1. El Salmo que se acaba de proclamar es un canto en
honor de Sión, "la
ciudad de nuestro Dios" (Salmo 47,3), que entonces era sede del templo
del Señor y lugar de su presencia en medio de la humanidad. La fe cristiana
lo aplica ahora a la "Jerusalén de lo alto", que es "nuestra
madre" (Gálatas 4, 26).
La tonalidad litúrgica de este himno, la evocación de una procesión
festiva (cf. versículos 13-14), la visión pacífica de
Jerusalén, que refleja la salvación divina, hacen del Salmo 47
una oración para comenzar el día y hacer de él un canto
de alabanza, aunque haya nubes que oscurezcan el horizonte.
Para comprender el sentido del Salmo, nos pueden servir
de ayuda tres aclamaciones que aparecen al inicio, en medio y al final, como
ofreciéndonos la clave
espiritual de la composición e introduciéndonos así en
su clima interior. Estas son las tres invocaciones: "Grande es el Señor
y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios" (v. 2); "Oh
Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo" (v. 10); "Este
es el Señor, nuestro Dios. Él nos guiará por siempre jamás" (v.
15).
2. Estas tres aclamaciones, que exaltan al Señor, así como "la
ciudad de nuestro Dios" (v. 2), enmarcan dos grandes partes del Salmo.
La primera es una gozosa celebración de la ciudad santa, la Sión
victoriosa contra los asaltos de los enemigos, serena bajo el manto de la protección
divina (cf. versículos 3-8). Se ofrece una especie de letanía
de definiciones de esta ciudad: es una altura admirable que se yergue como
un faro de luz, una fuente de alegría para todos los pueblos de la tierra,
el único y auténtico "Olimpo" en el que el cielo y
la tierra se encuentran. Utilizando una expresión del profeta Ezequiel
es la ciudad del Emanuel, pues "Dios está allí", presente
en ella (cf. Ezequiel 48, 35). Pero en torno a Jerusalén se están
agolpando las tropas de un asedio, casi un símbolo del mal que atenta
contra el esplendor de la ciudad. El enfrentamiento tiene un resultado obvio
y casi inmediato.
3. Los potentes de la tierra, de hecho, asaltando la
ciudad santa, provocan al mismo tiempo a su Rey, el Señor. El salmista muestra cómo
se disuelve el orgullo de un ejército potente con la imagen sugerente
de los dolores de parto: "Allí los agarró un temblor y dolores
como de parto" (v. 7). La arrogancia se transforma en fragilidad y debilidad,
la potencia en caída y fracaso.
Este mismo concepto es expresado con otra imagen: el
ejército atacante
es comparado con una armada naval invencible sobre la que sopla un terrible
viento de Oriente (cf. v. 8). Queda, por tanto, una certeza para quien está bajo
la sombra de la protección divina: no es el mal quien tiene la última
palabra, sino el bien; Dios triunfa sobre las potencias hostiles, incluso cuando
parecen grandiosas e invencibles.
4. Entonces, el fiel celebra precisamente en el templo
su acción de
gracias a Dios liberador. Eleva un himno al amor misericordioso del Señor,
expresado con el término hebreo "hésed", típico
de la teología de la alianza. Llegamos así a la segunda parte
del Salmo (cf. versículos 10-14). Tras el gran canto de alabanza al
Dios fiel, justo y salvador (cf. versículos 10-12), tiene lugar una
especie de procesión en torno al templo y a la ciudad santa (cf. versículos
13-14). Se cuentan los torreones, signo de la segura protección de Dios,
se observan las fortificaciones, expresión de la estabilidad ofrecida
a Sión por su Fundador. Los muros de Jerusalén hablan y sus piedras
recuerdan los hechos que deben ser transmitidos "a la próxima generación" (v.
14) con la narración que harán los padres a sus hijos (cf. Salmo
77,3-7). Sión es el espacio de una cadena ininterrumpida de acciones
salvadoras del Señor, que son anunciadas en la catequesis y celebradas
en la liturgia, para que los creyentes mantengan la esperanza en la intervención
liberadora de Dios.
5. En el versículo conclusivo se presenta una de las más elevadas
definiciones del Señor como pastor de su pueblo: "Él nos
guiará" (v. 15). El Dios de Sión es el Dios del Éxodo,
de la libertad, de la cercanía al pueblo esclavo de Egipto y peregrino
en el desierto. Ahora que Israel se ha instalado en la tierra prometida, sabe
que el Señor no le abandona: Jerusalén es el signo de su cercanía
y el templo es el lugar de su esperanza.
Al releer estas expresiones, el cristiano se eleva a
la contemplación
de Cristo, nuevo y viviente templo de Dios (cf. Juan 2, 21), y se dirige a
la Jerusalén celeste, que ya no tiene necesidad de un templo ni de una
luz exterior, pues "el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero,
es su Santuario... la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el
Cordero" (Apocalipsis 21, 22-23). San Agustín nos invita a hacer
esta relectura "espiritual" convencido de que en los libros de la
Biblia "no hay nada que afecte sólo a la ciudad terrena, pues todo
lo que se dice de ella simboliza algo que puede ser referido también
por alegoría a la Jerusalén celeste" ("Ciudad de Dios",
XVII, 3, 2). Le hace eco san Paulino de Nola, que precisamente al comentar
las palabras de nuestro Salmo exhorta a rezar para que "podamos ser piedras
vivas en los muros de la Jerusalén celeste y libre" (Carta 28,
2 a Severo). Y contemplando la firmeza y solidez de esta ciudad, el mismo Padre
de la Iglesia sigue diciendo: "De hecho, quien habita esta ciudad se revela
como el Uno en tres personas... Cristo ha sido constituido no sólo su
fundamento, sino también su torreón y puerta... Por tanto, si
se funda sobre él la casa de nuestra alma y se eleva sobre él
una construcción digna de un fundamento tan grande, entonces la puerta
de entrada en su ciudad será para nosotros precisamente Aquel que nos
guiará en los siglos y nos colocará en el lugar de su grey".