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Otro hecho extraordinario. –Acoso implacable. – La
voz de Pío XI
Aquellos años que sucedieron a 1924 fueron tiempos de silencio y de
prueba para nuestro querido Padre Pío, que acataba con sorprendente
y extraordinaria obediencia las órdenes que viniendo de arriba le eran
transmitidas por sus superiores. A cada nueva prohibición se limitaba
a decir:
–Que se haga la voluntad de Dios.
Poco sabemos de su vida interior en esos años en que no le permitieron
escribir a su director espiritual. Sólo podía confiarse a sus
hermanos del convento. Esta prodigiosa vida interior del Padre Pío,
su vida de oración y de gracias, era totalmente desconocida por la mayoría
de sus superiores y demás autoridades romanas.
Otro hecho extraordinario
Fue en estos años cuando se produjo otra extraordinaria bilocación
del Padre Pío, y en esta ocasión se hizo defensor de su propia
causa. Al cardenal Silj, que estaba presente, le debemos el conocer este hecho.
Se habían reunido con el Papa algunos cardenales, que para terminar
de una vez con el caso Padre Pío eran partidarios de gravísimas
sanciones. En aquel momento se vio entrar a un fraile capuchino, con las manos
escondidas dentro de las mangas, un andar doloroso pero decidido, que avanzó directamente
hacia el Santo Padre. Sin que nadie pudiera detenerlo, se arrodilló,
besó los pies de Su Santidad y con voz suplicante le dijo:
–Santidad, por el bien de la Iglesia, no permitáis
eso.
Pidió la bendición, de nuevo besó los pies del Santo
Padre y salió como había entrado. Los cardenales allí presentes
estaban estupefactos, no podían creer lo que acababan de ver, se interrogaban
unos a otros con la mirada, hasta que algunos, reaccionando, salieron a preguntar
a los guardias:
–¿Cómo es que habéis dejado
pasar a ese fraile capuchino?.
–¿Fraile capuchino? Por aquí no ha
entrado ni ha salido nadie.
Los demás guardias afirmaron:
–Es cierto, es cierto, no ha pasado nadie desde
que se reunieron Vuestras Eminencias.
Brunatto, el fiel Brunatto, reúne documentos, pruebas de toda clase,
escribe cartas para presionar a la Santa Sede y pedir que se digne hacer justicia
al Padre Pío. Solicita que se le devuelvan las libertades y al tiempo
se investigue a los canónigos que habían apoyado al arzobispo
de Manfredonia, e incluso al mismísimo Monseñor Gagliardi.
Poco a poco los calumniadores son descubiertos y destituidos
de sus funciones. No faltaron testigos, con pruebas evidentes y numerosas,
de antaño y
de entonces, acerca de la conducta escandalosa del que era cabeza de la diócesis,
quien gracias a sus amistades y a moverse con diligencia se iba manteniendo
en su privilegiado lugar, hasta que en octubre de 1929 por fin fue destituido.
Se retiró sin pena ni gloria a vivir con su familia, desposeído
de sus insignias episcopales.
Acoso implacable
Sin embargo, desenmascarado el principal calumniador,
no por eso el Padre Pío va a obtener del Santo Oficio que le sean levantadas todas las limitaciones.
Todo sigue igual respecto a nuestro fraile, que no mueve ni un dedo para defenderse,
más bien suplica a unos y a otros para que sean perdonados sus acusadores,
cosa que él hace de todo corazón.
Brunatto insiste, actúa desesperadamente. Aquellas presiones junto
con los sucesivos artículos que aparecían en los periódicos,
el río de peregrinos que no cesaba en San Giovanni Rotondo, las continuas
cartas que llegaban de todo el mundo, pesaron mucho sobre las decisiones tomadas
por el Santo Oficio el 13 de mayo 1931 en reunión plenaria. El 23 de
mayo así se le comunicó al ministro general de la Orden.:
«Al Padre Pío se le priva de todas las facultades del ministerio
sacerdotal, excepto la de celebrar misa, pero solamente en la capilla interior
del monasterio, no en la iglesia pública».
El provincial de Foggia era el encargado de comunicar
el decreto al Padre Pío, quien una vez más se limitó a
decir:
–Que se haga la voluntad de Dios –y se echó a llorar. No
podía celebrar misa en público, ni confesar, ni dirigirse a los
fieles, ni darles sus consejos tan acertados, ni exhortarles, ni siquiera verles.
–Dios mío, no podré en tu nombre
liberar a las almas de sus culpas.
Se privaba precisamente al Padre Pío de lo más esencial, pues
la confesión junto con la celebración de la misa eran el verdadero
núcleo de su vocación. No podía escribir ni mantener relación
alguna, pero los fieles no conocían la existencia de los decretos del
Santo Oficio, así que durante su aislamiento recibía un montón
de cartas de todo el mundo solicitando alguna gracia por su intercesión.
Todas estas peticiones las tenía presentes en sus solitarias celebraciones
eucarísticas, que duraban más de hora y media, e incluso hasta
tres horas. Por lo demás, comer y rezar el oficio con sus hermanos era
lo único que se le permitía en comunidad.
–Padre, así recluido irá ya por dos años.
–Sí, hermano, sí, dos años
llevo de prisionero inocente.
Lo cuenta el padre Raffaele, superior del convento en
esos años:
–Mirad, hermanos, se me humedecen los ojos de emoción al ver
a tanta gente venida del extranjero. Al no poder ver a nuestro Padre Pío,
se conforman y se quedan en la iglesia. ¡Con qué devoción
rezan y piden por la liberación de su padre espiritual!
–Y esto, padre, sucede un día, y el siguiente, y el siguiente,
por los años que llevamos, cada día, sin fallar.
La
voz de Pío XI
Corría el mes de marzo de 1933 cuando inesperadamente
un hermano le comenta a otro:
–Hermano, ¡aleluya!, ha llegado a San Giovanni Rotondo Monseñor
Passetto desde Roma.
–¿Monseñor Passetto? ¿Y viene de Roma? ¿Qué querrá Su
Eminencia de nosotros?
–Dicen que viene por encargo directo de Su Santidad Pío XI. Quiere
tener información fidedigna del Padre Pío, sin intermediarios
ni tergiversaciones ni exageraciones.
–Ya es hora de que el Santo Padre sepa toda la verdad. Cuando vean con
qué humildad acata tantas injusticias, su obediencia, su sencillez,
su amor, creo que en Roma van a cambiar de parecer.
Y así fue tras el relato que Monseñor Passetto hizo a raíz
de su visita. ¡Y cómo Su Santidad Pío XI cambió de
parecer! No esperó mucho. El 14 de julio de 1933, por voluntad expresa
del Pontífice, se rehabilita al Padre Pío permitiéndole
celebrar misa en público y confesar incluso a religiosos fuera del convento.
Pero el Santo Oficio tuvo que añadir unas palabras:
«Sí, pero que quede entre nosotros, sólo se trata a título
puramente experimental, y que no olvide que las misas no deben durar más
de 35 minutos y todas las demás prescripciones de nuestro decreto que
todavía están vigentes».
La noticia se recibió con gran alegría y corrió por toda
la comarca. El 16 de julio, día de Nuestra Señora del Carmen,
el Padre Pío volvió a celebrar su misa en la iglesia pública
del convento, que en aquella ocasión estaba llena a rebosar.
A partir de ese día, año tras año, la situación
del Padre Pío irá mejorando, dejando atrás aquellas injustas
prescripciones sin que nadie se atreva a hacerlas recordar. Empezará una época
feliz de apostolado fecundo que durará casi treinta años. Se
multiplicarán los peregrinos, las conversiones, curaciones y gracias.
Será en esta época cuando el Padre Pío ponga en marcha
sus dos grandes realizaciones: la espiritual, los Grupos de Oración,
y su gran obra terrenal, la Casa Sollievo della Sofferenza.
Palabras
de S.S. Pío XI a Monseñor Cuccarollo:
–Debéis estar contentos los capuchinos, el Padre Pío ha
sido recuperado y más aún –con expresión muy significativa –es
la primera vez que el Santo Oficio si rimangia (se traga) sus decretos.