1. Tenemos la oportunidad de meditar, después de haberlo escuchado
y convertido en oración, en un salmo de una fuerte tensión espiritual.
A pesar de las dificultades del texto, que se aprecian en el original hebreo
sobre todo en los primeros versículos, el Salmo 15 es un luminoso cántico
místico, como sugiere la profesión de fe del inicio: «yo
digo al Señor: "Tú eres mi bien"» (versículo
2). Dios es visto como el único bien y, por este motivo, el que ora
decide formar parte de la comunidad de todos aquellos que son fieles al Señor: «los
santos que hay en la tierra» (versículo 3). Por este motivo, el
salmista rechaza radicalmente la tentación de la idolatría con
sus ritos sanguinarios y con sus invocaciones blasfemas (Cf. versículo
4).
Es una opción clara y decisiva, que parece hacer eco a la del Salmo
72, otro canto de confianza en Dios, conquistada a través de una fuerte
y difícil opción moral: «¿Quién hay para
mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra... Para
mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor» (Salmo
72, 25.28).
2. Nuestro salmo desarrolla dos temas que son expresados
a través de
tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la «heredad»,
término que cimienta los versículos 5 y 6: se habla de «lote
de mi heredad», «mi copa»; «suerte». Se usaban
estos términos para describir el don de la tierra prometida al pueblo
de Israel. Nosotros sabemos ahora que la única tribu que no había
recibido un lote de tierra era la de los levitas, pues el Señor mismo
constituía su heredad. El salmista declara: «El Señor es
el lote de mi heredad y mi copa... me encanta mi heredad» (versículos
5 y 6). Por tanto, da la impresión de ser un sacerdote que está proclamando
la alegría de estar totalmente entregado al servicio de Dios.
San Agustín comenta: «El salmista no dice: "Dios, ¡dame
una heredad! ¿Qué me darás como heredad?". Dice por
el contrario: todo lo que me des fuera de ti no vale nada. Sé tu mismo
mi heredad. Eres tú a quien yo amo... Buscar a Dios en Dios, ser colmado
de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar» (Sermón
334,3: PL 38, 1469).
3. El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el
Señor. El salmista expresa la firme esperanza de se preservado de la
muerte para poder permanecer en la intimidad de Dios, pues ésta no es
posible en la muerte (Cf. Salmo 6, 6; 87, 6). Sus expresiones no ponen, sin
embargo, ningún límite a esta preservación; es más,
pueden ser entendidas en la línea de una victoria sobre la muerte que
asegura la intimidad eterna con Dios.
El orante utiliza dos símbolos. Ante todo, evoca el cuerpo: los exegetas
nos dicen que en el original hebreo (Cf. Salmo 15, 7-10) se habla de «riñones»,
símbolo de las pasiones y de la interioridad más escondida; de «derecha»,
signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso
de «hígado», que expresa emotividad; de «carne»,
que indica la existencia frágil del hombre; y por último de «aliento
de vida».
Se trata por tanto de la representación de todo el ser de la persona,
que no es absorbido ni aniquilado en la corrupción del sepulcro (Cf.
versículo 10), sino que es mantenido en una vida plena y feliz con Dios.
4. Aparece, así, el segundo símbolo del Salmo 15, el del «camino»: «Me
enseñarás el sendero de la vida» (versículo 11).
Es el camino que conduce al «gozo en tu presencia» divina, a la «alegría
perpetua a tu derecha». Estas palabras se adaptan perfectamente a una
interpretación que amplía la perspectiva a la esperanza de la
comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.
De este modo, es fácil comprender por qué el Salmo ha sido tomado
por el Nuevo Testamento para hacer referencia a la resurrección de Cristo.
San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda
parte del himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: «Dios
le resucitó [a Cristo] librándole de los dolores de la muerte,
pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hechos de los Apóstoles
2, 24).
San Pablo hace referencia al Salmo 15 en el anuncio de
la Pascua de Cristo durante su discurso en la sinagoga de Antioquia de Pisidia.
También
nosotros lo proclamamos desde esta perspectiva: «No permitirás
que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después
de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió,
se reunió con sus padres y experimentó la corrupción.
En cambio aquel a quien Dios resucitó [Jesucristo], no experimentó la
corrupción» (Hechos de los Apóstoles 13, 35-37).