1. La Liturgia de las Vísperas
ha dividido en dos partes el Salmo 26, siguiendo la estructura misma del
texto que es parecida a la de un díctico.
Acabamos de proclamar la segunda parte de este canto de confianza que se eleva
al Señor en el día tenebroso del asalto del mal. Son los versículos
7 a 14 del Salmo: comienzan con un grito lanzado al Señor: «ten
piedad, respóndeme» (versículo 7); después expresan
una intensa búsqueda del Señor con el temor doloroso de sentirse
abandonado por él (cfr vv. 8-9); por último, presentan ante nuestros
ojos un horizonte dramático en el que los mismos afectos familiares
desfallecen (Cf. versículo 10), mientras aparecen «enemigos», «adversarios», «testigos
falsos» (versículo 12).
Pero también ahora, como en la primera parte del Salmo, el elemento
decisivo es la confianza del que ora en el Señor que salva en la prueba
y ofrece su apoyo en la tempestad. En este sentido, es bellísimo el
llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: «Espera
en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (versículo
14; Cf. Salmo 41,6.12 y 42,5).
También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor
se obtiene fortaleza y esperanza: «a los fieles protege el Señor... ¡Valor,
que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en
el Señor!» (Salmo 30, 24-25). El profeta Oseas exhortaba así a
Israel: «espera en tu Dios siempre» (Oseas 12, 7).
2. Nos limitamos ahora a destacar tres símbolos de gran intensidad
espiritual. El primero de carácter negativo es el de la pesadilla de
los enemigos (Cf. Salmo 26,12). Son descritos como una bestia que acecha a
su presa y, después, de manera más directa, como «testigos
falsos» que parecen resoplar violencia por la nariz, como las fieras
ante sus víctimas.
Por tanto, en el mundo hay un mal agresivo, que tiene
por guía e inspirador
a Satanás, como recuerda san Pedro: «vuestro adversario, el Diablo,
ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1
Pedro 5, 8).
3. La segunda imagen ilustra claramente la confianza
serena del fiel, a pesar del abandono incluso por parte de los padres: «Si mi padre y mi madre
me abandonan, el Señor me recogerá» (Salmo 26, 10).
También en la soledad y en la pérdida de los afectos más
queridos, el orante nunca está totalmente solo porque sobre él
se inclina Dios misericordioso. El pensamiento se dirige a un célebre
pasaje del profeta Isaías que atribuye a Dios sentimientos de compasión
y de ternura más que materna: «¿Acaso olvida una mujer
a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Isaías
49, 15).
A todas las personas ancianas, enfermas, olvidadas de
todos, a las que nadie dará nunca una caricia, recordemos estas palabras del salmista y del
profeta para que sientan cómo la mano paterna y materna del Señor
toca silenciosamente y con amor sus rostros sufrientes y quizá regados
por las lágrimas.
4. Llegamos así al tercer y último símbolo, repetido
en varias ocasiones por el Salmo: «Buscad mi rostro.
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (versículos
8-9). El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual
del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder «gozar
de la dicha del Señor» (versículo 13).
En el lenguaje de los salmos, «buscar el rostro del Señor» es
con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo para celebrar y experimentar
la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión comprende
también la exigencia mística de la intimidad divina a través
de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal,
se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente
durante nuestra existencia terrena (Cf. Éxodo 33,20). Pero Cristo nos
ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el
encuentro definitivo de la eternidad --como nos recuerda san Juan-- «le
veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). Y san Pablo añade: «Entonces
veremos cara a cara» (1 Corintios 13, 12).
5. Al comentar este Salmo, el gran escritor cristiano
del siglo III, Orígenes,
escribe: «Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la
gloria del Señor de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles,
verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos» (PG
12, 1281).
Y san Agustín, en su comentario a los Salmos, continúa de este
modo la oración del salmista: «No he buscado en ti algún
premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro buscaré,
Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda;
no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para
amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso... "No
te alejes airado de tu siervo" para que buscándote no me encuentre
con otra cosa. ¿Qué pena puede ser más dura que ésta
para quien ama y busca la verdad de tu rostro? (Comentarios a los Salmos, 26,1,
8-9, Roma 1967, pp. 355.357).