En los años 60 se produce la segunda
persecución. Ya no se le
puede acusar de falsario, pues son demasiados los testimonios y los informes
médicos. Este segundo acoso vendrá después de poner
en marcha sus dos grandes obras y se buscarán otros motivos tales
como «el
bien de la Orden capuchina» o «el buen sentido de la Iglesia» para
disimular los intereses humanos y sus pasiones. Sin embargo, durante las
persecuciones no cesarán las curaciones y demás acciones sobrenaturales,
cuya abundancia inducirá a algunas autoridades eclesiásticas
a una mayor «prudencia y severidad». La nueva serie de vejaciones
y de condenas hará exclamar al cardenal Lercaro:
–El Padre Pío una vez más encuentra su configuración
con Cristo humillado, perseguido y condenado.
Ya el 3 de mayo de 1952, inesperadamente y sin justificación, el padre
Clemente Da Milwaukee, superior de la Orden, había dirigido una carta
a todas las casas capuchinas de Italia pidiendo:
«Absténganse de favorecer las peregrinaciones a San Giovanni
Rotondo, de difundir escritos y estampas del Padre Pío».
¿Qué lo movía? ¿Prudencia
o intereses ocultos?
Al poco, monseñor Girolamo Bortignon, obispo de Padua y también
capuchino, prohibió los Grupos de Oración en su diócesis.
Todo aquello era el prólogo de una segunda persecución, la de
los años 60.
Un
escándalo sonado
Todo empieza por un problema de finanzas llamado «escándalo Giuffrè».
El tal Giuffrè prometía unos intereses del 100% a sus inversores,
casi todos clérigos provinciales de las órdenes religiosas, que
jugaban con créditos baratos obtenidos de sus fieles, y con la diferencia
de intereses aspiraban a cubrir los costes de las reconstrucciones y obras
nuevas, después del desastre de la guerra.
Al quebrar, pilla de por medio a todos sus acreedores,
entre ellos al obispo capuchino de Padua, quien tenía previsto construir un seminario y un
hogar para dos mil incurables. En su diócesis había una gran
devoción al Padre Pío y era evidente que los fieles si eran generosos
con la Casa di Sollievo no lo podían ser también con su obispo
y sus proyectos. De esta manera, desaconsejando toda relación con el
Padre Pío, con muy buenas palabras en pro de la Iglesia, monseñor
Bortignon buscaba conseguir que el dinero de sus fieles fuera para sus proyectos.
La provincia capuchina de Foggia había sido también una de las
más afectadas por la quiebra de Giuffrè. Tenía grandes
proyectos que realizar, igual que las demás provincias capuchinas. Al
encontrarse en una situación desesperada, caen en la tentación
de restablecer su situación financiera valiéndose de las arcas
del Padre Pío.
Lamentable historia que habla poco en favor de la Orden
capuchina, pero no hay que generalizar, pues fue obra de unas personas determinadas
que querían
cubrir su responsabilidad y se vieron envueltas cada vez más, buscando
solucionar su problema, en una situación más y más turbia,
pues al no conseguir la desviación de caudales del Padre Pío
destinados al hospital, quisieron obligarlo por la fuerza.
El superior general había ido un día a San Giovanni Rotondo
para pedir al guardián del convento, el entonces padre Carmelo de Sessano,
que animara al Padre Pío para que confiara a Giuffrè los donativos
que recibía. Molesto por esa petición, el padre Carmelo le explicó al
Padre Pío el sistema Giuffrè y le pidió consejo. El Padre
le respondió:
–No veo claro este asunto, no es lícito
ni moral.
Razón tenía, pues era usura y además prevaricación
al utilizar el dinero de los fieles para otros fines que los recibidos.
S.S. Pío XII opinaba igual y había advertido a obispos y responsables
de congregaciones y órdenes religiosas que no mantuvieran relaciones
con Giuffrè, pero bien pocos fueron los que obedecieron.
El 17 de agosto de 1958 estalló el «escándalo Giuffrè» a
raíz de las denuncias de los prestamistas que ni siquiera habían
cobrado los intereses prometidos. Las órdenes, congregaciones u obispados
se vieron obligados a devolver a los fieles el dinero prestado y a terminar
las construcciones empezadas. Para la mayoría era una situación
crítica; para la provincia capuchina de Foggia, un verdadero desastre:
debía devolver mil seiscientos millones de liras y sólo disponía
de un millón. La única solución, el Padre Pío y
su generosidad.
A los pocos meses, el 9 de octubre, S.S. Pío XII entregaba su alma
a Dios. Al padre Agostino le debemos esta confidencia del Padre Pío:
–He sentido, padre, todo el dolor de mi alma por la muerte de Su Santidad,
pero después el Señor me lo ha mostrado en su gloria.
Milagro viviente
Pero aquí en la tierra se quedaba sin su más eficaz protector.
Por otro lado, su salud física continuaba tan débil como siempre,
continuamente perdiendo sangre, siguiendo escrupulosamente la regla de su orden
y manteniendo la actividad ya descrita a pesar de sus setenta y dos años.
Era un «milagro viviente». Salía de una enfermedad para
caer en otra. El 25 de abril de 1959 se le diagnosticó bronconeumonía
complicada con pleuresía, que le obligó a un reposo absoluto.
Nos dice el padre Agostino en su diario:
«El Padre sufre, sufre porque no puede seguir su vida de cada día
con su ministerio espiritual para el bien de las almas. Por un micrófono
desde su celda sigue las ceremonias que se celebran en la iglesia y después
dirige al pueblo unas palabras y da la bendición».
La situación es angustiosa y no mejora a pesar de los esfuerzos médicos
y del tiempo de primavera y verano que se disfruta. El mismo día en
que el Padre Pío se puso enfermo, el 24 de abril de 1959, llegaba a
Italia la imagen de Nuestra Señora de Fátima que era llevada
de país en país y de ciudad en ciudad. En su recorrido iba dejando
memoria de su mensaje y sus promesas hechas en 1917 a los niños pastores.
El 5 de agosto por la tarde llegó la venerada imagen a San Giovanni
Rotondo. El Padre Pío había exhortado a los fieles:
–Abramos nuestros corazones a la confianza y a la esperanza. Viene con
las manos llenas de gracias y bendiciones (...) Debemos amar a nuestra Madre
celestial con perseverancia y constancia. Hemos de prometérselo y esa
Madre no nos abandonará en la pena cuando se vaya de aquí...
El arzobispo y todo el clero de Manfredonia junto con
un gran gentío
llegado de toda la provincia recibieron a la imagen y la depositaron en la
iglesia del convento, donde pasó la noche entre multitud de fieles.
Al día siguiente el Padre Pío, muy débil, fue llevado
ante la imagen en una silla y pudo, con lágrimas en los ojos, besar
los pies de la Señora y colocar un rosario entre sus manos. Por la tarde
la imagen fue trasladada a la Casa di Sollievo para finalmente subirla a la
terraza del hospital donde esperaba el helicóptero para llevarla a Sicilia.
El Padre quiso y pudo verla por última vez desde una ventana, ver cómo
se elevaba el helicóptero y daba tres vueltas sobre la muchedumbre y
el convento... Entonces el Padre Pío no se pudo contener:
–Madonna, Mamma mía, desde que has entrado en Italia estoy enfermo, ¿ahora
te vas y me dejas enfermo?
En el acto sintió un «escalofrío en los huesos» (sic)
y dijo a sus hermanos presentes:
–¡Estoy curado!
El 10 de agosto volvía a celebrar de nuevo la
misa en la iglesia del convento. Cuando alguien le preguntaba:
–Padre, ¿cómo se encuentra ahora?
–Estoy sano y fuerte como nunca en mi vida –respondía.
Era una gracia concedida por el cielo antes de la tempestad.