1. El antiguo canto del pueblo de Dios, que acabamos
de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusalén. Para poder descubrir
con claridad el hilo conductor que atraviesa este himno es necesario tener
muy presentes tres presupuestos
fundamentales. El primero atañe a la verdad de la creación: Dios
creó el mundo y es su Señor. El segundo se refiere al juicio
al que somete a sus criaturas: debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados
sobre nuestras obras. El tercero es el misterio de la venida de Dios: viene
en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con
los hombres una relación de profunda comunión. Un comentarista
moderno ha escrito: "Se trata de tres formas elementales de la experiencia
de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia
de Dios y podemos vivir con Dios" (G. Ebeling, Sobre los Salmos, Brescia
1973, p. 97).
2. A estos tres presupuestos corresponden las tres partes
del salmo 23, que ahora trataremos de profundizar, considerándolas como tres paneles de
un tríptico poético y orante. La primera es una breve aclamación
al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2).
Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de
la historia. En la antigua visión del mundo, la creación se concebía
como una obra arquitectónica: Dios funda la tierra sobre los mares,
símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite
de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada
está suspendida sobre este abismo, y es la obra creadora y providente
de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.
3. Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe
al microcosmos de Sión, "el monte del Señor". Nos encontramos
ahora en el segundo cuadro del salmo (vv. 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén.
La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa
una pregunta de ingreso: "¿Quién puede subir al monte del
Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?".
Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos
llamados por los estudiosos "liturgias de ingreso" (cf. Sal 14; Is
33, 14-16; Mi 6, 6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder
a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas
meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos
morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia
o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica.
4. Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes.
Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan
la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que
se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no
mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la
sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos
son falsos dioses, es decir, "mentira". Así se reafirma el
primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del
culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe
a las relaciones con el prójimo: "No jurar contra el prójimo
en falso". Como es sabido, en una civilización oral como la del
antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño;
por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en
la justicia y la rectitud.
5. Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso
festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor (vv.
7-10). En un sugestivo juego de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta
la revelación progresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes: "Rey
de la gloria; Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor
de los ejércitos". A las puertas del templo de Sión, personificadas,
se las invita a alzar los dinteles para acoger al Señor que va a tomar
posesión de su casa.
El escenario triunfal, descrito por el salmo en este
tercer cuadro poético,
ha sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recordar
tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla la primera
carta de san Pedro (cf. 1 P 3, 19), como la gloriosa ascensión del Señor
resucitado al cielo (cf. Hch 1, 9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en
coros que se alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como
lo utilizaba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el
segundo domingo de Pasión.
La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración
del Año jubilar nos permitió revivir con intensa emoción
interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al cruzar
el umbral del antiguo templo de Sión.
6. El último título: "Señor de los ejércitos",
no tiene, como podría parecer a primera vista, un carácter marcial,
aunque no excluye una referencia a los ejércitos de Israel. Por el contrario,
entraña un valor cósmico: el Señor, que está a
punto de encontrarse con la humanidad dentro del espacio restringido del santuario
de Sión, es el Creador, que tiene como ejército todas las estrellas
del cielo, es decir, todas las criaturas del universo que le obedecen. En el
libro del profeta Baruc se lee: "Brillan las estrellas en su puesto de
guardia, llenas de alegría; las llama él y dicen: "Aquí estamos".
Y brillan alegres para su Hacedor" (Ba 3, 34-35). El Dios infinito, todopoderoso
y eterno, se adapta a la criatura humana, se le acerca para encontrarse con
ella, escucharla y entrar en comunión con ella. Y la liturgia es la
expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor.