1. El Salmo que se acaba de proponer
a nuestra meditación
constituye la segunda parte del precedente Salmo 146. Las
antiguas traducciones griega y latina, seguidas por la Liturgia,
lo han considerado, sin embargo, como un canto independiente,
pues su inicio lo distingue claramente de la parte anterior.
Este inicio se ha hecho famoso en parte por haber sido llevado
con frecuencia a la música en latín: «Lauda,
Jerusalem, Dominum». Estas palabras iniciales constituyen
la típica invitación de los himnos de los salmos
a alabar al Señor: Jerusalén, personificación
del pueblo, es interpelada para que exalte y glorifique a
su Dios (Cf. versículo 12).
Ante todo se menciona el motivo por
el que la comunidad orante debe elevar al Señor su alabanza. Es de carácter
histórico: ha sido Él, el Liberador de Israel
del exilio de Babilonia, quien ha dado seguridad a su pueblo,
reforzando «los cerrojos de las puertas» de la
ciudad (Cf. versículo 13).
Cuando Jerusalén se derrumbó ante el asalto
del ejército del rey Nabucodonosor en el año
586 a. c., el libro de las Lamentaciones presentó al
mismo Señor como juez del pecado de Israel, mientras «decidió destruir
la muralla de la hija de Sión... Él deshizo
y rompió sus cerrojos» (Lamentaciones 2, 8.9).
Ahora, el Señor vuelve a construir la ciudad santa;
en el templo resurgido vuelve a bendecir a sus hijos. Se
menciona así la obra realizada por Nehemías
(Cf. Nehemías 3, 1-38), quien restableció los
muros de Jerusalén para que volviera a ser oasis de
serenidad y paz.
2. De hecho, la paz, «shalom» es evocada inmediatamente,
pues es contenida simbólicamente en el mismo nombre
de Jerusalén. El profeta Isaías ya había
prometido a la ciudad: «Te pondré como gobernantes
la paz, y por gobierno la justicia» (60, 17).
Pero, además de reconstruir los muros de la ciudad,
de bendecirla y de pacificarla en la seguridad, Dios ofrece
a Israel otros dones fundamentales: así lo describe
el final del Salmo. Se recuerdan los dones de la Revelación,
de la Ley de las prescripciones divinas: « Anuncia
su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación
obró así, ni les dio a conocer sus mandatos» (Salmo
147, 19).
De este modo, se celebra la elección de Israel y
su misión única entre los pueblos: proclamar
al mundo la Palabra de Dios. Es una misión profética
y sacerdotal, pues «¿cuál es la gran
nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como
toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Deuteronomio
4, 8). A través de Israel y, por tanto, también
a través de la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia,
la Palabra de Dios puede resonar en el mundo y convertirse
en norma y luz de vida para todos los pueblos (Cf. Salmo
147, 20).
3. Hasta este momento hemos descrito
el primer motivo de la alabanza que hay que elevar al Señor: es una motivación
histórica, ligada a la acción liberadora y
reveladora de Dios con su pueblo.
Hay, además, otra razón para exultar y alabar:
es de carácter cósmico, es decir, ligada a
la acción creadora de Dios. La Palabra divina irrumpe
para dar vida al ser. Como un mensajero, recorre los espacios
inmensos de la tierra (Cf. Salmo 147, 15). E inmediatamente
hace florecer maravillas.
De este modo, llega el invierno, presentado
en sus fenómenos
atmosféricos con un toque de poesía: la nieve
es como lana por su candor, la escarcha recuerda al polvo
del desierto (Cf. versículo 16), el granizo se parece
a las migajas de pan echadas al suelo, el hielo congela la
tierra y bloquea la vegetación (Cf. versículo
17). Es un cuadro invernal que invita a descubrir las maravillas
de la creación y que será retomado en una página
sumamente pintoresca por otro libro bíblico, el Eclesiástico
(43,18-20).
4. Ahora bien, la acción de la Palabra divina también
hace reaparecer la primavera: el hielo se deshace, el viento
caluroso sopla y hace discurrir las aguas (Cf. Salmo 147,
18), repitiendo así el perenne ciclo de las estaciones
y, por tanto, la misma posibilidad de vida para hombres y
mujeres.
Naturalmente no han faltado lecturas
metafóricas
de estos dones divinos: La «flor de harina» ha
hecho pensar en el don del pan eucarístico. Es más,
el gran escritor cristiano del siglo III, Orígenes,
vio en esa harina un signo del mismo Cristo, y en particular,
de la Sagrada Escritura.
Este es su comentario: «Nuestro Señor es el
grano de trigo que cae a tierra y se multiplicó por
nosotros. Pero este grano de trigo es superlativamente copioso.
La Palabra de Dios es superlativamente copiosa, recoge en
sí misa todas las delicias. Todo lo que quieres, proviene
de la Palabra de Dios, como narran los judíos: cuando
comían el maná sentían en su boca el
sabor de lo que cada quien deseaba. Lo mismo sucede con la
carne de Cristo, palabra de la enseñanza, es decir,
la comprensión de las santas Escrituras: cuanto más
grande es nuestro deseo, más grande es el alimento
que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si eres
pecador, tormento» (Orígenes - Jerónimo, «74
homilías sobre el libro de los Salmos» («74
omelie sul libro dei Salmi»), Milán 1993, pp.
543-544).
5. Por tanto, el señor actúa con su Palabra
no sólo en la creación, sino también
en la historia. Se revela con el lenguaje mudo de la naturaleza
(Cf. Salmo 18, 2-7), pero se expresa de manera explícita
a través de la Biblia y a través de su comunicación
personal por medio de los profetas y en plenitud por medio
del Hijo (Cf. Hebreos 1,1-2). Son dos dones de su amor diferentes,
pero convergentes.
Por este motivo todos los días debe elevarse hacia
el cielo nuestra alabanza. Es nuestro gracias, que florece
desde la aurora en la oración de Laudes para bendecir
al Señor de la vida y de la libertad, de la existencia
y de la fe, de la creación y de la redención.