1. El Salmo que acabamos de escuchar tiene el tono de
una lamentación
y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utiliza
un célebre símbolo bíblico, el pastoral. El Señor
es invocado como «pastor de Israel», el que «guía
a José como a un rebaño» (Salmo 79, 2). Desde lo alto del
arca de la alianza, sentado sobre querubines, el Señor guía a
su rebaño, es decir, su pueblo, y lo protege en los peligros.
Así lo había hecho durante la travesía del desierto.
Ahora, sin embargo, parece ausente, como adormecido o indiferente. Al rebaño
que debía guiar y alimentar (cfr. Salmo 22) sólo le ofrece un
pan amasado con lágrimas (cfr. Salmo 79, 6). Los enemigos se ríen
de este pueblo humillado y ofendido; y sin embargo Dios no parece quedar sorprendido,
no «se despierta» (versículo 3), ni revela su potencia en
defensa de las víctimas de la violencia y de la opresión. La
repetición de la invocación de la antífona (cfr. versículos
4 a 8) parece como si quisiera sacudir a Dios de su actitud alejada para que
vuelva a ser pastor y defienda de su pueblo.
2. En la segunda parte de la oración, cargada de tensión y al
mismo tiempo de confianza, encontramos otro símbolo sumamente querido
por la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de entender,
pues pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad
y de alegría.
Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas
páginas poéticas (cfr. Isaías 5, 1-7), la viña
encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales: por un lado, dado
que es plantada por Dios (cfr. Isaías 5, 2; Salmo 79, 9-10), la viña
representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otro lado, requiere el trabajo
del campesino, gracias al cual se produce la uva, que después puede
dar el vino. Representa así la respuesta humana, el compromiso personal
y el fruto de obras justas.
3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca las etapas
principales de la historia judía: sus raíces, la experiencia
del éxodo de Egipto, la entrada en la tierra prometida. La viña
había alcanzado su nivel más amplio de extensión por toda
la región de Palestina y más lejos todavía con el reino
de Salomón. Se extendía, de hecho, desde los montes septentrionales
del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi
hasta llegar al gran río Éufrates (cfr. versículos 11-12).
Pero el esplendor de este florecimiento se desgarró. El Salmo nos recuerda
que sobre la viña de Dios pasó la tempestad, es decir, Israel
sufrió una dura prueba, una terrible invasión que devastó la
tierra prometida. Dios mismo demolió, como si fuera un invasor, la cerca
de la viña, dejando así que en ella irrumpieran los saqueadores,
representados por el jabalí, una animal considerado como violento e
impuro, según las antiguas costumbres. A la potencia del jabalí se
asocian todas las alimañas salvajes, símbolo de una horda enemiga
que todo lo devasta (cfr. versículos 13-14).
4. Entonces dirige a Dios un llamamiento apremiante para
que vuelva a ponerse en defensa de las víctimas, rompiendo su silencio: «Dios de los
ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña» (v. 15). Dios será entonces el protector
de la cepa vital de esta viña sometida a una prueba tan dura, expulsando
a todos los que habían tratado de talarla y quemarla (cfr. versículos
16-17).
Al llegar a este momento, el Salmo deja espacio a una
esperanza de colores mesiánicos. El versículo 18, de hecho, reza así: «Que
tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste».
El pensamiento se dirige ante todo al rey davídico que con el apoyo
del Señor guiará la recuperación de la libertad. De todos
modos, aparece implícita la confianza en el futuro Mesías, ese «hijo
del hombre» que será cantado por el profeta Daniel (cfr. 7, 13-14)
y que Jesús asumirá como título predilecto para definir
su obra y su persona mesiánica. Es más, los Padres de la Iglesia
indicarán con unanimidad en la viña evocada por el Salmo una
representación profética de Cristo «auténtica vid» (Juan
15, 1) y de la Iglesia.
5. Para que el rostro del Señor vuelva a brillar es necesario ciertamente
que Israel se convierta en la fidelidad y en la oración al Dios salvador.
Lo expresa el Salmista afirmando: No nos alejaremos de ti» (Salmo 79,
19).
El Salmo 79 es, por tanto, un canto intensamente marcado
por el sufrimiento, pero también por una inquebrantable confianza. Dios siempre está dispuesto
a «regresar» a su pueblo, pero es necesario que también
el pueblo «regrese» a Él con la fidelidad. Si nos convertimos
del pecado, el Señor se «convertirá» de su intención
de castigar: es la convicción del Salmista, que encuentra eco también
en nuestros corazones, abriéndolos a la esperanza.