El agua milagrosa obró el primer milagro. El buen párroco de
Lourdes había pedido una señal, y en vez de la muy pequeña
que había pedido, la Virgen acababa de darle una muy grande, y no solo
a el, sino a toda la población.
Había en Lourdes un pobre obrero de las canteras, llamado Bourriette,
quien veinte años antes había tenido el ojo izquierdo severamente
lastimado por la explosión de una mina. Era un hombre muy honrado y
muy cristiano, quien mandó a la hija a buscarle agua a la nueva fuente
y se puso a orar, aunque estaba un poco sucia, se froto el ojo con ella. Comenzó a
gritar de alegría. Las tinieblas habían desaparecido, no le quedaba
mas que una ligera nubecilla, que fue desapareciendo al seguir lavándose.
Los médicos habían dicho que el jamás se curaría.
Al examinarlo de nuevo no quedo mas remedio que llamarle a lo sucedido por
su nombre: milagro. Y lo mas grande era que el milagro había dejado
las cicatrices y las lesiones profundas de la herida, pero había devuelto
aun así la vista.
Muchos milagros siguen sucediendo en Lourdes por lo que en el santuario hay
siempre una multitud de enfermos.
4 de marzo
Siguiendo su costumbre, Bernardita, antes de dirigirse
a la gruta, asistió a
la Santa Misa. Al final de la aparición, tuvo una gran tristeza, la
tristeza de la separación. ¿Volvería a ver a la Virgen?
La Virgen siempre generosa, no quiso que terminara el
día sin una manifestación
de su bondad: un gran milagro, un milagro maternal.
Un niño de dos años estaba ya agonizando, se llamaba Justino.
Desde que nació tuvo una fiebre que iba poco a poco desmoronando su
vida. Sus padres, ese día, lo creían muerto. La Madre en su desesperación
lo tomó y lo llevó a la fuente. El niño no daba señales
de vida. La madre lo metió 15 minutos en el agua que estaba muy fría.
Al llegar a la casa, notó que se oía con normalidad la respiración
del niño.
Al día siguiente, Justino se despertó con
tez fresca y viva, sus ojos llenos de vida, pidiendo comida y sus piernas
fortalecidas.
Este hecho conmocionó a toda la comarca y pronto a toda Francia y Europa;
tres médicos de gran fama certificaron el milagro, llamándolo
de primer orden.