1. Resuena por segunda vez en la Liturgia
de los Laudes el Salmo 150, que acabamos de proclamar:
un himno festivo,
un aleluya a ritmo de música. Es el sello ideal de
todo el Salterio, el libro de la alabanza, del canto, de
la liturgia de Israel.
El texto es de una sencillez y transparencia
admirables. Sólo tenemos que dejarnos atraer por el insistente
llamamiento a alabar al Señor: «Alabad al Señor...,
alabadlo... alabadlo». Al inicio, se presenta a Dios
en dos aspectos fundamentales de su misterio. Es sin duda
trascendente, misterioso, sobrepasa nuestro horizonte: su
morada real es el «santuario» celeste, el «fuerte
firmamento», fortaleza inaccesible para el hombre.
Al mismo tiempo, está cerca de nosotros: está presente
en el «templo» de Sión y actúa
en la historia a través de «sus obras magníficas» que
revelan y permiten experimentar «su inmensa grandeza» (Cf.
versículos 1-2).
2. Entre la tierra y el cielo se entabla,
por tanto, una especie de canal de comunicación en el que se encuentran
la acción del Señor y el canto de alabanza
de los fieles. La Liturgia une los dos santuarios, el templo
terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo
y la eternidad.
Durante la oración, realizamos una especie de ascensión
hacia la luz divina y al mismo tiempo experimentamos un descenso
de Dios que se adapta a nuestro límite para escucharnos
y hablarnos, para encontrarnos y salvarnos. El salmista nos
ofrece inmediatamente una ayuda para este encuentro de oración:
el recurso a los instrumentos musicales de la orquesta del
templo, como la trompetas, las arpas, las cítaras,
los tambores, las flautas, y los platillos sonoros. El movimiento
de la procesión también formaba parte del ritual
de Jerusalén (Cf. Salmo 117, 27). Del mismo llamamiento
se hace eco el Salmo 46, 8: «tocad con maestría».
3. Es necesario, por tanto, descubrir
y vivir constantemente la belleza de la oración y de la liturgia. Es necesario
rezar a Dios no sólo con fórmulas teológicamente
exactas, sino también de manera bella y digna.
En este sentido, la comunidad cristiana
debe hacer un examen de conciencia para que vuelva cada
vez más a la liturgia
la belleza de la música y del canto. Es necesario
purificar el culto de deformaciones, de formas descuidadas
de expresión, de música y textos mal preparados,
y poco adecuados a las grandeza del acto que se celebra.
Es significativo, en este sentido,
el llamamiento de la Carta a los Efesios a evitar la falta
de moderación
para dejar espacio a la pureza de la alabanza litúrgica: «No
os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje;
llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre
vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad
y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando
gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre
de nuestro Señor Jesucristo» (5,18-20).
4. El salmista termina invitando a
la alabanza a «todo
viviente» (Cf. Salmo, 150,5), literalmente a «todo
respiro», expresión que en hebreo quiere decir «todo
ser que alienta», especialmente «todo ser humano
vivo» (Cf. Deuteronomio 20,16; Josué 10, 40;
11,11.14). En la alabanza divina queda involucrada, por tanto,
la criatura humana con su voz y su corazón. Con ella
son convocados idealmente todos los seres vivientes, todas
las criaturas en las que hay un aliento de vida (Cf. Génesis
7, 22), para que eleven su himno de acción de gracias
al Creador por el don de la existencia.
San Francisco seguirá esta invitación universal
con su sugerente «Cántico del Hermano Sol»,
en el que invita a alabar y bendecir al Señor por
todas las criaturas, reflejo de su belleza y de su bondad
(Cf. Fuentes Franciscanas, 263).
5. En este canto deben participar de
manera especial todos los fieles, como sugiere la Carta
a los Colosenses: «La
palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza;
instruíos y amonestaos con toda sabiduría,
cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados» (3,
16).
En este sentido, san Agustín, en sus « Comentarios
a los Salmos», ve un símbolo de los santos que
alaban a Dios en los instrumentos musicales: «Vosotros,
santos, sed la trompeta, el arpa, la cítara, el coro,
los instrumentos de cuerdas, y el órgano, los timbales
de júbilo que emiten bellos sonidos, es decir, que
tocan armoniosamente. Vosotros sois todo esto. Al escuchar
el salmo no hay que pensar en cosas de poco valor, en cosas
pasajeras, ni en instrumentos teatrales». En realidad,
voz de canto a Dios es «todo espíritu que alaba
al Señor» («Comentarios a los Salmos» --«Esposizioni
sui Salmi»--, IV, Roma 1977, pp. 934-935).
La música más elevada, por tanto, es la que
se eleva de nuestros corazones. Dios quiere escuchar precisamente
esta armonía en nuestras liturgias.