Experiencias místicas. –El apoyo de la familia. –El hábito
del Espíritu Santo.
Por Enrique Calicó
El domingo 4 de septiembre de 1910 cantaba su primera misa solemne. El padre
Agostino, que había acudido y predicó el sermón, resaltó los
lugares privilegiados del sacerdote: el púlpito, el altar y el confesonario.
Luego, dirigiéndose al Padre Pío, profetizó: «No
tienes mucha salud, no puedes ser un predicador. Te deseo, pues, que seas un
gran confesor».
El Padre Pío recordó toda su vida con emoción aquel día: «¡Qué feliz
fui! Mi corazón ardía de amor por Jesús... ¡Empecé a
saborear el Paraíso!».
Permanecerá todavía en su pueblo natal hasta el año 1916,
rodeado de contrariedades y obstáculos para los que ni él ni
sus directores espirituales encontrarán razones. El padre Agostino un
día reconocerá: «La enfermedad era misteriosa, y misterioso
era todo lo que le retenía y le ocurría en Pietrelcina».
En realidad fueron años de preparación para la misión
y el testimonio que Dios esperaba de él.
Víctima
propiciatoria
El Padre Pío solía celebrar misa en Santa Ana, la iglesia donde
recibió el bautismo, la primera comunión y la confirmación.
Las misas eran largas, interrumpidas por inesperados éxtasis, tenía
la gracia de vivir realmente las misas que celebraba, llenas de manifestaciones
sobrenaturales. Esos años serán una etapa de pruebas durísimas,
con ataques frecuentes de Barba Azul, como llamaba él a Satanás.
Un día de 1912 escribe:
«Barba Azul y sus semejantes no paran de pegarme casi hasta darme muerte.
No quiere confesarse vencido, adopta todas las formas, viene a visitarme con
otros comparsas armados de palos y de instrumentos de hierro y, lo que es peor,
mostrándose bajo sus propias formas...»,
Pero más adelante añadía: «Paciencia; Jesús,
María, el Ángel, San José y el padre Francisco están
casi siempre conmigo».
Contaba esta vida mística extraordinaria por obediencia
a sus directores espirituales.
Había hecho ofrecimiento de su vida con todos sus sufrimientos para
la conversión del mundo, y así se lo cuenta al padre Benedetto:
«Desde hace tiempo siento la necesidad de ofrecerme al Señor
como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio...
que vierta sobre mí los castigos que están preparados para ellos...
deseo hacer ese ofrecimiento al Señor con el permiso de usted».
Aceptó el Señor este ofrecimiento, permitiendo, además
de esos cruentos ataques del demonio, su tan misteriosa enfermedad. El doctor
Cardarelli de Nápoles, especialista en enfermedades pulmonares, pronosticó tajantemente:
–Apenas le queda un mes de vida.
El mismo médico, pasado cierto tiempo, reconocerá:
–No comprendo nada, nada de todo esto. ¡Si estaba clarísimo
que le quedaban días de vida!
Por fin, en julio de 1916, a sus veintinueve años, entraba el Padre
Pío en el convento de San Giovanni Rotondo y ya no lo abandonaría
hasta su muerte, ocurrida cincuenta años más tarde. Este convento,
situado en el promontorio de Gargano, en el Este de Italia, cerca de Foggia
y perteneciente a la diócesis de Manfredonia, era un lugar apartado
y olvidado del mundo, lugar ideal para nuestro fraile que sólo deseaba
estar en oración permanente con Dios y compartir las reglas de San Francisco
con sus hermanos de vocación. Pero las gracias sobrenaturales continuaban
sucediéndose, cada vez con mayor intensidad.
El éxtasis
crucificante
Muchas serían las almas que el Padre Pío encauzaría hacía
Cristo a través de sus sufrimientos físicos y morales. El 20
de septiembre de 1918, a sus treinta y un años, día del éxtasis
crucificante, aparecerán ya de forma definitiva los estigmas, llagas
que sangrarán a lo largo del resto de su vida y le harán participar
de la Pasión de Cristo. Y decimos definitivas, pues ya había
tenido en varias ocasiones estas experiencias, acompañadas de fuertes
dolores en manos, pies y corazón, en forma transitoria y que iría
contando al Padre Benedetto con mucha discreción y gran vergüenza.
Parece que la verdadera misión del Padre Pío iba a empezar a
partir de ese día. Sin embargo, hacía años que había
empezado, incluso mucho antes de su total ofrecimiento. El 7 de abril de 1913
había escrito al padre Agostino sobre la aparición que había
tenido el 28 de marzo, diez días antes. Entre otras cosas le decía
así:
«El Viernes Santo estaba aún en la cama cuando Jesús se
me apareció, en un estado lastimoso y desfigurado. Me mostró un
gran número de sacerdotes infieles, algunos celebrando, otros preparándose.
Le pregunté por qué sufría tanto. Apartándose de
aquella multitud de sacerdotes con una expresión de disgusto en su rostro,
exclamó: "¡Carniceros!" y mirándome, dijo: "Hijo
mío, no creas que mi agonía duró solamente tres horas,
no; estaré en agonía hasta el fin del mundo. Durante el tiempo
de mi agonía, hijo mío, no hay que dormirse. Mi alma está buscando
unas gotas de piedad humana"... »
Jesús, una vez más, repetía a sus almas privilegiadas
el mensaje de su sufrimiento viendo la escalada espectacular de impiedad e
indiferencia religiosa, porque algunos sacerdotes se han mostrado por debajo
de su misión en sus costumbres, en su piedad o en el desvío de
la doctrina. La misión del Padre Pío va a ser en gran parte una
especie de reto lanzado al racionalismo moderno y a la incredulidad. Va a llevar
hasta un punto sublime los misterios de la misa y de la confesión, ocasiones
ambas en las que el sacerdote es más visiblemente otro Cristo. Le acompañarán
los estigmas, que no sólo son una gracia del Señor, sino también
un testimonio para el mundo entero.
Gente de todo el mundo irá a pedir consejo y buscar el perdón
de Dios en San Giovanni Rotondo. El Padre Pío pasará horas y
horas cada día en el confesonario e impartirá con sus manos la
reconciliación y la paz.