1. La tradición de Israel ha dado al himno de alabanza
que acabamos de proclamar el título de «Salmo
para la todáh», es decir, para la acción
de gracias en el canto litúrgico, por lo que se presta
muy bien a ser entonado en las Laudes matutinas. En los pocos
versículos de este gozoso himno se pueden identificar
tres elementos significativos, capaces de hacer fructuosa
su recitación por parte de la comunidad cristiana
orante.
2. Ante todo aparece el intenso llamamiento
a la oración,
claramente descrita en dimensión litúrgica.
Basta hacer la lista de los verbos en imperativo que salpican
el Salmo y que aparecen acompañados por indicaciones
de carácter ritual: «Aclamad..., servid al Señor
con alegría, entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas
con acción de gracias, por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre (versículos
2-4). Una serie de invitaciones no sólo a penetrar
en el área sagrada del templo a través de las
puertas y los patios (cf. Salmo 14, 1; 23, 3.7-10), sino
también a ensalzar a Dios de manera festiva.
Es una especie de hilo conductor de
alabanza que no se rompe nunca, expresándose en una continua profesión
de fe y de amor. Una alabanza que desde la tierra se eleva
hacia Dios, pero que al mismo tiempo alimenta el espíritu
del creyente.
3. Quisiera hacer una segunda y breve
observación
sobre el inicio mismo del canto, en el que el Salmista hace
un llamamiento a toda la tierra a aclamar al Señor
(cf. v. 1). Ciertamente el Salmo centrará después
su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte
abarcado por la alabanza es universal, como con frecuencia
sucede en el Salterio, en particular en los así llamados «himnos
al Señor rey» (cf. Salmos 95-98). El mundo y
la historia no están en manos del azar, del caos,
o de una necesidad ciega. Son gobernados por un Dios misterioso,
sí, pero al mismo tiempo es un Dios que desea que
la humanidad viva establemente según relaciones justas
y auténticas. «Él afianzó el orbe,
y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente...
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad» (Salmo 95, 10.13).
4. Por este motivo, todos estamos en
las manos de Dios, Señor y Rey, y todos le alabamos, con la confianza
de que no nos dejará caer de sus manos de Creador
y Padre. Desde esta perspectiva, se puede apreciar mejor
el tercer elemento significativo del Salmo. En el centro
de la alabanza que el Salmista pone en nuestros labios se
encuentra de hecho una especie de profesión de fe,
expresada a través de una serie de atributos que definen
la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene
las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios: el
Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo,
el Señor es bueno, su amor es eterno, su fidelidad
no tiene límites (cf. versículos 3-5).
5. Ante todo nos encontramos frente
a una renovada confesión
de fe en el único Dios, como pide el primer mandamiento
del Decálogo: «Yo soy el Señor, tu Dios...
No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Éxodo
20, 2.3). Y, como se repite con frecuencia en la Biblia: «Reconoce,
pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor
es el único Dios allá arriba en el cielo, y
aquí abajo en la tierra; no hay otro».
Se proclama después la fe en el Dios creador, manantial
del ser y de la vida. Sigue después la afirmación
expresada a través de la así llamada «fórmula
de la alianza», de la certeza que tiene Israel de la
elección divina: «somos suyos, su pueblo y ovejas
de su rebaño» (v. 3). Es una certeza que hacen
propia los fieles del nuevo Pueblo de Dios, con la conciencia
de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las
almas las lleva a los prados eternos del cielo (cf. IPedro
2, 25).
6. Después de la proclamación del Dios único,
creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor
ensalzado por nuestro Salmo continúa con la meditación
en tres cualidades divinas con frecuencia exaltadas en el
Salterio: la bondad, el amor misericordioso («hésed»),
la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza
de Dios con su pueblo; expresan un lazo que no se romperá nunca,
a través de las generaciones y a pesar del río
fangoso de pecado, de rebelión y de infidelidad humanas.
Con serena confianza en el amor divino que no desfallecerá nunca,
el pueblo de Dios se encamina en la historia con sus tentaciones
y debilidades diarias.
Y esta confianza se convierte en un
canto que no siempre puede expresarse con palabras, como
observa san Agustín: «Cuanto
más aumente la caridad, más te darás
cuenta de lo que decías y no decías. De hecho,
antes de saborear ciertas cosas, creías que podías
utilizar palabras para hablar de Dios; sin embargo, cuando
has comenzado a sentir su gusto, te das cuenta de que no
eres capaz de explicar adecuadamente lo que experimentas.
Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras
lo que sientes, ¿tendrás por eso que callarte
y no cantar sus alabanzas?... Por ningún motivo. No
seas tan ingrato. A Él se le debe el honor, el respeto,
y la alabanza más grande... Escucha el Salmo: "¡Aclama
al Señor, tierra entera!". Comprenderás
la exultación de toda la tierra si tú mismo
exultas con el Señor («Comentarios a los Salmos», «Esposizioni
sui Salmi» III/1, Roma 1993, p. 459).