente centrado en el tema de Cristo
y la contemplación de su rostro. En cierto sentido,
se propone como un año de síntesis, una especie
de culminación de todo el camino recorrido. Podrían
decirse muchas cosas para vivir bien este Año. Me limitaré a
indicar algunas perspectivas que pueden ayudar a que todos
adopten actitudes claras y fecundas.
II
LA
EUCARISTÍA, MISTERIO DE LUZ
«Les explicó lo que se refería a él
en toda la Escritura» (Lc 24,27)
11. El relato de la aparición de Jesús resucitado
a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar
un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca
debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La
Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido
puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad
y la vida cristiana?
Jesús se presentó a sí mismo como la «luz
del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta
evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración
y la Resurrección, en los que resplandece claramente
su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la
gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico
es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente
a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo
se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce
al creyente en las profundidades de la vida divina. En una
feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad
de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa
en el centro de la vida trinitaria.
12. La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada
Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia
eucarística, en la unidad de las dos «mesas»,
la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en
el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde
el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental
de su misterio a la declaración de la dimensión
propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos
que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes,
llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles
y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a
quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida
eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos
de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando
por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda
la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc
24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones
de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza
y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer
con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf.
Lc24,29).
13. Los Padres del Concilio Vaticano
II, en la Constitución
Sacrosanctum Concilium, establecieron que la «mesa de
la Palabra» abriera más ampliamente los tesoros
de la Escritura a los fieles.[9] Por eso permitieron que la
Celebración litúrgica, especialmente las lecturas
bíblicas, se hiciera en una lengua conocida por todos.
Es Cristo mismo quien habla cuando en la Iglesia se lee la
Escritura.[10] Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente
la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada
a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana.[11]
Cuarenta años después del Concilio, el Año
de la Eucaristía puede ser una buena ocasión
para que las comunidades cristianas hagan una revisión
sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos
se proclamen en una lengua conocida si la proclamación
no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha
devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra
de Dios toque la vida y la ilumine.
«Lo
reconocieron al partir el pan»(Lc
24,35)
14. Es significativo que los dos discípulos de Emaús,
oportunamente preparados por las palabras del Señor,
lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo
de la «fracción del pan». Una vez que las
mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados,
los signos «hablan». La Eucaristía se desarrolla
por entero en el contexto dinámico de signos que llevan
consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los
signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del
creyente.
Como he subrayado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia,
es importante que no se olvide ningún aspecto de este
Sacramento. En efecto, el hombre está siempre tentado
a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras
que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones
del Misterio. «La Eucaristía es un don demasiado
grande para admitir ambigüedades y reducciones».[12]
15. No hay duda de que el aspecto más evidente de la
Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la
noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual. Por
tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite: «Tomad,
comed... Tomó luego una copa y... se la dio diciendo:
Bebed de ella todos...» (Mt 26,26.27). Este aspecto expresa
muy bien la relación de comunión que Dios quiere
establecer con nosotros y que nosotros mismos debemos desarrollar
recíprocamente.
Sin embargo, no se puede olvidar que
el banquete eucarístico
tiene también un sentido profunda y primordialmente
sacrificial.[13] En él Cristo nos presenta el sacrificio
ofrecido una vez por todas en el Gólgota. Aun estando
presente en su condición de resucitado, Él muestra
las señales de su pasión, de la cual cada Santa
Misa es su «memorial», como nos recuerda la Liturgia
con la aclamación después de la consagración: «Anunciamos
tu muerte, proclamamos tu resurrección...». Al
mismo tiempo, mientras actualiza el pasado, la Eucaristía
nos proyecta hacia el futuro de la última venida de
Cristo, al final de la historia. Este aspecto «escatológico» da
al Sacramento eucarístico un dinamismo que abre al camino
cristiano el paso a la esperanza.
«Yo estoy con vosotros todos los días»(Mt
28,20)
16. Todos estos aspectos de la Eucaristía confluyen
en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio
de la presencia «real». Junto con toda la tradición
de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas
está realmente presente Jesús. Una presencia —como
explicó muy claramente el Papa Pablo VI— que se
llama «real» no por exclusión, como si las
otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia,
porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente
en la realidad de su cuerpo y de su sangre.[14] Por esto la
fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes
de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia
da a los diversos aspectos —banquete, memorial de la
Pascua, anticipación escatológica— un alcance
que va mucho más allá del puro simbolismo. La
Eucaristía es misterio de presencia, a través
del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús
de estar con nosotros hasta el final del mundo.
Celebrar, adorar, contemplar
17. ¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que
ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa
Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad
se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según
las normas establecidas, con la participación del pueblo,
la colaboración de los diversos ministros en el ejercicio
de las funciones previstas para ellos, y cuidando también
el aspecto sacro que debe caracterizar la música litúrgica.
Un objetivo concreto de este Año de la Eucaristía
podría ser estudiar a fondo en cada comunidad parroquial
la Ordenación General del Misal Romano. El modo más
adecuado para profundizar en el misterio de la salvación
realizada a través de los «signos» es seguir
con fidelidad el proceso del año litúrgico. Los
Pastores deben dedicarse a la catequesis «mistagógica»,
tan valorada por los Padres de la Iglesia, la cual ayuda a
descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia,
orientando a los fieles a pasar de los signos al misterio y
a centrar en él toda su vida.
18. Hace falta, en concreto, fomentar,
tanto en la celebración
de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella,
la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando
de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los
movimientos y todo el modo de comportarse. A este respecto,
las normas recuerdan —y yo mismo lo he recordado recientemente[15]— el
relieve que se debe dar a los momentos de silencio, tanto en
la celebración como en la adoración eucarística.
En una palabra, es necesario que la manera de tratar la Eucaristía
por parte de los ministros y de los fieles exprese el máximo
respeto.[16] La presencia de Jesús en el tabernáculo
ha de ser como un polo de atracción para un número
cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de
estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos
de su corazón. «¡Gustad y ved qué bueno
es el Señor¡» (Sal 33 [34],9).
La adoración eucarística fuera de la Misa debe
ser durante este año un objetivo especial para las comunidades
religiosas y parroquiales. Postrémonos largo rato ante
Jesús presente en la Eucaristía, reparando con
nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso
los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del
mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal
y comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexiones
y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en la
experiencia de tantos místicos antiguos y recientes.
El Rosario mismo, considerado en su sentido profundo, bíblico
y cristocéntrico, que he recomendado en la Carta apostólica
Rosarium Virginis Mariae, puede ser una ayuda adecuada para
la contemplación eucarística, hecha según
la escuela de María y en su compañía.[17]
Que este año se viva con particular fervor la solemnidad
del Corpus Christi con la tradicional procesión. Que
la fe en Dios que, encarnándose, se hizo nuestro compañero
de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras
calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro
amor agradecido y fuente de inagotable bendición.
III
LA
EUCARISTÍA
FUENTE Y EPIFANÍA DE COMUNIÓN
«Permaneced
en mí, y yo en vosotros» (Jn
15,4)
19. Cuando los discípulos de Emaús le pidieron
que se quedara «con» ellos, Jesús contestó con
un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía
encontró el modo de quedarse «en» ellos.
Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión
con Jesús. «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn
15,4). Esta relación de íntima y recíproca «permanencia» nos
permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No
es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No
es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia
su designio de salvación? Él ha puesto en el
corazón del hombre el «hambre» de su Palabra
(cf. Am 8,11), un hambre que sólo se satisfará en
la plena unión con Él. Se nos da la comunión
eucarística para «saciarnos» de Dios en
esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en
el cielo.
Un solo pan, un solo cuerpo
20. Pero la especial intimidad que se
da en la «comunión» eucarística
no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente
fuera de la comunión eclesial. Esto lo he subrayado
repetidamente en la Encíclica Ecclesia de ucharistia.
La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina «con Cristo» en
la medida en que se está en relación «con
su cuerpo». Para crear y fomentar esta unidad Cristo
envía el Espíritu Santo. Y Él mismo la
promueve mediante su presencia eucarística. En efecto,
es precisamente el único Pan eucarístico el que
nos hace un solo cuerpo. El apóstol Pablo lo afirma: «Un
solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de
un solo pan» (1 Co 10,17). En el misterio eucarístico
Jesús edifica la Iglesia como comunión, según
el supremo modelo expresado en la oración sacerdotal: «Como
tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me
has enviado» (Jn 17,21).
21. La Eucaristía es fuente de la unidad eclesial y,
a la vez, su máxima manifestación. La Eucaristía
es epifanía de comunión. Por ello la Iglesia
establece ciertas condiciones para poder participar de manera
plena en la Celebración eucarística.[18] Son
exigencias que deben hacernos tomar conciencia cada vez más
clara de cuán exigente es la comunión que Jesús
nos pide. Es comunión jerárquica, basada en la
conciencia de las distintas funciones y ministerios, recordada
también continuamente en la plegaria eucarística
al mencionar al Papa y al Obispo diocesano. Es comunión
fraterna, cultivada por una «espiritualidad de comunión» que
nos mueve a sentimientos recíprocos de apertura, afecto,
comprensión y perdón.[19]
«Un solo corazón y una sola alma»(Hch
4,32)
22. En cada Santa Misa nos sentimos interpelados
por el ideal de comunión que el libro de los Hechos de los Apóstoles
presenta como modelo para la Iglesia de todos los tiempos.
La Iglesia congregada alrededor de los Apóstoles, convocada
por la Palabra de Dios, es capaz de compartir no sólo
lo que concierne los bienes espirituales, sino también
los bienes materiales (cf. Hch 2,42- 47; 4,32-35). En este
Año de la Eucaristía el Señor nos invita
a acercarnos lo más posible a este ideal. Que se vivan
con particular intensidad los momentos ya sugeridos por la
liturgia para la «Misa estacional», que el Obispo
celebra en la catedral con sus presbíteros y diáconos,
y con la participación de todo el Pueblo de Dios. Ésta
es la principal «manifestación» de la Iglesia.[20]
Pero será bueno promover otras ocasiones significativas
también en las parroquias, para que se acreciente el
sentido de la comunión, encontrando en la Celebración
eucarística un renovado fervor.
El
Día del Señor
23. Es de desear vivamente que en este
año se haga
un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el
Domingo como día del Señor y día de la
Iglesia. Sería motivo de satisfacción si se meditase
de nuevo lo que ya escribí en la Carta apostólica
Dies Domini. «En efecto, precisamente en la Misa dominical
es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa
la experiencia que tuvieron los Apóstoles la tarde de
Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando
reunidos (cf. Jn 20,19). En aquel pequeño núcleo
de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba en cierto
modo presente el Pueblo de Dios de todos los tiempos».[21]
Que los sacerdotes en su trabajo pastoral presten, durante
este año de gracia, una atención todavía
mayor a la Misa dominical, como celebración en la que
los fieles de una parroquia se reúnen en comunidad,
constatando cómo participan también ordinariamente
los diversos grupos, movimientos y asociaciones presentes en
la parroquia.
IV
LA
EUCARISTÍA
PRINCIPIO Y PROYECTO DE «MISIÓN»
«
Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» (Lc
24,33)
24. Los dos discípulos de Emaús, tras haber
reconocido al Señor, «se levantaron al momento» (Lc
24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído.
Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose
de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría
sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado
continuamente en la intimidad eucarística, suscita en
la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar
y dar testimonio. Lo subrayé precisamente en la homilía
en que anuncié el Año de la Eucaristía,
refiriéndome a las palabras de Pablo: «Cada vez
que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis
la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Co 11,26).
El Apóstol relaciona íntimamente el banquete
y el anuncio: entrar en comunión con Cristo en el memorial
de la Pascua significa experimentar al mismo tiempo el deber
de ser misioneros del acontecimiento actualizado en el rito.[22]
La despedida al finalizar la Misa es como una consigna que
impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación
del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad.
25. La Eucaristía no sólo proporciona la fuerza
interior para dicha misión, sino también, en
cierto sentido, su proyecto. En efecto, la Eucaristía
es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y,
por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en
la cultura. Para lograrlo, es necesario que cada fiel asimile,
en la meditación personal y comunitaria, los valores
que la Eucaristía expresa, las actitudes que inspira,
los propósitos de vida que suscita. ¿Por qué no
ver en esto la consigna especial que podría surgir del
Año de la Eucaristía?
Acción
de gracias
26. Un elemento fundamental de este «proyecto» aparece
ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»:
acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio,
en su «sí» incondicional a la voluntad del
Padre, está el «sí», el «gracias»,
el «amén» de toda la humanidad. La Iglesia
está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad.
Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada,
que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia
del hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida
cotidiana, donde se trabaja y se vive —en la familia,
la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones
de vida—, significa, además, testimoniar que la
realidad humana no se justifica sin referirla al Creador: «Sin
el Creador la criatura se diluye».[23] Esta referencia
trascendente, que nos obliga a un continuo «dar gracias» —justamente
a una actitud eucarística— por lo todo lo que
tenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía
de las realidades terrenas,[24] sino que la sitúa en
su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus
propios límites.
En este Año de la Eucaristía los cristianos
se han de comprometer más decididamente a dar testimonio
de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar
de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy
alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve
una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza
y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública
a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de
las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes
de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores,
inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión
del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas»,
sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces.
Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo
en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un
torturador.
El camino de la solidaridad
27. La Eucaristía no sólo es expresión
de comunión en la vida de la Iglesia; es también
proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración
eucarística la Iglesia renueva continuamente su conciencia
de ser «signo e instrumento» no sólo de
la íntima unión con Dios, sino también
de la unidad de todo el género humano.[25] La Misa,
aun cuando se celebre de manera oculta o en lugares recónditos
de la tierra, tiene siempre un carácter de universalidad.
El cristiano que participa en la Eucaristía aprende
de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad
en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante
de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el
espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela
más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía
como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres
que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la
vida social, cultural y política, sean artesanos de
diálogo y comunión.
Al
servicio de los últimos
28. Hay otro punto aún sobre el que quisiera llamar
la atención, porque en él se refleja en gran
parte la autenticidad de la participación en la Eucaristía
celebrada en la comunidad: se trata de su impulso para un compromiso
activo en la edificación de una sociedad más
equitativa y fraterna. Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía
la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios
de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones
humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio: «Quien
quiera ser el primero, que sea el último de todos y
el servidor de todos» (Mc 9,35). No es casual que en
el Evangelio de Juan no se encuentre el relato de la institución
eucarística, pero sí el «lavatorio de los
pies» (cf. Jn 13,1-20): inclinándose para lavar
los pies a sus discípulos, Jesús explica de modo
inequívoco el sentido de la Eucaristía. A su
vez, san Pablo reitera con vigor que no es lícita una
celebración eucarística en la cual no brille
la caridad, corroborada al compartir efectivamente los bienes
con los más pobres (cf. 1 Co 11,17-22.27-34).
¿Por qué, pues, no hacer de este Año
de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas
y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con
generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas
de nuestro mundo? Pienso en el drama del hambre que atormenta
a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades
que flagelan a los Países en desarrollo, en la soledad
de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego
de los emigrantes. Se trata de males que, si bien en diversa
medida, afectan también a las regiones más opulentas.
No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular,
por la atención a los necesitados se nos reconocerá como
verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35; Mt 25,31-46).
En base a este criterio se comprobará la autenticidad
de nuestras celebraciones eucarísticas.
CONCLUSIÓN
29.O Sacrum Convivium, in quo Christus
sumitur! El Año
de la Eucaristía nace de la conmoción de la Iglesia
ante este gran Misterio. Una conmoción que me embarga
continuamente. De ella surgió la Encíclica Ecclesia
de Eucharistia. Considero como una grande gracia del vigésimo
séptimo año de ministerio petrino que estoy a
punto de iniciar, el poder invitar ahora a toda la Iglesia
a contemplar, alabar y adorar de manera especial este inefable
Sacramento. Que el Año de la Eucaristía sea para
todos una excelente ocasión para tomar conciencia del
tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que
sea estímulo para celebrar la Eucaristía con
mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida
cristiana transformada por el amor.
En esta perspectiva se podrán realizar muchas iniciativas,
según el criterio de los Pastores de las Iglesias particulares.
A este respecto, la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos ofrecerá propuestas
y sugerencias útiles. Pero no pido que se hagan cosas
extraordinarias, sino que todas las iniciativas se orienten
a una mayor interioridad. Aunque el fruto de este Año
fuera solamente avivar en todas las comunidades cristianas
la celebración de la Misa dominical e incrementar la
adoración eucarística fuera de la Misa, este
Año de gracia habría conseguido un resultado
significativo. No obstante, es bueno apuntar hacia arriba,
sin conformarse con medidas mediocres, porque sabemos que podemos
contar siempre con la ayuda Dios.
30. A vosotros, queridos Hermanos en
el Episcopado, os confío
este Año, con la seguridad de que acogeréis mi
invitación con todo vuestro ardor apostólico.
Vosotros, sacerdotes, que repetís cada día las
palabras de la consagración y sois testigos y anunciadores
del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos,
dejaos interpelar por la gracia de este Año especial,
celebrando cada día la Santa Misa con la alegría
y el fervor de la primera vez, y haciendo oración frecuentemente
ante el Sagrario.
Que sea un Año de gracia para vosotros, diáconos,
entregados al ministerio de la Palabra y al servicio del Altar.
También vosotros, lectores, acólitos, ministros
extraordinarios de la comunión, tomad conciencia viva
del don recibido con las funciones que se os han confiado para
una celebración digna de la Eucaristía.
Me dirijo el particular a vosotros, futuros
sacerdotes: en la vida del Seminario tratad de experimentar
la delicia, no
sólo de participar cada día en la Santa Misa,
sino también de dialogar reposadamente con Jesús
Eucaristía.
Vosotros, consagrados y consagradas,
llamados por vuestra propia consagración a una contemplación más
prolongada, recordad que Jesús en el Sagrario espera
teneros a su lado para rociar vuestros corazones con esa íntima
experiencia de su amistad, la única que puede dar sentido
y plenitud a vuestra vida.
Todos vosotros, fieles, descubrid nuevamente
el don de la Eucaristía como luz y fuerza para vuestra vida cotidiana
en el mundo, en el ejercicio de la respectiva profesión
y en las más diversas situaciones. Descubridlo sobre
todo para vivir plenamente la belleza y la misión de
la familia.
En fin, espero mucho de vosotros, jóvenes, y os renuevo
la cita en Colonia para la Jornada Mundial de la Juventud.
El tema elegido —«Venimos a adorarlo» (Mt
2,2)— es particularmente adecuado para sugeriros la actitud
apropiada para vivir este año eucarístico. Llevad
al encuentro con Jesús oculto bajo las especies eucarísticas
todo el entusiasmo de vuestra edad, de vuestra esperanza, de
vuestra capacidad de amar.
31. Tenemos ante nuestros ojos los ejemplos
de los Santos, que han encontrado en la Eucaristía el alimento para
su camino de perfección. Cuántas veces han derramado
lágrimas de conmoción en la experiencia de tan
gran misterio y han vivido indecibles horas de gozo «nupcial» ante
el Sacramento del altar. Que nos ayude sobre todo la Santísima
Virgen, que encarnó con toda su existencia la lógica
de la Eucaristía. «La Iglesia, tomando a María
como modelo, ha de imitarla también en su relación
con este santísimo Misterio».[26] El Pan eucarístico
que recibimos es la carne inmaculada del Hijo: «Ave verum
corpus natum de Maria Virgine». Que en este Año
de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia reciba
un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez
más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de
toda su vida.
Que llegue a todos, como portadora de
gracia y gozo, mi Bendición.
Vaticano, 7 de octubre, memoria de Nuestra
Señora del
Rosario, del año 2004, vigésimo sexto de Pontificado.
Notas
[1] Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 45.
[2] Cf. ibíd., 22.
[3] N. 55: AAS 87 (1995), 38.
[4] Cf. n.32-34: AAS 90 (1998), 732-734.
[5] Cf. n.30-32: AAS 93 (2001), 287-289.
[6] Ibíd., 35: l.c., 290-291.
[7] Cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002),
19.21: AAS 95 (2003), 18-20.
[8] Enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 53: AAS
95 (2003), 469.
[9] Cf. n.51.
[10] Cf. ibíd, 7.
[11] Cf. ibíd., 52.
[12] Enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 10: AAS
95 (2003), 439.
[13] Cf. ibíd.; Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum,
sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de
la santísima Eucaristía (25 marzo 2004), 38:
L'Osservatore Romano ed. en lengua española, 30 abril
2004, 7.
[14] Cf. Enc. Mysterium fidei (3 septiembre
1965), 39: AAS 57 (1965), 764; S. Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum
mysterium, sobre el culto del misterio eucarístico (25
mayo 1967), 9: AAS 59 (1967), 547.
[15] Cf. Mensaje Spiritus et Sponsa,
en el XL aniversario de la Constitución Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia (4diciembre 2003), 13:
AAS 96 (2004), 425.
[16]Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum, sobre
algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la santísima
Eucaristía (25 marzo 2004): L'Osservatore Romano ed.
en lengua española, 30 abril 2004, 5-15.
[17] Cf. ibíd. 137: l.c., p.11.
[18] Cf. Enc. Ecclesia de Eucharistia
(17 abril 2003), 44: AAS 95 (2003), 462; Código de Derecho Canónico,
can. 908; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, can. 702; Consejo Pontificio para la Promoción
de la Unidad de los Cristianos, Directorium Oecumenicum (25
marzo 1993), 122-125, 129-131: AAS 85 (1993), 1086-1089; Congregación
para la Doctrina de la Fe, Carta Ad esequendam (18 mayo 2001):
AAS 93 (2001), 786.
[19] Cf. Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001),
43: AAS 93 (2001), 297.
[20] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 41.
[21] N. 33: AAS 90 (1998), 733.
[22] Cf. Homilía en la solemnidad del «Corpus
Christi» (10junio 2004), 1: L'Osservatore Romano ed.
en lengua española, 18junio 2004, p.3.
[23] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 36.
[24] Cf. ibíd.
[25] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 1.
[26] Enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 53: AAS
95 (2003), 469