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Los Grupos de Oración. –Similar a Cristo crucificado
Por
Enrique Calicó
Al instalarse
en su nueva y definitiva residencia, algunos hermanos se habían
preocupado por el riesgo de contagio. Con una gran sencillez y también
firmeza, les tranquilizó:
–Mi enfermedad no es como las otras.
Por fin sus superiores decidieron mantenerle definitivamente
en San Giovanni Rotondo, donde vivirá cincuenta y dos años, hasta su muerte en
1968 a sus 81 años. Le confiaron al principio el cargo de director espiritual
y de maestro del pequeño grupo de muchachos que se preparaban para entrar
en la Orden. Esta nueva vida le daba profundidad. No sabía que allí iba
a empezar su gran misión. Las multitudes iban a acudir a él de
todas partes, a ese rincón antes desconocido, y serían atendidas
principalmente por sus misas y sus confesiones. No importa que la celebración
eucarística dure tres horas o más, los fieles degustarán
su mística, sus éxtasis y los dones que Dios se dignó concederle,
y el fruto se propagará por doquier, con conversiones inesperadas e
inauditas. Otro de los dones del Espíritu Santo de que disponía
en abundancia era el de consejo.
Los
Grupos de Oración
En Florencia, una chica se tiró del Ponte Vecchio al río Arno.
Su hermana vivía atormentada pensando en el hecho de un suicidio premeditado
y voluntario, y por tanto que se había condenado. Tal era su dolor que
por fin decidió visitar al Padre Pío en San Giovanni Rotondo.
Nuestro fraile, en cuanto la vio, le dijo sin más, con su dulzura acostumbrada:
–Del puente al río hay unos segundos. Y no le dijo nada más.
Ella, entre sollozos, sólo pudo balbucear: –Gracias,
padre.
¿Cómo sabía él que le iba a preguntar por su hermana
si ni siquiera la conocía a ella? Era evidente que por confidencia divina
sabía que mientras caía tuvo tiempo de arrepentirse. Realmente
la hermana podía regresar con la paz en el corazón.
Había escrito allí en Pietrelcina:
«La oración es el gran negocio de la salvación
humana»
Y ahora en San Giovanni lo llevaba a la práctica, contagiando a muchas
personas de buena voluntad. Una de las realizaciones más importantes
del Padre Pío fueron los Grupos de Oración, que se extenderán
por todas partes del mundo a partir de 1945, ayudados también por la
exhortación del Papa Pío XII.
Ejercía la dirección espiritual de las almas piadosas que se
acercaban a él, dando gran importancia a la lectura espiritual, la meditación,
el examen de conciencia, la comunión diaria, la confesión semanal:
–La meditación es la clave del progreso en el conocimiento de
uno mismo y en el de Dios, y permite alcanzar la finalidad de la vida espiritual,
que es la transformación del alma en Dios.
–¿Y la confesión, padre?
–La confesión es el baño del alma, hijos míos.
Hay que lavarla al menos cada ocho días.
Similar a Cristo crucificado
El 20 de septiembre de 1918, estando el Padre Pío ante un gran crucifijo
que domina la sillería del coro, recibió los estigmas, visibles
y sangrantes, que hasta su muerte lo identificaron con Cristo crucificado.
Gracias al padre Benedetto, su amigo, confesor y director espiritual, sabemos
los detalles de cómo sucedió, pues sin más preámbulo,
y para vencer aquel silencio, aquellas medias palabras, aquel esconderse de
miradas, aquella vergüenza natural del Padre Pío, le obligó con
estas palabras:
–Hijo mío, dímelo todo claramente...
Quiero saberlo todo con detalle y en virtud de la santa obediencia.
De esa forma nuestro querido beato no tuvo más remedio que contar,
punto por punto, en carta fechada el 22 de octubre, todo lo sucedido aquel
día y podemos comprobar que fue en circunstancias bastantes parecidas
a lo acaecido a San Francisco de Asís el 14 de septiembre de 1224, con
siete siglos de distancia.
Otra gran diferencia que conviene señalar: lo que fue admitido por
la Edad Media cristiana no lo fue tan fácilmente en la época
del Padre Pío. Médicos, visitantes oficiales, expertos en la
mística, se sucedían para examinarlo y dar su opinión.
Se formaron dos grupos opuestos. Los que, después de un estudio profundo
y minucioso, sólo encontraron una explicación sobrenatural; y
los que, para mantenerse en su incredulidad, buscaron razones de todos los
colores aunque ninguna fue lo bastante coherente para ser admitida a través
del tiempo. Tampoco faltaron los que se atrevieron a insinuar que aquellas
llagas podían ser artificialmente provocadas. Esas heridas sangraron
diariamente más de cincuenta años.
La cantidad de sangre perdida diariamente, algo más de una taza, habría
acabado con la vida del ser más fornido en menos de un año. Pero
en el Padre Pío, enfermizo, falto de salud como hemos visto, tachado
de tuberculoso –apenas dormía, comía muy poco, se pasaba
muchísimas horas diarias en el confesonario con el consiguiente desgaste–,
y jamás en esos cincuenta años tales llagas se infectaron o dieron
síntomas de cicatrizarse.
La fama del Padre Pío, bien en un sentido o bien en otro, fue creciendo
por toda Italia y por el mundo entero, y no solamente en círculos religiosos
o científicos. Una fotografía de nuestro capuchino llegó a
manos del general Luigi Cadorna, quien había sido tachado de responsable
de la derrota en la batalla de Caporetto contra las tropas austroalemanas en
1917. Tan pronto la vio, le reconoció inmediatamente:
–Éste, éste es el fraile que sin permiso, sin ser anunciado,
sin ser visto por nadie, entró en mi despacho aquella noche en que yo
había tomado la decisión de suicidarme, con el revólver
ya cargado en mi mano. Fue él quien me disuadió de hacerlo y
cuando ya me tuvo convencido y arrepentido desapareció tal cual había
llegado.
El bueno del general diose cuenta de que había sido beneficiado con
una gracia especial del Señor a través de aquel religioso excepcional.
Y la multitud de fieles devotos era cada vez más
numerosa.