1. En el clima de alegría y de fiesta, que se prolonga
en esta última semana del tiempo navideño,
queremos retomar nuestra meditación sobre la Liturgia
de los Laudes. Nos detenemos hoy en el Salmo 99, recién
proclamado, que constituye una gozosa invitación a
alabar al Señor, pastor de su pueblo.
Siete imperativos salpican toda la
composición y
llevan a la comunidad fiel a celebrar, en el culto, al Dios
del amor y de la alianza: «aclamad», «servid», «presentaos», «sabed», «entrad
por sus puertas», «dadle gracias» «bendecid».
Hace pensar en una procesión litúrgica que
está a punto de entrar en el templo de Sión
para realizar un rito en honor del Señor (Cf. Salmos
14; 23; 94).
En el Salmo se entrecruzan algunas
palabras características
para exaltar el lazo de alianza que existe entre Dios e Israel.
Aparece ante todo la afirmación de una plena pertenencia
a Dios: «somos suyos, su pueblo» (Salmo 99, 3),
afirmación llena de orgullo y al mismo tiempo de humildad,
pues Israel se presenta como «ovejas de su rebaño» (ibídem).
En otros textos, encontramos expresiones de esta relación: «El
Señor es nuestro Dios» (Cf. Salmo 94, 7). Encontramos,
después, expresiones de la relación de amor,
la «misericordia» y «fidelidad»,
unidas a la «bondad» (Cf. Salmo 99, 5), que en
el original hebreo se formulan precisamente con los términos
típicos del pacto que une a Israel con su Dios.
2. Pasa revista también a las coordenadas del espacio
y del tiempo. Por un lado, se presenta ante nosotros toda
la tierra, involucrada con sus habitantes en la alabanza
a Dios (Cf. v. 2); después el horizonte se reduce
al área sagrada del templo de Jerusalén con
sus atrios y sus puertas (Cf. v. 4), donde se recoge la comunidad
en oración. Por otro lado, se hace referencia al tiempo
en sus tres dimensiones fundamentales: el pasado de la creación
(«Él nos hizo», v. 3), el presente de
la alianza y del culto («somos suyos, su pueblo y ovejas
de su rebaño», ibídem) y, por último,
el futuro en el que la fidelidad misericordiosa del Señor
se extiende «por todas las edades», haciéndose «eterna» (v.
5).
3. Detengámonos ahora brevemente en los siete imperativos
que constituyen la larga invitación a alabar a Dios
y que abarcan casi todo el Salmo (Cf. versículos 2-4)
antes de encontrar, en el último versículo,
su motivación en la exaltación de Dios, contemplado
en su identidad íntima y profunda.
El primer llamamiento consiste en la
aclamación festiva
que involucra a toda la tierra en el canto de alabanza al
Creador. Cuando rezamos, tenemos que sentirnos en sintonía
con todos los que rezan, quienes en idiomas y formas diferentes,
exaltan al único Señor.
«Pues --como dice el profeta Malaquías-- desde
el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre
las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio
de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi
Nombre entre las naciones, dice el Señor de los Ejércitos» (1,11).
4. Vienen después unos llamamientos de carácter
litúrgico y ritual: «servir», «presentarse» y «cruzar
las puertas» del templo. Son verbos que, aludiendo
también a las audiencias reales, describen los diferentes
gestos que los fieles realizan cuando entran en el santuario
de Sión para participar en la oración comunitaria.
Después del canto cósmico, celebra la liturgia
el pueblo de Dios, «ovejas de su rebaño»,
su «propiedad personal entre todos los pueblos» (Éxodo
19, 5).
La invitación a «entrar por sus puertas con
acción de gracias» y «con himnos» nos
recuerda un pasaje de «Los misterios» de san
Ambrosio, donde se describen a los bautizados acercándose
al altar: «El pueblo purificado se acerca a los altares
de Cristo diciendo: "Llegaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría" (Salmo 42, 4). Desprendido
de los restos del error inveterado, el pueblo renovado en
su juventud como un águila se dispone a participar
en este convite celeste. Llega y al ver el altar sacrosanto
convenientemente preparado, exclama: "El Señor
es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba
me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce" (Salmo
22, 1-2)» («Obras dogmáticas» --«Opere
dogmatiche»-- III, SAEMO 17, páginas 158-159).
5. Los demás imperativos, que salpican el Salmo,
vuelven a presentar actitudes religiosas fundamentales de
quien ora: «saber», «alabar», «bendecir».
El verbo «saber» expresa el contenido de la profesión
de fe en el único Dios. De hecho, tenemos que proclamar
que sólo «el Señor es Dios» (Salmo
99, 3), combatiendo toda idolatría y toda soberbia
y potencia humana contrapuesta.
El objetivo de los demás verbos, es decir, «alabar» y «bendecir» es
también «el nombre» del Señor (Cf.
v. 4), es decir, su persona, su presencia eficaz y salvadora.
Desde esta perspectiva el Salmo concluye
con una solemne exaltación de Dios, una especie de profesión
de fe: el Señor es bueno y su fidelidad no nos abandona
nunca, pues siempre está dispuesto a apoyarnos con
su amor misericordioso. Con esta confianza, el que ora se
abandona en el abrazo de su Dios: «Gustad y ved qué bueno
es el Señor, dichoso el hombre que se cobija en él»,
dice el Salmista en otro lugar (Salmo 33,9; Cf. 1 Pedro 2,
3).