En el
Reino Unido, entre los años 1992 y 2000, el número de jóvenes
menores de 16 años que acudieron a las llamadas "clínicas
de planificación familiar", donde se reparten anticonceptivos (incluyendo
los que son abortivos), aumentó en un 143,5%. Durante ese mismo período,
el número de recetas para la "píldora del día siguiente" entregadas
a ese mismo grupo etáreo de la población, aumentó en un
248,8%, y en un 321,5% para las adolescentes de 16 a 19 años de edad.
Sin embargo, la tasa oficial de embarazos permaneció casi igual y la
tasa oficial de abortos aumentó. Mientras tanto, entre 1995 y 2000 los
casos de enfermedades sexualmente transmitidas entre las jóvenes de
16 a 19 años de edad aumentaron en un 58,3%.
El
estudio del Conace del año 2001 señala que uno de
los principales elementos que influyen en la disminución de los factores
de riesgo social en que incurren los adolescentes es la preocupación
y comunicación con los padres. De hecho, se constató que en el
65% de los casos donde esa preocupación no existe los jóvenes
consumían sustancias ilícitas, versus el 4,6% de los jóvenes
cuyos padres sí se preocupaban por saber dónde estaban sus hijos
y con quién.
No puede hablarse de una política de educación sexual sin que
se aborde, en primer lugar, lo que es la educación en términos
generales, ya que la educación sexual no debe ser considerada sólo
una entrega de información, sino que supone abordar el aspecto educativo
como prioritario. Por otra parte, la evidencia que existe acerca de los resultados
de la aplicación de políticas de educación sexual que
no han considerado la educación en su sentido más amplio, sino
que restringido a ciertos aspectos de ella, es bastante preocupante, dado el
poco efecto que aquéllas han tenido en el objetivo perseguido de disminuir
los embarazos adolescentes, los abortos y las enfermedades de transmisión
sexual, incluido el SIDA.