Autor:
Alfonso López Quintás.
Universidad Complutense. Madrid
La
alegría del corazón
"Debemos intentar que nuestro corazón esté alegre
(froh). No divertido (lustig), que es otra cosa. Ser divertido
es algo externo, hace ruido y desaparece rápidamente.
Pero la alegría (Freudigkeit) vive dentro, silenciosamente,
y echa raices profundas. Es la hermana de la seriedad; donde
está la una, está también la otra" (15).
Esta alegría honda, serena, permanente ¿de dónde
procede? Hay en la vida muchas fuentes de alegría verdadera,
pero sólo una garantiza un estado de alegría
inagotable: "acogerse a Dios con toda el alma y permanecer
junto a El en silencio interior" (16). Cuando nos unimos
a Dios y nos identificamos con Su voluntad, "abrimos el
camino para la alegría de Dios". Si mantenemos
esta actitud fielmente, con buen ánimo, confianza y
libertad interior -"condiciones emparentadas con la alegría"-,
estaremos inundados de gozo, "suceda fuera lo que suceda".
La voluntad de Dios se me manifiesta
a través de lo
que se me presenta como una obligación, "pues cada
instante con su obligación propia es un mensajero de
Dios". "Si prestamos oídos, tendremos madurez
para entender rectamente el próximo mensaje y asumirlo.
Así realizamos paso a paso la tarea de nuestra vida.
(...) Entonces estamos alegres" (17).
Para determinar cuál es en cada momento nuestra obligación,
debemos cultivar la virtud de la veracidad. Hay que sentir
gusto internamente en hacer la voluntad de Dios, pero de veras.
Es sumamente expresivo y convincente Guardini cuando se dirige
directamente al lector y expresa así la idea antedicha:
"Esto es lo que debo hacer ahora. ¡Sí, Señor,
y con gusto! Esta última expresión lo decide
todo. Pues lo decisivo es no actuar a disgusto, sólo
porque tiene que hacerse, indolentemente y medio dormido; sino ¡con
gusto! Pero esta palabra hay que pronunciarla interiormente,
no sólo con el pensamiento o con los labios. Hay que
pronunciarla con toda la voluntad. Y siempre más y más
adentro. ¿Comprendes esto? Debe penetrar cada vez más
en el corazón. Pues dentro hay todavía mucha
oposición, y ésta se pone en contra. Hasta ahí tiene
que penetrar la expresión ´con gusto´. Donde
aún hay apatía y pereza, debe brillar esta expresión
como una luz brillante y fuerte, y siempre más hondamente,
más radicalmente, hasta que todo esté claro ante
Dios: Señor, lo quiero. Entonces estarás alegre.
Esa fue la actitud de nuestro Señor. Toda el alma de
Jesús era pura apertura gozosa: ´¡Yo hago
siempre la voluntad de mi Padre´!" (18).
Esta proclamación sincera, hecha desde la hondura de
nuestro ser, de cumplir la voluntad de Dios nos da una "alegre
fuerza" para superar todas las dificultades, pues "Dios
está ahí" (19).
Pero el hombre no sólo debe estar alegre en su espíritu,
sino también en su cuerpo. Este debemos mantenerlo debidamente
erguido: "la cabeza alta, la frente abierta a la luz,
los hombros hacia atrás", como símbolo de
que la persona entera se halla en forma. Para ello nos ayuda "tener
en la habitación una fuente de alegría":
"Por ejemplo, una planta viva. Nos pone alegres cuando
algo crece ahí incansablemente, y verdea y florece.
O una imagen alegre, un paisaje por el que hemos paseado alguna
vez. Contémplala de cuando en cuando con los ojos bien
abiertos: ¡Qué amplitud hay ahí! ¡Qué fresco
el bosque! ¡Qué claro el cielo! Qué libertad
en las alturas..., y todo esto es mío, todo mío!
O recuerda una canción y cántala para ti. Entonces
se iluminará una luz en tu interior. O recita un bello
poema. Esto nos va como un trago de agua fresca en una larga
y polvorienta marcha. Y luego vuelve de nuevo al trabajo" (20).
Considerar los cantos, los poemas, los
paisajes, las flores... como fuente de alegría indica que se sabe ver con profundidad,
que se es capaz de ver en el perfume de una flor y en su bella
forma la expresión viva de la naturaleza entera en estado
de plenitud y sazón. Y, como la plenitud es fuente de
alegría colmada, es decir, de entusiasmo, muy bien cabe
afirmar que la contemplación de las flores nos llena
el alma de un gozo perdurable (21).
Esto nos explica que, en otro lugar,
haya puesto Guardini en relación la alegría con el conocimiento del
bien, entendido en el profundo sentido platónico como "aquello
cuyo realización es lo que de veras hace al hombre ser
hombre". "La meta de este libro quedaría lograda
si el lector percibiera que el conocimiento del bien es motivo
de alegría" (22).
El enemigo de la alegría no es el dolor. "Éste
nos hace fuertes y profundos. Nos dispone para la verdadera
alegría. Déjalo entrar tranquilamente en tu corazón".
Los enemigos que debemos desterrar, porque ciegan las fuentes
del verdadero gozo, son el mal humor y la depresión.
Malhumorarse a causa de ciertas incomodidades o contratiempos
destierra de nuestro interior la disposición para la
alegría, no nos permite crear ese ámbito de acogimiento
de todo cuanto hay de bueno y bello en la existencia, y nos
cierra en nosotros mismos como en una habitación mohosa.
La depresión es "un poder sombrío que le
destruye a uno el alma si lo deja medrar". Guardini, que
tanto padeció a causa de ella, no duda en afirmar que
se puede vencer la depresión si uno le cierra toda entrada
al principio (23).
Comprendido el sentimiento de alegría en toda su envergadura,
se percibe el largo alcance de la recomendación que
hace Guardini al final del capítulo: "Por la noche,
al acostarnos, digámonos tranquila y confiadamente:
Mañana estaré alegre. Nos imaginamos lo que significa
tratar a las gentes, jugar, trabajar, pasar el dia animados
y con alegría y libertad, y decimos: ´Así estaré mañana
todo el día´. Nos lo decimos varias veces. Este
es un pensamiento creativo, que opera durante toda la noche
en el alma, de modo silencioso pero seguro, como los duendes
en los cuentos..." (24).
De lo antedicho se desprende que la alegría no es una
mera cuestión de temperamento, o producto de circunstancias
exteriores favorables; es el fruto de una actitud muy reflexiva
y honda de ajuste al propio ser. Si somos finitos, nuestra
misma realidad tiende por una especie de ley de gravedad hacia
el Poder de que depende, en frase de Kierkegaard (25). Al unir
nuestra persona y nuestro destino a la voluntad de Dios, nos
vemos centrados, realizados plenamente en toda circunstancia,
por dura que sea, y nuestra satisfacción y alegría
es plena y duradera.
Si profundizamos en estas ideas y las
asumimos interiormente, podemos responder con precisión a las cuestiones que
nos propone Guardini como una especie de apéndice práctico
al capítulo sobre la alegría (26).