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Alivio del sufrimiento. –Destellos providenciales.
Por Enrique Calicó
Mario Sanvico, veterinario e industrial, y el doctor Guglielmo Sanguinetti,
médico, masón convertido por el Padre Pío, se reunieron
el 9 de enero de 1940, en una casita que habían hecho construir en el
camino entonces deshabitado que va del pueblo de San Giovanni Rotondo al convento,
con el Dr. Carlo Kisvarday, farmacéutico, y algunos amigos más.
Entusiasmados, estaban decididos a poner en marcha el gran proyecto del que
les había hablado el Padre Pío en conversación privada
desde el locutorio del monasterio:
–Vamos a crear un comité para la fundación de una clínica. ¿Estamos
todos de acuerdo?.
–Sí, lo estamos. Y esta vez va a ir en serio. Tiene que ser un
hospital moderno, con los medios de hoy. La comarca lo necesita, los peregrinos
y los heridos de la guerra también... y es el deseo del Padre Pío.
–Hagamos constar en el acta: «Fundador de la obra: el Padre Pío
de Pietrelcina...»
–Pero él no desea ser mencionado.
–Es cierto; sin embargo, que conste en acta... ¿no
os parece?
– Sí, sí, que conste, el Padre Pío ¡es
el fundador!
Alivio del sufrimiento
Y así se constituyó un comité decidido a actuar según
las intenciones del Padre Pío, a quien se lo expusieron de inmediato.
–¿Qué le parece, Padre?
–Esta tarde comienza mi gran obra terrenal –les contestó,
y sacando del bolsillo una moneda de oro que acababa de recibir como limosna:–.
Deseo hacer la primera aportación.
Se abrió una cuenta con las aportaciones, siendo naturalmente las de
los peregrinos las primeras, y el 14 de febrero el Padre Pío bautizó la
obra con el nombre definitivo de «Casa Sollievo della Sofferenza» (Casa
de alivio del sufrimiento). El comité no descansaba, se imprimió un
folleto informativo, se tradujo a varios idiomas y se empezó a divulgar.
Los donativos llegaban de todas partes. El Padre Pío guardaba emocionado
una moneda de 50 céntimos que una mujer pobre y anciana, que quería
ser de las primeras en colaborar, le dio para la construcción del hospital.
Cuando la mostraba, añadía:
–El hospital se ha construido gracias a los donativos.
Tan pronto acabó la guerra en Europa se puso en marcha la gigantesca
obra, y se creó una sociedad jurídica. Al principio no se disponía
de arquitectos ni de aparejadores; en cambio, no faltaban médicos ni
administradores. ¿Cómo empezar?
El Padre Pío, siempre desconcertante en sus consejos, órdenes
y decisiones, siempre fiándose más de la Providencia que de los
razonamientos lógicos, le dice a don Giuseppe Orlando, en quien confiaba
y ya había participado en el pequeño hospital de San Francisco:
–Tienes que comenzar los trabajos.
–Pero, padre, sin un plan, sin un ingeniero. Hay que preparar el terreno,
dinamitar rocas, no sé por dónde empezar...
Pero don Giuseppe obedeció y el 19 de mayo de 1947 se empezaba a allanar
aquella montaña, y sí supo por dónde empezar: transformando
el mal camino que iba de San Giovanni Rotondo al convento en una amplia carretera
de cuatro metros, practicable a los grandes camiones y máquinas que
en breve iban a transitar por allí.
Destellos providenciales
La Providencia ayudaba a manos llenas. Cuando no tocaba
los corazones, deslumbraba con alguna gracia sobrenatural, de la que inmediatamente
se hacían eco
todos los periódicos de la época. Fue el caso de la niña
Anna Gemma Di Giorgi, siciliana, ciega de nacimiento. Su abuela había
decidido llevarla a San Giovanni Rotondo aconsejada por una pariente monja:
–El Padre Pío es un santo, sus manos estigmatizadas están
llenas de gracias celestiales y su mirada está siempre dirigida al cielo
para obtener de Dios las gracias que pedimos por su intercesión.
Con una fe sencilla y confiada, Anna y su abuela marcharon
el 6 de junio de 1947 rumbo al convento de Santa María delle Grazie. Allí, haciendo
cola desde la una de la madrugada, la pequeña pudo asistir a misa muy
cerca del Padre Pío, quien después, inesperadamente, la llamó al
confesonario, le tocó los párpados y le hizo la señal
de la cruz. Por la tarde, cuando el Padre Pío dio la comunión
a varios niños, ella hizo la primera comunión. El Padre repitió la
señal de la cruz sobre los párpados y la niña se dio cuenta
de que veía por primera vez en su vida. El oculista de Palermo que había
diagnosticado ceguera de por vida comprobó estupefacto que la niña
lo distinguía todo a su alrededor, objetos y personas, y sus ojos seguían
sin pupilas. Aquel milagro, al mes de iniciarse las obras, causó gran
sensación.
Los trabajos duraron nueve años. Cada cosa llegaba justo a su tiempo.
Cuando Don Orlando había hecho remover más de setenta y cinco
mil metros cúbicos de roca y se tenía que pasar a la siguiente
fase, el comité acababa de aceptar el proyecto, entre varios recibidos,
de un tal Angelo Lupi, de cuatro plantas, seis mil metros cuadrados de superficie
y capacidad para trescientos cincuenta enfermos. Lupi no era arquitecto, tampoco
ingeniero, pero puso manos a la obra y aquello avanzaba.
Una institución que después de la guerra regía la administración
de la ayuda a las regiones más dañadas concedió cuatrocientos
millones de liras a la obra del Padre Pío. Ayudas como éstas
eran decisivas y nunca el capuchino perdió la confianza, ni en los momentos
que parecían más difíciles, pues en el último instante
aparecía una donación que permitía atender un pago importante
a su vencimiento. Se cumplía por entero una profecía que había
hecho Giuseppe Fajella, un anciano, vecino de los Forgione, cuando Francesco
tenía sólo unos meses:
«Este niño será honrado en el mundo entero. Pasarán
fortunas por sus manos, pero no poseerá nada».
Labor fecunda
El Padre Pío había puesto mucho empeño en la realización
del hospital. Sabía, por propia experiencia, que el enfermo se siente
inquieto y solo, el cuerpo sufre y el alma también.
–Hay que intentar aliviar a ambos –decía con frecuencia–.
La Casa di Sollievo es un lugar en que los espíritus y los cuerpos agotados
se acercan al Señor y encuentran confortación. Dios mira con
amor nuestra alma que es llevada por nuestro cuerpo aquí en la tierra.
Así, pues, cuidemos de él.
Los grupos de oración rezaban por las intenciones del Padre y, entre
otras, por el hospital y que éste se terminara pronto. Un «Bolletino» mensual
informaba del estado de las obras y también de las actividades de estos
grupos.
Los años que seguirán hasta 1950 serán una época
muy fecunda para el Padre Pío, que puede ejercer libremente su ministerio.
El número de peregrinos, gracias a los modernos medios de comunicación,
aumenta espectacularmente. También las cartas que llegan de todo el
mundo, unas pidiendo gracias, otras agradeciendo las recibidas. El padre Agostino
anota en su diario el 13 de septiembre de 1949:
«Las cartas llegan por centenares. Las hay conmovedoras implorando gracias.
Son numerosas las que nos cuentan las gracias recibidas».
Los fieles hacen cola desde las dos de la madrugada para
confesarse con el Padre Pío, y se tiene que recurrir a dar números de orden. En
1954 la Orden capuchina decide edificar una nueva iglesia más amplia
al lado de la antigua que se ha quedado más que insuficiente. Esas muchedumbres
y las enormes aportaciones que se recogen para la construcción de la
Casa di Sollievo son los frutos de una vida de santificación entregada
por completo al Señor.
El 5 de mayo de 1956, ante más de treinta mil fieles, se hizo, por
fin, la inauguración oficial de la «Casa del alivio del sufrimiento».
El Padre Pío celebró misa a las diez en la explanada de la entrada.
Presidía el cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, con asistencia del
ministro general de la Orden, del presidente del Senado, ministros del Gobierno,
diputados y más de trescientos periodistas. Se leyó el telegrama
que Pío XII había enviado al Padre Pío.
La prosa de las finanzas
La obra estaba acabada. El Padre Pío había cuidado cada paso
de las obras, incluso, junto con los arquitectos, que los edificios pudieran
ser ampliados sin romper el conjunto. Y así será en 1957 y sucesivamente
hasta nuestros días. También sufría para que no se torciera
el verdadero fin de su obra, expresado muy bien por S.S. Pío XII:
«...la medicina que desea ser verdaderamente humana debe abordar a la
persona por entero, cuerpo y alma. Pero es incapaz de ello por sí misma,
pues no posee autoridad que la capacite para intervenir en el terreno de la
conciencia. Reclama, pues, colaboraciones que prolonguen su obra y la lleven
a su verdadero fin».
Dicho de otra manera, el enfermo sólo encontrará alivio
eficaz si reconoce ser atendido en la doble vertiente material y moral.
Pero la dirección de la Casa di Sollievo della Sofferenza había
tenido cambios importantes en los últimos años y esto inquietaba
al Padre Pío, y para evitar las disensiones entre los accionistas pensó en
poner todas las acciones a su nombre, y que la gestión fuera confiada
a la Congregación de la Orden Tercera franciscana de Santa Maria delle
Grazie. La congregación se había constituido al comienzo por
la unión de los accionistas de la sociedad jurídica, la propietaria,
con los gestores del hospital con el fin de que nunca fueran olvidados los
objetivos que habían motivado la fundación.
El Padre Pío se lo expuso así a S.S. Pío XII pidiéndole
el permiso, la dispensa de voto de pobreza y poder depositar esas acciones
en el Instituto de Obras de Religión (IOR). Además pedía
que el IOR aceptara, después de su muerte, los bienes de la obra de
la Casa di Sollievo y destinarlos a la continuación de la misma. Pío
XII, que conocía la rectitud del Padre Pío y era razonable su
desconfianza en los financieros que pululan alrededor de semejantes obras,
respondió favorablemente al primero de sus ruegos. El 99% de las acciones
a nombre del Padre Pío se depositaron en el IOR en Roma, el Padre Pío
quedaba como director de la congregación de la Orden Tercera y accionista
mayoritario de la Casa di Sollievo, se convertía en propietario y director
a la vez del hospital, podía abrir una cuenta personal y recibir las
donaciones destinadas a la Casa. En septiembre de 1957 nombra administrador único
a Angelo Battisti, quien en los años tormentosos que se avecinan demostrará ser
hombre íntegro y prudente.
Tal confianza de la Santa Sede, los privilegios tan especiales
concedidos al Padre Pío, van a despertar, bien manipulados por Barba Azul, ambiciones,
envidias y codicias que provocarán una nueva persecución.