Texto
base del 48° Congreso Eucarístico Internacional
Presentación
1 Jesús es la Palabra que existía desde el
principio, Palabra creadora y dadora de vida (cfr. Jn 1,1.3-4).
Esta Vida era la luz de los hombres: "luz verdadera
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn
1,9; cfr. Jn 1,4). Y la Palabra se hizo carne, precisamente
para que la pudiéramos contemplar y tocar (cfr. Jn
1,14) y recibiéramos la plenitud de vida de que está llena
(cfr. Jn 1,4.16). Jesús nos comunica la vida por medio
de su carne y de su sangre, como lo enseña con insistencia
en su discurso de Cafarnaum (cfr. Jn 6,51-58).
2 En los albores de un nuevo milenio
y después de
haber celebrado con gozo y gratitud el Gran Jubileo de la
Encarnación de Cristo Jesús, el Señor, "el
mismo, ayer, hoy y siempre" (Hb 13,8), la Iglesia por Él
fundada continúa experimentando su renovada presencia
a través de su Palabra, —lámpara que
ilumina su caminar—, de la Liturgia y del hermano,
especialmente el pobre, rostro humano del Cristo sufriente
(cfr. EA 12); pero sobre todo en la Eucaristía: sacrificio,
memorial, banquete y presencia (cfr. SC 7). En efecto, en
la Eucaristía, Cristo presente corporalmente1 ofrece
como alimento para la vida nueva el mismo cuerpo que asumió de
María Virgen hace 2000 años (cfr.TMA 55), carne
vivificada y vivificante por el Espíritu, que da vida
a los hombres (cfr. PO 5).
3 Confiados en esta presencia prometida
por el mismo Señor
Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo" (Mt 28,20), hemos recibido la
motivación e impulso para avanzar en el camino, a
través de la voz del sucesor de Pedro, como eco de
las palabras que el apóstol escuchó de su Maestro: "¡Rema
mar adentro!" (Lc 5,4; cfr. NMI 1). La Iglesia se adentra
en el mar de un nuevo milenio y sabe que podrá llegar
a puerto seguro porque no va sola ni confiada en sus propias
fuerzas, sino porque su Señor está con ella,
dándole su Espíritu y alimentándola
con sus sacramentos, de manera particular con la Eucaristía.
4 Esta Iglesia peregrina, volviendo
su mirada agradecida a Jesucristo Eucaristía, se reunirá en contemplación
en el 48° Congreso Eucarístico Internacional,
en la ciudad de Guadalajara, México, tierra de mártires
recientemente canonizados, que encontraron en la Eucaristía
la fuerza y valentía para entregar su vida por su
pueblo y por su fe, al grito de: "¡Viva Cristo
Rey y Santa María de Guadalupe!". En esta Statio
orbis, la Iglesia congregada en oración, contemplación
y celebración, se adentra en el nuevo milenio con
esperanza renovada, adorando a Jesús Eucaristía,
Luz y Vida para el peregrinar de la Humanidad en busca de
mejores condiciones de vida, mientras anhela la patria definitiva.
5
El próximo Congreso Eucarístico Internacional
podrá ser para la Iglesia una maravillosa oportunidad
de glorificar a Jesucristo —presente en ella— venerándolo
públicamente con vínculos de caridad y de unidad;
una magnífica ocasión de manifestar su fe en
la presencia eucarística; de profundizar en algunos
aspectos de este misterio y de resaltar su centralidad en
la vida y misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo,
así como de asumir nuevos compromisos en relación
con la evangelización, para lo cual se requiere una
esmerada preparación.
6 Así pues, se ofrece el presente texto con el fin
de proporcionar a las Iglesias locales algunas pistas de
reflexión, que puedan servir de base para ulteriores
desarrollos y profundizaciones en encuentros de estudio y
de oración, tanto durante la preparación como
en la celebración del Congreso. Se parte de una invitación
a experimentar el anhelo de la contemplación de Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre, de dejarse mirar por Él
y experimentar su presencia: Queremos ver tu rostro, Señor
(cap. I), por medio de la contemplación que "no
nos aleja de nuestros contemporáneos sino, al contrario,
nos hace atentos y abiertos a los gozos y a los trabajos
de los hombres y amplía el corazón a las dimensiones
del mundo",2 preparando así, una visión
de fe sobre nuestro presente, con la certeza de que "La
luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron" (Jn
1,5), (cap II). "Cumbre de toda evangelización
y el testimonio más eminente de la Resurrección
de Cristo",3 La Eucaristía es Luz y Vida del
Nuevo Milenio para la Iglesia que peregrina y se empeña
en el trabajo de una Nueva Evangelización (cap. III).
Finalmente, en el inicio de este nuevo milenio, es necesaria
una proclamación fuerte y gozosa de nuestra fe en
Jesucristo, que ilumine esta nueva etapa de la historia:
Plegaria a Jesucristo Eucaristía.
+
Juan Cardenal Sandoval Íñiguez,
Arzobispo de Guadalajara.
I.
QUEREMOS VER TU ROSTRO, SEÑOR La
presencia real de Cristo en el Misterio
7
Así como aquellos peregrinos griegos que acudieron
a Jerusalén para la celebración pascual
le dijeron a Felipe que querían ver a Jesús,
(cfr. Jn 12,21) también los hombres de nuestro
tiempo, quizás
no siempre en forma consciente, piden a los cristianos
de hoy no sólo que les hablemos de Jesús,
sino en cierto modo hacérselos ver. ¡Esta
es precisamente la tarea de la Iglesia!: reflejar la
luz de Cristo en cada época
de la historia y hacer resplandecer también
su rostro ante las generaciones del nuevo milenio.
Pero
no podremos cumplir con tal cometido si no somos los primeros
contempladores del
rostro de Cristo
(cfr. NMI 16).
Por consiguiente, es indispensable que primero vivamos la
experiencia que nos expresa el apóstol Juan: "Lo
que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión
con nosotros" (1Jn 1,3).
8 ¿Cómo podemos, hoy, ver y contemplar esa
Vida, luz de los hombres (cfr. Jn 1,4) que se nos ha manifestado?
Gracias a la Encarnación del Hijo de Dios (cfr. NMI
22), Cristo se ha hecho visible, ha puesto su morada entre
nosotros (cfr. Jn 1,14). Gracias a ello, los Apóstoles
pudieron contemplar en el rostro humano de Jesús el
rostro del Padre, sobre todo al ser testigos de sus múltiples
signos y señales (cfr. Jn 20,30-31; cfr. NMI 24).
Contemplaron también el rostro doliente de Cristo,
expuesto en la Cruz, Misterio en el misterio, ante el cual
el ser humano ha de postrarse en adoración (cfr. NMI
25). Y, sobre todo, contemplaron el rostro del Resucitado
(cfr. NMI 28) que les devolvió toda la paz y la alegría
perdidas (cfr. Lc 24,36-43). Todo esto lo experimenta la
Iglesia en la contemplación del misterio Eucarístico.
Pues
es ahí donde nos encontramos diariamente con
ese Jesús, Dios y hombre verdadero; ahí mismo
se actualizan, en forma incruenta, su pasión y su
muerte; finalmente, ahí nos encontramos con Jesús
resucitado, Pan de vida eterna, prenda de nuestra resurrección.
9
Jesús es luz y vida (cfr. Jn 8,18). Por tanto,
urge se busquen los medios adecuados para que su Palabra
se proclame y su Eucaristía sea frecuentada en las
comunidades eclesiales, y desde ahí trascienda a todos
los ámbitos de la sociedad, como fermento de una nueva
civilización.
Creemos
en la presencia real de Jesús en la Eucaristía
10 ¿Podemos encontrarnos realmente con Jesús
en la Eucaristía? A partir de la Última Cena
(cfr. Mt 26, 17ss; Lc 22,15), la Iglesia cree en la presencia
real del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, con su alma y divinidad,
en las especies del pan y del vino: "En el corazón
de la celebración de la Eucaristía se encuentran
el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la
invocación del Espíritu Santo, se convierten
en el Cuerpo y la Sangre de Cristo" (CEC 1333). Es cierto,
como nos lo enseña la Iglesia, que Cristo se hace
presente de muchas maneras en ella, pero, sobre todo, bajo
las especies eucarísticas del pan y del vino (cfr.
CEC 1373).
11
Recogiendo una serie de testimonios de la Tradición,
el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña
que "el modo de presencia de Cristo bajo las especies
eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía
por encima de todos los sacramentos y hace de ella ‘como
la perfección de la vida espiritual y el fin al que
tienden todos los sacramentos’" (CEC 1374).
La
Iglesia siempre entendió el realismo de las palabras
de Jesús a la hora de la institución de la
Eucaristía; por eso, el Concilio de Trento resumió la
fe en la presencia real diciendo: "Porque Cristo, nuestro
Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie
de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre
en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo
el Santo Concilio" (CEC 1376).
12
El discurso de Jesús en Cafarnaum, después
de la multiplicación de los panes (cfr. Jn 6,1-71),
resalta el realismo de las palabras de Jesús al revelarnos
que Él es el "pan bajado del cielo" (v.
51), y por tanto debemos comer su cuerpo y su sangre (v.
53) para poder tener la vida que nos ofrece el "pan
de la vida" (v. 48). Fue tal el impacto del realismo
de las palabras de Jesús, que la gente discutía: "¿Cómo
puede éste darnos a comer su carne?" (v. 52).
Y ante la insistencia de parte de Cristo en la veracidad
literal de sus afirmaciones: "porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre verdadera bebida" (v. 55), se escandalizaron
muchos de sus discípulos, hasta el punto de abandonar
a Jesús (v. 66).
Al
final del discurso interpela también a sus Apóstoles,
preguntándoles si también ellos quieren marcharse
(v. 67). Las palabras de Pedro manifiestan a Jesús
que ellos sí creen en la veracidad de sus palabras: "Señor, ¿a
quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de
vida eterna" (v. 68). Lamentablemente hubo y hay quienes
no creen en la presencia real de Jesús en el pan eucarístico
(v. 64). La Iglesia, al inicio del tercer milenio, se tiene
que preguntar: ¿por qué resulta difícil
descubrir el rostro de Jesús en la Eucaristía? ¿Qué hacer
para que más personas aprecien y gocen a ese Cristo
que se nos entrega? ¿Qué hacer para que en
silencio sea adorado ante el sagrario o aclamado solemnemente
en la fiesta del Corpus Christi?
"Los discípulos se alegraron de ver al Señor"
(Jn 20,20): el itinerario del espíritu
13
El rostro que los Apóstoles contemplaron después
de la resurrección, era el mismo de aquel Jesús
con quien habían vivido tres años, y que ahora
les daba pruebas de la verdad asombrosa de su nueva vida,
mostrándoles las manos y el costado. Ciertamente no
fue fácil creer. Los discípulos de Emaús
creyeron sólo después de un laborioso itinerario
del espíritu (cfr. Lc 24,13-35). El apóstol
Tomás creyó sólo después de haber
sido invitado a tocar al Resucitado (cfr. Jn 20,24-29). En
realidad, ver y tocar, de suyo, no bastan para creer, sólo
la fe puede franquear el misterio. Ésta era la experiencia
que los discípulos debían haber hecho ya en
la vida mortal de Cristo, interpelados a diario por sus prodigios
y sus palabras. A Jesús no se llega verdaderamente
mas que por la fe, a través de un camino cuyas etapas
nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea
de Filipo: "‘Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios vivo’. Replicando Jesús, le dijo: ‘Bienaventurado
eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha
revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en
los cielos’" (Mt 16,16-17; cfr. NMI 19).
14
San Pedro fue capaz de afirmar la fe en Jesús
Eucaristía porque no procedió al modo humano,
sino que recibió de Dios esa gracia (cfr. NMI 20).
Por tanto, "no es, pues, a través de los sentidos
como lo percibimos y estamos cerca de Él. Bajo las
especies de pan y de vino, es la fe y el amor lo que nos
lleva a reconocer al Señor".4 Hoy, más
que en otros tiempos, es importante señalar que "sólo
la experiencia del silencio y de la oración ofrece
el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse
el conocimiento más auténtico, fiel y coherente
de aquel misterio" (NMI 20).
"Señor, busco tu rostro" (Sal 27,8): el
rostro eucarístico de Jesús
15 "El antiguo anhelo del salmista no podía
recibir una respuesta mejor y más sorprendente que
en la contemplación del rostro de Cristo. En Él,
Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho ‘brillar
su rostro sobre nosotros’ (Sal 67,2). Al mismo tiempo,
Dios y hombre como es, Cristo nos revela también el
auténtico rostro del hombre, ‘manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre’" (NMI 23).
Este
anhelo del salmista está presente en el corazón
de todo ser humano, pero specialmente en quien por la fe,
ya ha sido tocado por Dios. Este anhelo de contemplar el
rostro de Dios no es vano, porque Cristo no se ha ido, sino
que cumple su promesa: "He aquí que Yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt
28,20).
16
Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros,
gracias a la Eucaristía, y "después de
dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia
los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo,
ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. ‘Dulcis
Iesu memoria, dans vera cordis gaudia’: ¡Cuán
dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera
alegría del corazón! La Iglesia, animada por
esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo
al mundo, al inicio del tercer milenio: Él ‘es
el mismo ayer, hoy y siempre’ (Hb 13,8)" (NMI
28).
17
Siguiendo la invitación de Su Santidad Juan Pablo
II, de "dejar abierta más que nunca la Puerta
viva que es Cristo" (NMI 59), conviene reflexionar sobre
el modo de compartir la experiencia de la contemplación
eucarística, que ilumine nuestras comunidades y las
transforme en comunidades llenas de gozo y esperanza.
II. "LA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS" (Jn
1,5)
18 Jesús es la luz y la vida (cfr. Jn 8,18). Estas
palabras son como la síntesis de todos los bienes
que Él nos ofrece y que se compendian en el misterio
de la Eucaristía. Pan y vino son medios para mantener
la vida natural. Análogamente, si no comemos el pan
eucarístico, no alimentamos la vida recibida en el
Bautismo. Es una vida que se va perfeccionando porque en
la Eucaristía se aumentan las virtudes y se promueven
todos los dones espirituales, a fin de llevarnos a la salvación,
para la cual fue instituida.
A
diferencia de la vida natural, la vida de la gracia no
tiene límite. En el horizonte de este nuevo milenio
aparecen interrogantes y esperanzas, luces y sombras; es
la eterna lucha de las tinieblas por opacar la luz. El Salvador
ya ha venido y su presencia en la Eucaristía es una
garantía de salvación para nosotros y para
la historia.
Las luces
19
Su Santidad el Papa Juan Pablo II pide frecuentemente que
miremos las luces que
hacen este
mundo amable, digno
de afecto, a pesar de su miseria. Porque el Hijo de Dios
se hizo carne en un mundo hermoso que su Padre había
creado bueno, al hacer cada una de las cosas (cfr. Gn 1,10.12.18.21.25).
En
el Nuevo Testamento, san Lucas contrapone los hijos de
la luz con los hijos de este
mundo; san Juan
nos dice que
Dios es la plenitud de la luz. Cristo, como revelación
del Padre, es luz que se revela a los hombres, pero este
mundo que es tinieblas no recibe la luz. Como hijos de la
luz estamos llamados a darle sentido, a resaltar esos rayos
de luz, de los cuales destacamos algunos en particular:
20
Es una dicha constatar el aumento del número de
católicos en los últimos años, el crecimiento
de muchos movimientos eclesiales, un esperanzador despertar
de la vida espiritual. El seguir a Jesús sigue siendo
respuesta a las inquietudes de tantos hombres y mujeres en
el mundo. Igualmente percibimos un aumento de vocaciones
sacerdotales y a la vida consagrada, motivo de esperanza
de un futuro mejor.
21
La defensa de la dignidad y los derechos humanos, en nombre
del Evangelio, es un
aspecto
central en la misión
y labor de muchos cristianos. El Papa Pablo VI decía: "La
Iglesia se declara, en cierto sentido, durante todo el Concilio,
sierva de la Humanidad".5 Una gran luz es el ver cómo
la Gloria del Señor se ha manifestado "a lo largo
de los siglos, y especialmente en el siglo que hemos dejado
atrás, concediendo a su Iglesia una gran multitud
de santos y de mártires [...] Mensaje elocuente que
no necesita palabras, la santidad representa, al vivo, el
rostro de Cristo" (NMI 7). También son signos
de esperanza: la caída de los totalitarismos ateos,
los nuevos espacios de libertad y el progreso de la democracia
en muchas naciones.
22
El hombre busca la verdad, no quiere vivir en la mentira;
por eso el Papa, con justa
razón, ha propuesto a los
jóvenes una magnífica tarea: la de hacerse "centinelas
del mañana" (cfr. NMI 9; Is 21, 11-12). La Eucaristía
será siempre para ellos el sol que ilumina y da calor
a sus vidas; en ella encuentran al que es la Vida. En la
Eucaristía no es sólo el hombre quien busca
a Dios, es Dios quien busca y espera al hombre.
23
La Iglesia nos ha hablado frecuentemente de la cultura
de la vida, nos presenta el
valor incomparable
de toda persona
humana y de cómo "el evangelio del amor de Dios
al hombre, el evangelio de la dignidad de la persona y el
evangelio de la vida son un mismo Evangelio" (EV 2).
La Eucaristía, Pan de vida eterna, nos lleva a proclamar
una vez más que el valor de la vida humana es sagrado
desde su concepción hasta la muerte natural. En cada
encuentro con la Eucaristía, Jesús nos recuerda: "¡Respeta,
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!" (EV
5).
24
La comunidad cristiana y la sociedad civil han propuesto,
y siguen proponiendo,
muchas iniciativas
en beneficio de
los más débiles e indefensos. Los hijos se
aprecian como un don de Dios. Surgen centros de ayuda a la
vida. Se da un mayor aprecio al progreso de la ciencia, la
técnica y la medicina, siempre que se pongan al servicio
de la dignidad de la persona humana y al bien común
de las naciones. Se nota una aversión más fuerte
a la pena de muerte y a la guerra, como solución de
los conflictos (cfr. EV 26-27).
25
Igualmente, respecto de la naturaleza, se tiene una mayor
conciencia de que los
hombres hemos
recibido en ella un regalo
y una tarea, la de ser administradores de la creación.
De hecho, el pan y el vino eucarísticos, fruto de
la naturaleza y del trabajo del hombre, representan el anhelo
de llevar a plenitud toda la creación que gime con
dolores de parto, esperando la redención (cfr. Rom
8,22).
26
Agradecidos por las luces que hemos constatado, nos preguntamos: ¿cómo
se pueden incrementar los aspectos positivos en el mundo
actual, implorando para ello la gracia divina y aportando
nuestro esfuerzo y responsabilidad?
Las sombras
27
Nos encontramos con graves problemas: vivimos en una globalización ambivalente, y por eso a veces excluyente.
Aparecen sistemas económicos salvajes que no tienen
en cuenta al hombre, culturas poderosas que excluyen a las
más débiles; la brecha entre ricos y pobres
en vez de acortarse se ensancha.
28
Lamentamos el oscurecimiento de la conciencia moral, la
pérdida de la capacidad de amar hasta el fin, el
terrorismo, la muerte y el sufrimiento ocasionados por la
violencia, el desinterés por la verdad, la desunión
de las familias, el dolor de vivir la vida sin sentido, el
aborto mediante el cual se mata sin piedad a los más
indefensos, empleos precarios que van asfixiando lentamente
la vida individual y familiar de muchos.
29
Las tinieblas parecen ensombrecer el camino del cristiano: "Entre
estos pecados se deben recordar ‘el comercio de drogas,
el lavado de las ganancias ilícitas, la corrupción
en cualquier ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo,
la discriminación racial, las desigualdades entre
los grupos sociales, la irrazonable destrucción de
la naturaleza’. Estos pecados manifiestan una profunda
crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y la
ausencia de los principios morales que deben regir la vida
de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en el afán
ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión
evangélica de la realidad social" (EA 56).
30
Notamos una ausencia de Dios, que va siendo excluido de
la vida privada y de la
vida social,
mientras proliferan
manifestaciones de una religiosidad sectaria y fanática,
con frecuencia fundamentalista o de una espiritualidad vaga
sin referencia a Dios y sin compromiso moral.
31
Estas y otras luces y sombras, propias de nuestro tiempo,
nos obligan a preguntarnos: ¿Qué hacer para
que nuestras comunidades, con la vocación cristiana
de hijos de la luz, ofrezcan al mundo los frutos de la luz:
bondad, santidad y verdad? (cfr. Ef 5,8).
III-1.
LA EUCARISTÍA,
LUZ Y VIDA DEL NUEVO MILENIO
1. LA EUCARISTÍA ACOMPAÑA NUESTRA PEREGRINACIÓN
32
Al inicio del tercer milenio, la Iglesia celebrará el
48° Congreso Eucarístico Internacional, con la
confianza de la presencia siempre nueva del Señor.
La Iglesia, pueblo peregrino, encuentra en la Eucaristía
el alimento de vida que la sostiene en su caminar, pues sabe
que va rumbo a la patria definitiva (cfr. Hb 11,13-16). La
Iglesia "celebra el memorial del Señor resucitado,
mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad
entera entrará en tu descanso" (Prefacio Dominical
X).
Sacrificio de la Nueva Alianza
33 La
Eucaristía es un sacrificio: el sacrificio
de la Redención y, al mismo tiempo, el sacrificio
de la Nueva Alianza.6 En la Última Cena, Jesús
instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo
y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos
su sacrificio en la cruz y a entregar a su Iglesia el memorial
de su muerte y resurrección (cfr. SC 47).
34 Jesús, en la Eucaristía, es la víctima
que el Padre nos regala para ser inmolada; víctima
que se entrega para purificarnos y reconciliarnos con Él.
Esta entrega en sacrificio se encuentra prefigurada en el
Antiguo Testamento, en el sacrificio de Abraham (cfr. Gn
22,1-14) que poéticamente se canta en la secuencia
del Corpus Christi: "In figuris praesignatur, cum Isaac
immolatur": "Se anuncia en figura en el sacrificio
de Isaac" (Secuencia "Lauda Sion").
El carácter sacrificial de la Eucaristía se
manifiesta en las mismas palabras de la institución: "cuerpo
que se entrega" y "sangre que se derrama" (cfr.
Lc 22,19-20; CEC 1365). El sacrificio de Cristo y el de la
Eucaristía son un único sacrificio: la víctima
es la misma, sólo difieren en el modo de ofrecerla
(cfr. Trento DH 1743; CEC 1367). El sacrificio de Cristo
es también el sacrificio de los miembros de su cuerpo,
de manera que "la vida de los fieles, su alabanza, su
sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los
de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así, un
valor nuevo" (CEC 1368).
35 Asimismo: "La Eucaristía es el memorial de
la pascua de Cristo, la actualización de la ofrenda
sacramental de su único sacrificio, en la liturgia
de la Iglesia, que es su cuerpo" (CEC 1362). Memorial
que es proclamación de las maravillas que Dios ha
realizado a favor de los hombres, y que hace presente la
pascua de Cristo. El sacrificio que ofreció de una
vez y para siempre en la cruz se actualiza por la celebración
(cfr. Hb 7,25-27). Haciendo presente el pasado, el memorial
nos lanza al futuro, en la esperanza del retorno del Señor: "Cada
vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas" (Aclamación
2 después de la consagración).
36 Desde
sus orígenes, la Iglesia celebra la Eucaristía
en obediencia al mandato del Señor: "Haced esto
en memoria mía" (1Co 11,24-25). Así lo
proclamamos en la parte central de la Plegaria Eucarística,
inmediatamente después del relato de la Institución: "Así,
pues, Padre, al celebrar el memorial de la pasión
salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección
y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida
gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias,
el sacrificio vivo y santo" (Plegaria Eucarística
III).
Pan que transforma
37 La
Sagrada Escritura presenta la Eucaristía también
como alimento. Las figuras eucarísticas del Antiguo
Testamento anuncian y ponen en relieve este aspecto. Una
de estas figuras es el sacrificio de Melquisedec, quien ofreció al
Dios Altísimo pan y vino (cfr. Gn 14,18). También
el cordero pascual y los panes ázimos figuran la Eucaristía
como alimento (cfr. Ex 12,1-28): antes de liberar al pueblo
de la esclavitud se realiza este banquete en el cual el cordero
es signo de la acción salvadora de Dios; además,
el pueblo emprende el largo peregrinar que lo llevará a
la tierra prometida. Es figura de la misma Eucaristía
el banquete que celebró Moisés con los setenta
ancianos, después del sacrificio con que se ratificó la
alianza (cfr. Ex 24,11).
38 El
sentido de banquete del peregrino que tiene la Eucaristía
se encuentra también en la figura del Maná (cfr.
Ex 16,1-35; Dt 8,3), alimento milagroso que Dios envió al
pueblo hebreo y que durante cuarenta años lo sustentó en
su travesía por el desierto, y al que se refirió expresamente
Cristo al hablar del Pan de vida bajado del cielo, su cuerpo
eucarístico (cfr. Jn 6,49-51.58).
39 Otra
figura de la Eucaristía, en cuanto banquete
que alimenta al peregrino, es el pan cocido bajo las cenizas
que comió Elías: "Se levantó, comió y
bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta
días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el
Horeb" (1Re 19,5-8).
40 La
condición de la Eucaristía, como el
alimento del peregrino, la recoge, de una manera poética,
la secuencia de la solemnidad de Corpus Christi: "Ecce
panis angelorum, factus cibus viatorum": "He aquí el
pan de los ángeles, hecho alimento de los peregrinos" (Secuencia "Lauda,
Sion"). El pan de la Eucaristía es fuerza de
los débiles: "En efecto, cuando comemos su carne,
inmolada por nosotros, quedamos fortalecidos" (Prefacio
de la Eucaristía I); es consuelo de los enfermos,
viático de los moribundos, en el cual Cristo "se
hace comida y bebida espiritual, para alimentarnos en nuestro
viaje hacia la pascua eterna" (Prefacio de la Eucaristía
III); es el alimento sustancial que sostiene a tantos cristianos
en el testimonio que han de dar, en los diversos ambientes,
a favor de la verdad del Evangelio.
41 "El que me coma vivirá por mí" (Jn
6,57), nos dice Jesús para urgir la necesidad que
tiene el cristiano de alimentarse de Él, que es el
pan bajado del cielo. La participación en este sagrado
Banquete nos edifica como Cuerpo Místico de Cristo.
Jesús Eucaristía es, pues, el centro de la
vida de la Iglesia.
42 La
Iglesia tiene en la Eucaristía el alimento
que la sostiene y transforma interiormente. A este respecto,
afirma san León Magno: "Nuestra participación
en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa
que a convertirnos en aquello que comemos". Somos asimilados
por Cristo, somos transformados en hombres nuevos, unidos íntimamente
a Él, que es la cabeza del Cuerpo Místico.
43 La
vida nueva que Cristo nos da en la Eucaristía
se convierte para nosotros en "medicina de inmortalidad,
antídoto contra la muerte y alimento para vivir siempre
en Jesucristo".8 Los que vivimos de Cristo, que quiere
que todos tengamos vida en abundancia, debemos proclamar
el carácter sagrado de la vida humana, desde su concepción
hasta su ocaso natural y contrarrestar las nocivas influencias
de la cultura de la muerte.
III-2.
LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE COMUNIÓN
44 La Eucaristía es sacramento de unidad en la Iglesia,
como lo proclama san Pablo: "Porque aun siendo muchos,
un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos
de un solo pan" (1Cor 10,17).
Cristo
mismo, en la oración que elevó al Padre
por sus discípulos, después de haber instituido
la Eucaristía, expresa su anhelo de que todos sean
uno y permanezcan en Él, como Él permanece
en el Padre (cfr. Jn 17,20-23). Los Hechos de los Apóstoles
nos muestran la realización eficaz de una comunidad
de vida y de sentimientos en torno a la fracción del
pan (cfr. Hech 2,42-47). Es la unidad que simboliza y produce
la Eucaristía.
45 La participación en una única mesa es ya,
por sí misma, símbolo de fraternidad y de comunión
de sentimientos. El signo exterior del alimento que se consume
es también, como nos recuerda la Didaché (cfr.
9,4), fruto del trigo disperso por los campos y recogido
en un mismo pan, como símbolo de la unidad de la Iglesia,
reunida de todas las extremidades de la tierra. Este simbolismo
eucarístico, en relación con la unidad de la
Iglesia, ha sido suficientemente tratado por los Santos Padres
desde el inicio de la Iglesia, y el Concilio de Trento lo
recoge cuando afirma que Cristo dejó la Eucaristía
a su Iglesia "como símbolo de su unidad y caridad,
con la que quiso que todos los cristianos estuvieran entre
sí unidos y estrechados" (DH 1628), y como símbolo
de aquel único Cuerpo del que Él mismo es la
cabeza. También el Vaticano II describe la Eucaristía
como "sacramento de amor, signo de unidad, vínculo
de caridad" (SC 47 – refiriéndose a san
Agustín).
46 Ahora bien,
si la Eucaristía es fuente de unidad,
es también centro de la vida de la Iglesia, y esto
se debe a que en ella tenemos un principio único y
trascendente, en virtud del cual puede conseguirse lo que
a los hombres les es imposible en razón de su pecado
y de su disgregación. Este principio de unidad es
el cuerpo físico de Cristo, entregado a su Iglesia
para edificarla como su Cuerpo Místico, del cual Él
es cabeza y nosotros sus miembros.
47 La Iglesia
hace la Eucaristía y la Eucaristía
hace la Iglesia (cfr. RH 20). Por eso, la Eucaristía
es centro de la vida de la Iglesia, y hacia ella se ordenan
los demás sacramentos (cfr. SC 7), los ministerios
eclesiales y las obras de apostolado. Es la sagrada Eucaristía
la fuente y cumbre de la predicación evangélica.
En la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual
de la Iglesia, a saber: Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan
vivo, por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu
Santo, que da vida a los hombres (cfr. PO 5).
48 El misterio
eucarístico debe ser, en consecuencia,
el centro de la Iglesia local. La Iglesia de Cristo está verdaderamente
presente en todas las legítimas reuniones locales
de los fieles que, unidos a sus pastores, reciben también,
en el Nuevo Testamento, el nombre de Iglesias. En ellas se
congregan los fieles por la predicación del Evangelio,
y se celebra el misterio de la Cena del Señor, para
que, por medio de su cuerpo y sangre, queden unidos todos
en fraternidad. En estas comunidades, aunque sean frecuentemente
pequeñas y pobres o vivan en la dispersión,
está presente Cristo, por cuya virtud se congrega
la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.
Pues la participación del cuerpo y la sangre del Señor
hace que pasemos a ser aquello que recibimos (cfr. LG 26).
49 La Eucaristía, misterio de comunión, es
para la salvación del mundo. Las Iglesias y comunidades
separadas, a pesar de sus deficiencias, son medio de salvación,
cuya virtud, dice el Vaticano II (cfr. UR 3), deriva de la
misma plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la
Iglesia católica. Dichas Iglesias no gozan de aquella
unidad que Cristo confirió a su Iglesia, porque no
disfrutan de la plenitud de los medios de salvación
con los que Cristo la enriqueció. Entre estos medios
de salvación reviste particular importancia la celebración
de la Eucaristía, en la que se simboliza y realiza
la unidad de todos los que creen en Cristo.
50 Las Iglesias
de Oriente, afirma el mismo Concilio Vaticano II, han mantenido
el sacramento del Orden y nuestra misma
fe eucarística (cfr. UR 15), mientras que algunas
comunidades cristianas no católicas de Occidente no
han conservado la genuina e íntegra sustancia del
misterio eucarístico, debido sobre todo a la carencia
del sacramento del Orden, aunque conmemoran en la Santa Cena
la muerte y resurrección del Señor, profesan
que en la comunión de Cristo se significa la vida
y esperan su glorioso advenimiento (cfr. UR 22). Por esta
razón, la misma celebración del sacramento
de la unidad nos urge a descubrir los valores positivos que
se dan en las Iglesias y comunidades eclesiales que no están
en plena comunión con la Iglesia católica y
a dirigirlos a su plenitud en una actitud que sepa reconocer
que la unidad, al igual que la Eucaristía, es obra
de Dios, que nos llama a una cooperación activa y
responsable "con amor a la verdad, con caridad y humildad" (UR
11).
51 Una parroquia
viva es idéntica a una comunidad
eucarística: "No se edifica ninguna comunidad
cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración
de la Sagrada Eucaristía; por ella, pues, hay que
empezar toda la formación para el espíritu
de comunidad" (PO 6). Por lo tanto, la planificación
y actuación de los programas pastorales deben comenzar
y pasar realmente por la Eucaristía celebrada, y contemplada
en la adoración, para producir frutos, particularmente,
en el campo vocacional.
III-3.
LA EUCARISTÍA,
EXIGENCIA DE COMPARTIR
52 "El auténtico sentido de la Eucaristía
se convierte, de por sí, en escuela de amor activo al
prójimo" (Dominicae Cenae, 6). Comprendemos así,
la relación entre la Eucaristía y la luz, según
la afirmación del Apóstol san Juan: "Quien
dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún
en las tinieblas" (1Jn 2,9).
53 Ofrecer de verdad el sacrificio de Cristo implica continuar
este mismo sacrificio en una vida de entrega a los demás.
Así como Él se ha ofrecido en sacrificio bajo
la forma de pan y vino, así debemos darnos nosotros,
con fraterno y humilde servicio, a nuestros semejantes, teniendo
en cuenta sus necesidades más que sus méritos,
y ofreciéndoles el pan, o sea, lo más necesario
para una vida digna.
54 El cristiano no ha inventado la comida, ni el banquete.
Son elementos constitutivos del existir humano, necesidades
vitales. Su riqueza de contenido se manifiesta no tanto en
el hecho material de comer y beber, sino en el hecho de comunicar,
compartir y fraternizar. Para el cristiano, con la conciencia
de que es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, el
poder celebrar el "Banquete Eucarístico" es
un privilegio, pero también una interpelación.
El pan y el vino que presentamos en el altar, nos están
remitiendo a esa comida o bebida que debiera estar en la
mesa de todo ser humano, porque hay muchos hombres que no
pueden disfrutar de tal derecho, bien porque no tienen qué comer
o porque les falta con quién compartir, lo que representa
una clamorosa injusticia.
55 Esta situación se opone radicalmente a aquello
que Jesús predicó y realizó durante
su vida, y a lo que la primitiva comunidad atendió y
vivió, siguiendo las enseñanzas de Cristo.
Por tanto, la Eucaristía, celebrada y participada
como banquete, nos invita a unir la fracción del pan
con la comunicación de bienes (cfr. Hech 2,42.44;
4,34), con las colectas a favor de los necesitados (cfr.
Hech 11,29; 12,25), con el servicio de las mesas (cfr. Hech
6,2), con la superación de toda división y
discriminación (cfr. 1Cor 10,16; 11,18-22; St 2,1-13).
De todo esto se desprenden evidentes consecuencias para la
evangelización en el mundo y, concretamente, en los
países en vías de desarrollo.
56 La Eucaristía actualiza la diakonía o servicio
de Cristo, y es lugar de renovación de la misión
de la Iglesia, sobre todo a favor de los más necesitados.
Así, la Eucaristía es escuela, fuente de amor
y diakonía que necesariamente tiende a realizarse
en la vida. Esto supone que en la Eucaristía, y por
la Eucaristía, sean promovidos los valores de acogida
fraterna, de solidaridad y de comunicación de bienes.
Este testimonio de amor es un elemento indispensable de la
verdadera evangelización.
III-4. JESUCRISTO EVANGELIZADOR Y LA EUCARISTÍA, FUENTE
DE EVANGELIZACIÓN
57 Al centro de la misión salvífica de Jesucristo,
se encuentra su tarea evangelizadora. Sin embargo, el anuncio
del Reino no lo realiza Jesús sólo con palabras,
sino "con su total presencia y manifestación personal
[...] sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa
de entre los muertos" (DV 4); en el fondo, podemos decir
que Jesús mismo es el Reino.
58 Como indica el mismo Pablo VI, la evangelización "tiene
su arranque durante la vida de Cristo y se logra de manera
definitiva por su muerte y resurrección; pero debe
continuar pacientemente a través de la historia, hasta
realizarse plenamente el día de la Venida final del
mismo Cristo" (EN 9); por ello, la Iglesia tiene como
deber primero continuar la misión de Jesús
y debe apropiarse las palabras de san Pablo, "¡Ay
de mí si no evangelizara!" (1Cor 9,16).
59 La Eucaristía es fuente de evangelización
porque ella es, en cierta manera, el "centro del Evangelio",
ya que aparece relacionada con la Pascua, como está narrado
en los textos de la institución de la Eucaristía
(cfr. Mt 26,17-25 y par.), y con los temas más importantes
del mismo Evangelio, como la proclamación de la Palabra
de Dios, la conversión y la fe, la caridad y la koinonía,
la reconciliación y el perdón e, incluso, la
vida eterna (cfr. Jn 6; Hech 2,42-46; 1Cor 10,14-22; 11,17-26).
60 La Eucaristía es además la cumbre del itinerario
sacramental, pues ella sintetiza y nos remite a las diversas
etapas sacramentales: del Bautismo, de la Confirmación,
del Matrimonio y del Orden sacerdotal, por medio de las cuales
el cristiano va expresando su incorporación al misterio
de Cristo y de su Iglesia. Por esto, la Eucaristía
involucra a la Iglesia entera y a cada cristiano, no sólo
para avanzar en la configuración con Cristo, sino
también para asumir la tarea evangelizadora respecto
a los demás, como miembros que somos del Cuerpo Místico
de Cristo.
61 Finalmente, la Eucaristía es impulso para la evangelización
en este tercer milenio, porque ella no sólo es su
centro, sino también fuente que desencadena y promueve
toda la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo
(cfr. NMI 36).
62 Un aspecto especial lo constituye, ciertamente, la devoción
litúrgica y popular a Jesús Sacramentado. Los
monumentos del Jueves Santo, la solemnidad de Corpus Christi
con sus procesiones, la costumbre de la Visita al Santísimo,
la Hora Santa, la adoración de las Cuarenta Horas,
los Templos Expiatorios con la exposición continua,
la Bendición con el Santísimo, la comunión
de los Viernes primeros de mes, la Adoración Nocturna
y los Congresos Eucarísticos son, entre muchas otras,
expresiones de una fe sencilla y profunda en la presencia
real de Jesucristo en la Eucaristía, y de un amor
entrañable a Aquél que ha querido poner su
morada entre nosotros (cfr. Jn 1,14). Es innegable que la
tarea evangelizadora de la Iglesia encuentra aquí,
también, un terreno de purificación y crecimiento
excepcional, sobre todo en nuestro tiempo; para que, ante "las
tinieblas y sombras de muerte" (Lc 1,79) que envuelven
nuestro mundo, la Eucaristía sea, en plenitud, luz
y vida para toda la humanidad.
63 La fuerza evangelizadora de la Eucaristía es tal,
que invita al cristiano a entregarse a sí mismo en
un compromiso misionero generoso que responda a la situación
de cada región y país, pues Jesús al
decirnos en la Última Cena: "Hagan esto en memoria
mía" (Lc 22,19), no podemos ignorar su invitación
a ser, como Él, pan que se parte y comparte, sangre
que se derrama para la vida del mundo; de otra manera, la
celebración de la Eucaristía, sin compromiso,
no sería plenamente "anuncio del Evangelio",
como lo advierte san Pablo a la comunidad de Corinto (cfr.
1Cor 11,17-34).
64 Asimismo, la participación en la Eucaristía
es el centro del domingo para todo cristiano. Santificar
el día del Señor es un privilegio irrenunciable
y un deber que se ha de vivir no sólo para cumplir
un precepto, sino como necesidad, en orden a una vida cristiana
verdaderamente consciente y coherente (cfr. NMI 36). Por
ello, el fomentar la participación en la Eucaristía,
especialmente dominical, debe formar parte indispensable
de los programas pastorales de la Nueva Evangelización.
III-5. MARÍA, "MADRE DEL VERDADERO DIOS, POR QUIEN
SE VIVE" (Nican Mopohua)
65 Santa María de Guadalupe dijo a Juan Diego, y hoy
lo repite a cada cristiano: "Sábete que yo soy
la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por
quien se vive", y también le dijo: "¿No
estoy yo aquí, que soy tu Madre?".9 La Virgen se
presentaba así como Madre de Jesús y de los hombres.
La Señora de Guadalupe es todavía hoy el signo
de la cercanía de Cristo, invitándonos a entrar
en comunión con Él, para tener acceso al Padre.
Contando con el auxilio materno de María, la Iglesia
desea conducir a los hombres al encuentro con Cristo, que es
el punto de partida y de llegada de una auténtica conversión
y de una renovada comunión y solidaridad.
66 La Virgen María constituyó para los moradores
de estas tierras el gran signo, de rostro maternal y misericordioso,
de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes
ella nos invita a entrar en comunión. Así,
la característica propia de la religiosidad de los
pueblos americanos, por su historia y su cultura, posee un
tinte profundamente maternal y mariano, y tiene su expresión
particular en el rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe
que, siendo Madre de Cristo, se presentó también
como Madre de los indígenas, de los pobres, de los
oprimidos y de todos los que de ella tengan necesidad. De
hecho, los primeros misioneros llegados a América,
provenientes de tierras de eminente tradición mariana,
junto con los rudimentos de la fe cristiana, fueron enseñando
el amor a la Virgen, Madre de Jesús y de todos los
hombres. La aparición de María de Guadalupe
a Juan Diego, en la colina del Tepeyac, México, repercutió decisivamente
en la evangelización (cfr. EA 11), por eso el Papa
Juan Pablo II afirmó que "el rostro mestizo de
la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente,
un símbolo de la inculturación de la evangelización,
de la cual ha sido la estrella y guía" (EA 70).
67 La presencia de María en el Cenáculo, es
el punto de referencia de toda la comunidad eclesial que
se prepara para recibir la gracia del Espíritu Santo,
en orden a evangelizar (cfr. AG 4; LG 49; EN 82). Se puede
afirmar, como realidad permanente, la experiencia mariana
de las comunidades cristianas. Es un hecho que se constata
en la celebración eucarística de las comunidades
primitivas y actualmente en las grandes expresiones de piedad
mariana popular. San Efrén, en sus cantos poéticos,
subraya la relación profunda que existe entre la Virgen
María y la Eucaristía: "María nos
da la Eucaristía, en oposición al pan que nos
dio Eva. María es además el sagrario donde
habitó el Verbo hecho carne, símbolo de la
habitación del Verbo en la Eucaristía. El mismo
cuerpo de Jesús, nacido de María, ha nacido
para hacerse Eucaristía".
María, "Estrella de la Evangelización"
68 El Papa Pablo VI, al finalizar su exhortación
apostólica, Evangelii Nuntiandi, da el título
de "Estrella de la Evangelización" a la
Madre de Dios: "En la mañana de Pentecostés,
ella presidió con su oración el inicio de la
evangelización, bajo la acción del Espíritu
Santo. ¡Sea ella la Estrella de la Evangelización
siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato
del Señor, debe promover y cumplir, sobre todo en
estos difíciles tiempos, pero llenos de esperanza" (EN
82). Por eso, María es el camino seguro para encontrar
a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando
es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida
según el Espíritu y los valores del Evangelio
(cfr. EA 11).
69 María es "Estrella de la Evangelización" en
varios sentidos: porque participó maternalmente en
los inicios de la Iglesia con su oración junto a los
Apóstoles, logrando la gracia del Espíritu
Santo; porque es, por su maternidad, modelo y figura de la
Iglesia; porque con su actitud de fe y su intercesión
maternal hace crecer la fe de la Iglesia. Ella es la que
acompaña la acción evangelizadora de la Iglesia
que, por la Palabra y los sacramentos, suscita la fe, lleva
a la conversión del pecado y confiere la vida de hijos
de Dios. Su acción, por tanto, es verdaderamente maternal.
70 Encomendamos a la Santísima Virgen María
la preparación y realización del próximo
48º Congreso Eucarístico Internacional, para
que sea un acontecimiento de fe y un impulso evangelizador
en el nuevo milenio, tan necesitado de la verdadera luz y
vida, que es Jesucristo Eucaristía.